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El Pecado De Los Inmortales

El Pecado De Los Inmortales

Status: En proceso
Genre:Demonios / Ángeles / Reencarnación / Romance oscuro
Popularitas:380
Nilai: 5
nombre de autor: Lumina Bazan Enamorado

«El Cielo la condenó. El Infierno la reclamó. Ella decidió que ambos debían arder».

Desde el principio de los tiempos, ángeles y demonios han protegido un equilibrio sostenido por juramentos de sangre y secretos que jamás debieron revelarse.

Cuando una joven comienza a recordar vidas que nunca vivió y a soñar con un hombre de ojos carmesí, su existencia se convierte en una amenaza para ambos reinos.

El Cielo ordena destruir su alma. El Infierno exige capturarla.

Y él, un soberano infernal que una vez la amó y la odió con la misma intensidad, recibe la misión de entregarla a sus enemigos.

Pero ella no recuerda su rostro, sus promesas ni la traición que los separó.

Entre pactos prohibidos, recuerdos manipulados y un amor condenado, descubrirá que los monstruos no siempre habitan en el Infierno.

Porque ella no fue creada para salvar el mundo.

Fue la razón por la que una vez estuvo a punto de desaparecer.

Y el mayor pecado de los inmortales fue olvidar a quién debían temer.

NovelToon tiene autorización de Lumina Bazan Enamorado para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

El precio de recordar

Reino Infernal — Palacio de Nocthar

El cielo violeta se extendió sobre las torres del palacio cuando Darius Vhal llegó a las puertas de la cámara privada de su soberano.

Había enfrentado ejércitos, atravesado campos de batalla y contemplado criaturas capaces de destruir ciudades enteras.

Sin embargo, aquella noche le resultaba más difícil levantar una mano y llamar a una puerta.

Porque nunca había temido a Kaelith Nocthar.

Hasta entonces.

—Entra, Darío.

La voz llegó desde el interior antes de que pudiera anunciarse.

El general abrió.

Kaelith se encontró junto a una mesa cubierta de documentos. Sobre ella descansaba un reloj de bolsillo de plata, idéntico al que Seraphine conservaba en Vespera.

El soberano no levantó la mirada.

—Si has venido a informarme de que seguimos sin recuperar la obsidiana, puedes ahorrarte las palabras.

—No he venido por el fragmento, mi señor.

Kaelith dejó el documento que estaba examinando.

—Entonces habla.

Darius permaneció junto a la puerta.

Por primera vez en siglos, no sabía cómo dirigirse al hombre al que había jurado servir.

—He recordado algo.

La expresión de Kaelith cambió.

—¿Qué cosa?

—Una ceremonia.

El silencio se hizo más profundo.

—Continúa.

Darius respiró lentamente.

—Había una habitación iluminada. Otras personas estaban conmigo, pero no puedo reconocerlas. Recuerdo haber pronunciado unas palabras.

—¿Cuáles?

—No lo sé.

Kaelith se incorporó.

—Darío.

—No estoy ocultándotelas.

El general sostiene su mirada.

—No las recuerdo.

Kaelith rodeó la mesa.

—¿Cuándo ocurrió?

—Tampoco puedo asegurarlo. Creo que fue hace aproximadamente tres mil años.

Los ojos carmesí del soberano se aguantaron.

—¿Tiene relación con Seraphine?

Darius tardó demasiado en responder.

Y ambos lo supieron.

—No puedo descartarlo —admitió.

Kaelith se detuvo frente a él.

—¿Qué ceremonia?

Darius sintió el peso de cada palabra antes de pronunciarla.

—El juramento de los olvidados.

Durante un instante, ninguna de las llamas de la habitación se movió.

Kaelith lo observará como si acabará de escuchar una sentencia.

—Encontré ese nombre en los archivos occidentales.

—Lo sé. 

—¿Desde cuándo?

—Desde que me lo mencionaste.

Kaelith entrecerró los ojos.

—¿Y ahora me dices que participaste en él?

—Eso es lo que parece indicar mi recuerdo.

—¿Por qué no viniste inmediatamente?

Darius bajó la mirada.

—Porque necesitaba saber si podía confiar en lo que había visto.

—¿Y ahora puedes?

—No completamente.

La respuesta pareció enfurecer a Kaelith más que cualquier mentira.

—Entonces dime qué has descubierto.

Darius explicó la inscripción que había aparecido sobre una puerta sellada en las galerías inferiores.

