En el majestuoso Imperio de Valoria, Mariana Mancilla, duquesa viuda de Monteluna, creía que su destino era proteger a su familia y disfrutar de la tranquilidad junto a su hijo y su pequeño nieto. Pero el destino le concede una segunda oportunidad para impedir la ruina que una vez destruyó todo lo que amaba.
Cuando viaja a la capital para desenmascarar las intrigas de un conde ambicioso, conoce a Roberto Cáceres, el poderoso Gran Duque y consejero del joven emperador. Treinta años de edad, admirado por todas las nobles y heredero de un poder inmenso… pero incapaz de resistirse a una mujer quince años mayor que él.
Pronto, los murmullos de la corte se convierten en escándalo. Mientras sus enemigos conspiran para destruirlos, Mariana deberá decidir si se atreve a vivir el amor que creyó perdido.
¡Porque esta vez no permitirá que nadie le robe su felicidad!
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La máscara cae
🏰 CAPÍTULO 22
A media mañana del día siguiente, llegaron las visitas anunciadas. El carruaje de Raúl Peredo se detuvo frente a la escalinata de la residencia ducal, y él descendió con esa apariencia de cortesía que usaba como máscara: traje impecable, sonrisa calculada y ojos que no brillaban, sino que vigilaban. Mariana lo recibió en el gran salón, con Roberto de pie junto a una columna, discreto pero presente —tal como habían acordado después del regreso de Elena— y la joven esperando cerca del ventanal, con las manos entrelazadas sobre su regazo, recordando ya la advertencia que su madre le había dado unos días antes.
—Buenos días, señora Mariana —dijo Peredo con una reverencia que parecía sincera, aunque su voz carecía de calidez—. He recibido su mensaje con cierta sorpresa. Espero que sea solo un malentendido que podamos resolver entre nosotros como familias que se respetan.
Se giró hacia Elena, y su expresión se suavizó de forma exagerada, dando unos pasos hacia ella como si quisiera acortar la distancia lo antes posible.
—Y a ti, mi querida Elena. Cuánto te he echado de menos estos días. He soñado con el momento de verte regresar. Estabas tan lejos y yo aquí, contando las horas para que volvieras a mi lado. No sabes lo vacío que se siente todo sin tu presencia.
Extendió una mano para tomar la de ella, con aire posesivo, como si ya le perteneciera. Elena sintió ese gesto como algo frío y pesado, y retrocedió levemente, aunque él insistió, acercándose más, bajando la voz para que solo ella pudiera oírlo, como si estuvieran solos en la habitación.
—No hagas caso de lo que te digan, querida. Las madres a veces se preocupan demasiado y ven sombras donde no las hay. Tú eres joven y no entiendes todavía que lo mejor para ti es estar conmigo. Juntos seremos invencibles. Nadie se atreverá a mirarnos mal. Tú confía en mí. Yo te cuidaré. Haré todo lo que digas, solo… no me dejes. No puedes dejarme. No ahora que todo está a punto de ser nuestro.
Su voz había cambiado al final: ya no era tierna, tenía un tono de presión casi imperceptible, como si estuviera envolviéndola en una red de la que no le resultara fácil salir. Elena sintió que el aire se le hacía denso. Vio cómo él esperaba su sumisión, convencido de que unas palabras suaves serían suficientes para que ella cediera. Entonces, con la respiración contenida y el corazón latiéndole con fuerza, cerró los ojos y dejó caer los párpados pesadamente. Con un suspiro que sonó a agotamiento, sus rodillas cedieron y su cuerpo se inclinó hacia un lado, suavemente, como si hubiera perdido el conocimiento de repente.
—¡Elena! —exclamó Mariana, adelantándose de inmediato y sosteniéndola antes de que tocara el suelo—. ¡Hija mía!
Peredo retrocedió unos pasos, sorprendido y visiblemente incómodo, como si el desmayo le arruinara el momento que tanto había planeado.
—¿Qué… qué le ocurre? —preguntó, con voz que intentaba sonar preocupada pero que delataba su impaciencia—. ¿Se encuentra mal? Quizás debería sentarse. No creo que sea el momento adecuado para hablar de temas serios si no se siente bien.
Roberto se acercó con paso firme y, sin hacer ruido, tomó el pulso de Elena por un instante, mirándola de reojo con una sombra de comprensión en sus ojos. Luego se incorporó y miró a Peredo con frialdad contenida.
—Su pulso está acelerado. El viaje, la emoción del regreso y ahora esta conversación tan tensa han sido demasiado para ella. Es comprensible. No está en condiciones de recibirle, señor Peredo. Le ruego que se retire. Le haremos saber cuando ella se haya recuperado y podamos hablar con calma.
Peredo apretó los dientes. Sabía que lo estaban apartando, y no tenía forma de oponerse sin parecer un hombre que presiona a una joven que acaba de desmayarse. Miró a Elena, que permanecía con los ojos cerrados, pálida y tranquila, y luego a Mariana, que lo miraba con firmeza, sosteniendo a su hija con amor y protección.
—Comprendo —dijo él al fin, con una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Entonces volveré otro día. Espero que se recupere pronto, Elena. Te esperaré. No te apresures a tomar decisiones que puedas arrepentirte. El tiempo nos da la razón a quienes sabemos esperar.
Se despidió con una inclinación de cabeza que pareció más un gesto de despedida hostil que cortés, y salió de la sala con paso rígido. Cuando la puerta se cerró tras él, Elena abrió los ojos de golpe, soltando un largo suspiro y llevándose una mano al pecho.
—¿Se ha ido? —preguntó, con voz todavía temblorosa pero alerta.
—Sí, hija. Ya no está —dijo Mariana, abrazándola con alivio—. ¡Qué valiente eres! Pero me has asustado de verdad. ¿Estás bien?
—Estoy bien, madre. Solo… sentí que no me dejaba hablar. Que sus palabras me rodeaban como una jaula y no encontraba el momento de decirle que no. Entonces pensé: si no puedo hablar, al menos puedo retirarme. Fue lo único que se me ocurrió. No quería ser grosera, pero tampoco quería quedarme escuchando sus promesas vacías un minuto más.
Roberto sonrió levemente, con aprobación.
—Has actuado con mucha inteligencia, Elena. Le has quitado su público sin necesidad de levantar la voz ni de faltar al respeto. Él esperaba que te enfadaras o que lloraras, para decir que eres inestable y que necesitas que él te guíe. En lugar de eso, te has apartado con dignidad. Le has dejado sin argumentos. Pero ten cuidado: esta derrota le dolerá en su orgullo. No se irá tan fácil como parece. Volverá con otra estrategia, tal como habíamos previsto hace unos días. Quizás más sutil, quizás más peligrosa.
—Que venga cuando quiera —dijo Elena, recuperando su fuerza—. La próxima vez no necesitaré fingir un desmayo. Sabré mirarlo a los ojos y decirle claramente que no. Que no hay ninguna promesa que lo una a esta casa y que no tiene nada que buscar aquí. Esta casa ya no le abrirá las puertas con la esperanza de que cambie. Ahora las abrimos solo con la verdad. Y si la verdad le duele… entonces no es bienvenido.
Mariana miró a su hija con el corazón lleno de orgullo. La joven que se había marchado unos meses atrás había regresado con más seguridad de sí misma. Y aunque sabía que la tormenta con Peredo apenas comenzaba, por primera vez no sentía miedo. Porque Elena ya no era tan frágil como antes. Y ella ya no estaba sola.
Helena está casada con Andrés hijo de Mariana,.
ya cambiaste la historia ?
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