En la noche de su cumpleaños número veintitrés, Camila Alcázar descubre que Diego, el hombre al que amó durante tres años, la engaña con la mujer que juró no significar nada para él.
Humillada, furiosa y decidida a elegir por sí misma al menos una vez, Camila le entrega la llave de una suite al desconocido más imponente del antro.
—Dime que estás segura —le exige él.
—Lo estoy. Esta noche te elijo a ti.
Lo que debía ser una sola noche termina convirtiéndose en el encuentro más intenso de su vida.
Pero al despertar, Camila descubre que aquel desconocido es Maximiliano Montalvo: un poderoso empresario de treinta y cinco años, doce mayor que ella… y el padre adoptivo de Ximena, su mejor amiga.
Camila intenta huir y enterrar lo ocurrido. Maximiliano, en cambio, no piensa dejarla escapar.
—Me voy a casar contigo.
—¿Por una noche?
—No. Porque llevo cuatro años sin poder olvidarte.
Cuando dos latidos inesperados aparecen en una pantalla, el matrimonio secreto que debía protegerla empieza a convertirse en algo mucho más peligroso: una relación llena de deseo, celos y sentimientos que ninguno de los dos puede seguir fingiendo.
Ahora Camila tendrá que enfrentarse a un ex dispuesto a destruirla, una familia que quiere vender su futuro y una rival capaz de atentar contra sus hijos.
Pero Maximiliano ya tomó una decisión.
Camila será su esposa, la madre de sus hijos y la única mujer autorizada a incendiar su cama.
Y piensa consentirla hasta que ella deje de tener miedo de pertenecerle.
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Capítulo 19
Capítulo 19
—Es trabajo —me dijo esa mañana, mientras me abría la puerta del coche—. El Club de Golf Bosques tiene un evento para inversionistas la próxima semana. Necesito que veas el lugar, los espacios, la logística. Usted es mi asistente. Usted me acompaña.
Me lo dijo con una cara tan seria, tan de junta, que le creí. O quise creerle. A veces es lo mismo.
El Club de Golf Bosques estaba a las afueras, allá donde la ciudad por fin se rinde y empieza el verde de verdad. Kilómetros de pasto tan parejo que parecía peinado, lomas suaves, un lago quieto reflejando el cielo. Yo iba con mi libreta y mi mejor cara de profesional, apuntando cosas que nadie me iba a pedir después, porque necesitaba las manos ocupadas y la cabeza en otra parte.
Pero no había junta. No había logística. No había nadie.
Caminamos por un sendero hasta una terraza de madera sobre el lago, y ahí, en vez de encontrar meseros preparando un evento, encontré una mesa. Una sola mesa. Dos sillas. Y el sol empezando a bajar, dorando el agua, tiñéndolo todo de ese color de miel que solo dura media hora y luego se va.
Me detuve en seco.
—Señor Montalvo. —Apreté la libreta contra el pecho—. Aquí no hay ningún evento.
—No —dijo él, tranquilo, viendo el lago—. No lo hay.
—Entonces esto es…
—Una mentira. Sí. —Se volvió hacia mí. La luz le daba de lado y le suavizaba esa cara dura de siempre—. La única que le he dicho. Y la última.
Se me disparó el corazón. Quise dar un paso atrás y me quedé clavada en la madera.
Él sacó las manos de los bolsillos. No traía flores. No traía cajita. No hizo nada de lo que hacen en las películas. Solo se paró frente a mí, a un metro, con el atardecer detrás, y me miró como si en el mundo no hubiera un lago, ni un club, ni una ciudad entera esperando allá a lo lejos.
—Camila. —Su voz salió baja, firme, sin un solo temblor—. Llevo meses buscando la manera correcta de decirte esto, y no la encuentro, porque no la hay. Así que te lo voy a decir a secas. —Respiró—. Cásate conmigo.
El aire se me fue del pecho de un jalón.
No fue una pregunta con signos de interrogación. Fue una certeza puesta sobre la mesa, igual que puso aquella noche la mano en mi cintura sin pedir permiso, igual que dijo aquella mañana "ser responsable es casarme contigo". Este hombre no proponía. Ofrecía. Y esperaba.
—Yo… —La lengua no me servía—. Señor Montalvo…
—Maximiliano.
—No puedo llamarlo así.
—Puedes. —Un asomo de sonrisa—. No quieres. Es distinto.
Tenía razón, y eso era lo peor. No es que no pudiera. Es que ese "señor Montalvo" era lo único que me quedaba entre él y yo, la última cerca, el último metro de distancia. Si le decía Maximiliano, si le decía tú, se me caía la cerca encima y ya no había nada que me protegiera de todo lo que sentía. Y yo necesitaba esa cerca como el que se ahoga necesita la orilla.
Cerré los ojos un segundo. El corazón me latía tan fuerte que estaba segura de que él lo veía golpear contra la blusa. Y por dentro, todo lo que llevaba semanas guardando —el álbum con candado, las fotos contadas catorce veces, el calorcito culpable cada vez que llegaba un "solo para Camila"— todo se me subió a la garganta a gritar que dijera que sí, nada más que sí, y ya.
Pero detrás del sí estaba Ximena.
Estaba su mano apretándome el brazo en el pasillo. "Para eso están las amigas, para partirse la cara juntas." Estaba su carita feliz preguntándome qué flores me gustaban sin saber que las flores eran para mí, para tenderme una trampa dulce como esta. Estaba el "papá" con el que ella lo llamaba desde niña. Y estaba yo, la mejor amiga, convertida de un día para otro en su madrastra, rompiéndole la única familia que le quedó.