Después de mencionar el pergamino conservado por la familia Morvayne y la posibilidad de que ciertos recuerdos hubieran sido entregados voluntariamente durante una antigua ceremonia.

Cuando llegó a la voz femenina, vaciló.

Kaelith lo advirtió.

—Hay algo más.

Darius apretó la mandíbula.

—Sí, mi señor.

—Habla.

—He visitado esa puerta en más de una ocasión. Al otro lado hay una mujer. O, al menos, una voz que parece pertenecerle.

Kaelith permaneció inmóvil.

—¿Quién es?

—No lo sé.

—Y ¿por qué no me informaste?

Darius sostuvo su mirada.

—Porque nunca conseguí identificarla y temía que, si revelaba su existencia, perdíamos la única oportunidad de averiguar qué había detrás de esa puerta.

—Decidiste ocultarlo.

-Si.

La respuesta fue inmediata.

Darius no intentó justificarse.

—Fue un error.

Kaelith apartó la mirada.

—¿Qué te dijo?

—Sabía del robo del fragmento de obsidiana. También sabía que estabas investigando el juramento.

—¿Algo más?

Darío respiró profundamente.

—Me advirtió que todavía había tiempo para impedir que recordaras quién había pronunciado el último juramento.

Kaelith volvió lentamente la cabeza.

—¿Quién lo pronunció?

—No lo sé.

—¿Y ella?

—No quiso decírmelo.

El soberano permaneció en silencio.

Darius decidió continuar antes de perder el valor.

—También encontré una inscripción sobre la puerta.

—¿Qué decía?

—El juramento no se rompió. Fue olvidado.

Kaelith cerró los ojos.

Durante tres mil años había intentado reconstruir una noche que parecía deshacerse cada vez que se acercaba a la verdad.

Había buscado enemigos.

Traidores.

Responsables.

Pero nunca había considerado seriamente que algunos de sus recuerdos pudieran haber desaparecido como consecuencia de una promesa.

—Crees que participas en lo que le ocurrió a Seraphine? —preguntó.

Darius sintió que la pregunta lo atravesaba.

—No puedo descartarlo.

—Ella murió.

La voz de Kaelith fue apenas un susurro.

—La vi desaparecer delante de mí.

Darío reavivó la cabeza.

—Lo sé.

—¿Lo sabes?

Kaelith soltó una risa amarga.

—Y si ni siquiera eso ocurrió como lo recuerdo?

El general no encontró respuesta.

Durante unos segundos, el soberano pareció dispuesto a pronunciar una orden terrible.

Pero cuando habló, su voz había recuperado la frialdad.

—Entrégame tu llave.

Darius levantó la mirada.

Su mano se dirige hacia la pequeña pieza metálica oculta bajo la armadura.

La corona atravesada por una espada.

Durante siglos había llevado aquella llave como parte de sus responsabilidades, aunque nunca había conseguido explicar de todo su origen.

La colocó sobre la mesa.

Kaelith la contempló.

—Hasta que sepamos qué significa tu participación en ese juramento, no volverás a entrar en las cámaras inferiores sin mi autorización.

Darius permaneció inmóvil.

—¿Desconfías de mí?

Kaelith sostuvo su mirada.

—Confío en el hombre que ha luchado a mi lado durante siglos.

Hizo una pausa.

—Pero todavía no sé qué prometió el hombre que eras antes de que comenzaran nuestros olvidos.

Darío inclinó la cabeza.

Aquella distinción le dolió más que cualquier castigo.

—Lo comprendo, mi señor.

—No te estoy declarando culpable de nada —añadió Kaelith—. Pero no puedo permitir que sigas investigando solo un lugar que ya has visitado sin informarme.

—Entendido.

—Continuarás al mando de tus hombres. La investigación del fragmento robado sigue siendo tu responsabilidad.

Darius levantó ligeramente la cabeza.

—Gracias, mi señor.

Kaelith apartó la mirada.

—No me agradezcas una confianza que todavía tendremos que reconstruir.

Ciudad de Vespera — Universidad

A la mañana siguiente, Seraphine Veyrath descubrió que el café podía resultar insuficiente para compensar una noche de sueños inquietantes.

—Tienes cara de no haber dormido.

Seraphine levantó la mirada de su cuaderno.

Eveline Ashford estaba frente a ella con dos vasos de café y una expresión acusadora.

—Buenos días para ti también.

