Marcia Montero lo tiene todo: belleza, inteligencia, una pastelería próspera y una familia adinerada que la adora. Lo único que no tiene es el respeto de su marido.
Rodrigo Mendoza nunca supo con quién se casó. Para él, Marcia no es más que una empleada de pastelería, una esposa sumisa a la que puede ignorar, humillar y relegar al papel de sirvienta gratis en la casa de sus padres. Su madre, doña Carmen, la desprecia por "pobre". Su hermana Isabella la insulta sin pudor. Solo don Alfonso, su suegro, la trata con dignidad.
Cuando Marcia descubre que Rodrigo la engaña con Pamela —una compañera de trabajo que miente sobre su origen tanto como él miente sobre su estado civil—, decide que ya es hora de dejar de fingir. Pero no actuará por impulso. Reunirá pruebas, trazará un plan y esperará el momento perfecto para quitarse la máscara.
Lo que Rodrigo y su familia no saben es que la mujer a la que tratan como basura es heredera de un imperio empresarial. Que la pastelería donde "trabaja" le pertenece. Que su hermano Gabriel es novio de Valentina Reyes, la mismísima dueña de la empresa donde Rodrigo presume de gerente. Que cada ascenso, cada privilegio que Rodrigo disfruta, se lo debe a ella.
Y cuando la verdad salga a la luz —en el peor momento posible para Rodrigo—, no habrá vuelta atrás.
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19
Esa mañana Marcia se fue directo a su propia casa. A propósito no preparó el desayuno ni dejó lista la ropa de trabajo de Rodrigo. Quería darles una lección a todos: que vieran lo desordenada que se volvía su vida sin ella.
—Arréglenselas solos, o pídele a Pamela que te prepare todo —murmuró Marcia mientras disfrutaba del desayuno a solas.
En aquella casa, Marcia siempre mantenía la despensa y el refrigerador bien surtidos. Cuando quería cocinar algo, no necesitaba salir a comprar nada. Rodrigo y su familia jamás supieron de la existencia de esa casa, porque lo único que sabían de Marcia era que se trataba de una mujer pobre venida de un pueblo perdido.
Mientras tanto, en casa de los suegros, Rodrigo andaba hecho un desastre. Se puso una camisa y un pantalón arrugados porque Marcia no los había planchado, y encima tuvo que saltarse el desayuno. Aparte de que no había nada preparado, ya era tardísimo y llevaba un buen rato de retraso para llegar a la oficina.
—¿De verdad vas a ir a la oficina con esa facha, Rodrigo? —le preguntó doña Carmen al ver a su hijo.
—Sí, mamá, ya es muy tarde y voy retrasadísimo —contestó Rodrigo mientras caminaba a toda prisa hacia la puerta.
—¿No vas a desayunar primero? Déjame salir a comprarte algo —insistió doña Carmen.
—No hace falta, mamá, ya voy muy tarde. ¡Me voy! —Rodrigo se despidió de prisa y corrió hacia su auto.
Arrancó a toda velocidad sin siquiera dejar que el motor calentara. Esa mañana todo era un completo caos sin Marcia. Normalmente ella lo despertaba, le dejaba la ropa de oficina lista e incluso preparaba el desayuno para toda la familia. Pero esa mañana Marcia se había marchado de la casa antes del amanecer, y eso, por supuesto, los dejó a todos patas arriba.
Rodrigo manejó a toda velocidad y llegó a la oficina cuando todos los empleados ya estaban sentados en sus escritorios.
—Rodrigo, ¿cómo es posible que llegues tarde? Te llamé un montón de veces y no me contestaste —Pamela fue tras él en cuanto lo vio entrar, siguiéndolo hasta su oficina.
—Me quedé dormido —respondió Rodrigo con sequedad.
—¿Pero cómo? —Pamela no salía de su asombro; Rodrigo jamás se quedaba dormido.
—Anoche me peleé con Marcia y dormí en el cuarto de huéspedes. Nadie me despertó, y cuando abrí los ojos, Marcia ya se había ido a su trabajo —Rodrigo le relató la cadena de desgracias de su mañana.
—Y tu ropa está toda arrugada, se ve horrible —lo regañó Pamela al observar la camisa hecha un desastre que llevaba puesta.
