NovelToon tiene autorización de Bella para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 5
Capítulo 5: Fracasar como mujer
El coche avanzaba despacio por las calles empedradas de San Ángel, rumbo a la casona Alcántara. Sebastián manejaba en silencio, con las dos manos en el volante y la mandíbula tensa, como quien va de camino a un trámite desagradable. Renata jugaba con la correa de su bolso, ese de edición limitada que él le había traído del viaje, y sentía cómo se le encogía el estómago con cada cuadra que faltaba.
Cuando se detuvieron en un alto largo, Sebastián alargó la mano y le dio unas palmaditas en el dorso de la suya.
—No te van a molestar —dijo—. Yo freno a mi mamá con el tema de los nietos. Tú aguanta la comida y nos vamos temprano.
—Tu mamá no frena con nada —murmuró Renata.
—Conmigo sí.
Ella asintió sin mucha fe. Por la ventanilla, en la esquina, una florería exhibía cubetas de girasoles y rosas bajo un toldo de rayas. Los girasoles la miraban de frente, amarillos, insistentes, y algo se le removió adentro, un calor tibio que no venía de esa mañana ni de ese coche. Apartó la vista deprisa, casi con culpa, y no dijo nada. El semáforo cambió y avanzaron.
La casona era una construcción colonial de muros gruesos y patios con buganvilias, la casa donde había crecido Sebastián y donde su madre reinaba convencida de que el resto del mundo estaba de visita. En la puerta los recibió doña Remedios, el ama de llaves, con un saludo demasiado atento para ser sincero, y los condujo adentro. Doña Constanza esperaba en la sala, envuelta en un chal caro, con esa sonrisa que era todo dientes y ningún calor.
—Mijo, qué bueno que vinieron. —Besó a su hijo. A Renata apenas la rozó con la mirada—. Y tú, Renata. Otra vez tan delgadita. ¿Ya comes bien?
Fernanda estaba en el sillón, con las piernas cruzadas y el celular en la mano, vestida como para una pasarela. Tenía la misma edad que Renata, pero en ella todo era estridencia: la bolsa nueva, los zapatos nuevos, el reloj nuevo, como si necesitara cubrirse de cosas para no desaparecer. Y en el fondo era eso, exactamente eso. Su marido, Gonzalo Ochoa, el menor de una familia bien pero sin apellido de mando, la humillaba entre cuñadas cada vez que podía, y ella se defendía del único modo que sabía: acumulando, presumiendo, midiéndose contra las otras mujeres en centímetros de tacón y ediciones limitadas. Paulina, en cambio, sentada al otro extremo, se acariciaba el vientre apenas redondeado, tres meses de embarazo del segundo, callada y dulce como siempre.
No tardó ni el aperitivo en empezar.
—¿Y este mes? —preguntó doña Constanza, dejando la copa con un tintineo—. ¿Otra vez nada?
Renata sintió que se le subía el color.
—Doña Constanza, estas cosas...
—Estas cosas se resuelven poniendo de tu parte, mija. Mira a Paulina. Ya va por el segundo. —La suegra suspiró, teatral—. Dos años de casada y nada. Una empieza a preguntarse si de veras estás poniendo empeño. Fallarle así a un hombre... es fracasar como mujer, francamente.
—Es que hay mujeres para tener hijos y mujeres para dibujar caricaturas —soltó Fernanda sin levantar la vista del celular—. Cada quien lo suyo.
—No son caricaturas —dijo Renata en voz baja—. Es mi trabajo.
—Trabajo. —Doña Constanza soltó una risita—. Mija, en esta familia las mujeres no trabajan. Se casan bien y le dan herederos a su marido. Eso es lo que se espera de ti, y hasta en eso te está costando.
Renata apretó las manos en el regazo. Sintió que el calor le subía por el cuello, esa mezcla de vergüenza y coraje que en esa casa aprendía a tragarse cada vez. Paulina abrió la boca para intervenir, un "ya, suegra, déjela" apenas dibujado, pero doña Constanza le clavó una mirada y la muchacha bajó los ojos y se calló, protegiendo su propio vientre por instinto. La suegra siguió, imparable, y Fernanda olió sangre.
—Oye, Renata, ese bolso. —Los ojos de la cuñada se afilaron—. El de edición limitada. Sebastián te lo trajo del viaje, ¿verdad? Dicen que solo hay dos en el mundo. —Sonrió—. Préstamelo. Digo, dámelo. A ti para qué, si nunca sales a ningún lado.
