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Me casé con el papá de mi ex

Me casé con el papá de mi ex

Status: Terminada
Genre:Romance / CEO / Mujer poderosa / Amor a primera vista / Casada Con Mi Ex's Familiar / Completas
Popularitas:322
Nilai: 5
nombre de autor: Vivi

Después de encontrar a Emilio con Paola en la habitación 1208, Ximena no quiere volver a saber de ninguno de los dos. Por eso le sorprende que, al día siguiente, Leonardo Aldama —el padre de Emilio— aparezca para disculparse. No intenta justificar a su hijo. Solo le dice que no la merecía.
Ximena tiene veintiséis años y una vida que se ha construido sola. Leonardo, cuarenta, enviudó hace años y está acostumbrado a resolverlo todo. Con ella aprende a esperar: primero un café, luego otro; una llamada que se alarga y un beso que ninguno sabe cómo explicar.
Emilio sigue siendo parte de sus vidas, y Ximena no piensa hacerse pequeña para encajar en la familia Aldama. Pero cada vez le cuesta más fingir que Leonardo es solo el padre de su ex.

NovelToon tiene autorización de Vivi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 6

Capítulo 6: Ceder

Ximena se apartó el pelo de la cara con el antebrazo antes de contestar.

—Dígame.

Él no subió al tatami. Señaló con dos dedos su brazo derecho, todavía rojo de la última ronda.

—Cuando busca la llave, estira demasiado el brazo. Lo deja derecho, así. —Estiró el suyo en el aire, rígido—. Contra alguien que sepa, eso es una invitación. Se lo voltean en una llave de muñeca antes de que usted cierre.

Ximena abrió la boca. La cerró.

—Y al pasar la guardia, la rodilla izquierda entra muy pronto. Tiene prisa. —Él hizo una pausa corta—. Hoy no le costó. Contra un cinta morada le va a costar.

Alrededor, algunos del grupo A se habían quedado a mirar, con las botellas de agua en la mano. Diez, doce. El muchacho de la segunda ronda se estaba riendo con otro, bajito.

—¿Me lo puede enseñar? —preguntó ella—. No decírmelo. Enseñármelo.

El mestre Carvalho miró a Leonardo, luego a ella, y se hizo a un lado.

—Adelante.

Leonardo se quitó el reloj, lo dejó sobre la banca y pisó el tatami descalzo. Chocaron las manos. Él no se agachó mucho; se quedó quieto, con las palmas abiertas, esperando.

Ximena entró primero. Le agarró la manga, tiró, cruzó la pierna por detrás de su talón y lo barrió. Él cayó de espaldas, limpio. Un murmullo corrió entre los que miraban. Ella subió rápido, le atrapó la muñeca derecha contra el piso y armó el brazo.

Y lo estiró.

Sintió el giro antes de entenderlo. Él dobló el codo hacia adentro, sacó el brazo como quien saca la mano de una manga floja, y en un segundo ella tenía todo su peso encima, de lado, el pecho de él sobre el suyo, sin aire. Empujó con la cadera.

Él dejó que empujara, se movió con ella, y cuando Ximena intentó girar para escapar, ya estaba detrás.

Una mano en su omóplato. La otra junto a su cuello, sin tocarlo. Ahí, a un centímetro de la piel.

No apretó. No hacía falta.

Ximena palmeó dos veces el tatami.

Él la soltó enseguida y se levantó. Le ofreció la mano. Ella la tomó sin pensar y él la jaló hacia arriba de un tirón. Tenía la palma caliente, muy caliente, y la soltó en cuanto ella estuvo de pie.

—¿Vio el brazo? —dijo él.

—Lo vi. —Le ardía la cara, y no era el esfuerzo—. Lo sentí, más bien.

—Quiere ganar demasiado. —Él recogió el reloj de la banca—. El jiu-jitsu es ceder. Uno deja que el otro empuje, y cuando empuja de más, ahí está la puerta.

