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Pasaje A Las Vegas: Pacto, Fuga Y Destino

Pasaje A Las Vegas: Pacto, Fuga Y Destino

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Malentendidos / Hijo/a genio / Completas
Popularitas:7.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Para salvar los imperios de sus familias, Elena aceptó un matrimonio arreglado desde su nacimiento con una sola condición en mente: convencer a su prometido de divorciarse al primer año. El plan era perfecto hasta el almuerzo de presentación, donde una confusión la hace creer que su futuro esposo es un anciano decrépito. Aterrorizada, escapa del salón y salta al primer taxi que encuentra en la calle, suplicándole al chofer que la lleve a Las Vegas para arruinar el acuerdo.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 12: Cielo gris y dos líneas rosas

El cielo sobre Londres no conocía los matices; era una manta uniforme de plomo húmedo que descargaba una llovizna implacable sobre la pista militar de RAF Northolt.

Cuando los neumáticos del jet diplomático tocaron tierra inglesa, el impacto seco sacudió a Antonella de un sopor pesado y sin sueños. Al descender por la escalerilla de metal, el viento británico, cargado de olor a turba y lluvia fría, le azotó el rostro. No hubo aduanas comunes, ni filas serpenteantes de turistas arrastrando equipaje, ni escáneres de seguridad que registraran su rostro en las bases de datos federales. Una comitiva discreta de la embajada la esperaba al pie de la pista: un paraguas negro extendido sobre su cabeza y la puerta abierta de un Jaguar clásico con matrícula consular.

Dos horas después, Antonella contemplaba las copas de los árboles mojados de Hyde Park desde el balcón de un elegante departamento en el corazón de Kensington. El piso, de techos altos con molduras clásicas y chimenea de mármol blanco, pertenecía a la familia Harrington. Antony había dejado todo dispuesto con una precisión quirúrgica: despensa surtida, un guardarropa sobrio pero impecable y una carta de recomendación confidencial dirigida a St. James Capital, una prestigiosa firma de gestión de patrimonios en Mayfair que operaba fuera del radar de las corporaciones transatlánticas de Nueva York.

Antonella se sentó frente a la chimenea encendida con una taza de té humeante entre las manos. Por primera vez en veintidós años, nadie esperaba nada de ella. Su apellido ya no cotizaba en la bolsa. No había herencias que proteger ni sonrisas fingidas que ensayar para los fotógrafos de sociedad.

Estaba completamente sola.

Metió la mano en el bolsillo de su pantalón y extrajo la pequeña arandela de goma negra. El plástico gastado estaba tibio por el calor de su cuerpo. Lo apretó en su puño cerrado, cerrando los ojos mientras el recuerdo de la risa ronca de Drew, el olor a desierto y la quemadura de su boca sobre su piel la envolvían con una intensidad que le arrebataba el aire.

«Se acabó, Antonella», se dijo con amarga firmeza. «Fue un choque de trenes en una noche sin frenos. Él volvió a su asfalto con diez mil dólares... y tú tienes un mundo entero que reconstruir».

Mientras tanto, en el piso cincuenta y cuatro de la Torre Prescott en Manhattan, el ambiente era el de una sala de guerra al borde del colapso.

Andrew Prescott no había dormido en setenta y dos horas. Con la camisa negra desabrochada en el cuello, las mangas arremangadas y una sombra de barba oscura endureciéndole las facciones, examinaba una pared de pantallas digitales donde parpadeaban mapas de satélite, registros de peajes y manifiestos de aeropuertos comerciales de toda la costa este.

El director de seguridad e inteligencia de Prescott Global, un exagente de operaciones encubiertas con tres décadas de experiencia, permanecía de pie junto al escritorio con un expediente de cuero cerrado.

—No hay nada, señor Prescott —anunció el hombre, midiendo cuidadosamente sus palabras ante la mirada volcánica del joven magnate—. Rastreó cada salida de Manhattan. Registramos las cámaras de la Quinta Avenida: la señora... Antonella abordó un sedán negro a las 16:14 horas. El vehículo portaba placas diplomáticas del consulado británico.

