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Demasiado Tarde Para Arrepentirse

Demasiado Tarde Para Arrepentirse

Status: Terminada
Genre:Reencuentro / Amante arrepentido / Amor-odio / Completas
Popularitas:3.3k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Sinopsis:
A los catorce años, ella se internó en la selva para salvarle la vida de un secuestro; a cambio, él la redujo a un recuerdo insignificante: una niña habladora, flacucha y con gafas.
Siete años después y tras la trágica pérdida de sus padres, un matrimonio por conveniencia y gratitud los une solo sobre el papel para proteger el patrimonio farmacéutico de su familia. Para ella, era la oportunidad de reencontrarse con el amor silencioso de su infancia; para él, el brillante y arrogante heredero de un imperio aeronáutico, no era más que un trámite molesto.
La ilusión se rompe en mil pedazos en la oscuridad de un club nocturno, cuando ella escucha cómo él se burla cruelmente de su recuerdo ante sus amigos, ignorando que la mujer que tiene a unos metros es dueña de una belleza arrolladora y un intelecto letal.
Sin reclamos ni lágrimas, la respuesta llega el lunes por la mañana: una demanda de divorcio exprés por matrimonio no consumado.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17: La cura del corazón

La suite médica privada del aeropuerto de Frankfurt olía a antiséptico, lavanda y café recién hecho.

A través de los amplios ventanales, las luces de la pista comenzaban a encenderse bajo el crepúsculo europeo. Dentro, la atmósfera era de una intimidad casi sagrada. Alexander estaba sentado en el borde de la camilla clínica, descalzo, con una camiseta de algodón gris oscuro y la mirada clavada con devoción hipnótica en las manos de Elena.

Ella no había permitido que ningún otro médico interviniera.

Con una bata blanca sobre su ropa de viaje y el cabello recogido con una pinza plateada, Elena aplicaba con una espátula de cristal una pomada de regeneración celular a base del mismo extracto botánico que había salvado el lote. Sus dedos eran cálidos, delicados, casi etéreos al rozar las quemaduras en las palmas de Alexander.

—Va a picar un poco —advirtió ella en un susurro concentrado, soplando suavemente sobre su piel para calmar el ardor.

Alexander ni siquiera pestañeó. El contacto de sus labios soplando sobre sus palmas quemadas era una caricia que le encendía la sangre mucho más que el dolor físico.

—Podrías estar echándome ácido y no me quejaría, Elena —dijo él con la voz ronca, una media sonrisa ladeada asomando por fin en sus facciones después de días de agonía.

Elena levantó la vista, clavándole sus ojos verdes con fingida severidad mientras ajustaba una venda de gasa elástica con precisión quirúrgica.

—Sigues siendo un insolente, señor Foster. Casi pierdes tres falanges por no esperar un traje térmico y ahora te haces el invencible.

—No me hacía el invencible —respondió Alexander, perdiendo de golpe cualquier rastro de burla. Extendió con cuidado los dedos vendados y, con una lentitud reverente, rozó la mejilla de Elena, apartando un mechón dorado que le caía sobre la sien—. Me estaba muriendo de miedo, Elena. Por primera vez en mi vida supe lo que era el terror absoluto: el terror de llegar tarde, de que tus padres no tuvieran su justicia y de que tú me miraras para siempre con esa frialdad de hielo que me carcomía los huesos.

Elena detuvo sus movimientos. Sintió la aspereza de la venda contra su piel, pero debajo de la tela sentía el calor vivo de un hombre que se había despojado de cada capa de orgullo por ella.

Apoyó su propia mano sobre la de él, cerrando los ojos por un segundo para disfrutar del latido firme que compartían.

—No tienes que tener miedo nunca más, Alexander —murmuró ella, con una ternura infinita humedeciéndole la voz—. La niña del bosque y la doctora que firmó el divorcio... ambas entendieron que te pertenecían desde el primer día que te vieron en esa terraza.

Alexander soltó un suspiro entrecortado que pareció un sollozo ahogado. Tiró suavemente de ella hacia su regazo. Elena no opuso resistencia: se sentó a su lado, envolviéndolo por el cuello mientras Alexander escondía el rostro en el hueco de su hombro, respirando su aroma a jazmín silvestre como el náufrago que por fin toca tierra firme.

Se quedaron así, en silencio, abrazados contra el frío del mundo, mientras los cables de las agencias de noticias internacionales bombardeaban las pantallas de televisión de la sala con los titulares de la mañana: «El regreso del clan Foster: La alianza médica que sacude los mercados y el rescate heroico a diez mil metros de altura».

El regreso a su país, cuarenta y ocho horas después, fue una marea imparable de cámaras y flashes.

