Durante tres años, Valentina Robles creyó ser la mujer que Gabriel Duarte amaba. Hasta que volvió su ex y ella escuchó la verdad: él solo había estado buscando a otra en su rostro.
Valentina no va a competir por un lugar que nunca fue suyo. Acepta el matrimonio que antes había rechazado y vuelve a casa, decidida a dejar a Gabriel atrás. Lo que él no sabe es que la mujer a la que dio por sentada es una heredera que ya no necesita ocultarse.
A su lado está Alejandro Ferrer, dispuesto a darle algo que con Gabriel nunca tuvo: confianza sin condiciones.
Pero Gabriel no acepta haberla perdido. Y Valentina ya no está dispuesta a ser la segunda opción de nadie.
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Capítulo 8
008. Ahora solo sentía alivio
Un año antes, Lucía había terminado con su novio. Él le presentó una lista de transferencias que sumaban más de 8 000 dólares a lo largo de sus más de dos años de relación y le exigió que le devolviera el dinero. Como ella se negó, la demandó.
Lucía fue al bufete a pedir ayuda. Los demás abogados estaban en los tribunales y solo quedaba Valentina.
—No fue así —le explicó entre sollozos—. Vivimos juntos dos años. Desde el principio acordamos pagar a medias el alquiler, los servicios y la comida. Él dijo que me iba a transferir 320 dólares al mes para todo eso. Yo ponía otros 320 y de ahí salían los gastos de los dos. No pensé mucho más y acepté. Pero, cuando terminamos, me salió con que le devolviera todo. Dice que eran regalos que me hizo con intención de casarse y que, como ya no estamos juntos, tengo que devolverlos.
Las lágrimas no la dejaban hablar.
—¡Pero ese dinero era para los gastos de todos los días! ¿Cómo que regalos? ¡En dos años, todo lo que me regaló no pasó de 80 dólares! ¿Con qué cara me demanda? Los 320 que yo ponía eran lo que mis papás me daban para vivir. Soy estudiante, ¿de dónde voy a sacar 8 000 dólares? Y no me atrevo a contarles. Si mi papá se entera de que alquilé un lugar para vivir con un hombre mientras iba a la universidad, me mata. Valentina, ayúdame. Ya no sé qué hacer…
Resultaba irónico que una estudiante de Derecho hubiera caído en la trampa de un hombre así. Una joven cegada por el amor podía terminar sin nada en manos de un sinvergüenza. Valentina suspiró, apenada por ella.
Normalmente, un abogado no aceptaba un caso si el cliente ni siquiera podía pagar los honorarios. Pero Valentina no solo lo aceptó: también le prestó el dinero para pagarlos. La situación de Lucía era tan difícil que le preocupaba que, sin nadie que la ayudara, pudiera desesperarse y hacerse daño.
Los honorarios no se pagaban directamente a la abogada. El cliente los ingresaba al bufete y este pagaba el sueldo de quien llevaba el caso. Valentina apenas había empezado a ejercer. Como abogada asalariada, ganaba solo 1 100 dólares al mes. Aun así, agregó a Lucía a WhatsApp y le prestó el dinero sin vacilar.
Después tuvo que esforzarse para conseguir las pruebas decisivas, pero ganó el juicio. Lucía la admiraba y le estaba muy agradecida. En cuanto terminó la universidad, entró al bufete como su asistente.
Ahora la miraba con los ojos enrojecidos.
—Valentina, tengo la pasantía registrada aquí y todavía no puedo irme. ¿Cuando la termine puedo ir a buscarte?
Ella se quedó sorprendida un instante. No esperaba aquella pregunta. Luego le respondió con una sonrisa cálida.
—Claro. Mi casa está en Santa Lucía. Si para entonces quieres ir, solo tienes que llamarme.
—¡Qué bueno! —Lucía sonrió entre lágrimas—. ¡Me voy contigo para toda la vida! Adonde vayas, voy. Nada de cansarte de tenerme siempre pegada a ti.
—Cómo crees.
***
El director del bufete era un hombre de mediana edad que usaba lentes. Al ver la carta de renuncia, la miró sin entender.
—Valentina, ¿por qué tan de repente? ¿Tienes algún problema en el trabajo?
Ella negó con la cabeza.
