Segunda parte
Isabella creía haber dejado atrás los secretos del pasado, hasta que un contrato inesperado la obliga a unir su destino con el misterioso heredero Blackwood.
Un matrimonio por conveniencia, una regla que no pueden romper y sentimientos que jamás estuvieron en el contrato. 💍❤️
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Capítulo 3 — Una decisión peligrosa
Isabella seguía mirando el contrato.
La lapicera descansaba sobre el escritorio.
Solo tenía que escribir su nombre.
Un movimiento.
Una firma.
Y su vida cambiaría por completo.
Pero no podía hacerlo.
Todavía no.
Había demasiadas cosas que no entendía.
La fotografía de Damián junto a Mónica seguía en su mente.
Si aquella imagen había sido tomada tres meses atrás, significaba que Mónica había estado en contacto con él mucho después de haber declarado contra la sociedad.
¿Damián estaba mintiendo?
¿O alguien estaba intentando hacerlo parecer culpable?
Isabella tomó el teléfono y llamó a Valentina.
—Necesito verte.
—¿Ahora?
—Sí.
—Voy para allá.
Media hora después, Valentina llegó.
Encontró a Isabella sentada en el sofá con las fotografías extendidas sobre la mesa.
—¿Son las que te mostró Alexander?
—Sí.
Valentina las observó.
—¿Qué piensas?
—Que no puedo confiar completamente en Damián.
—Eso ya lo sabíamos.
—Pero tampoco puedo confiar en quien está intentando que desconfíe de él.
Valentina se sentó a su lado.
—Entonces tenemos que descubrir quién tomó estas fotografías.
Isabella asintió.
—Y qué le entregó Mónica.
—¿Crees que deberíamos hablar con ella?
—Sí.
—¿Y si no quiere decirnos la verdad?
Isabella tomó una de las fotografías.
—Entonces encontraremos otra forma.
A la mañana siguiente, las dos fueron a buscar a Mónica.
Después de la caída de la antigua sociedad, Mónica había abandonado la ciudad y se había alejado de la vida pública.
Pero Isabella sabía dónde encontrarla.
Una pequeña casa en las afueras.
Mónica abrió la puerta.
Al verlas, su rostro cambió.
—¿Qué hacen aquí?
Isabella levantó la fotografía.
—Necesitamos respuestas.
Mónica miró la imagen.
Durante unos segundos no dijo nada.
Después abrió la puerta.
—Entren.
La casa era sencilla.
No tenía lujos.
Sobre una mesa había varias cajas.
Mónica se sentó.
—No quería que ustedes vieran esto.
Isabella colocó la fotografía frente a ella.
—¿Es verdad?
—Sí.
—¿Te reuniste con Damián?
—Sí.
—¿Cuándo?
—Hace tres meses.
—¿Por qué?
Mónica bajó la mirada.
—Porque él me pidió ayuda.
Valentina preguntó:
—¿Para qué?
Mónica respiró profundamente.
—Para encontrar a la persona que modificó el testamento de su abuelo.
Isabella quedó sorprendida.
—¿Tú sabes quién lo hizo?
—No.
—Entonces ¿qué le entregaste?
Mónica permaneció en silencio.
Isabella insistió:
—¿Qué había en ese sobre?
Finalmente Mónica respondió:
—Una copia de los documentos que demostraban que el testamento había sido manipulado.
Valentina miró a Isabella.
—Entonces Damián estaba investigando.
Mónica asintió.
—Sí.
—¿Por qué no nos lo dijiste?
—Porque Damián me pidió que mantuviera silencio.
Isabella frunció el ceño.
—¿Y por qué confiaste en él?
Mónica levantó la mirada.
—Porque él fue quien me ayudó a escapar.
Isabella se quedó inmóvil.
—¿Escapar de quién?
—De las personas que todavía están detrás de todo esto.
—¿La sociedad?
Mónica negó.
—Algunos miembros desaparecieron, pero la organización nunca murió.
Valentina preguntó:
—¿Quién la dirige ahora?
Mónica bajó la voz.
—No lo sé.
—¿No lo sabes?
—No.
—Entonces ¿cómo sabes que sigue existiendo?
Mónica señaló una de las cajas.
—Porque continúan enviándome mensajes.
Isabella se levantó.
—¿Qué mensajes?
Mónica abrió la caja.
Dentro había varios sobres.
Todos tenían el mismo símbolo.
El círculo atravesado por una línea.
Isabella sintió un escalofrío.
—Pensé que esto había terminado.
—Yo también —dijo Mónica.
Uno de los sobres estaba abierto.
Mónica se lo entregó.
Isabella sacó la hoja.
Solo había una frase:
“La familia Blackwood pagará por lo que hizo.”
Isabella levantó la mirada.
—¿Qué significa esto?
Mónica respondió:
—Que Damián no es el único heredero en peligro.
—¿Quién más?
Mónica la miró directamente.
—Tú.
El silencio fue absoluto.
Valentina se levantó.
—¿Por qué Isabella?
Mónica señaló otro sobre.
—Porque alguien descubrió que el patrimonio de Aurora y el de Blackwood están conectados.
Isabella negó.
—Pero la Fundación Aurora ya está separada de todo aquello.
—En apariencia.
Mónica sacó un documento.
—Hay una parte del patrimonio original que nunca fue transferida.
Isabella lo tomó.
—¿Dónde está?
Mónica señaló una línea.
—A tu nombre.
Isabella abrió los ojos.
—¿Qué?
—Tu abuelo dejó una parte protegida exclusivamente para ti.
