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Perdona, yo no mendigo amor

Perdona, yo no mendigo amor

Status: Terminada
Genre:Romance / Fantasía / Mujer despreciada / Viaje a un juego / Completas
Popularitas:1.8k
Nilai: 5
nombre de autor: 𝕯𝖍𝖆𝖓𝖆𝖆𝟕𝟐𝟒

Belvina Laurent lo tenía todo: belleza, un apellido poderoso y un esposo que cualquiera envidiaría. Pero Alden Virel, el CEO más frío de la ciudad, jamás la vio como algo más que un contrato. Ella suplicaba su atención. Él la ignoraba. Y entre ambos, una mujer llamada Seraphina sonreía desde las sombras.

Hasta que un día, Belvina dejó de perseguirlo.

Sin lágrimas, sin escenas, sin súplicas. La mujer que despertó esa mañana ya no era la misma. Su mirada era distinta. Su voz, afilada. Y la frase que le dedicó a Alden le heló la sangre:

"No mendigo amor."

Ahora es él quien no puede dejar de observarla. Quien busca excusas para estar cerca. Quien siente que algo se le escapa entre los dedos cada vez que ella le da la espalda.

Pero Belvina ya tomó una decisión: no va a humillarse por nadie. Ni siquiera por el hombre que, sin saberlo, está empezando a amarla de verdad.

Mientras tanto, Seraphina no piensa rendirse. La mujer que se esconde detrás de una sonrisa perfecta guarda secretos que podrían destruir a toda la familia Astera. Y está dispuesta a llegar hasta las últimas consecuencias.

En esta guerra entre orgullo, obsesión y deseo, solo hay una regla: el amor no se mendiga.

NovelToon tiene autorización de 𝕯𝖍𝖆𝖓𝖆𝖆𝟕𝟐𝟒 para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

3. Sin interés

Belvina cerró el botiquín y lo devolvió sin mirar.

El chófer lo recibió de inmediato y regresó al asiento del conductor. Por dentro, murmuraba:

Esta noche... la señora es otra persona. Es como si no la conociera. Echó un vistazo a Belvina por el espejo retrovisor.

La señora está... callada.

Alden se reclinó. Su mirada seguía fija en la mujer a su lado, un instante más largo de lo necesario.

—Arranca.

Una palabra. Corta. Tajante.

—Sí, señor.

El motor ronroneó suavemente. Las luces de la ciudad desfilaban tras el vidrio.

Belvina no giró la cabeza. Su mirada continuaba recta, hacia el frente. Como si el hombre a su lado... no existiera.

Alden cruzó las piernas y se recostó con aire despreocupado. Pero sus ojos no se apartaban de aquella mujer.

—¿Se acabó el drama? —Su tono era plano. Bajo. Cortante.

Ninguna respuesta. Belvina ni siquiera parpadeó.

Alden esbozó una sonrisa fina. Sardónica.

—¿Te caes delante de todo el mundo y luego finges que cambiaste? —Ladeó la cabeza un poco—. ¿Un método nuevo para llamar la atención?

Belvina permaneció inmóvil. Un segundo. Dos segundos. Entonces...

—Si necesitara atención —respondió Belvina al fin, con voz serena—, no elegiría una forma que me dejara en ridículo.

Alden calló. Breve. Pero suficiente para que el aire dentro del auto cambiara.

La mirada del hombre se endureció.

—Hoy hablas con mucho descaro.

Dina giró la cabeza al fin. Despacio. Su mirada se encontró directamente con la de Alden. Sin vacilar. Ni un ápice.

—¿Hasta hoy te diste cuenta? —replicó con ligereza.

Alden la observó unos segundos de más. Buscando algo. Una grieta. Una farsa. Un destello de pánico.

Pero lo que encontró fue... nada. Solo una calma que le resultaba ajena.

—No olvides cuál es tu lugar —dijo con frialdad. Una frase. Cargada de presión.

Belvina asintió levemente. Como si comprendiera. Pero lo que salió de sus labios...

—¿Como esposa? —Su tono era fino. Casi burlón—. Tranquilo. No tengo interés en cruzar ninguna línea.

Las cejas de Alden se movieron apenas.

—Yo tampoco tengo interés —devolvió rápido.

Dina esbozó una sonrisa tenue. Esta vez, genuinamente visible.

—Perfecto —dijo en voz baja—. Entonces estamos de acuerdo.

Alden desvió la mirada al frente. Desde que la conocía, era la primera vez que no podía descifrar a la mujer sentada a su lado. Y eso... lo perturbaba.

El chófer volvió a espiar por el retrovisor. ¿De verdad es la misma señora Belvina que conozco?, se preguntó en silencio.

Mientras tanto, Belvina regresó la vista a la ventanilla. Las luces de la ciudad titilaban en sus ojos. Bajo su calma, una decisión ya estaba tomada.

Basta.

No iba a ceder ni un milímetro.