—Serían mejores si mi mejor amiga dejara de investigar conspiraciones sobrenaturales hasta la madrugada.

—Dormí.

—¿Cuánto?

—Lo suficiente.

—Eso significa menos de cuatro horas.

Seraphine aceptó uno de los cafés.

— ¿Siempre tienes que ser tan observadora?

—Es uno de mis encantos.

Eveline se sentó a su lado.

El patio de la universidad estaba lleno de estudiantes. Algunos conversaban antes de entrar a clases; otros caminaban apresuradamente entre los edificios.

Por un momento, todo parecía normal.

Seraphine agradeció aquella sensación.

— ¿Encontraste algo? —preguntó Eveline.

Seraphine abrió su cuaderno.

Había copiado los símbolos, las inscripciones y las preguntas que había organizado con Kaelith.

Eveline examinó las páginas.

—Vaya.

—¿Qué?

—Por fin estás poniendo orden en todo esto.

—Siempre ha sido organizado.

—La semana pasada encontraste una tarea dentro del refrigerador.

—Estaba distraída.

—La tarea estaba junto a la mantequilla, Seraphine.

— ¿Vas a ayudarme o vas a seguir humillándome?

Eveline sonríe.

—Ambas cosas, probablemente.

Seraphine señaló la fotografía del dibujo que Lucien les había mostrado.

Nueve figuras rodeaban un círculo.

Debajo aparecía la inscripción:

«Nueve sostienen el silencio. Ninguno debe recordar solo».

—Quiero averiguar si esta ilustración aparece en otros documentos —explicó—. Lucien dijo que su familia conservó registros durante generaciones. Quizás podamos encontrar referencias en los catálogos de la universidad.

Eveline estudió la imagen.

—Hay algo que me preocupa.

—¿Solo una cosa?

—Por ahora.

Señaló las nueve figuras.

—Estamos suponiendo que representan personas.

Seraphine la observó.

—Tienes razón.

—Podrían ser cargos, familias, territorios o cualquier otra cosa.

—Incluye símbolos religiosos.

—Exacto.

Seraphine anotó las posibilidades.

Eveline bebió un poco de café.

—¿Y qué dice tu misterioso soberano infernal?

—Que debemos comprobar lo que podemos antes de sacar conclusiones.

Eveline levantó las cejas.

—Eso es sorprendentemente razonable.

—También aprendí a enviar mensajes.

—¿Kaelith?

-Si.

—¿Y sobrevivió la tecnología?

—Apenas.

Eveline soltó una carcajada.

Pero su sonrisa se desvaneció cuando vio otra anotación.

NYXARA.

—Ese es el nombre que escuchaste en la capilla?

Seraphine.

—Kaelith tampoco sabe quién es.

— ¿Estás seguro de que no lo sabes?

—Me dijo que no lo reconocía.

Eveline guardó silencio.

—¿Le crees?

Seraphine contempló el nombre.

—Quiero creerle.

Su amiga no insistió.

En cambio, cerró el cuaderno.

—Entonces vamos a buscar algo que no dependa de creerle a nadie.

Universidad de Vespera — Archivo histórico

El archivo ocupaba una de las alas más antiguas de la universidad.

Las ventanas altas dejaban entrar una luz grisácea que apenas alcanzaba las mesas de lectura.

Seraphine y Eveline llevaban casi una hora revisando catálogos cuando encontraron el primer registro útil.

No era un manuscrito mágico.

Tampoco una profecía.

Era un inventario.

—Mira esto —dijo Eveline.

Seraphine se acercó.

La pantalla mostraba la descripción de una colección de documentos donados a la universidad décadas atrás.

Colección Ardent — Inventarios y correspondencia familiar.

—¿La familia de Lucien? —preguntó Seraphine.

—Parece que sí.

Eveline abrió la ficha.

Entre los documentos figuraba un registro de préstamos y traslados de obras antiguas.

Seraphine comenzó una mirada lasciva.

Una línea llamó su atención.

Retrato de la Señora sin Reino.

Sintió que el corazón se le aceleraba.

—Eveline.

—Ya lo vi.

La ficha indicaba que, hace muchos años, la pintura había sido examinada por un especialista antes de pasar a una colección privada.

El documento no revelaba dónde se encontraba actualmente.

Pero incluía el nombre del investigador que había realizado el examen.

Edmund Ardent.

—¿Pariente de Lucien? —preguntó Seraphine.