Andrew levantó la cabeza bruscamente. Sus ojos ámbar brillaron con una luz peligrosa.

—¿Placas consulares?

—Así es. El automóvil ingresó directamente por la puerta militar secundaria del aeródromo de Teterboro a las 17:02. A las 17:30, un Gulfstream oficial de la delegación británica despegó con destino reservado. Debido al protocolo de inmunidad soberana de la Corona, no existe manifiesto público de pasajeros. La aeronave no pasó por los controles de la TSA ni dejó registros biométricos. Legalmente, esa pista es un agujero negro.

Arthur Prescott, sentado en un sillón orejero en la esquina de la oficina con las manos apoyadas sobre su bastón de plata, soltó un gruñido áspero que mezclaba admiración con furia contenida.

—La chiquilla tiene mejores contactos de los que imaginábamos, Andrew. Antony Harrington... el cachorro del cónsul. Estudió con ella en la universidad. El viejo cónsul me odia desde el litigio de las navieras en Escocia. Jamás nos entregará información sin una orden del tribunal internacional de La Haya, y para cuando la consigamos, esa muchacha habrá cambiado de ciudad tres veces.

Andrew apretó el vaso de whisky que sostenía hasta que el cristal estuvo a punto de astillarse entre sus dedos.

—No me importa el gobierno británico ni la inmunidad de nadie, Arthur —dijo Andrew con una voz cavernosa, cargada de una obsesión que el dinero no podía comprar—. No se evaporó en el éter. Antonella es mi esposa legítima. Lleva mi anillo de goma en el dedo y mi apellido en el acta de Nevada. Si tengo que comprar a la mitad del servicio exterior o poner un satélite privado a vigilar cada rincón de Europa, lo voy a hacer.

—Desperdicias tu tiempo amenazando a la niebla —lo cortó el abuelo con severidad—. Richard Belmont ya está acabado; sus acreedores le están embargando la mitad de sus propiedades en Long Island y sus acciones cayeron un cuarenta por ciento. Tu venganza contra los Belmont está servida. Ahora asume tu error: te pasaste de listo jugando al chofer misterioso y la presa se te escapó de las manos porque fuiste incapaz de mirarla a la cara y decirle quién eras.

Andrew no contestó. Clavó la mirada en el horizonte recortado de los rascacielos iluminados por la noche neoyorquina. En su mente no estaban las cifras billonarias que manejaba su familia ni la quiebra inminente de los Belmont. Solo estaba el eco de una voz temblorosa en la penumbra de una suite de Las Vegas: «Tenía miedo, Drew. Toda mi vida fue un guion escrito por otros».

—No se me escapó, Arthur —murmuró Andrew entre dientes, con una determinación inquebrantable—. Solo me está tomando más tiempo encontrar el camino de regreso.

Seis semanas más tarde, Londres amaneció envuelta en una neblina densa que amortiguaba el traqueteo de los autobuses rojos sobre Picadilly.

Antonella se había adaptado a su nueva rutina con una tenacidad feroz. En St. James Capital, su destreza para detectar anomalías en los flujos de inversión la había convertido en una pieza clave del equipo en tiempo récord. Nadie allí conocía el apellido Belmont; para la oficina, ella era simplemente "Miss Antonella", una brillante analista con porte de princesa y modales reservados que jamás hablaba de su vida privada.

Sin embargo, en los últimos diez días, una fatiga inusual y mareos repentinos habían comenzado a sabotear su ritmo implacable.

Esa mañana, al intentar dar el primer sorbo a su taza habitual de té negro con limón, el aroma cítrico le revolvió el estómago con una violencia brutal. Tuvo que correr al baño del departamento, arrodillándose sobre los azulejos mientras una arcada incontrolable le dejaba la garganta en carne viva.

Se puso de pie temblando, apoyándose en el lavabo de porcelana. Al levantar la vista hacia el espejo, vio su propio rostro pálido como el mármol, las ojeras marcadas y un brillo extraño en el fondo de sus ojos.

