Claudia (26 años) es la implacable CEO de Índigo Gastronómica, un imperio culinario de más de cien restaurantes. Para ella, el amor es una pésima inversión con retorno negativo; prefiere los negocios limpios y los encuentros carnales sin ataduras. Héctor (30 años) es el arrogante y codiciado líder de una constructora multimillonaria, un mujeriego empedernido convencido de que jamás sentará cabeza.
Ninguno imaginó que una fría traición familiar los encerraría en un crucero de lujo por las Bahamas. Tras una noche de alcohol, juego y choques de ego, despiertan con una resaca monumental y una farsa legal: están casados ante la ley internacional por un plan maquiavélico de sus padres.
Incomunicados en alta mar, firman una tregua para salvar sus acciones. Pero de regreso a la ciudad, la convivencia forzada en el ático, un rival desquiciado buscando venganza y un inesperado embarazo de esa noche salvaje destruirán todas sus reglas. ¿Podrá el orgullo resistir al deseo?
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CAPITULO 4. EL PACTO DE LOS MALDITOS
La música electrónica vibraba directamente en mis costillas, convirtiendo la cubierta superior en una discoteca al aire libre iluminada por luces de neón violeta y azul. El efecto de los cócteles especiales había sido devastadoramente rápido. No me sentía borracha de esa forma patética en la que pierdes el equilibrio o balbuceas; me sentía invencible. Una oleada de calor electrizante me recorría la piel, y cada vez que Héctor me rozaba el brazo o me susurraba algo al oído, una descarga eléctrica me sacudía entera.
Estábamos en la zona VIP de la fiesta, rodeados de empresarios aburridos con trajes caros que de repente me parecían caricaturas. Héctor y yo, en cambio, éramos los dueños del lugar. Habíamos seguido bebiendo, desafiándonos con la mirada y con las palabras en un juego de seducción que se nos estaba yendo de las manos. Su arrogancia chocaba con la mía, y esa fricción era jodidamente adictiva.
—Tengo que admitir, Claudia, que eres la primera mujer en este barco que no se ha aburrido de mi conversación a los diez minutos —dijo Héctor, acortando la distancia entre nosotros. Su respiración rozaba mi cuello, y sus ojos grises, oscurecidos por el alcohol y el deseo, devoraban mis labios.
—Eso es porque no te estoy escuchando, Héctor. Solo estoy admirando lo bien que mientes —le respondí, soltando una risa floja y tomándolo de la solapa de la camisa para pegarlo más a mí. El autocontrol que tanto me costaba mantener en la oficina se había evaporado por completo—. En mi mundo, los hombres como tú son solo un pasatiempo de una noche.
—¿Un pasatiempo? —Arqueó una ceja, y una sonrisa peligrosa apareció en su rostro—. Cuidado, girlboss. Te gusta jugar con fuego, pero te recuerdo que yo soy el que maneja los incendios en esta ciudad. No hay nada que yo no pueda domar si me lo propongo.
—Pruébalo —lo desafié, clavándole los ojos. La adrenalina me nublaba el juicio.
Justo en ese momento de máxima tensión, una voz interrumpió nuestro burbuja.
—¡Pero miren a quiénes tenemos aquí! Los dos jóvenes más brillantes del sector empresarial compartiendo una copa —la voz de mi padre, firme y falsamente jovial, me hizo girar la cabeza de golpe.
A su lado estaba el padre de Héctor, un hombre de hombros anchos y mirada calculadora que vestía un esmoquin impecable, y junto a ellos, un hombre uniformado con galones de oro que reconocí de inmediato: el capitán del Gran Leviatán. Atrás, una secretaria de confianza de mi padre sostenía una carpeta de cuero negro.
—¿Papá? Pensé que mamá se sentía mal —dije, parpadeando un par de veces para intentar enfocar bien las luces del lugar. La cabeza me daba una ligera vuelta.
—Ya se encuentra mejor, hija. Solo necesitaba descansar —mintió mi padre, intercambiando una mirada rápida con el padre de Héctor—. Estábamos aquí con el señor de la Vega y el capitán celebrando una vieja apuesta entre nuestras corporaciones. Una tradición del barco.
—¿Una apuesta? —Héctor soltó una risa ronca, apoyando un brazo sobre mis hombros con una familiaridad que en cualquier otro momento me habría hecho apartarlo, pero que ahora se sentía extrañamente reconfortante—. No me digas que vas a apostar mis acciones en el casino, viejo.
