Ella reencarna en un nuevo mundo y está decidida a cambiar el futuro de un duque.. que además, le encanta.
*Todas las novelas son independientes*
**Esta novela pertenece a un mundo mágico**
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Los Parisi 2
Cuando Antony se marchó, Catarina regresó a su habitación y comenzó a revisar los documentos personales que había recibido de la administración familiar.
Necesitaba saber exactamente con qué recursos contaba.
No podía presentarse ante los Rossi con una propuesta vacía y una sonrisa encantadora.
Bueno, técnicamente podía.
Pero probablemente no sería la mejor estrategia.
Extendió varios documentos sobre el escritorio.
Había registros de propiedades, cuentas, rentas y otros bienes que le pertenecían personalmente.
Catarina los examinó con creciente desconcierto.
Después volvió a leerlos.
Y otra vez.
Finalmente, levantó la cabeza.
—¡ESPERA!
Se puso de pie tan rápido que casi tiró la silla.
—¡¿TENGO MI PROPIA HERENCIA?!
Revisó los documentos una vez más.
Sí.
La tenía.
Además de la fortuna familiar, la verdadera Catarina Parisi poseía bienes propios que le permitían disponer de una cantidad considerable de dinero.
Catarina se llevó ambas manos a la boca.
[¡Estoy rica por partida doble!].
Caminó hasta el espejo.
—¡Soy una mujer independiente!
Se señaló el pecho.
—¡Tengo dinero propio!
Giró sobre sí misma.
—¡Y puedo utilizarlo para financiar una propuesta comercial!
Se detuvo.
Su expresión cambió.
—Espera. ¿Cómo no había pensado en esto antes?
Porque, evidentemente, había estado demasiado ocupada maravillándose con sus vestidos, sus joyas y la extraordinaria calidad de su nueva cama.
No se arrepentía de ninguna de esas actividades.
Pero había llegado el momento de ponerse seria.
Si quería acercarse a los Rossi, necesitaba una propuesta que tuviera sentido económico.
No bastaba con ofrecer dinero a cambio de una reunión.
Eso sería sospechoso.
Tenía que identificar una necesidad real de la familia y proponer una solución útil.
Y si la propuesta podía beneficiar a los negocios de los Parisi, mejor todavía.
Catarina se sentó frente al escritorio.
Tomó una hoja.
Y comenzó a escribir ideas.
Protección de los envíos de mercancías.
Mejor coordinación de las escoltas.
Revisión de las rutas comerciales.
Organización de los guardias encargados de proteger los bienes durante los viajes.
Quizá incluso un acuerdo para adquirir equipamiento de seguridad destinado a las propiedades de su familia.
No sabía lo suficiente sobre todos esos asuntos como para redactar una propuesta definitiva.
Pero sí sabía que podía pedir ayuda.
Tenía primos expertos en seguridad.
Tenía familiares que conocían las rutas comerciales.
Tenía personas capaces de evaluar los costos y los riesgos.
Lo único que debía hacer era dejar de comportarse como una mujer que esperaba que los demás resolvieran todos sus problemas.
Catarina contempló la hoja.
Sonrió.
—Esto empieza a parecer un plan de verdad.
Y, por primera vez desde su reencarnación, sintió que estaba haciendo algo más que reaccionar ante las circunstancias.
Estaba construyendo su propia estrategia.
Una estrategia que, con un poco de suerte, le permitiría salvar a un hombre sin destruir su reputación ni provocar una guerra entre familias nobles.
Aunque, conociéndose, no descartaba que alguna de esas cosas ocurriera de todas formas.
Las semanas siguientes estuvieron llenas de trabajo.
Catarina pidió información sobre las rutas comerciales de la familia, consultó a sus parientes y revisó los gastos relacionados con la protección de los envíos.
Descubrió que los Parisi dependían de numerosas personas para trasladar sus productos entre los puertos, las ciudades y las propiedades rurales.
Los vinos necesitaban viajar en condiciones adecuadas.
Los quesos requerían una organización cuidadosa para conservar su calidad.
Las mercancías debían llegar a los compradores sin sufrir pérdidas innecesarias.
Y, aunque Vagur era un reino relativamente tranquilo, los caminos no siempre estaban libres de ladrones, accidentes o conflictos entre comerciantes.
Había oportunidades para mejorar la coordinación de los guardias y organizar mejor la protección de las caravanas.
Catarina no inventó un negocio de la nada.
Identificó una necesidad que ya existía.
Y comprendió que los Rossi, con su experiencia en armamento y defensa, podían ser socios adecuados para explorar aquellas mejoras.
No significaba que Enzo tuviera que encargarse personalmente de cada detalle.
Ni que los Parisi fueran a convertirse en fabricantes de armas.
La idea era establecer una relación comercial legítima con el ducado, empezando por asuntos que ambas familias comprendieran.
Catarina trabajó con paciencia.
Revisó los cálculos.
Solicitó opiniones.
Corrigió errores.
Y, cuando por fin creyó que tenía algo presentable, leyó el documento completo frente al espejo.
