Renata Paredes siempre ha sido la hija menos querida de su familia. Cuando el negocio de su padre queda al borde de la ruina, la obligan a aceptar un matrimonio de conveniencia con Damián Valcárcel, el frío e inalcanzable presidente del poderoso Grupo Boreal.
El acuerdo parece sencillo: mantener las apariencias, no enamorarse y cuidar de Toñito, el pequeño hijo de Damián, que está decidido a convertirle la vida en un infierno.
Pero Renata no esperaba que aquel niño rebelde fuera el primero en elegirla. Tampoco que, detrás de la indiferencia de Damián, hubiera un hombre dispuesto a protegerla cuando todos los demás le daban la espalda.
Entre secretos familiares, celos, heridas del pasado y una mujer decidida a recuperar el lugar que abandonó, Renata tendrá que luchar por el único hogar que alguna vez sintió suyo.
Él se casó con ella por un acuerdo.
El niño la llamó mamá.
Y, sin darse cuenta, los tres se convirtieron en una familia de verdad.
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Capítulo 5
Capítulo 5 — Víspera de guerra
Los días que siguieron fueron una coreografía silenciosa. Damián y yo nos vimos a diario, no por gusto, sino por logística: había que elegir los anillos, probarse los trajes, ensayar la ceremonia. Puntualidad, cortesía, frases justas. Nada más.
Y sin embargo.
En la joyería, cuando la vendedora me deslizó el anillo en el dedo, él lo observó un segundo de más antes de aprobarlo con un gesto. En la prueba del traje, me preguntó —seco, pero preguntó— si el tono del ramo iba a combinar. En el ensayo, cuando el sacerdote nos hizo caminar juntos hacia el altar vacío, acomodó su paso al mío sin que yo se lo pidiera. Detalles minúsculos. Pero, de tanto vernos, dejamos de ser dos completos desconocidos. Éramos, ahora, dos desconocidos que se sabían el ritmo del otro. Ni yo lo habría admitido en voz alta, ni él tampoco.
Una tarde, en el ensayo, Toñito apareció de la mano de una empleada, se plantó frente a mí con los brazos cruzados y me anunció que su papá era "el más fuerte de todos" y que yo "ni pensara en mandarlo". Le dije que no se me ocurriría. Él entrecerró los ojos, desconfiado, y se fue. Damián observó la escena desde unos pasos, y por un instante me pareció que la comisura de su boca hacía el amago de algo que en otra persona habría sido una sonrisa. En él, apenas un temblor. Pero lo vi.
El día que me llevaron por primera vez a la Hacienda Valcárcel, entendí de golpe de qué tamaño era el mundo al que me estaban metiendo. Una casa enorme, antigua, de jardines interminables, con el peso de varias generaciones colgado de las paredes. El auto cruzó un portón de hierro y a mí se me encogió el estómago.
En la puerta me esperaba una mujer que yo no conocía, y que me cambió el día con solo mirarme. Elegante, de sonrisa cálida, con los ojos de Damián pero sin una gota de su hielo.
—Tú debes ser Renata. —Me tomó las dos manos entre las suyas, tibias—. Soy Leonor, la madre de Damián. Bienvenida, hija.
*Hija.* La palabra me atravesó. En mi propia casa nadie me la decía sin que sonara a factura. Esta mujer, a la que acababa de conocer, la pronunció como si de verdad me abriera un lugar.
—Ven, siéntate. —Me guió al interior, sin soltarme—. Escúchame una cosa, y perdóname que te la diga tan pronto. Mi hijo tiene mal carácter. Es duro, es cerrado, a veces parece que no siente nada. Pero no es así, te lo aseguro. Ten paciencia con él, hija. Debajo de todo ese hielo hay un hombre que ha sufrido más de lo que muestra.
Se me hizo un nudo en la garganta. Por primera vez desde que empezó esta pesadilla, alguien me hablaba con ternura de madre. No de la que finge, no de la que cobra. De la de verdad. Tuve que morderme por dentro para no llorar delante de ella.
El momento duró poco.
En un sillón de respaldo alto, junto a la chimenea, estaba sentada una anciana con un bastón entre las manos. Doña Herminia, la bisabuela, la mujer que mandaba en la familia. Me examinó de pies a cabeza, sin prisa, con esos ojos que habían visto pasar el mundo entero y no se dejaban engañar por nadie. Luego golpeó el bastón contra el suelo, un golpe seco que resonó en toda la sala.