—Me lo regaló él a propósito. —Renata mantuvo la voz tranquila, pero firme—. Si lo doy, se molesta. No es por el bolso, Fernanda, es lo que significa.
—Ay, no te hagas la enamorada. —A Fernanda le cambió la cara—. Aquí la única que se hace la muy digna eres tú, arrimada de una familia venida a menos que...
—Fernanda.
La voz cortó el aire como un cuchillo. Sebastián estaba en el umbral de la sala. Nadie lo había oído llegar. Cruzó hasta Renata, le puso una mano en el hombro, y cuando habló lo hizo despacio, con esa calma que en él era más temible que cualquier grito.
—Vas a soltar el tema del bolso —le dijo a su hermana— y no lo vuelves a tocar.
—Sebastián, era una broma...
—Mamá. —Se volvió hacia doña Constanza, que había perdido de golpe la sonrisa—. Los hijos los decidimos Renata y yo. Nadie más. Y si volver a esta casa significa que la humillen cada vez, entonces no vuelvo a traerla. Así de simple.
—Mijo, cómo me hablas, delante de...
—Y una cosa más. —No alzó la voz ni un tono—. Fernanda, si te vuelves a meter con mi esposa, cancelo tu tarjeta el mismo día. Y la inyección de capital a la empresa de Gonzalo se congela hasta nuevo aviso. Tú sabes de cuánto le hablo. Él también.
El silencio que siguió fue de piedra. Fernanda se puso blanca, luego roja. Gonzalo, su marido, el que emprendía con dinero prestado y dependía de esa inyección para no hundirse, no estaba ahí para defenderse, y ella lo sabía mejor que nadie: sin el respaldo de los Alcántara, su empresa era humo, y su matrimonio, un cascarón. Todo lo que la sostenía —la tarjeta, las bolsas, el tacón alto con que pisaba a las demás— colgaba de un hilo que su hermano acababa de tomar entre dos dedos. Doña Constanza abrió la boca y volvió a cerrarla, calculando, y por primera vez en la tarde no encontró qué decir. En un rincón, doña Remedios fingía acomodar unas flores, pero no perdía palabra; ya habría con qué llenarle el oído a la señora más tarde.
—Nos vamos —dijo Sebastián.
Tomó a Renata de la mano y la levantó del sillón con suavidad. Ella lo siguió por el pasillo de la casona, todavía con el corazón golpeándole, sin creer del todo lo que acababa de pasar. En la puerta, bajo el arco de cantera, Sebastián se detuvo un momento como para asegurarse de que ella respiraba mejor.
—Perdón por traerte —dijo, y era casi una disculpa, algo que casi nunca hacía—. No vuelve a pasar.
Renata lo miró. El hombre frío que dormía en otro cuarto, que la rechazaba de madrugada, que llevaba dos años tratándola como a una inquilina educada, acababa de plantarse delante de su madre y de su hermana por ella. Por ella. Sintió que se le aflojaba algo en el pecho, un deshielo pequeño, tembloroso, que no sabía si atreverse a creer.
—Gracias —susurró.
Él no respondió, pero por un segundo su mano se demoró en la de ella antes de soltarla. Le abrió la puerta del coche, dio la vuelta, se acomodó al volante. Arrancaron en silencio, dejando atrás la casona y su patio de buganvilias, y Renata sintió que respiraba de verdad por primera vez desde que había cruzado esa puerta.
Quiso decir algo, agradecerle otra vez, entender qué acababa de cambiar entre ellos, pero no encontró las palabras y él no parecía esperarlas. Sebastián manejaba con la vista al frente, la misma máscara de siempre: para él, defender a su esposa podía haber sido un trámite más; para ella, era la primera grieta en dos años de hielo. Renata la sentía, pequeña y temblorosa, sin saber si atreverse a creerla.
En el alto de la esquina, los girasoles de la florería seguían ahí, amarillos, mirándola de frente bajo el toldo de rayas. Renata se quedó viéndolos un largo rato. Y por un instante, sin querer, sin saber por qué, dos ramos distintos se le confundieron en la memoria: el que este hombre a su lado nunca le había dado en dos años de matrimonio, y el que otro, un muchacho empapado que no era nadie, le había puesto entre las manos bajo la lluvia, mirándola como si fuera lo único que valía la pena mojarse. El semáforo cambió a verde. Sebastián aceleró. Y ella apartó los ojos de las flores con una punzada de algo que todavía no tenía nombre.