Cuando el avión privado aterrizó en la terminal corporativa de la capital, una comitiva de ejecutivos y personalidades de la industria los aguardaba en el salón VIP. Pero quien presidía la recepción no era un banquero ni un ministro: era William Foster, erguido sobre su bastón de caoba, con el traje de gala impoluto y una sonrisa ancha que rara vez mostraba en público.

Al ver bajar a su hijo con las manos vendadas y a Elena a su lado, sosteniéndolo con orgullo inquebrantable, el anciano patriarca sintió que se le humedecían los ojos.

Se acercó a paso firme, ignorando a los guardaespaldas.

—Hijo —dijo William, con la voz templada por la emoción contenida, posando una mano pesada sobre el hombro de Alexander—. Por fin aprendiste lo que significa ser un hombre de honor.

Alexander miró a su padre a los ojos, con la frente en alto.

—Aprendí tarde, padre. Pero aprendí de la mejor.

William se giró hacia Elena. Con un gesto solemne, el hombre más temido del transporte aéreo inclinó la cabeza ante ella en una reverencia impecable.

—Doctora Morel... nuera mía. La casa Foster jamás tendrá suficientes activos para pagar la deuda de gratitud y respeto que tenemos con usted. Bienvenida a casa.

—Gracias, don William —respondió Elena con una sonrisa dulce—. Pero su hijo todavía tiene que lavar muchos platos para terminar de pagar su fianza.

La sala estalló en risas cómplices. En medio de los aplausos, una figura de traje gris marengo se abrió paso con un portafolios bajo el brazo y una ceja arqueada que cortaba el aire: Lucía Álvarez.

La abogada miró a Elena de arriba abajo, cruzándose de brazos con fingida indignación profesional:

—Me hiciste redactar una demanda de divorcio exprés un lunes a primera hora, me mandaste a un tribunal a torear al juez de familia, ¿y en menos de dos semanas tengo que presentar una anulación de sentencia porque te escapaste a Europa a casarte otra vez con el mismo cliente al que querías fusilar?

Elena soltó una carcajada cristalina, abrazando a su amiga con fuerza.

—Cosas del arbitraje internacional, doctora Álvarez. Los contratos de exclusividad son difíciles de romper.

—Estás loca, Elena —susurró Lucía al oído, sonriendo con un alivio sincero—. Pero nunca te vi brillar así. Te lo mereces todo.

Esa misma noche, Alexander insistió en que debían cerrar un capítulo pendiente antes de volver a empezar.

El club nocturno Vértigo vibraba con su habitual arrogancia de fin de semana. En la terraza VIP, el mismo círculo de herederos y modelos que dos semanas atrás se reía a carcajadas de la «esposa invisible» de Alexander compartía botellas de champán importado.

Julián, el amigo de toda la vida de Alexander, estaba recostado contra el sofá de terciopelo con una copa en la mano, comentando los periódicos con tono de superioridad:

—Les dije que era una jugada maestra de Alexander. Dejó que la chica se luciera con sus patentes, fingió el divorcio para despistar al fisco y ahora el conglomerado Foster se queda con el control de la mayor mina de oro de la oncología. Alexander siempre sabe cómo jugar sus cartas.

—Llegas tarde al análisis, Julián. Y como siempre, no entendiste nada.

La voz grave, seca y cargada de una autoridad helada hizo que el grupo se congelara en seco.

Alexander Foster cruzaba el arco de acceso de la terraza. Llevaba un traje negro a medida de corte impecable, sin corbata, con la camisa abierta en el cuello donde el amuleto de resina descansaba visible sobre su pecho. Sus manos, aún cubiertas por elegantes mitones de cuero negro para proteger las quemaduras en cicatrización, reposaban a los costados con la serenidad de un verdugo que no necesita alzar la voz.

Pero lo que dejó sin aliento a los presentes fue la mujer que venía del brazo de él.

Elena lucía un vestido de satén negro con escote palabra de honor que moldeaba una figura perfecta, digna de alta costura, y un collar de esmeraldas que brillaba con el fuego verde de sus propios ojos. Su cabello rubio caía en ondas de seda sobre sus hombros desnudos, y sus labios carmín dibujaban una sonrisa tan fría y majestuosa que las modelos en el reservado parecieron encogerse sobre sus asientos.

Julián se puso de pie torpemente, derramando un poco de champán sobre el mantel.

—¡Alexander! Amigo... no sabíamos que estabas en la ciudad. Y... y doctora Morel, un placer absoluto tenerla aquí, estábamos justamente hablando de su brillantez en Frankfurt...

—No te molestes en levantarte, Julián —cortó Alexander con una frialdad quirúrgica, sin aceptar la mano que el otro le tendía—. Ni te atrevas a llamarme amigo.

El silencio en el reservado se volvió tan denso que la música electrónica del club parecía sonar en otra galaxia.