—Los Paredes no están a la altura de esta familia —dijo, sin dirigirse a mí, dirigiéndose al aire por encima de mí, que es la peor manera de que a una la desprecien.
—Abuela, por favor. —Un hombre mayor y digno, que debía ser don Fernando, se acercó a calmarla—. La muchacha acaba de llegar. Denle una oportunidad.
Doña Herminia no contestó. Se apoyó en el bastón, se levantó con esfuerzo, y salió de la sala sin dirigirme una sola palabra, sin un saludo, sin siquiera un adiós. Me dejó ahí, de pie, con la sonrisa que había preparado congelada en la cara.
*Lengua afilada*, pensaría yo mucho después. Pero esa tarde solo sentí el filo.
Leonor me apretó la mano para consolarme, y estaba a punto de decir algo cuando una ráfaga pequeña cruzó la sala. Toñito. Venía corriendo, se frenó en seco al verme, y su carita se contrajo en pura guerra. Me sacó la lengua con todas sus fuerzas.
—¡Tía fea! ¡Tía fea! —chilló, señalándome—. ¡No te queremos aquí, tía fea!
—Antonio Rafael. —Leonor lo regañó con dulzura, poniéndose seria—. Eso no se dice. Pídele disculpas a Renata.
El niño no pidió nada. Corrió a esconderse detrás de las piernas de su abuela, se agarró de su falda, y desde ahí, medio oculto, siguió mirándome con los ojos entrecerrados, retándome, como un gatito erizado que ya decidió que soy el enemigo. No aparté la vista. Le sostuve la mirada al niño con toda la calma que pude fingir, aunque por dentro pensara: *Cuatro años y ya me odia con más razón que su padre.*
Me fui de la Hacienda con el corazón partido en dos mitades que no encajaban: la calidez de Leonor en una mano, el hielo de doña Herminia y la lengua afuera de Toñito en la otra. Así iba a ser mi nueva familia. Una sola persona de mi lado, rodeada de muros.
Esa noche, la víspera de la boda, no pude estar quieta. El vestido de novia colgaba de la puerta del clóset, enorme y blanco, iluminado apenas por la lámpara, como un fantasma amable esperándome. Me senté en la cama a mirarlo, y sonó el teléfono.
—Rena. —La voz de Juli, cálida, del otro lado—. Mañana es el gran día. Te llamo para desearte suerte. Y para recordarte que, pase lo que pase, ahí voy a estar yo, en primera fila, lista para lo que sea.
—Gracias, Juli. —Me abracé las rodillas—. De verdad. No sé qué haría sin ti.
—¿Estás bien? Te oigo rara.
Me quedé callada un momento, mirando el vestido colgado que la corriente hacía moverse apenas.
—No sé. —Bajé la voz, como si decirlo más fuerte fuera a hacerlo realidad—. Tengo un presentimiento horrible, Juli. Un presentimiento de que algo va a salir mal en esa boda. No sé qué. Pero lo siento aquí, en el pecho, desde hace días. Como cuando el aire se pone pesado antes de una tormenta.
—Ay, Rena, son los nervios. Toda novia siente eso.
—Sí. —Sonreí sin ganas—. Han de ser los nervios.
Colgamos. Apagué la luz. Pero no dormí. Me quedé con los ojos abiertos en la oscuridad, escuchando cómo la casa crujía, con la certeza sorda de que algo, en alguna parte, ya estaba fuera de lugar.
La mañana llegó demasiado pronto y demasiado despacio a la vez.
Me vistieron, me peinaron, me pusieron el velo. Cuando me subí a la limusina que iba a llevarme a la iglesia, apreté el ramo contra el pecho para que no me temblaran las manos. El motor arrancó. Por la ventanilla desfilaban las calles de San Martín, indiferentes, como si aquel no fuera el día que iba a partir mi vida en dos.
Entonces, en el espejo retrovisor, capté algo que me heló la sangre.
Toñito. Sentado atrás, muy quietecito, demasiado quietecito, con una sonrisa traviesa que le partía la cara de oreja a oreja. Y las dos manos escondidas detrás de la espalda, apretando algo que yo no alcanzaba a ver.
Un escalofrío me recorrió la columna de arriba abajo.
*El presentimiento.*