Durante seis años, Lucía Morales fue la esposa que Alejandro Valdés mantuvo en secreto. Ante el mundo, él seguía soltero. Con su primer amor, Valeria, era atento y cariñoso. Hasta dejaba que el hijo de ella lo llamara «papá».
Para Lucía, en cambio, solo había desprecio.
Ni siquiera después de una cirugía agotadora, en la que logró salvar una vida, recibió una palabra de preocupación de su marido. Alejandro solo quería exigirle explicaciones por haber tratado mal a Valeria.
Lucía ya había solicitado su traslado a otro hospital. Ahora también estaba lista para quitarse el anillo.
—Quiero el divorcio. Te dejo libre.
Por primera vez, no le pedía que la amara. Le pedía que la dejara ir.
Pero Alejandro se negó.
Creía que ella nunca sería capaz de abandonarlo. Cuando comprende que esta vez va en serio, empieza a perder el control.
Él quiere recuperar a su esposa.
Lucía quiere recuperar los años que perdió esperando que la eligiera.
NovelToon tiene autorización de Alma Varela para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 5
Capítulo 5. ¡Esta mujer mala me empujó!
El rostro de Alejandro se ensombreció. Estaba a punto de soltar a Valeria cuando ella lo retuvo.
—Alejandro, todavía me siento mal. ¿Me acompañas a buscar la medicina?
Él frunció el ceño, apartó la vista de la figura que acababa de desaparecer y aceptó con un murmullo.
Después de recoger los medicamentos en la farmacia, Valeria lo miró. Al verlo distraído, se acercó con una sonrisa.
—Nico quiere ir a un jardín de niños privado, pero todavía nos faltan los documentos familiares que exige la escuela. Pensaba que tal vez podrías ponerlo a tu cargo por un tiempo…
Por miedo a que se negara, se apresuró a añadir:
—No te preocupes. Sería solo por un tiempo y nadie se enteraría.
Alejandro la miró con atención. Valeria no se atrevió a esquivar sus ojos, aunque apretó las manos a escondidas.
—Alejandro, ¿te… molestó?
—No sería apropiado que figurara a mi cargo —respondió él sin inmutarse—. Puedo pedirle a mi madre que lo acoja como hijo de crianza y se encargue de la inscripción.
Valeria se quedó sin palabras. ¿Un hijo de crianza de los Valdés? ¡Eso lo pondría en la misma generación que Alejandro! Si su hijo se convertía nominalmente en el hermano menor de él, ¿en qué lugar quedaba ella, que era su madre?
Alejandro la observó con una mirada más honda.
—¿No quieres?
—No es eso… Haz lo que consideres mejor.
Valeria no se atrevió a mostrar lo que pensaba. Él asintió y no dijo más.
Ella cerró los dedos, inconforme. Pero aquello no podía apresurarse. Si lograba que su hijo entrara en la familia y se ganara el cariño de sus mayores, ¿por qué no iba a poder mejorar su propia situación?
Alejandro no volvió en toda la noche. Antes Lucía dejaba una luz encendida y lo esperaba; ahora ya no. Había dejado de importarle si regresaba o no.
Se disponía a ir al hospital cuando tuvo la mala suerte de encontrarse abajo con Valeria y su hijo. Intentó pasar de largo, pero la otra mujer la llamó.
—Doctora Morales.
Lucía se detuvo y se volvió.
—¿Necesita algo?
—¿A usted… no le caigo bien? —preguntó Valeria, mirándola.
—Se preocupa de más, señorita Ortega.
No era que le cayera mal. Sencillamente, no tenía por qué caerle bien: apenas la conocía.
Valeria se acercó con el niño.
—Qué alivio. Por cierto, va al hospital, ¿verdad? Yo también iré después de dejar a Nico. Como nos queda de camino, le pediré a Alejandro que la lleve.
La expresión de Lucía se endureció ligeramente. Así que había pasado la noche en casa de Valeria. Todavía no se habían divorciado y él ya se había apresurado a meterse en la cama de otra.
—No hace falta. Tengo auto —respondió con voz grave.
Valeria la sujetó del brazo.
—No sea tan formal. Trabajamos en el mismo hospital. Espere un poco, Alejandro ya viene.
Lucía reprimió en silencio la rabia que le subía por dentro. Empezaba a preguntarse si Valeria lo hacía a propósito; si conocía desde el principio su relación con Alejandro y por eso se lo restregaba una y otra vez.
Retiró el brazo con fuerza.
—Le dije que no hace falta.
Valeria cayó de pronto al suelo. Al ver a su madre derribada, Nico se abalanzó sobre Lucía y la empujó.
—¡Mala! ¡Empujaste a mi mamá!
El teléfono de Lucía cayó al piso. El niño, todavía furioso, lo pisoteó varias veces con fuerza.
—¿Es que nadie te ha enseñado a comportarte?
Lucía solo lo apartó de un tirón, pero él cayó sentado y se echó a llorar a gritos.
Alejandro vio la escena, estacionó a un lado y salió del auto. Se acercó a grandes pasos.
—¡Lucía Morales!
La urgencia le hizo olvidar incluso el riesgo de que Valeria descubriera su relación: la había llamado por su nombre.
—¡Papá! ¡Esta mujer mala me empujó!
Nico lloraba desconsoladamente, sintiéndose agraviado. Valeria se volvió para comprobar si se había lastimado y miró a Lucía con disgusto.
—Doctora Morales, si tiene algo contra mí, dígamelo a mí. ¡No tiene por qué agredir a un niño!
Lucía respiró hondo y apretó los dientes.
—¿Por qué no menciona que él pisoteó mi teléfono a propósito?
Valeria desvió la mirada.
—Nico… No lo hizo a propósito.
—Una pisada puede ser un accidente. ¡Varias ya son intencionales!
—Lucía.
Los ojos de Alejandro empezaron a teñirse de ira.