—Nada de eso, hijo —intervino el padre de Héctor, dando un paso al frente con una sonrisa de lobo—. El capitán nos estaba contando sobre el "Contrato del Leviatán". Un juego tradicional para los huéspedes VIP. Un desafío de confianza y audacia. Dicen que los jóvenes de ahora no tienen el valor de firmar un compromiso a ciegas, que les da pánico el riesgo real.
—¿Riesgo? —La palabra golpeó directamente mi ego hipercompetitivo. Di un paso al frente, zafándome del brazo de Héctor—. He levantado una franquicia de más de cien restaurantes desde cero arriesgando cada centavo que tenía. No me hables de pánico al riesgo.
—Eso es lo que yo le decía a de la Vega, Claudia —añadió el padre de Héctor, avivando el fuego—. Pero dice que las mujeres de negocios se achican cuando el juego se pone serio. Y que tú, Héctor, eres demasiado cobarde para firmar algo que escape a tu control.
Héctor se tensó a mi lado. Su orgullo de macho alfa y CEO implacable acababa de ser pisoteado por su propio progenitor. Miró la carpeta de cuero negro que la asistente abría en una mesa alta de la zona VIP. Había un documento con sellos oficiales del barco y un encabezado en inglés jurídico que mis ojos borrachos no alcanzaron a procesar. El capitán del barco sacó una pluma estilográfica de oro.
—Es un juego de honor, jóvenes —dijo el capitán con voz solemne—. Un pacto de audacia en alta mar. Si firman aquí, demuestran que no le temen a ninguna alianza, por muy salvaje que sea. ¿Quién se atreve primero? ¿O es que la nueva generación solo sabe hablar en las juntas de negocios?
—Dame esa maldita pluma —dijo Héctor, arrastrando las palabras con una furia divertida. Me miró de reojo, con una sonrisa de suficiencia—. Mira y aprende, Claudia. Yo no le tengo miedo a nada.
Héctor firmó con un trazo rápido y elegante sobre la línea que le indicaba el capitán. Luego, extendió la pluma hacia mí con un gesto burlon.
—¿Tu turno, reina del imperio? O ¿vas a pedirle permiso a tu junta directiva antes de firmar un papel de juego?
La combinación del alcohol especial, el desafío en sus ojos grises y mi absoluta negativa a ser menos que cualquier hombre me cegaron por completo. Le arrebaté la pluma de la mano de un tirón.
—Firmar un papelito de un crucero no te hace un hombre, Héctor —le solté, inclinándome sobre la mesa. Firmé mi nombre con caligrafía firme justo al lado de la suya, estampando mi rúbrica sobre el sello oficial de la capitanía marítima de las Bahamas—. Hecho. ¿Felices, viejos?
Los dos padres se miraron. En sus rostros no había diversión, sino un brillo de triunfo maquiavélico y absoluto que el alcohol no me dejó interpretar. El capitán cerró la carpeta de golpe y nos dedicó una inclinación de cabeza.
—Felicidades, jóvenes. Han demostrado tener un valor... histórico —dijo el capitán antes de retirarse rápidamente junto a los dos hombres mayores, quienes se alejaron hacia la oscuridad de la cubierta riendo en voz baja y frotándose las manos.
Héctor se giró hacia mí, acorralándome contra la barandilla de la cubierta. El viento marino nos golpeó el rostro, pero el calor entre nosotros era insoportable. Olvidamos los papeles, olvidamos a nuestros padres y olvidamos el mundo entero en un segundo.
—Has firmado —susurró, su mano subiendo por mi espalda descubierta, quemándome la piel.
—Tú también —respondí, mirándolo con un deseo que ya no podía ni quería contener—. Y ahora que el jueguito terminó, quiero mi premio.
Héctor no esperó más. Se inclinó y me atrapó los labios en un beso salvaje, hambriento y cargado de una posesividad que me hizo gemir contra su boca. Sus manos me sujetaron de la cintura con fuerza, levantándome casi del suelo mientras correspondía el beso con la misma intensidad furiosa. Nos separamos un segundo, jadeando, compartiendo el mismo pensamiento primitivo.
Caminamos por los pasillos alfombrados del barco a trompicones, besándonos contra las paredes de madera, riéndonos como locos descontrolados, impulsados por la química y el misterioso cóctel que corría por nuestras venas. Héctor abrió la puerta de su camarote de primera clase con la tarjeta magnética y me empujó hacia el interior. La puerta se cerró detrás de nosotros con un clic rotundo, sepultando el mundo exterior. Nos arrojamos a la cama en medio de la oscuridad, devorándonos la piel, ajenos por completo a que, ante la ley internacional, ya no éramos dos extraños jugando a seducirse. Éramos marido y mujer.