—Estimado duque Rossi...
Se detuvo.
Frunció el ceño.
—No. Demasiado formal.
Volvió a empezar.
—Excelencia, mi familia estaría interesada en explorar...
Se detuvo nuevamente.
—Eso suena como si quisiera comprarle la casa.
Arrugó la nariz.
—¡Por todos los cielos! ¿Cómo escribían cartas comerciales en esta época?
Se sentó.
Volvió a leer sus notas.
Finalmente, suspiró.
—Bien. Lo haré sencillo. Una propuesta comercial, una explicación de los beneficios y una solicitud de reunión.
Se quedó pensando.
—Y ninguna referencia a que sé que su esposa es una asesina.
Sonrió.
—Excelente. Ya estamos avanzando.
La noche antes de su visita al ducado Rossi, Catarina se encontraba frente al espejo más grande de su habitación.
Había preparado su vestido.
Había revisado la propuesta.
Había organizado los documentos que llevaría.
También había pasado casi una hora decidiendo qué peinado le permitiría parecer una mujer noble, respetable y suficientemente inteligente como para hablar de negocios.
La decisión había sido difícil.
Porque había descubierto que podía ser inteligente y hermosa al mismo tiempo, pero todavía no sabía cómo transmitir ambas cosas sin parecer que estaba intentando seducir a todo el mundo.
Finalmente, optó por un peinado elegante, con parte del cabello recogido y algunos mechones rubios enmarcando su rostro.
El vestido era de un tono azul profundo, con bordados discretos y una falda amplia que no dificultaba demasiado el movimiento.
Se colocó unos pendientes pequeños.
Después examinó su reflejo.
Giró hacia un lado.
Luego hacia el otro.
Finalmente, sonrió.
—Perfecta.
Hizo una pausa.
—Bueno, casi perfecta. Me falta una cosa.
Se llevó una mano al pecho.
Inspiró profundamente.
Y dejó escapar una carcajada.
—¡MUHAHAHAHA!
Se llevó una mano a la cintura.
—¡Mañana conoceré al duque Enzo Rossi!
Volvió a reírse.
—¡Por fin conoceré al hombre al que he visto únicamente en aquellas visiones de la oscuridad!
Se detuvo frente al espejo.
Su sonrisa se suavizó.
Porque, a pesar de sus bromas y de sus planes exagerados, había algo que quería de verdad.
Quería que Enzo viviera.
Quería que tuviera la oportunidad de tomar sus propias decisiones, de liberarse de aquel matrimonio impuesto y de encontrar la felicidad que merecía.
Si terminaba enamorándose de otra mujer, estaría bien.
Si decidía permanecer soltero, también.
Si nunca llegaba a verla como algo más que una conocida, no importaba.
Catarina no pensaba obligarlo a corresponderle.
No quería convertirse en otra persona que utilizara el deber, la culpa o la manipulación para conseguir lo que deseaba.
Ya había visto suficiente de lo que ocurría cuando alguien consideraba que sus propios intereses estaban por encima de la libertad de otra persona.
Ella no haría lo mismo.
Se acercó al espejo y contempló sus ojos rojos.
—No necesito que me ame. Ni siquiera necesito que me agradezca lo que voy a hacer.
Sonrió.
—Solo quiero que siga vivo.
Por un instante, la habitación pareció quedarse en silencio.
Después Catarina levantó la barbilla.
—Y, si resulta que es insoportablemente atractivo, tendré que afrontar ese problema cuando llegue el momento.
Se llevó una mano a la frente.
—¡No! ¡Concentración! ¡Primero salvamos al duque, después evaluamos su rostro!
Se alejó del espejo.
Caminó hasta el escritorio y tomó la propuesta comercial.
Todo estaba listo.
Al día siguiente acudiría al ducado Rossi como una noble interesada en establecer una relación comercial.
No como una mujer enamorada.
No como una rival de Mary.
Y mucho menos como alguien que había presenciado la muerte del duque en una visión misteriosa.
Acudiría como Catarina Parisi.
Una mujer con recursos, una propuesta y un objetivo muy concreto.
Abrió la puerta de su habitación, pero antes de salir se volvió hacia el espejo por última vez.
Levantó un puño.
—¡Misión: que el duque Enzo Rossi viva!
Sonrió con malicia teatral.
—¡Y que Mary Rossi se arrepienta de haber nacido!
Se quedó pensativa.
—Bueno, quizá eso último sea demasiado ambicioso.
Se encogió de hombros.
—¡Pero lo primero no es negociable!
Y así, con una propuesta comercial bajo el brazo, un vestido cuidadosamente elegido y una confianza que probablemente superaba con creces sus conocimientos sobre negocios, Catarina Parisi se preparó para dar el primer paso.
Al día siguiente conocería al duque.
Y el destino, que hasta entonces había seguido tranquilamente su curso, estaba a punto de descubrir que la nueva Catarina tenía muy poca paciencia para las tragedias románticas.
Misión en marcha: que el duque Enzo Rossi viva.
Solo Catarina al natural