—Probablemente. Tendremos que preguntárselo.

Eveline abrió la referencia siguiente.

Había una nota añadida al inventario.

«Se recomienda conservar por separado la descripción del reverso y la imagen principal, debido a discrepancias entre ambas inscripciones».

Seraphine frunció el fruncido.

—¿El reverso?

—Parece que había algo escrito detrás de la pintura.

—Lucien nunca nos mencionó eso.

—Quizá tampoco lo sabe.

Seraphine volvió a leer la nota.

¿Podemos solicitar la descripción?

Eveline consultó el catálogo.

—Aquí aparece una copia digitalizada de parte del informe de examen.

Abrió el archivo.

Una fotografía antigua mostró la parte posterior del lienzo.

La imagen era borrosa, pero debajo aparecía una transcripción realizada por el investigador.

Seraphine se inclinó hacia la pantalla.

El texto estaba incompleto.

Algunas letras habían desaparecido con el paso del tiempo.

Sin embargo, una frase permanecía legible:

«No fue pintada para recordar su rostro, sino para reconocerlo cuando regresara».

Seraphine dejó de respirar durante un instante.

Eveline leyó la frase en silencio.

—Eso... —murmuró— es bastante específico.

Seraphine sintió que las manos se le enfriaban.

—El retrato tiene ochocientos años.

-Si.

—Y alguien escribió que serviría para reconocer a una mujer cuando regresara.

Eveline volvió a examinar el documento.

—Eso dice la transcripción.

Seraphine la miró.

—¿No te parece extraño?

—Muchísimo. Pero todavía no sabemos cuándo se escribió la frase ni quién la escribió.

Seraphine respiró profundamente.

Su amiga tenía razón.

La anotación podía ser posterior a la pintura.

Podía formar parte de una tradición familiar.

Incluso podía tratarse de una falsificación.

Pero, por primera vez, habían encontrado una pista que no dependía de visiones ni de recuerdos sobrenaturales.

Era un documento.

Y alguien había decidido conservarlo.

Seraphine sacó su teléfono.

Fotografió la referencia y anotó el número de catálogo.

—Tenemos que hablar con Lucien.

Eveline.

—Y solicitar una copia completa del informe. La imagen digitalizada no basta para comprobar la inscripción original.

Seraphine miró nuevamente la frase.

Reconocerlo cuando regresara.

Si el retrato realmente había sido creado para identificarla...

¿Quién había esperado su regreso durante ocho siglos?

Reino Celestial — Sala de las Siete Llamas

Aurelian Soltheris contemplaba las llamas suspendidas frente a su trono.

Siete luces habían sido encendidas cuando pronunció su ultimátum.

El plazo seguía avanzando.

Y Kaelith Nocthar todavía no había obedecido.

Un guardián celestial se arrodilló ante él.

—Mi señor, tenemos noticias de Vespera.

Aureliano no apartó la mirada de las llamas.

—Habla.

—La joven documentos ha comenzado a investigar históricos relacionados con el retrato.

—¿Sola?

-No. La acompaña una humana llamada Eveline Ashford.

Aurelian permaneció inmóvil.

—¿Y el historiador?

—Lucien Ardent continúa en la ciudad. No hemos confirmado que hayamos entregado todos los documentos que posee.

El juez celestial descendió lentamente los escalones.

—La familia Ardent custodió registros que nunca debieron abandonar sus manos.

—Ordenas recuperar los documentos?

Aureliano contempló las llamas.

—Quiero saber qué han descubierto.

— ¿Y si la joven encuentra algo más?

Los ojos del juez se endurecieron.

—Entonces tendremos que decidir si todavía es posible contener las consecuencias.

El guardián inclinó la cabeza.

— ¿Qué hacemos con el ultimátum?

Aurelian volvió la mirada hacia las siete luces.

—Nada cambia.

Su voz resonó en la cámara.

—Kaelith conoce el plazo.

El guardián se retiró.

Aureliano permanece solo.

Por primera vez desde que había pronunciado su sentencia, no parecía observar únicamente las llamas.

Podría esperar algo.

Reino Infernal — Cámara privada de Kaelith

La llave descansaba sobre la mesa.

Kaelith llevaba varios minutos observándola.

La corona atravesada por una espada.

Había visto aquel símbolo antes.

En documentos prohibidos.

En fragmentos de piedra.

Y en recuerdos que se deshacían cada vez que intentaba comprenderlos.