—Vine aquí esta noche por dos razones —continuó Alexander, mirando a cada uno de los miembros de su antiguo círculo con un desprecio absoluto—. La primera, para que vean con sus propios ojos a la mujer de la que se atrevieron a burlarse en este mismo lugar. Elena no solo es la mujer más hermosa y brillante que pisará jamás este clubucho de mediocres; es la dueña de mi vida, de mi nombre y de mi futuro.

Elena no dijo una palabra. Se limitó a sostener la mirada de los presentes con una calma soberana, disfrutando de la humillación silenciosa de quienes una vez creyeron que su valor dependía de la aprobación de su esposo.

—Y la segunda razón —sentenció Alexander, dando un paso adelante que hizo retroceder a Julián—, es para decirles que a partir de este minuto, están vetados de cualquier negocio, vuelo privado o evento corporativo vinculado a mi familia. Si alguno de ustedes vuelve a pronunciar el nombre de mi esposa en una conversación, me encargaré personalmente de quebrar sus fondos de inversión antes de que termine el mes.

Alexander se giró hacia Elena, tomándola suavemente por la cintura con una delicadeza reverente que contrastaba de manera salvaje con la furia que acababa de desplegar.

—Vámonos a casa, mi amor. Este lugar tiene demasiado ruido y muy poca clase.

Elena le dedicó una última mirada cargada de ironía a la mesa y se marchó pegada a él, sintiendo el murmullo asombrado y derrotado de la alta sociedad cerrándose a sus espaldas para siempre.

La madrugada los encontró en el gran ático de la avenida principal, la residencia que alguna vez fue el departamento matrimonial abandonado.

Pero ya no había polvo, ni sábanas cubiertas de plástico, ni muebles desiertos. La chimenea encendida llenaba el salón de sombras doradas y el calor de la leña crepitaba suavemente. En el tocadiscos sonaba una melodía lenta, y sobre la mesa ratona descansaban dos copas de vino tinto intactas.

Elena estaba descalza, con el vestido negro colgado en el respaldo de un sillón y vistiendo únicamente una camisa de seda blanca de Alexander que le llegaba a medio muslo. Tenía una taza de manzanilla entre las manos mientras observaba las luces de la ciudad a través del inmenso ventanal.

Unos brazos fuertes la rodearon por detrás con suavidad infinita.

Alexander apoyó la barbilla en su coronilla, respirando hondo, envolviéndola con su cuerpo caliente. Se había quitado los guantes; sus manos marcadas por las cicatrices descansaban con ternura sobre el vientre plano de Elena.

—¿En qué piensas? —susurró él contra su cabello.

—En la isla —respondió ella, sonriendo con nostalgia—. En el olor a tierra mojada, en los delincuentes persiguiéndote y en la cara de soberbia que ponías cada vez que te hablaba de una planta medicinal.

Alexander soltó una risa baja, enterrando la nariz en el cuello de ella y dejando un reguero de besos tibios y lentos a lo largo de su clavícula.

—Era un idiota insoportable —admitió él sin reparos—. Pero esa niña flacucha con anteojos me embrujó el alma desde el primer segundo. Solo que me tomó diez años tener el coraje de admitirlo.

Elena se dio la vuelta entre sus brazos, apoyando las palmas de sus manos en el pecho de él, rozando con los dedos el cordón de cuero del amuleto.

—¿Sabes qué es lo más irónico de todo, Alexander?

—Dime.

—Que pasé años en los laboratorios buscando una fórmula botánica para curar tumores y salvar vidas —dijo ella, mirándolo a los ojos con ese brillo verde que lo desarmaba por completo—. Pero la cura más difícil de encontrar fue la que necesitabas tú para abrir los ojos.

Alexander tomó el rostro de Elena entre sus manos marcadas, inclinándose con una devoción tan pura que a ambos se les detuvo la respiración.

—Mi única cura eres tú, Elena. Y pienso pasarme el resto de mis días siendo tu paciente más obediente.

Sellaron las palabras con un beso hondo, pausado y sin prisas, un beso que no cargaba con el dolor del pasado ni con la urgencia de la tormenta, sino con la certeza infinita de dos almas que, tras perderse en el laberinto del desprecio, por fin habían encontrado el camino de regreso al hogar.

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Marisa Lorena Ojeda
Bastian es muy dulce espero y esté siendo sincero con Elena🥰
Marisa Lorena Ojeda
hasta ahora se lee muy entretenida, muy buena escritura fácil de leer
Marisa Lorena Ojeda
Alexander agua y ajo, aguantarse y a joderse 🤣🤣🤣
Marisa Lorena Ojeda
🤣🤣🤣🤣🤣toma esto Alexander, por narcisista y arrogante presumido obteniendo todo del abuelo y el papito, a cambio Elena se ganó todo con su esfuerzo
Marisa Lorena Ojeda
Empezó interesante vamos a ver cómo continúa
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