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Casada con el heredero exmilitar

Casada con el heredero exmilitar

Status: Terminada
Genre:Matrimonio contratado / Amor tras matrimonio / Centrado emocionalmente / Traiciones y engaños / Amante arrepentido / Completas
Popularitas:4.7k
Nilai: 5
nombre de autor: VivianMansano

La noche en que Amelia Cruz descubre a su prometido en brazos de su propia hermana, decide que no volverá a permitir que nadie la humille.
En el aeropuerto se acerca a un desconocido alto, serio y vestido con uniforme militar.
—Disculpa, ¿necesitas novia?
Adrián Guerrero la observa durante unos segundos antes de responder:
—Novia no. Pero necesito una esposa.
Así comienza un matrimonio entre dos desconocidos. Amelia cree que Adrián es un exmilitar recién retirado, sin fortuna ni un lugar al cual regresar. Él le ofrece respeto, protección y una vida tranquila; ella le promete un hogar mientras ambos deciden qué hacer con su futuro.
Sin embargo, el hombre frío y disciplinado que duerme a su lado empieza a tratarla como si fuera lo más importante de su vida. Cocina para ella, la espera cada noche y aparece siempre que alguien intenta hacerle daño. Ante todos los demás conserva la dureza de un antiguo oficial de las fuerzas especiales; solo con Amelia baja la guardia.
Lo que ella no sabe es que Adrián nunca ha sido un hombre sin dinero. Es el heredero del Grupo Guerrero, una de las familias más poderosas del país, y regresó del ejército para ocupar el lugar que le corresponde.
Amelia pensó que aquel matrimonio sería su forma de escapar de una traición. Nunca imaginó que terminaría enamorándose de su esposo… ni que descubrir su verdadera identidad pondría a prueba el único amor en el que había vuelto a creer.

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Capítulo 7

Capítulo 7 — Un desempleado

Departamentos de la Colina.

Cuando Amelia despertó, le latía la cabeza por la resaca y le ardían los ojos, como si hubiera llorado mucho. Reconoció su habitación de siempre. Se palmeó la frente; no lograba recordar cómo había vuelto a casa la noche anterior.

Recordaba, eso sí, que había bebido con Dante. Seguramente él la había traído. Sin darle más vueltas, se levantó a lavarse la cara y bañarse. La cabeza le pesaba y no tenía ánimo de reconstruir la noche entera; ya bastante tenía con el recuerdo del aeropuerto rondándole por dentro.

Después del baño, salió como de costumbre envuelta solo en una toalla, con la idea de ir a la sala por un vaso de agua. Apenas llegó, se quedó paralizada.

Adrián estaba de pie junto a la mesa, sacando de una bolsa el desayuno y disponiéndolo con cuidado. Al oír el ruido, alzó la vista, y su mirada se oscureció al instante.

La toalla apenas cubría lo esencial de la mujer, marcando sus curvas y despertando la imaginación. Casi toda su piel quedaba a la vista, tersa y luminosa, y dos piernas largas que deslumbraban. Por el baño reciente, tenía las mejillas encendidas; se la veía delicada, tierna, capaz de robar el alma.

Un instante después, Amelia reaccionó. Soltó un grito y salió disparada de vuelta al cuarto a la velocidad de una flecha.

Diez minutos más tarde, vestida y arreglada, volvió apurada. Lo señaló con el dedo, perpleja.

—¿Qué haces en mi casa?

Adrián dio un paso hacia ella. Por lo de antes, tenía la cara roja como una manzana madura. Le pareció adorable.

—¿Olvidaste lo de anoche?

Amelia entrecerró los ojos, escrutándole el rostro, y poco a poco recordó: el club Penumbra, ella saliendo del baño, entrando por error a la sala equivocada… Adrián estaba justo ahí dentro. Después se había desmayado de borracha, y él la había cargado hasta casa.

Pero…

—¿Cómo sabías dónde vivo? —preguntó, confundida.

Adrián lo pensó un par de segundos.

—Despertaste a mitad del camino y me lo dijiste.

En realidad, mentía. La noche anterior Amelia estaba inconsciente. Había pensado llevarla a un hotel, pero justo Emilio le entregó el informe con los datos de ella, incluida su dirección, así que la trajo directo a casa. Eso, por supuesto, no podía contárselo.

Amelia se esforzó por recordar, pero no lograba confirmar si había sido así. De todos modos, no parecía tan importante.

—¿Y dormiste aquí anoche? Cuando me emborraché… no hice nada raro, ¿verdad?

Al ver su cara de culpa, Adrián esbozó una sonrisa maliciosa.

—Estuviste toda la noche agarrándome para que no me fuera. No me quedó más remedio que quedarme.

Con la mirada del hombre paseándose, sin querer, por su cuerpo, y recordando que la había visto envuelta solo en la toalla, Amelia se puso roja de vergüenza.

—¿No… no pasó nada entre nosotros?