—Marcia no me planchó la ropa. Parece que se enojó cuando le conté lo de nuestra boda —dijo Rodrigo.
—Tienes que ser firme con Marcia, porque si no, se va a poner cada vez más insolente contigo —lo azuzó Pamela.
—Tienes razón. Voy a ser firme con ella, ya va a ver. Ahora necesito ponerme a trabajar, sal de mi oficina, por favor —Rodrigo la despachó porque tenía el trabajo acumulado hasta el tope.
Pamela salió de la oficina de Rodrigo dando pisotones, furiosa. Ese día había tenido que ir a trabajar en mototaxi porque Rodrigo no pasó a recogerla.
Normalmente él la recogía todas las mañanas y desayunaban juntos antes de ir a la oficina. Pero esa mañana tuvo que arreglárselas sola porque Rodrigo llegó tarde.
—Todo esto es culpa de Marcia. Ya me las vas a pagar, Marcia. Me voy a desquitar en cuanto sea la esposa de Rodrigo —masculló Pamela entre dientes.
* * *
Mientras tanto, en su oficina, Rodrigo no lograba concentrarse. El estómago le rugía y se le retorcía del hambre. El efecto de haberse saltado el desayuno le había destrozado la concentración por completo.
—Dios, me muero de hambre. Y todavía falta para la hora del almuerzo —gruñó Rodrigo mirando el reloj en su muñeca mientras se sujetaba el estómago con la otra mano.
Al no poder concentrarse, el informe que estaba redactando le quedó lleno de errores. En cuanto sonó la hora del descanso, Rodrigo se lanzó directo al comedor de la empresa; ni siquiera esperó a Pamela.
Pamela, que siempre almorzaba con él, se extrañó al no encontrarlo en su oficina.
—¿Dónde se habrá metido Rodrigo? —se preguntó.
Sacó el celular y lo llamó. El timbre del teléfono le llegó al oído, pero no del auricular, sino desde algún lugar cercano: descubrió el celular de Rodrigo dentro del cajón de su escritorio.
—¿Rodrigo dejó el celular? Él siempre lo lleva consigo —murmuró Pamela desconcertada.
Se dirigió al comedor y, efectivamente, ahí estaba Rodrigo comiendo con una voracidad de náufrago.
—¡Rodrigo, cómo se te ocurre comer sin esperarme! —le reprochó Pamela, indignada.
—Es que me muero de hambre, Pamela, no desayuné —respondió Rodrigo con la boca llena de arroz.
Pamela se sentó, visiblemente molesta, y pidió su almuerzo. Rodrigo, que terminó primero, se quedó acompañándola mientras ella comía.
—Rodrigo, no quiero que pospongamos mucho tiempo la boda. Casémonos en cuanto pase la fiesta de compromiso de Valentina —le propuso Pamela.
—Estoy de acuerdo. Organízalo tú, te dejo todo en tus manos —Rodrigo aceptó la propuesta sin pensarlo dos veces.
—Quiero invitar a toda la gente de la oficina. Estoy segura de que Valentina nos va a dar un regalo espectacular —comentó Pamela con los ojos brillantes de expectativa.
—Claro que sí, mi amor. Tenemos que demostrarles a todos en la oficina que vamos a tener una boda de lujo en una villa elegante —Rodrigo ya no cabía de la impaciencia por presumirles a todos que se casaría con la hija de una familia adinerada.
—Yo tampoco puedo esperar. Transfiere el dinero lo antes posible para que mis papás puedan empezar con los preparativos —insistió Pamela.
—Sí, mi amor, hoy en la tarde, en cuanto salgamos de la oficina, te hago la transferencia —Rodrigo le apretó la mano con fuerza.
Después de terminar el almuerzo, Rodrigo la invitó a volver a su oficina. Quería divertirse con Pamela a puerta cerrada, sin sospechar que Valentina ya había mandado instalar una cámara de vigilancia en aquel cuarto.
No era la primera vez que Rodrigo y Pamela tenían relaciones en esa oficina. Valentina había colocado la cámara justamente para reunir más pruebas de la infidelidad de ambos. Quería ayudar a su futura cuñada para que, llegado el momento, el proceso de divorcio contra Rodrigo en el juzgado fuera contundente.