Camila lo dio todo por su matrimonio. Durante tres años cocinó, limpió y cuidó la casa —su propia casa— mientras su esposo Adrián y toda su familia la trataban como sirvienta. Cada fin de año, ellos se iban de vacaciones a Cancún y la dejaban encerrada. Sin dinero. Sin voz. Sin salida.
Pero esta vez será diferente.
Mientras Adrián y los suyos disfrutan del sol y la playa, Camila toma la decisión que cambiará todo: vender la casa, recuperar su carrera, y cobrarles una por una cada humillación que le hicieron vivir.
Lo que Adrián y su familia no saben es que esas vacaciones en Cancún serán las últimas que disfruten juntos.
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02
Camila tomó su celular, un modelo viejo que había comprado antes de casarse con Adrián. Nunca lo había cambiado. Adrián, en cambio, se compró uno de última generación apenas se casaron.
Marcó un número. Hoy daría el primer paso para recuperar su vida.
—Mari, ¿podemos vernos ahora? Necesito tu ayuda —dijo con la voz quebrada.
—Cami, ven a mi casa, estoy aquí —respondió Mariana del otro lado.
—Voy para allá.
Colgó. Mariana era su mejor amiga desde la universidad. Abogada, con un despacho propio. Exactamente la persona que Camila necesitaba.
Abrió su clóset y contempló la ropa que había comprado antes de casarse. Blusas bonitas, vestidos que le quedaban bien. Desde que se convirtió en la esposa de Adrián, no se los había vuelto a poner.
—No puedo seguir atrapada en esta relación. Ya sacrifiqué suficiente por esta familia —le dijo a su reflejo en el espejo.
Se maquilló ligeramente. La mujer que le devolvió el espejo ya no tenía la cara apagada y demacrada de los últimos tres años. Era la mujer atractiva que alguna vez hizo que Adrián cayera a sus pies.
—Disfruta tus vacaciones, Adrián. Te aseguro que serán las últimas de tu familia —murmuró con una media sonrisa.
Salió de la casa y encendió el auto. Tres años sin tocarlo. Era suyo, comprado con su propio dinero antes de casarse, pero desde la boda Adrián se lo había apropiado y ella no volvió a sentarse al volante.
—Este auto vuelve a ser mío. Y no voy a dejar que lo usen nunca más.
Condujo hacia la zona residencial donde vivía Mariana. Antes del matrimonio, Camila iba seguido. Después, Adrián le prohibió salir para cualquier cosa que no fuera ir al mercado por verduras.
El auto entró a la cochera de una casa de dos pisos. Mariana salió a recibirla de inmediato.
—¡Cami! ¡Cuánto tiempo sin verte! —la abrazó con fuerza.
—Yo también te extrañé muchísimo, Mari —Camila le devolvió el abrazo.
—Pasa, pasa.
Mariana tenía un hijo de año y medio. Su esposo, Andrés, era también abogado.
—Mari, necesito hablar con Andrés. Necesito su ayuda —dijo Camila sin rodeos apenas se sentaron.
—Está en la oficina. Si quieres lo llamo y le pido que venga.
—No, no lo molestes. Puedo ir yo a buscarlo después.
—Cami, ¿estás bien? —Mariana la observó con preocupación.
Mariana sabía, en líneas generales, lo que Camila había soportado desde que se casó con Adrián. Pero Camila siempre lo había minimizado, presentándolo como parte de sus "deberes de esposa".
—Ya no puedo más, Mari —la voz se le rompió.
Mariana la tomó entre sus brazos. Camila se derrumbó. El llanto que había contenido durante años brotó de golpe, violento, incontenible. Mariana la dejó llorar hasta que se quedó sin fuerzas.
—Suéltalo todo, Cami. Si ya no puedes más, suéltalo.
—Gracias, Mari —Camila se secó la cara. Sentía el pecho más ligero.
—Dime qué quieres hacer.
—Quiero separarme de Adrián. Y voy a recuperar todo lo que es mío.
—Espérame un segundo. Voy a llamar a Andrés para que venga.
Mariana llamó a su esposo y le pidió que volviera a casa. Quería que Camila pudiera hablar directamente con él, como su futuro representante legal.
—Andrés ya viene en camino. Él te va a ayudar.
—Gracias, Mari. De verdad, gracias por esto.
Siguieron conversando. Al rato, Andrés llegó.
—Qué bueno que pudiste venir rápido —dijo Mariana al verlo entrar.
—Camila, Mariana ya me puso al tanto —Andrés se sentó frente a ella—. Cuenta conmigo.
—Andrés, estoy segura de que Adrián no va a aceptar el divorcio. Va a hacer todo lo posible por impedirlo. Y yo quiero recuperar mis bienes —dijo Camila.
—Tranquila. Lo primero: a partir de hoy no deben vivir juntos. Lo segundo: empieza a reunir todas las pruebas que puedas. Eso va a facilitar mucho el proceso.
—El auto y la casa están a mi nombre. Ambos son míos desde antes de casarme. La casa me la compraron mis padres cuando estaba en la universidad. El auto lo compré yo con mis ahorros. Pero la familia de Adrián se apoderó de todo.
—¿Tienes los documentos?
—Sí, aquí traigo todo.
Camila sacó un sobre grande de papel manila. Andrés revisó el contenido: la escritura de la casa, a nombre de Camila Herrera; el título de propiedad del vehículo y la tarjeta de circulación, también a su nombre.
—Guarda todo esto en un lugar seguro. Que ellos no se enteren de que los tienes.
—Por ahora se los dejo a ustedes. Después los recojo —dijo Camila, entregándole el sobre a Mariana.
—Los guardamos nosotros, no te preocupes —asintió Mariana.
—Planeo vender la casa antes de que Adrián y su familia vuelvan de Cancún. Si no la vendo, jamás voy a lograr sacarlos de ahí —dijo Camila.
—Es un buen plan. Si la casa ya tiene otro dueño cuando ellos regresen, no van a poder reclamar nada —coincidió Andrés.
Camila no tenía otra opción. Si la casa seguía en pie con ellos adentro, nunca iba a poder liberarse. Había que cortarlo de raíz.