Y detrás de Ximena estaba lo otro. Lo de siempre. La colonia Nueva Aurora. Los dos zapatos que tenía. El apellido Alcázar que ya no valía nada. Un hombre que le mandaba relojes a la gente que le caía mal y que un día iba a despertar y a darse cuenta de que se había casado con una becaria que no tenía nada.
Abrí los ojos. Me temblaba la barbilla y no dejé que se notara.
—No —dije.
Él no se movió. Ni un músculo.
—No puedo casarme con usted. —Me obligué a sostenerle la mirada, aunque me costó la vida—. Y no es porque no sea usted un buen hombre. Es lo contrario. Usted es… —Me quebré un instante, me compuse—. Usted es de los mejores hombres que voy a conocer en mi vida. Y por eso mismo se merece algo que yo no le puedo dar.
—Dime qué no puedes darme.
—Todo lo que a usted le sobra y a mí me falta. —Alcé la barbilla—. Usted es Maximiliano Montalvo. Yo soy la amiga de su hija. La practicante de zapatos viejos. La que su gente mira de arriba abajo en los pasillos. Si me caso con usted, no voy a ser su esposa, señor Montalvo. Voy a ser la arribista que se pescó al jefe. Bárbara ya lo dijo en junta enfrente de todos. Y sería verdad.
—No sería verdad.
—Lo parecería. Y a veces es lo mismo. —Tragué saliva—. Y está Ximena.
Ahí se me rompió la voz de a de veras.
—Ximena es mi mejor amiga. La única que no me soltó cuando lo perdí todo. Ella lo llama papá. Ella confía en mí. Y usted me está pidiendo que le quite a su papá y me lo quede, y que un día le diga a mi cara "hola, ahora soy tu madrastra". —Negué con la cabeza, las lágrimas apenas contenidas—. No puedo hacerle eso. Prefiero perderlo a usted que perderla a ella. Prefiero mil veces.
—Y hay algo más —dije, y bajé la voz, porque esto no se lo había dicho a nadie—. Usted no me conoce. No de verdad. Usted conoce a la muchacha del antro, a la asistente que le acomoda la agenda, a la que le cuida al gato. Pero no sabe lo que es despertar debiendo dinero. No sabe lo que es contar los pesos para el camión. Yo vengo de un lugar donde la gente como usted ni voltea a ver. Y un día se le va a acabar el encanto, señor Montalvo. Un día me va a mirar y va a ver a la becaria de zapatos viejos, y va a pensar en todo lo que pudo tener. Y yo no quiero estar ahí para ver esa cara.
—Ahí te equivocas —dijo él, sin dudar ni medio segundo—. Yo te miro todos los días. Y cada día veo menos a la becaria y más a la mujer que le devuelve las bolsas a su jefe con la barbilla en alto. Esa cara que temes que ponga algún día no existe, Camila. La inventaste tú, con tus miedos, para tener una razón más de decirme que no.
Me quedé sin aire. Porque me había desarmado con dos frases lo que yo llevaba años construyendo.
El sol tocó el agua. Se hizo un silencio largo, lleno de grillos y de viento y de todo lo que yo acababa de tirar por la borda.
Esperé el enojo. Esperé el "¿entonces para qué guardaste las fotos?", el orgullo herido, la frialdad de siempre bajando como una cortina de metal. Ese hombre le contestaba a la gente con dos sílabas. Ese hombre despedía a directores enteros con una llamada.
No pasó nada de eso.
Maximiliano metió las manos otra vez en los bolsillos, muy despacio, y miró el lago un momento, como quien deja que una ola pase. Luego volvió a mí. Y sonrió. No una sonrisa de burla. Una sonrisa cansada, honesta, casi tierna.
—Buena carta —dijo.
—¿Qué?
—Tu "no". Está muy bien escrito. —Ladeó la cabeza—. Es de esas cartas de buen amigo. "Eres maravilloso, te mereces algo mejor, sigamos siendo amigos." La he recibido. Sé cómo se leen. —Dio un paso hacia mí, uno solo—. El problema, Camila, es que yo no te pedí que fuéramos amigos.
—Señor Montalvo…
—Escúchame bien, porque esto sí lo voy a decir una sola vez. —Bajó la voz, y esa voz baja suya me llegó hasta el hueso—. No me ofende tu no. No me sorprende. Conozco tus miedos mejor que tú, porque llevo mirándote más tiempo del que crees. El apellido, los zapatos, Ximena. Todo eso lo vamos a resolver. Uno por uno. Con tiempo. —Se detuvo—. Lo único que no pienso hacer es cambiar de opinión.
Sentí que me caía por dentro y me sostenía él con las puras palabras.
—La oferta sigue en pie —dijo—. No me voy a ningún lado. No te voy a presionar. No te voy a apurar. Voy despacio, Camila. Tan despacio como necesites. Un año. Cinco. Los que sean. —Y con una calma que me deshizo—: Yo ya esperé bastante. Un poco más no me mata.
No supe qué contestar. No había nada que contestar a eso.
El viento me alborotó el pelo y me tapó los ojos. Antes de que yo levantara la mano, él ya la había levantado por mí. Con dos dedos me acomodó el mechón detrás de la oreja, un roce apenas, tibio, que me erizó toda la piel. Y luego, en vez de acercarse, hizo lo contrario: dio un paso atrás, me dio espacio, me devolvió el aire.
—Entonces —dijo, con las manos otra vez en los bolsillos, la última luz del sol muriéndose en el agua detrás de él—, seremos amigos. Por ahora.
Nuestras dos sombras se estiraban larguísimas sobre la madera, casi tocándose en las puntas.
—Pero que te quede clara una cosa. —Sonrió, y en esa sonrisa no había ni pizca de derrota—. No pienso cambiar de opinión.