Valentina se acercó.
—¿Y cuánto es?
Mónica respondió:
—Suficiente para cambiar completamente el equilibrio de poder.
Isabella volvió a casa con una sola pregunta en la cabeza.
¿Por qué nadie le había hablado de aquel patrimonio?
Entró en la biblioteca.
Comenzó a revisar los documentos antiguos.
Horas después, encontró una carpeta que jamás había visto.
En la portada decía:
“I. Iglesias — Patrimonio protegido.”
La abrió.
Dentro había un contrato antiguo.
Y una fotografía.
Isabella la tomó.
Era ella de niña.
A su lado estaba su abuelo.
En el reverso había una frase:
“Algún día comprenderás por qué tuve que protegerte.”
Isabella sintió un nudo en la garganta.
—¿Qué estabas escondiendo?
—Quizás deberías preguntármelo a mí.
Isabella se giró rápidamente.
Damián estaba en la puerta.
—¿Cómo entraste?
—Alexander me dejó pasar.
—No puedes aparecer así.
—Lo sé.
Damián se acercó.
—Pero necesitaba hablar contigo.
Isabella tomó la fotografía.
—¿Sabías esto?
Damián la observó.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde que descubrí el testamento.
—¿Y por qué nunca me lo dijiste?
—Porque quería asegurarme de que fuera verdad.
—¿Y ahora?
—Ahora sé que lo es.
Isabella apretó la fotografía.
—Entonces explícame.
Damián se acercó un poco más.
—Tu abuelo dejó una parte del patrimonio bajo tu nombre porque sabía que algún día alguien intentaría controlar Aurora.
—¿Y el contrato?
Damián respiró profundamente.
—El contrato es la única forma legal que encontré para proteger ambos patrimonios mientras descubrimos quién está detrás.
Isabella lo miró.
—¿Y si no firmo?
—Tendrás que protegerte sola.
—¿Y si firmo?
—Entonces estaremos juntos en esto.
Isabella negó.
—No puedo confiar en ti.
Damián asintió.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué sigues insistiendo?
Damián sostuvo su mirada.
—Porque aunque no confíes en mí, yo sí confío en ti.
Isabella se quedó en silencio.
Damián dejó una carpeta sobre el escritorio.
—Aquí está todo lo que descubrí.
Isabella la abrió.
Había informes, fotografías y documentos.
En la última página aparecía un nombre.
Isabella lo leyó.
Su rostro palideció.
—No.
Damián permaneció en silencio.
—Esto no puede ser.
—Es real.
—Pero esta persona…
—Lo sé.
—Está cerca de nosotros.
Damián asintió.
—Mucho más de lo que imaginamos.
Isabella levantó la mirada.
—¿Quién es?
Damián negó.
—No quiero decirlo hasta tener pruebas suficientes.
—¿Por qué?
—Porque si me equivoco, destruiremos la vida de una persona inocente.
Isabella cerró la carpeta.
—Entonces encontraremos las pruebas.
Esa noche, Isabella volvió a mirar el contrato.
Lo tomó.
Leyó la primera cláusula.
Después la segunda.
Y finalmente la última.
Pensó en la Fundación.
En su familia.
En el peligro.
Y en Damián.
Sabía que firmar no era una solución perfecta.
Pero también sabía que quedarse quieta podía ser mucho peor.
Tomó la lapicera.
Valentina apareció en la puerta.
—¿Estás segura?
Isabella la miró.
—No.
—Entonces no lo hagas.
Isabella sonrió ligeramente.
—No estoy segura de él.
—¿Y de qué estás segura?
Isabella miró el contrato.
—De que alguien quiere destruirnos.
Valentina se acercó.
—¿Qué vas a hacer?
Isabella tomó aire.
—Voy a descubrir quién.
A la mañana siguiente, Isabella llegó a Blackwood Holdings.
Damián estaba esperándola.
Ella colocó el contrato sobre su escritorio.
—Lo leí.
—¿Y?
Isabella sacó una lapicera.
—Acepto.
Damián quedó inmóvil.
—¿Estás segura?
—No.
—Isabella…
—Pero hay una condición.
Damián la miró.
—¿Cuál?
—No quiero un matrimonio basado únicamente en apariencias.
—El contrato establece que será una unión legal y pública.
—Lo sé.
Isabella extendió la mano.
—Pero quiero que, durante este año, trabajemos juntos para descubrir la verdad.
Damián la miró durante unos segundos.
—Acepto.
Isabella tomó la lapicera.
Firmó.
Damián hizo lo mismo.
Dos firmas.
Un contrato.
Una decisión que cambiaría sus vidas.
Pero cuando Isabella salió del edificio, su teléfono vibró.
Era un mensaje desconocido.
“Felicidades, señora Blackwood.”
Isabella se detuvo.
Llegó otro mensaje.
“Acabas de cometer el peor error de tu vida.”
Y un tercero.
Esta vez había una fotografía.
Isabella abrió la imagen.
Era una fotografía de Damián.
Pero no estaba solo.
A su lado aparecía una mujer.
Y debajo de la imagen había una frase:
“Pregúntale quién es ella antes de confiar en tu esposo.”
Isabella levantó lentamente la mirada hacia el edificio Blackwood.
Había firmado el contrato.
Ahora era oficialmente la esposa de Damián Blackwood.
Pero acababa de descubrir que quizás había algo en el pasado de su nuevo esposo que él todavía no le había contado.
Y el matrimonio que comenzó como un simple contrato estaba a punto de convertirse en el secreto más peligroso de sus vidas.