Pero nunca había preguntado a Darius por qué lo llevaba.

Había confiado en él.

Y aquella confianza había sido suficiente.

Hasta ahora.

Kaelith tomó la llave.

El metal estaba frío.

Intentó recordar la primera vez que la había visto.

Una armadura manchada de sangre.

El eco de unos pasos.

Después, nada.

No pudo distinguir un rostro ni situar aquellas imágenes en un momento concreto.

Kaelith apretó los dientes.

No sabía si acababa de recordar algo auténtico o si su mente estaba construyendo una escena a partir de lo que deseaba encontrar.

Dejó la llave.

Su teléfono vibró.

El sonido lo sobresaltó.

Miró la pantalla.

Séraphine: Encontramos algo sobre el retrato. ¿Puedes hablar?

Kaelith observó el mensaje.

Durante siglos había enfrentado sus problemas sin compartirlos con nadie.

Había dado órdenes.

Había exigido respuestas.

Había aprendido a desconfiar.

Pero Seraphine le había pedido algo diferente.

Que investigaran juntos.

Y que no decidiera por ella qué debía saber.

Tomó el teléfono.

Kaelith: Sí. ¿Dónde estás?

La respuesta llegó casi inmediatamente.

Séraphine: En la universidad. Y antes de que preguntes, no necesitas aparecer aquí.

Kaelith sonriendo a pesar de todo.

Kaelith: No iba a hacerlo.

Seraphine: Mentiroso.

La sonrisa desapareció lentamente.

Miró la llave.

Podía contarle lo que Darius había confesado.

Pero no por mensaje.

No cuando todavía desconocía cuánto de aquella historia podía afectarla.

Por primera vez, la idea de proteger a Seraphine ocultándole información le resultó insoportablemente familiar.

Recordó la frase que había escuchado la noche anterior.

«Que gobiernes un reino no significa que puedas decidir por mí».

Kaelith cerró los ojos.

Después escribió:

Kaelith: Yo también descubrió algo. Necesitamos hablar con calma.

Ciudad de Vespera — Jardín de la universidad

Seraphine encontró a Kaelith junto a una fuente antigua, en una zona poco transitada del campus.

Vestía un abrigo oscuro y una camisa negra.

Parecía un hombre elegante esperando a alguien.

Hasta que uno se fijaba en sus ojos.

—No puedo creer que hayas venido caminando —comentó ella.

Kaelith levantó una ceja.

— ¿Preferías que apareciera en medio de la biblioteca?

—Preferiría que no provocaras un incidente internacional.

—Entonces estamos de acuerdo.

Seraphine se sentó en el borde de la fuente.

Kaelith permaneció de pie unos instantes antes de ocupar el lugar a su lado.

Ella le mostró la fotografía del informe.

Él leyó la frase.

Su expresión se volvió seria.

—¿De dónde procede?

Seraphine explicó el inventario, el nombre de Edmund Ardent y la nota sobre el reverso del retrato.

Kaelith escuchó con atención.

—No demuestra que el autor conoció tu regreso —dijo finalmente.

Seraphine lo miró con sorpresa.

—Eso mismo pensé.

—Pero sí demuestra que alguien dejó constancia de esa expectativa.

—Exactamente.

Kaelith contempló la fotografía.

—Es un descubrimiento importante.

Seraphine sonríe.

—Lo encontramos Eveline y yo.

—Entonces ambas merecen el reconocimiento.

—Se lo diré. Le encantador escuchar que un soberano infernal aprueba nuestro trabajo.

Kaelith dejó escapar una pequeña risa.

Después su expresión cambió.

Seraphine lo notó inmediatamente.

—¿Qué sucede?

Él guardó silencio.

—Kaelith.

El demonio la miró.

—Darius ha recordado algo.

Seraphine se enderezó.

—¿Qué cosa?

Kaelith le contó lo que sabía.

La ceremonia.

La inscripción.

El juramento de los olvidados.

Y la posibilidad de que su general hubiera participado en un acontecimiento relacionado con la pérdida de ciertos recuerdos.

También le habló de la voz femenina que Darius había escuchado detrás de una puerta sellada.

No mencionado detalles que desconocía.

Tampoco intenté suavizar las implicaciones.

Cuando terminó, Seraphine permaneció inmóvil.

—Crees que estuvo involucrado en lo que me ocurrió?

—No lo sé.

—¿Y él?

—Tampoco.