Mi dignidad vale demasiado para mendigar amor. Y menos...* Le lanzó una mirada fugaz a Alden. ...de él. No es el único hombre guapo y exitoso en el mundo.*

-

El auto se detuvo frente a una mansión de estilo clásico moderno.

La puerta se abrió.

Alden bajó primero sin voltear.

Belvina salió unos segundos después. Sus pasos eran pausados. Levantó la mirada, contemplando el lugar por primera vez.

La casa era enorme. Demasiado enorme.

Columnas altas. Lámparas colgantes que resplandecían desde el interior. Un jardín amplio e impecable.

¿Esto es una casa o un palacio?

Sin embargo, el rostro de Belvina permaneció inexpresivo. Sin admiración excesiva. Sin nerviosismo.

Solo... observando. Detalle por detalle. Como si estuviera cartografiando el lugar donde iba a vivir.

Dentro, los sirvientes ya estaban alineados.

—Bienvenido, señor. Señora.

Sus voces al unísono.

Algunos sirvientes se miraron entre sí. Luego guardaron silencio.

Belvina caminó en línea recta. Tranquila. Manteniendo distancia. Sin el menor esfuerzo por acercarse. Sus pasos ni siquiera se ajustaban al ritmo de Alden. Como si no fueran pareja.

Alden también lo notó. Pero no dijo nada.

—Preparen la cena —ordenó con sequedad.

—Sí, señor.

Belvina se detuvo un momento en medio de la sala. Su mirada recorrió el espacio.

La escalinata a la derecha. La sala familiar a la izquierda. Un pasillo largo hacia el interior.

Fragmentos de memoria comenzaron a surgir.

La recámara principal, en el segundo piso. El despacho de Alden: prohibido entrar sin permiso.

El comedor familiar, el rincón que más se llenaba de silencio.

Parpadeó despacio. Así que... esta es la casa de Belvina.

Pero se corrigió al instante. Miró de reojo a Alden. No. Esta es la casa del témpano arrogante.

A su espalda, los murmullos empezaron, apenas audibles.

—¿Por qué la señora está tan callada...?

—Normalmente va directo hacia el señor...

—Qué raro...

Belvina los escuchó. Pero no se volvió. No le importaba. Porque la Belvina de ahora no vivía para las miradas ajenas.

-

La cena se sirvió con rapidez. Sobre la mesa larga, un banquete completo.

Alden ya se había sentado.

Belvina llegó unos momentos después. Jaló una silla y se sentó. Frente a Alden.

No a su lado.

Un gesto mínimo. Pero suficiente para que una de las sirvientas casi dejara caer un vaso.

Alden levantó una ceja apenas.

La actitud de Belvina le llamaba claramente la atención.

—¿Por qué te sentaste ahí? —preguntó sin inflexión.

Belvina lo miró un instante.

—Es más cómodo.

Respuesta corta. Sin rodeos. Sin sonrisa. Sin el menor intento de agradar.

Alden no respondió de inmediato. Tomó su copa y bebió un sorbo. Sus ojos no se despegaban de ella.

—¿No quieres sentarte cerca de mí? —Su tono era sutil, cargado de algo difícil de descifrar. Una prueba.

Antes, esa mujer se habría sentado a su lado sin que nadie se lo pidiera.

¿Y ahora?

—No.

La respuesta llegó rápida. Serena. Sin dudarlo.

La cuchara en la mano de una sirvienta se detuvo en el aire.

Alden se reclinó. Su mirada se afiló.

—¿O es que no te atreves?

Un ataque sutil.

Belvina guardó silencio un momento. Luego levantó la cabeza. Sus miradas se cruzaron.

—No me interesa.

Las palabras eran ligeras. Pero cayeron como una piedra en medio del silencio.

Alden enmudeció.

Desde la caída en el lobby del hotel, Belvina no había hecho ningún esfuerzo por acercarse. Ni obsesión. Ni ansia de posesión.

Y justamente eso resultaba mucho más perturbador.

Alden posó la copa con suavidad. El sonido fue leve. Pero lo bastante nítido en medio de la tensión.

—No juegues un juego que no puedas terminar. —Su tono descendió. Más frío. Más denso.

Belvina lo observó unos segundos. Luego esbozó una sonrisa tenue. No era dulce. Tampoco cargada de significado.

Era más bien... afilada.

—Tranquilo —dijo en voz baja—. No me interesan las cosas que no tienen valor.

Un segundo. Dos segundos. Nadie se movió. Pero algo había cambiado.

Los dedos de Alden, que descansaban sobre la mesa, se detuvieron. Su mirada se oscureció apenas, la línea de la mandíbula se tensó. No era rabia que explota; era más bien algo que le tocaba un nervio.

No replicó de inmediato. Solo contempló a la mujer frente a él. Más tiempo. Más hondo. Como asegurándose de que aquellas palabras realmente habían salido de Belvina.

—¿Ahora te gusta menospreciar las cosas sin mirarte primero al espejo? —dijo al fin, despacio. Sereno, pero claramente ya no impasible.

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