Los del grupo A se fueron dispersando. Ximena se sentó en la orilla del tatami con el hombro izquierdo latiéndole. Leonardo le pasó una botella de agua y se sentó a un metro, con la suya.

—Usted…

—No me hable de usted.

Ella se quedó con la botella a medio camino.

—¿Perdón?

—Acaba de tirarme al piso delante de doce personas. —Lo dijo muy serio—. Creo que ya nos podemos tutear.

—Entonces tú tampoco. —Se oyó rara. Probó otra vez—. Tú tampoco, Leonardo.

Él asintió una sola vez, como Carvalho.

—Ximena.

Bebió agua para no tener que decir nada más. El nombre, en su voz, sonaba más largo.

—¿Desde cuándo entrenas?

—Desde los dieciséis. Veinticuatro años.

—Con razón no me dejaste ni respirar.

—Te dejé respirar. Lo que no te dejé fue salir. —Giró la botella entre las manos—. ¿Y tú? ¿Por qué empezaste?

Nadie en la academia de la colonia le había preguntado eso. Ahí la gente llegaba, se ponía el kimono y ya.

—Cuando murieron mis papás, me sentía muy chiquita. —Miró el tatami, las marcas de sudor que ya se estaban secando—. No de tamaño. De todo. Como si cualquiera me pudiera levantar y llevarme a donde quisiera. Años después vi un video. Una mujer en un estacionamiento, un tipo más grande que ella encima, y en diez segundos ella lo tenía en el piso sin soltarlo. Ni gritó. Lo vi como veinte veces esa noche.

Él no dijo nada. Ximena vio que los dedos le apretaban la botella, hasta que el plástico crujió.

—Empecé para dejar de tener miedo —dijo ella.

—¿Y funcionó?

—A veces.

Él dejó la botella en el piso con un cuidado exagerado.

—¿Tienes hambre?

A la una y media, Ximena estacionó su carro detrás del de él en una calle empedrada de San Ángel, a una cuadra del Bazar del Sábado.

Lo había seguido desde Polanco media hora, pensando todo el camino que era una mala idea y sin encontrar en qué salida dar vuelta.

La Fonda Doña Chelo tenía siete mesas, manteles de hule con flores y un altar chiquito a la Virgen junto a la caja. Olía a nuez y a granada. Él escogió la mesa de la ventana sin preguntar, como quien vuelve a su lugar.

—¿Vienes seguido?

—Antes venía con amigos. —Él acomodó la silla—. Luego, solo.

No explicó más. Ximena no preguntó.

Pidieron chiles en nogada, porque era temporada y porque él dijo que los de aquí eran los únicos que valían la pena. Ella pidió agua de jamaica. Él también.

Cuando llegaron los vasos, él levantó el suyo un poco, sin decir nada, y ella lo chocó con el de él, también sin decir nada. Se sintió ridícula. Se le escapó una sonrisa de todos modos.

Hablaron de la academia, de Carvalho, de un profesor de ella que decía que la historia del arte era la historia de quién podía pagar el azul. Él se rio con eso, una risa corta, de nariz.

A las dos y diez le vibró el celular. Miró la pantalla.

—Es Ginebra. Un cierre que no puede esperar. —Se levantó—. Media hora. Lo tomo en el carro, aquí no se oye nada.

—Ve.

—No pidas el postre sin mí.

Se fue. Ximena se quedó con su plato a la mitad y el sabor de la nuez en la boca, mirando la silla vacía.

Fue entonces cuando oyó la risa.

La conocía de toda la vida. De la prepa, de la cocina de la tía, de los audios de las tres de la mañana. Dos mesas más allá, contra la pared, una muchacha sostenía un aro de luz sobre un tripié y grababa un plato de mole.

La otra, de lentes oscuros en la cabeza y blusa blanca, le decía cómo encuadrar.

Paola.

Paola la vio en el mismo segundo. Se quitó los lentes de la cabeza, se acomodó el pelo y caminó hasta su mesa con el celular en la mano, sin prisa, como si la estuvieran grabando a ella también.