Seraphine miró el agua de la fuente.

—Debe de ser terrible.

Kaelith frunció el fruncido.

—¿Qué cosa?

—Recordar que hiciste una promesa y no saber si esa promesa perjudicó a alguien.

El demonio la observa.

—Podría haberte traicionado.

—Podría —admitió ella—. Pero también podría haber intentado protegerme.

Kaelith apartó la mirada.

—Eso no cambia lo que pudo ocurrir.

-No. Pero cambia la manera en que deberíamos investigarlo.

Seraphine se volvió hacia él.

—No podemos condenar a Darius por algo que ninguno recuerda.

Kaelith guardó silencio.

Ella lo estudió.

—¿Qué hiciste?

—Le retiró el acceso a ciertas cámaras del palacio.

—¿Lo castigaste?

—Tomé una medida de seguridad. Conserva su carga y sus responsabilidades.

Seraphine reflexionó.

—Eso puedo entenderlo.

Kaelith la miró.

—¿No estás enfadada?

—¿Por qué habría de estarlo?

—Porque no le confió completamente en él.

Seraphine negó con la cabeza.

—Confiar en alguien no significa ignorar los riesgos.

Hizo una pausa.

—Pero tampoco significa tratarlo como culpable antes de tener pruebas.

Kaelith permaneció en silencio.

—Hay algo que todavía no comprendo —murmuró finalmente.

—¿Qué cosa?

—A ti.

Seraphine frunció el fruncido.

—Eso no suena muy talentoso.

Kaelith la miró.

—Conservo fragmentos de la mujer que conocí hace tres mil años. Su voz. Algunas palabras. Momentos que apenas lograrán reconstruir.

Su expresión se suavizó.

—Pero tú has vivido una vida que desconozco. Has tomado decisiones, has construido amistades y te has convertido en alguien a quien todavía estoy aprendiendo a conocer.

Seraphine bajó la mirada.

—¿Y eso te molesta?

-No.

Kaelith respondió sin vacilar.

—Me recuerda que no tengo derecho a suponer que ya sé quién eres.

Seraphine sintió una calidez inesperada en el pecho.

Durante un instante, el murmullo de la fuente fue el único sonido entre ambos.

—Kaelith...

-¿Si?

— ¿Qué es lo que más temes recordar?

El demonio permaneció inmóvil.

La pregunta lo había tomado desprevenido.

Durante siglos había temido descubrir quién le había arrebatado a Seraphine.

Había imaginado enemigos.

Traidores.

Conspiraciones.

Pero nunca se había permitido considerar otra posibilidad.

—Que haya sido yo —respondió.

Seraphine levantó la cabeza.

Kaelith contemplaba el agua.

—Temo descubrir que tome una decisión que la condenó.

Su voz se volvió más baja.

—Que intenté salvarla y terminé destruyendo aquello que más amaba.

Seraphine sintió que el pecho se le oprimía.

No era una confesión de culpa.

Era el miedo de un hombre que llevaba tres mil años viviendo con una pregunta.

Ella extendió la mano.

No lo tocó inmediatamente.

Esperaba que él levantara la mirada.

—No sabemos qué sucedió —dijo—. Y no voy a prometerte que encontraremos una respuesta que nos guste.

Kaelith la observó.

—Pero sí puedo prometerte algo.

—¿Qué?

—No tendrás que descubrirlo solo.

El demonio miró su mano.

Después la tomó.

No hubo visiones.

Ni luces.

Ni voces antiguas.

Solo el contacto cálido de sus dedos.

Y, por primera vez en mucho tiempo, Kaelith no sintió la necesidad de buscar un recuerdo.

Le bastó aquel instante.

Reino Infernal — Corredor de las cámaras inferiores

Darius caminaba hacia los puestos de vigilancia cuando un guardia se acercó apresuradamente.

—General Vhal.

Darius se detuvo.

—¿Qué ocurre?

El soldado inclinó la cabeza.

—Han encontrado al mensajero que seguía el rastro del fragmento robado.

Darius se tensó.

—¿Está vivo?

—Sí, señor. Pero está herido.

—¿Qué ha dicho?

El guardia vaciló.

—Afirma que la mujer que robó la obsidiana no viajaba sola.

Darius frunció el fruncido.

—¿Con quién iba?

—No pude reconocer a su acompañante.

—Entonces ¿qué sabe?

El soldado tragó saliva.

