Durante tres años, Valeria Rivas cuidó de su esposo mientras él permanecía en coma. Cuando Alejandro Montenegro despertó, ella creyó que por fin llegaría su oportunidad de ser amada. Pero el regreso de su primer amor convirtió esa esperanza en una humillación.
Para él, Valeria era una muchacha del campo que no estaba a su altura. Para sus amigos, la esposa que sobraba.
Hasta que ella le entregó los papeles del divorcio.
El motivo: «Mi esposo no cumple en la cama».
Alejandro fue a exigirle explicaciones. Esperaba encontrar a una mujer suplicando que no la dejara. En cambio, encontró a una Valeria que ya no pensaba bajar la cabeza… y que ocultaba mucho más de lo que él imaginaba.
Ella lo recibió con una sonrisa.
—Señor Montenegro, ¿viene a pedir cita con el urólogo?
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Capítulo 22
Capítulo 22. Una mordida en el labio
Valeria había tenido una infancia infeliz, pero no había perdido el valor para amar. Había amado a Lucía y a Alejandro con entrega y pasión. Amar no era rebajarse ni ser menos que nadie, y mucho menos una razón para que la humillaran.
Además, ya no lo amaba. Había dejado de amar a Alejandro.
Él observó su expresión fría y serena con una sonrisa burlona.
—¿De verdad ya no me quieres?
—Sí… ¡Mmm!
No alcanzó a terminar. Alejandro se inclinó y le cubrió la boca con fuerza. Valeria se quedó en blanco; las pupilas se le contrajeron. No podía creer que la estuviera besando así, de repente.
Ya se habían besado, pero en el baño había sido ella quien se aferró a él y tomó la iniciativa. Ahora era él.
Empezó a forcejear enseguida, intentando apartarlo con las manos.
—¡Alejandro, suéltame!
Su cuerpo firme la mantuvo contra la pared. Los labios de él se impusieron sobre los suyos con una dureza posesiva, conquistadora. Cuando ella abrió la boca para hablar, aprovechó para separar sus dientes y profundizar el beso.
Su aroma la envolvió por completo: limpio, fresco, inconfundiblemente suyo. Valeria nunca había estado con otro hombre ni había tenido intimidad con nadie más. Carecía de experiencia; su cuerpo era sensible, y aquel contacto de labios y lenguas le encendió la cara. Sentía que iba a derretirse bajo sus besos.
Las manos que intentaban apartarlo se cerraron poco a poco sobre la tela costosa de su camisa. Las piernas le fallaron. Alejandro lo notó y le rodeó la cintura con un brazo para sostenerla.
Entonces terminó el beso.
—Tú… —Valeria tenía el rostro encendido.
—¿Esto es lo que llamas no quererme? —preguntó él con una burla grave—. Te beso un poco y te derrites.
¿Y todavía criticaba su manera de besar? Bastaba con ver cómo había quedado.
La humillación le cayó a Valeria como un balde de agua fría. El rostro le pasó del rojo a la palidez. Para eso la había besado: para humillarla. Ni siquiera había cerrado los ojos; la había observado con indiferencia mientras ella perdía el control.
A él le resultaba divertido. Examinó la excitación que aún le quedaba en la mirada.
—¿Tan sensible eres?
Un hombre de su edad lo entendía todo y estaba en su mejor momento. Con ella podía ser cruel hasta ese extremo. Valeria no sabía dónde meterse. No lo soportaba, pero se soportaba aún menos a sí misma.
Su cuerpo seguía reaccionando ante él. Tal vez en el fondo todavía lo amara. Y él usaba eso para burlarse.
Pero ella no se dejaba manejar a voluntad. Si alguien la atacaba, respondía sin contemplaciones. Se recompuso y acercó el rostro al suyo.
—Sí. Por eso, si tú no me satisfaces, busco a otro. Tú satisfaces a Camila y yo puedo buscar a alguien más. ¿De qué te sientes tan orgulloso? Si me besara Sebastián, reaccionaría igual.
Pronunció aquel nombre con intención. Y lo hirió, como esperaba. Alejandro sonrió con frialdad.
—Qué lástima. Debí grabar lo nuestro y mostrárselo. Así sabría de quién se está llevando las sobras.
¡Aquel hombre! Furiosa, Valeria se puso de puntillas y le mordió la comisura del labio. Él aspiró de dolor. Un sabor a sangre le llenó la boca; lo había hecho sangrar.
Le apretó las mejillas hasta dejarle la boca en forma de O. Sus ojos estaban llenos de furia.
—¿Qué eres, un cachorro? ¿Tanto te gusta morder?
Ella le sostuvo la mirada.
—Mejor piensa cómo vas a explicarle esa herida a Camila mañana. ¿Sebastián se lleva tus sobras? Ella se queda con un hombre de segunda mano que yo ya no quiero.
¿De segunda mano? ¿Él? ¡Maldita mujer!
—Podemos divertirnos por separado, ¡pero con Sebastián no!
—¿Por qué?
Porque era su amigo. Le resultaba insoportable. Alejandro la recorrió con la mirada.
—¿Crees que va a fijarse en ti? No sueñes. Solo sabes moverte un poco en una pista. Una muchacha del campo, sin estudios, sin trabajo, que dejó la escuela a los dieciséis… Sebastián no tiene gustos tan bajos. Le atrae la novedad. Se divertirá un rato y se aburrirá.
Valeria se quedó sin palabras. ¡No la consideraba digna de nada! Tal vez los hombres fueran así: ni siquiera permitían que otro tocara lo que ellos despreciaban.
En lugar de enfurecerse, sonrió.
—¿Te gustó cómo me movía hoy?
Alejandro se detuvo, desconcertado. Ella lo apartó con fuerza.
—Voy a bailar para él todos los días. Algo distinto cada vez, para que no se aburra.
Sin prestarle más atención, subió sola. Alejandro quedó atrás, sin palabras.
¡Valeria!
Él la siguió al dormitorio con mala cara.
—El divorcio queda suspendido. Mi abuela está delicada. Vendrás a dormir aquí a la hora que corresponde y fingiremos que somos una pareja feliz. ¿Entendiste?
El tono era desagradable, pero Valeria estaba de acuerdo en cuidar la salud de la anciana. Se volvió y sonrió.
—Por mí no hay problema. No sé si Camila podrá esperar.
Alejandro le dirigió una mirada fría.
—Tú en la cama. Yo en el sofá. Voy a bañarme.
Entró en el baño. Poco después sonó el teléfono de ella: era Mateo Vidal.
—Val, ¿rechazaste el caso de Camila?
—Sí.
—No podemos rechazarlo. Cuando lo aceptamos, Alejandro pagó un anticipo enorme. Acabamos de recibir una notificación de sus abogados. Tiene uno de los mejores equipos legales del país; nunca han perdido un caso. Quiere una indemnización. Puede dejarnos en la ruina.
Valeria se quedó callada.
—No conviene meterse con él —continuó Mateo—. Exige que estés mañana en el Hospital San Gabriel, como se acordó. ¡Quiere verte allí!
A ella empezó a dolerle la cabeza. Alejandro siempre actuaba con rapidez y mano de hierro. Desde que Mateo había aceptado el encargo, ya no había manera de salir de aquello sin consecuencias.
—Bien. Dile que mañana nos vemos en el hospital.
Colgó. En ese momento se abrió la puerta del baño y Alejandro salió, recién duchado.