—¿Tan rápido sales a comer sola, Xime?

Ximena dejó el tenedor en el plato.

—Ya comí contigo muchas veces. No me hizo falta.

Paola sonrió con todos los dientes. En la mesa de al lado, una señora con dos niños dejó de hablar.

—Pues qué bueno que ya estás mejor. Yo también, fíjate. —Se miró las uñas—. Emilio me va a llevar a Tulum. A pedirme matrimonio. —Se inclinó un poco, lo suficiente para que la oyeran las tres mesas más cercanas—. Yo sí voy a entrar a esa familia.

Ximena la miró un momento. El aro de luz seguía encendido detrás de Paola, como un halo barato.

—Esa familia tiene la puerta muy alta, Pao. —Tomó su vaso de jamaica—. Ni con zancos llegas.

Alguien soltó una risa por la nariz. Otro tosió. La señora de los niños se tapó la boca con la servilleta.

A Paola se le fue el color de las mejillas y le volvió de golpe, más rojo.

—¿Y tú qué? ¿Te crees muy…?

La campanita de la puerta sonó.

Leonardo entró guardándose el celular en el bolsillo. Vio a Paola junto a la mesa. No se detuvo, no apuró el paso.

Caminó hasta su silla, se quedó de pie a un lado, con una mano en el respaldo, y no miró ni una vez el aro de luz ni el celular que la amiga de Paola seguía sosteniendo en alto.

—Señorita Serrano. —La voz fue la misma que había usado para hablar de la rodilla izquierda—. Su expediente ya está en Recursos Humanos.

Paola se quedó con la boca entreabierta.

—Don Leonardo, yo…

Él ya se había vuelto hacia Ximena.

—¿Pedimos el postre?

En la mesa de la señora con niños, un hombre le dijo algo al oído a su esposa. Ximena alcanzó a oír el señor Aldama, y luego un sí, el de la torre de Reforma. Dos muchachos de la barra voltearon. Nadie más dijo nada.

Paola dio media vuelta, agarró su bolsa de la silla y salió sin despedirse. Su amiga apagó el aro de luz, bajó el celular, lo miró un segundo como si le quemara, y fue detrás de ella con el tripié bajo el brazo.

La campanita volvió a sonar. Luego, silencio. El señor de la caja subió un poco el volumen del radio.

Leonardo se sentó y levantó la mano para llamar a la mesera.

—Aquí el flan es de la abuela —dijo—. Doña Chelo ya no cocina, pero la receta sí.

Ximena lo miró. No le había preguntado nada. No le había dicho no le hagas caso, ni estás bien, ni qué te dijo. Había llegado, había dicho una frase, y había seguido comiendo.

Su papá sí entiende las cosas, pensó. El hijo es el ciego.

No lo dijo. Sonrió, nada más, y bajó la vista al mantel.

—¿Qué? —preguntó él.

—Nada. Que sí quiero flan.

Pidieron dos. Cuando llegó la cuenta, él metió la mano al saco y ella fue más rápida: puso la tarjeta sobre la charola antes de que él sacara la cartera.

—Yo invito.

—Ximena.

—Tú me diste una clase. —Le sostuvo la mirada—. Las clases se pagan.

Él la miró un rato. Luego retiró la mano del saco y la dejó sobre la mesa, abierta, como quien suelta algo sin pelear.

—Gracias por la comida, entonces.

—De nada.

Firmó el voucher. El hombro izquierdo le dolía un poco al mover el brazo; mañana iba a estar peor. No le importó.

Afuera, del otro lado del vidrio, algo se movió.

Paola estaba en la banqueta, junto a un poste, sola. La amiga ya no estaba.

Tenía la cara mojada y los lentes oscuros puestos aunque el sol ya se había escondido detrás de una nube, y con el pulgar marcaba un número en el celular, se equivocaba, borraba y volvía a marcar.

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