—Escuchó una conversación antes de que lo descubrieran.

Darius sintió una inquietud creciente.

—Habla.

—La mujer dijo que debían recuperar un registro del juramento antes de que llegara a manos del soberano.

—¿Qué registro?

—No lo sabe, señor.

Darius apretó la mandíbula.

Aquella información podía significar muchas cosas.

Pero una era evidente.

Alguien buscaba algo más que un fragmento de obsidiana.

—Llévame con el mensajero —ordenó.

El guardia asintió.

Darius lo siguió.

Al pasar junto al corredor que conducía a las galerías restringidas, recordó la puerta sellada.

La voz femenina.

La advertencia.

Y la llave que ahora descansaba sobre el escritorio de Kaelith.

No se detuvo.

Había prometido obedecer la orden de su soberano.

Pero aquello no significaba que hubiera dejado de buscar respuestas.

Ciudad de Vespera — Universidad

La tarde comenzaba a oscurecer cuando Seraphine regresó al edificio de archivos.

Eveline la esperaba junto a la entrada.

—¿Y bien? —preguntó.

—¿Y bien qué?

—No me hagas esto. Te vi hablando con Kaelith junto a la fuente.

Seraphine suspiró.

—Hablamos de la investigación.

Eveline cruzó los brazos.

—Por supuesto.

—Es verdad.

—¿Y también era parte de la investigación que te tomará de la mano?

Seraphine se quedó inmóvil.

—¿Nos estabas espiando?

—Estaba pasando por allí.

—Eveline.

—Muy lentamente.

Seraphine se cubrió el rostro con una mano.

Su amiga soltó una carcajada.

—¡Lo sabía!

—No sabes nada.

—Sé que te gusta.

—Es complicado.

Eveline suavizó la expresión.

—Las cosas importantes suelen serlo.

Seraphine bajó la mano.

—No sé qué siento todavía.

—Entonces no tienes que decidirlo hoy.

Aquellas palabras la hicieron sonreír.

Eveline la observó durante unos segundos.

—Pero quiero preguntarte algo en serio.

—¿Qué cosa?

—¿Te sientes bien con él?

Seraphine parpadeado.

—¿A qué te refieres?

—A si puedes decirle que no. A si te escuchas cuando no estás de acuerdo con él.

Seraphine pensó en la noche anterior.

En los documentos organizados sobre su escritorio.

De la manera en que Kaelith había esperado antes de tomar el reloj.

Y en su conversación junto a la fuente.

—Sí —respondió finalmente—. Estamos aprendiendo a escucharnos.

Eveline.

—Entonces me alegra.

—¿No vas a amenazarlo?

—Todavía no.

Seraphine soltó una carcajada.

—Qué considerado.

—No quiero provocar una guerra entre reinos antes de terminar mis solicitudes.

Ambas rieron.

Después Eveline le mostró una hoja impresa.

—Por cierto, llegó la confirmación de nuestra solicitud.

Seraphine la tomó.

Era la respuesta del archivo universitario.

Habían autorizado la consulta del informe completo de Edmund Ardent.

—¿Cuándo podremos verlo?

—Mañana.

Seraphine examina el documento.

La autorización incluía una nota adicional.

«El informe contiene referencias a una segunda obra pictórica examinada durante la misma investigación».

Seraphine levantó lentamente la mirada.

—¿Una segunda pintura?

Eveline.

—Eso parece.

—¿De quién?

—No lo dice.

Seraphine volvió a leer la nota.

Durante varios días había creído que el retrato de la Señora sin Reino era una anomalía imposible.

Una imagen de su rostro pintada siglos antes de su nacimiento.

Pero si existía una segunda obra relacionada con aquella investigación...

Quizás el retrato no era el único testimonio que alguien había dejado para el futuro.

Y quizás la persona que había esperado su regreso no había estado esperando únicamente a ella.

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Orlov ♛ ★J² de mafia♾️ 🚬
Wooow, tenias razón quiero maaaas
Elizabeth Bazan Enamorado: espero y el nuevo capítulo te guste tanto como a mi lamento no haber estado publicando continuamente, me enferme pero regresamos con todo.
total 1 replies
Erislandy Quevedo Horta
siguiente capítulo por favor
Elizabeth Bazan Enamorado: Hola el día de mañana publicaré otros 6 capítulos 🤭 me sorprende la velocidad de tu lectura gracias por apoyar mi trabajo ☺️.
total 1 replies
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