El destino comete errores, y unir al Alfa de la manada con una simple humana es el más grande de todos. Mientras la manada exige una líder fuerte para la guerra y Alexander intenta marcarme como suya, yo me niego a ser el trofeo de un rey lobo. No tengo garras, no tengo instinto y no voy a pedir perdón por ser débil ante sus ojos. Soy humana, no una Luna. Pero para conservar mi libertad, primero tendré que sobrevivir a la pasión destructiva de un Alfa que no piensa dejarme ir.
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Capítulo X Dolor del corazón
Punto de vista de Amelia
Había terminado mi segundo día en la clínica de la manada. Estaba completamente agotada por el desfile constante de heridos que llegaban a la sala; esta gente parecía no saber hacer otra cosa que buscar pelea y lastimarse.
Estaba guardando los frascos de medicamentos para devolverlos al estante cuando la puerta de urgencias se abrió de golpe. Una mujer alta, de curvas exageradas, cabello rubio deslumbrante y una mirada cargada de un odio asesino atravesó el umbral.
—Así que tú eres la sucia humana que se atrevió a invadir nuestro territorio —soltó con una voz chillona y amenazante.
Solté una risa sarcástica, sintiendo la certeza absoluta de que esta rubia oxigenada solo venía a buscar problemas.
—No soy ninguna intrusa —respondí con altivez, cruzándome de brazos—. Y si no me crees, ve y pregúntale directamente a Alexander.
La mujer pareció enfurecer aún más, apretando los puños a los costados.
—¿Quién te dio el derecho de llamar por su nombre de pila a mi prometido y Alfa de esta manada? —escupió con desprecio, dejándome congelada en mi sitio.
¿Prometido?
Una punzada amarga me atravesó las entrañas. Todos los hombres eran exactamente iguales, sin importar si eran humanos o lobos. Alexander ya tenía una promesa de matrimonio y, aun así, se atrevía a perseguirme, a darme regalos y a jurarme que yo era suya por un ridículo lazo de la naturaleza.
En ese momento, la puerta volvió a abrirse, dejando pasar a Elena. Al ver a la visitante, la enfermera se detuvo en seco, notoriamente sorprendida.
—¡Sabrina! ¿Qué haces aquí? —preguntó Elena con cautela.
—Nada que te importe, loba de clase baja —respondió la tal Sabrina con absoluto desdén.
—Qué estupidez acabas de decir —intervine furiosa, dando un paso al frente para ponerme entre ambas—. Aquí la única loba... o zorra de clase baja eres tú.
—¡¿Cómo te atreves a hablarme así?! —gritó histérica, marcándosele una vena en el cuello—. No eres más que una basura humana. ¡Quién sabe qué intenciones oscuras tengas para estar merodeando en nuestra fortaleza!
—Aquí la única basura eres tú, que aunque presumes ser la prometida de un Alfa, no sabes ni darte tu lugar ni comportarte con elegancia —contesté con fría superioridad.
Elena me miraba con los ojos abiertos de par en par, asombrada de cómo, a pesar de saber perfectamente que Sabrina era una cambiaformas peligrosa, yo no le mostraba el más mínimo temor.
—Acabas de firmar tu sentencia de muerte, mortal —amenazó Sabrina, dando dos pasos amenazantes hacia mí mientras sus ojos destellaban con furia salvaje.
—¡Suficiente! —rugió una voz cavernosa que hizo retumbar los cristales.
La puerta se abrió nuevamente y Alexander irrumpió en la sala. Venía impaciente, envuelto en una aura de ira negra que heló el aire del lugar.
—¿Quién te dio la autorización de hablarle de esa manera? —gruñó Alexander con una voz distorsionada por la bestia en su interior.
—Ale... Alexander... yo solo... yo solo quería dejarle en claro a esta humana cuál es su lugar en este mundo —trató de explicarse Sabrina, pero la respuesta se le trababa en la garganta por la tartamudez del miedo.
—Nadie tiene la autoridad de faltarle al respeto a mi... a mi invitada —advirtió Alexander, conteniéndose en el último segundo para no delatar nuestro vínculo frente a ella—. Amelia está aquí porque yo así lo dispuse. Y si pretendes ir en contra de mi autoridad, con gusto llevaremos este asunto ante el consejo.
—¡No puedes hablarme así! —chilló Sabrina con rabia—. ¡Soy tu prometida, la hija de un gran Alfa! No puedes ponerme por debajo de esta sucia humana.
Escucharla repetir las palabras "tu prometida" hizo que mi corazón dolió de una forma absurda. Quería reprimir la sensación, pero era más fuerte que mi lógica médica.
—Elena, te veo en la casa —logré decir, manteniendo la voz firme y sin dejar que me titubeara—. Esto ya no es de mi incumbencia.
Elena miró a Alexander con cautela antes de asentir rápidamente.
Salimos de la sala dejando a la pareja discutiendo sus asuntos políticos, aunque una opresión asfixiante se alojó en mi pecho. Durante todo el camino de regreso me mantuve en un riguroso silencio. Ahora más que nunca deseaba huir de aquel lugar, porque sentía que algo muy dentro de mí se había quebrado... y ni siquiera tenía idea de por qué me afectaba tanto.
Al llegar a la vivienda de los omegas, Camilo nos recibió con una amplia sonrisa y la mesa puesta.
—¿Cómo sabías que ya veníamos? —pregunté con asombro, intentando disimular mi malestar.
—Tengo el don de la adivinanza —bromeó muy sonriente.
—O fue porque te avisé por el enlace mental en cuanto salimos de la clínica —intervino Elena, cruzándose de brazos con una leve sonrisa.
—¿Enlace mental? —inquirí confundida.
—Claro, tú no sabías que los lobos de la misma manada podemos comunicarnos con la mente a la distancia —aclaró Elena con naturalidad.
—Eso debe ser fascinante... decir lo que sienten sin mover los labios —admití, dejando ver mi asombro.
—Sí, es bastante útil... hasta que el Alfa decide tomar el control mental sobre nosotros cuando quiere averiguar algo —explicó Elena con una pincelada de tristeza.
—Pero eso es una violación a la privacidad —declaré indignada—. Nadie debería tener el poder de manipular los pensamientos de los demás.
—Las leyes son muy distintas aquí que en tu sociedad, doctora. Pero no hablemos más de temas pesados, mejor pasemos a cenar —intervino Camilo invitándonos a la mesa.
—Gracias, pero hoy no tengo hambre —susurré sin ánimos.
—¿Pasó algo malo en la clínica? —preguntó Camilo preocupado.
—Fue Sabrina, ya saben cómo se pone —dijo Elena restándole importancia.
—Esa engreída... De verdad se cree nuestra futura Luna —bufó Camilo con molestia—. Ojalá el Alfa encuentre pronto a su compañera destinada y esa mujer ponga a Sabrina en su lugar.
Sus palabras me hicieron sentir infinitamente peor. La manada entera estaba esperando a una Luna fuerte, imponente y mítica... y en su lugar, el destino le había puesto en el camino a una humana sin fuerza física, sin garras y sin un lobo interior.
Sin dar más explicaciones, me retiré a la habitación de la planta alta. No quería que mis nuevos amigos notaran las lágrimas de frustración que amenazaban con salir de mis ojos.
aunque los lobos una vez encuentran a su pareja son fieles inclusive mueren con ellas
Alexander solo te está protegiendo y el te ha reconocido como su pareja su mate su luna su destinada ,eres tu quien lo desprecia en vez de usar tu inteligencia y asimilar todo esto