—No, señor. Es por un asunto familiar. Tengo que volver a casa. Sé que debería avisar con un mes de anticipación, pero todo pasó muy de repente. Yo tampoco lo esperaba. Lo siento. —Añadió—: Ya casi terminé de entregar mis asuntos. Solo me queda un caso con audiencia de apelación dentro de diez días. Después de la audiencia me voy. Quería avisarle desde ahora.
El director guardó silencio un momento.
—Si es así, está bien. Te deseo mucho éxito.
***
Valentina salió del bufete y caminó sin rumbo. Caía la noche, se encendían las luces y la brisa hacía susurrar las copas de los árboles. De pronto sintió una punzada de soledad. Estaba a punto de dejar la ciudad en la que había vivido tres años.
Recordó su llegada a Puerto Azul. Esteban le había bloqueado todas las tarjetas y apenas le quedaban unos cientos de dólares en su billetera digital. Pasó tres días en un hotel. En ese tiempo consiguió trabajo y un alquiler barato cerca del bufete. Tuvo que pagar un mes de depósito y tres por adelantado. Después de eso casi no le quedaba nada. Solo pudo comer gracias a la ayuda de su mejor amiga de Santa Lucía.
En aquel conjunto de viviendas había gente de todo tipo y poca seguridad. Apenas se había mudado cuando un borracho empezó a llamar a su puerta. De madrugada se escondía bajo las cobijas, temblando, sin atreverse a abrir. Se quejó con el dueño, pero él le dijo que tampoco podía hacer nada.
No le quedó más remedio que mudarse. Encima, el dueño se negó a devolverle el depósito. Al principio se lo pidió por las buenas. Él no solo se negó, sino que la insultó con toda clase de groserías.
Furiosa, Valentina llamó a la autoridad tributaria y lo denunció por no emitir comprobantes y evadir impuestos. Después llamó al servicio de inspección de bomberos para denunciar que la vivienda no cumplía las normas de seguridad contra incendios. No se quedó ahí: también presentó una demanda por incumplimiento de contrato y por las ofensas contra su dignidad.
El hombre no sabía qué hacer con tantos problemas. Antes de que el tribunal admitiera la demanda, ya le había devuelto el depósito. Valentina retiró la reclamación por incumplimiento de contrato, pero mantuvo la de las ofensas. Al final, el dueño perdió el juicio y tuvo que indemnizarla.
Al recordarlo, sonrió. Aquella había sido la época más desastrosa de su vida. Más tarde, la muchacha que había sido su vecina le contó que, poco después de que se mudara, alguien le había dado una paliza al borracho. Seguramente se había metido con quien no debía. El dueño también había desaparecido desde entonces.
Valentina solo pensó que habían recibido su merecido.
***
Cuando conoció a Gabriel, todavía era pasante. Había ido con uno de los abogados del bufete a una pequeña empresa del Grupo Duarte para hablar de un contrato de asesoría jurídica. Gabriel justo estaba visitando la empresa. Según él, se había enamorado a primera vista.
Después la había perseguido con insistencia. Cuidaba cada detalle, sabía hacerla sentir querida y siempre aparecía cuando más lo necesitaba. También fue bueno con ella cuando empezaron a salir. Habían tenido una época feliz.
Todo cambió la noche de su primer aniversario. Los dos habían bebido un poco y Gabriel quiso acostarse con ella. Se acercó, la abrazó y bajó la cabeza para besarla en los labios. Valentina, presa del pánico, lo apartó de un fuerte empujón.
Él la miró, dolido.
—¿Por qué? —preguntó con voz ronca.
Ella estaba tan nerviosa que tartamudeaba.
—Yo… todavía no estoy lista. Tú… dame un poco de tiempo.
Después de aquello, Gabriel dejó de tratarla tan bien. Y ella nunca llegó a sentirse preparada para acostarse con él. Ni siquiera quería besarlo. Tampoco sabía muy bien por qué. Quizá, como era su primer noviazgo, no quería avanzar tan rápido. O quizá saber que él había besado y se había acostado con tantas mujeres le causaba, en el fondo, un rechazo físico. Una parte de ella lo encontraba sucio y no podía aceptarlo.
Fuera cual fuera el motivo, ahora solo sentía alivio.
***
Cuando llegó a la casa, Gabriel no estaba. Valentina se bañó y cayó profundamente dormida.
Faltaban diez días para poder irse de allí.
Qué bueno.