—Amelia, ya firmamos el papel. Aunque pasara algo, sería perfectamente legal —siguió provocándola él.

Amelia se revolvió el pelo, mortificada.

—Es que tenía miedo de que, borracha, te hubiera… obligado…

No fuera a ser que tuviera que hacerse responsable de él.

A Adrián se le escapó la risa. Así que era eso lo que la preocupaba. Por su cara, estaba claro que no recordaba nada.

La noche anterior, después de cargarla a casa, Amelia había roto a llorar dormida, repitiendo el nombre de Bruno y llamando a su madre. Por el informe, Adrián sabía que a los quince años Amelia había perdido a su madre en un accidente de tránsito, y que poco después su padre se casó con su esposa actual, que trajo consigo una hija de edad parecida, Cintia. A los veinte, Amelia se había mudado sola. El informe no detallaba los motivos, pero se adivinaba que su relación con la familia Cruz no era buena.

Fuera por el alcohol o por el golpe del día anterior, había llorado con desconsuelo, aferrándose a él como a una tabla de salvación. Al verla así, algo en Adrián se ablandó, y se sentó al borde de la cama a acompañarla toda la noche. Cada vez que ella aflojaba la mano, él se la volvía a acomodar entre las suyas, como si con eso pudiera espantarle las pesadillas. Nunca antes se había desvelado por nadie, y sin embargo esa noche no le pesó ni un instante.

Ahora que ella no lo recordaba, no pensaba mencionarlo. Solo dijo, con una sonrisa leve:

—Tranquila, no pasó nada. Dormí en el sofá. Ven a desayunar.

Amelia soltó el aire, aliviada, y se acercó a la mesa. El desayuno estaba servido, ordenado y prolijo. Sin darse cuenta, se le curvaron los labios: se notaba que había sido soldado; hasta el desayuno lo ponía en formación.

—¿De qué te ríes? —Adrián le sirvió un tazón pequeño de avena—. Toma algo caliente. Con todo lo que bebiste, no le hace bien al estómago.

Sus gestos eran tan naturales y diestros que no tenían nada de esos señoritos ricos acostumbrados a que todo se lo den servido.

Amelia recordó que la noche anterior Dante había sospechado que Adrián podría ser de los Guerrero. Viéndolo así, era imposible.

—Nada. Gracias.

Adrián la miró un momento y también empezó a comer. Comieron un rato en silencio. Al alzar la vista sin querer, Amelia detuvo la cuchara a medio camino. Por más que solo estuviera comiendo un simple pan al vapor, Adrián lo hacía con un aire de desayuno de hotel cinco estrellas: movimientos elegantes, un porte distinguido que lo envolvía. Por un instante se quedó embobada.

Al sentir su mirada, Adrián levantó la vista.

—¿Qué pasa? ¿No te gusta?

Lo había comprado esa mañana en un local cercano. Había querido pedirlo del restaurante, pero quedaba demasiado lejos.

Amelia negó rápido con la cabeza y, tras tragar, preguntó:

—Por cierto, ahora que te retiraste, ¿ya conseguiste trabajo?

Adrián titubeó.

—Casi.

Sabiendo lo difícil que estaba todo, ella lo consoló:

—No te preocupes, ve buscando con calma. Siempre aparece algo adecuado.

Adrián curvó los labios.

—Ajá.

Había tomado las riendas del Grupo Guerrero; eso también contaba como conseguir trabajo. Pero la mujer de verdad lo creía un desempleado recién retirado.

Amelia bebió un sorbo de avena y tanteó de nuevo:

—Oye, ¿tienes dónde quedarte en la capital?

Adrián la miró fijo, sin entender la pregunta. ¿Quería saber si tenía casa? Había oído que ahora muchas mujeres exigían que el hombre tuviera casa y auto para casarse. No le parecía interesado; le parecía normal: al menos lo material daba seguridad.

—Casa…

Iba a responder cuando Amelia lo interrumpió. Lo dijo sin darle importancia, como quien resuelve un asunto práctico entre dos personas que acaban de firmar un papel.

—Si ahora no tienes dónde vivir, puedes quedarte aquí. No es grande, pero hay un cuarto libre.

Adrián se quedó sin palabras. En realidad quería decirle que tenía casa, y más de una. Pero para ella no solo era un desempleado, sino además pobre. De pronto no supo cómo revelarle su identidad. ¿Y si la asustaba? ¿Y si aquella mujer que se ofrecía a cobijarlo bajo su techo, creyéndolo pobre, salía huyendo al saber la verdad? Por primera vez en mucho tiempo, Adrián no tuvo la respuesta clara.

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Soledad Muñoz Vazquez
lo q no entiendo es cómo hay mujeres tan tontas porque hay q serlo para mantener ha un calzonazos así que la culpa no es de él es de la tonta que lo mantiene porque yo ni loca le mando dinero ha un tío que no teni idea de lo q está haciendo
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