Sinopsis
Atrapada durante una década en un matrimonio marcado por el maltrato psicológico y el control asfixiante de su esposo Esteban, Sofía ha visto cómo su brillante formación y su autoestima se consumían en el silencio. Su vida da un vuelco inesperado cuando un viaje de trabajo la reencuentra con Mateo, un amigo de la infancia convertido en un poderoso líder corporativo que jamás olvidó la promesa de protegerla.
Con el apoyo inquebrantable de Mateo y la firmeza de la justicia, Sofía logra romper sus cadenas, enfrentar a su agresor en los tribunales y transformar su dolor en un faro de esperanza al fundar un centro de apoyo para mujeres víctimas de violencia. Entre batallas legales, la reconstrucción de su propia identidad y un amor maduro que desafía las sombras del pasado, Sofía redescubre su libertad y aprende que ningún infierno es eterno cuando se decide volver a empezar bajo el mismo cielo.
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Capítulo 10: El ultimátum de Esteban
El calor del refugio en la habitación de Mateo pareció disiparse en el instante exacto en que la realidad del mundo exterior volvió a golpear mis pensamientos. Tras el intenso torbellino emocional de la noche anterior, el amanecer del domingo llegó acompañado de un sol brillante que contrastaba drásticamente con la tormenta de la víspera. Sin embargo, en mi interior, el clima seguía siendo de alerta máxima. A pesar de la paz que sentía al estar junto a Mateo, la cercanía del final del fin de semana significaba el regreso inminente a casa, al cubículo de la oficina y, sobre todo, al enfrentamiento con Esteban.
—No quiero volver, Mateo —admití con un hilo de voz, sentada en el borde de la cama mientras sostenía entre mis manos la taza de café humeante que él acababa de traerme—. Cada kilómetro que recorramos de regreso a la ciudad será como acercarme de nuevo a la boca del lobo. Sé que mi esposo ya está al límite; la llamada que cortaste el viernes fue solo el preludio de lo que me espera.
Mateo se detuvo frente a mí, con la taza en la mano y una expresión en la que la determinación se mezclaba con una profunda rabia contenida. Dejó el recipiente sobre la mesa de noche y se arrodilló levemente frente a mí, tomando mis manos con firmeza entre las suyas.
—Escúchame bien, Sofía —dijo con una voz tan seria y solemne que no admitía réplica—. No vas a regresar a esa casa. Te lo prometí anoche y te lo repito hoy. Ya tengo a mi equipo legal y de seguridad trabajando en esto. Al terminar este viaje, te alojaras en un lugar seguro que nadie conoce, y mis abogados se encargarán de tramitar la separación y la orden de alejamiento de inmediato. No tienes que volver a pasar ni un solo segundo bajo el mismo techo que ese cobarde.
—Tienes una visión muy simple de las cosas, Mateo —le respondí con una amargura sorda, negando lentamente con la cabeza mientras sentía que el nudo en mi garganta se apretaba—. Los maltratadores no firman un divorcio amistoso ni aceptan marcharse porque un juez o un grupo de abogados se los pidan. Esteban es impredecible cuando se siente acorralado. Si intuye que tengo apoyo, si sospecha por un solo segundo que tú estás detrás de esto, buscará la manera de destruirme públicamente, de hacerme la vida imposible en el trabajo o de arremeter contra lo poco que queda de mi familia.
—Que lo intente con todo lo que tenga —respondió él con una sonrisa fría y desafiante, apretando mis dedos con más fuerza—. En esta partida las reglas las pongo yo. Y te juro que no voy a permitir que te toque un solo pelo más.
A pesar de la seguridad inquebrantable en las palabras de Mateo, el peso de la culpa y el miedo ancestral que Esteban había grabado a fuego en mi mente durante años no desaparecían con una simple promesa. Sin embargo, el beso de la noche anterior, la calidez de su refugio y la certeza de que ya no estaba sola en el mundo comenzaron a transformar el terror paralizante en una silenciosa y peligrosa esperanza.
El viaje de regreso a la capital transcurrió entre silencios prolongados y miradas cómplices que decían mucho más que las palabras. Al aproximarnos a las afueras de la ciudad, el ambiente se tornó denso, como si la atmósfera misma presagiara el choque inevitable que nos aguardaba. Mateo estacionó el auto a unas cuantas calles de mi casa, en una zona poco transitada, negándose a llevarme directamente hasta la puerta para evitar un enfrentamiento prematuro que pudiera exponerme antes de tiempo.
—Aquí nos detenemos, Sofía —dijo Mateo, apagando el motor y girándose hacia mí con el rostro tenso—. Recuerda el plan: vas a entrar, a tomar tus documentos personales, algo de ropa y el teléfono de respaldo que te di anoche. Si él está allí y se pone violento, no discutas, no intentes razonar; sal corriendo hacia la esquina. Yo estaré esperando en este mismo lugar con el equipo de seguridad listo para intervenir.
—Tengo un miedo terrible, Mateo —confesé, sintiendo que las lágrimas volvían a amenazar mis ojos mientras aferraba con fuerza las asas de mi bolso.
—Yo tengo más miedo de perderte otra vez —respondió él con voz ronca, inclinándose para besarme la frente con una ternura infinita antes de dejarme abrir la puerta del vehículo—. Ve. Estoy aquí. No te voy a soltar.
Caminé las tres cuadras restantes con el paso pesado de quien marcha hacia el patíbulo. Cada sombra en la acera parecía adoptar la forma de Esteban, y el latido de mi corazón resonaba en mis oídos como un tambor de guerra. Cuando llegué al frente de la casa, noté que la puerta principal estaba apenas entreabierta. Un escalofrío helado me recorrió la espina dorsal.
Empujé la puerta con cautela y entré a la sala. La televisión estaba encendida a un volumen insoportable, proyectando luces parpadeantes sobre las paredes vacías. Y allí, sentado en el sillón con una botella de licor a medio terminar en la mano y los ojos inyectados en sangre, me esperaba Esteban.
—Vaya, por fin se digna aparecer la señora de la casa —su voz sonó ronca, cargada de una furia contenida y venenosa que me heló la sangre hasta los huesos—. ¿Te diviertiste mucho este fin de semana con tu amiguito el CEO, Sofía? ¿Crees que soy idiota y que no sé exactamente qué clase de jueguitos traen entre manos?
Dio un paso hacia mí con una lentitud amenazante, y en su mirada comprendí que el ultimátum había llegado.