Antonella se quedó inmóvil. Su mente, fría y estructurada, calculó con precisión matemática el calendario de las últimas semanas: el estrés de la graduación, el almuerzo cancelado, la fuga a través del país, la noche en Las Vegas... y el atraso de casi un mes que hasta ese momento le había atribuido al impacto emocional de su destierro.

Sintió que la habitación giraba a su alrededor.

—No... no es posible —susurró, con un hilo de voz que apenas reconoció.

Media hora después, empapada por la llovizna tras una caminata apresurada hasta una farmacia discreta en Brompton Road, Antonella regresó a su baño. Sobre la mesada de mármol descansaba una pequeña caja blanca con letras azules.

Siguió las instrucciones con dedos helados que no dejaban de temblar. Dejó el dispositivo sobre una toalla blanca y caminó hacia el ventanal del salón, contando los segundos en voz baja mientras el corazón le martillaba el pecho como un pájaro enjaulado.

Sesenta segundos. Ciento veinte. Ciento ochenta.

Volvió al baño conteniendo la respiración.

La pequeña pantalla de cristal líquido no dejaba margen para dudas ni apelaciones legales: dos líneas rosadas, nítidas, gruesas y definitivas, brillaban bajo la luz blanca.

Positivo.

Antonella cayó sentada sobre la tapa del inodoro, cubriéndose la boca con ambas manos para ahogar el grito que pugnaba por salir de sus pulmones. No había millones en fideicomisos. No había una familia que la respaldara. Estaba a cinco mil kilómetros de su país, proscrita por su propio padre y con la certeza abrumadora de que en su vientre crecía una nueva vida.

Miró la arandela de goma que descansaba sobre la mesada junto a la prueba de embarazo.

Una risa incrédula, quebrada por las lágrimas que finalmente rodaron por sus mejillas, se escapó de su garganta.

—El hijo del taxista... —susurró para sí misma, acariciándose el vientre plano mientras una fuerza salvaje e indestructible comenzaba a echar raíces en su pecho—. Eres el hijo de un conductor de Las Vegas que me cobró diez mil dólares por salvarme la vida. Y juro por Dios que jamás dejaré que nadie en este mundo te arrebate tu libertad.

1
Flor Perez
simplemente maravillosa👏👏👏👏
Maria Laura Perez
😍👏
Cliente anónimo
Me encanta!!! No paro de leerla!
Primi Mendez
muy bueno TÚ novela gracias felicitaciones
Flor Perez
tómala, por mentiroso😂😂😂😂
Flor Perez
autora me estoy comiendo las uñas por saber que pasará, muchas felicitaciones por tan excelente novela y espero seguir disfrutando otras obras tuyas 👏👏👏👏👏
Helizahira Cohen
No me gusta lo de los Padres, creo debe ser diferente
Flor Perez
y ojalá hubiera bebé a bordo para acabar de rematar tan buenísima novela 😂😂😂😂😂
Flor Perez
ya quisiera ver la cara de Antonela cuando se de cuenta realmente con quien se casó 😂😂😂😂😂😂
Flor Perez
que sucederá?
Flor Perez
muy biena novela hasta el momento y espero que siga asi 👏👏👏👏👏
Cliente anónimo
Muy buena !!
Helizahira Cohen
Bueno no se , ella culpa a los padres de todo, pero el abuelo paterno también hizo lo suyo, Andrew aprovecho la confusión pero si iba a decir la verdad
Flor Perez
😂😂😂😂😂😂
Adriana Montoya Velez
eso se ganan ellas po lopetulantes que son
Adriana Montoya Velez
todas tienen la misma trama el embarazo oculto al papá y conocer al hijo después de varios años cambien ya eso
Helizahira Cohen
No hay comentarios pero es muy buena, esta muy fresca la historia
Maria Laura Perez
😍🤭
Pris
Fascinante historia. Es la segunda vez que la leo
Primi Mendez
emocionante tu novela felicitaciones ala escritora
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