En el peligroso submundo de la mafia en Nueva York e Italia, dos familias enemigas acérrimas —los Moretti y los Romano— se disputan el control del imperio.
Matteo Romano, el frío y heredero despiadado de la mafia Romano, se ve obligado a entrar en una tregua cuando conoce a Elena Moretti, la inteligente y reservada hija menor del clan enemigo.
Lo que comienza como un pacto estratégico de matrimonio de conveniencia pronto se transforma en un peligroso juego de pasión, lealtades divididas, traiciones familiares y un amor que podría salvarlos o destruirlos a todos.
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CAPÍTULO 2: LA MESA DE LOS ENEMIGOS PT2
El silencio descendió de inmediato sobre la mesa. Vincenzo detuvo su copa a medio camino y la Sra. Renata miró a su hijo con evidente aprensión. Matteo, sin embargo, no perdió la compostura. Cortó un trozo de carne con precisión quirúrgica, masticó despacio y luego miró a Marco a los ojos.
—Los contratiempos en los puertos siempre ocurren cuando ciertos actores independientes olvidan las consecuencias de cruzar límites no autorizados —respondió Matteo con serenidad mortal—. Afortunadamente, ya hemos identificado a los responsables de esa interferencia. Para este fin de semana, la cuenta estará completamente saldada y la seguridad, reforzada.
Marco apretó la copa de vino con tanta fuerza que el cristal pareció crujir, pero Stefano intervino con una voz de mando que cortó cualquier réplica.
—Suficiente, Marco —ordenó el patriarca Moretti—. Esta noche celebramos el futuro, no los errores del pasado.
A medida que la cena llegaba a su fin y los patriarcas se retiraban a un salón privado para revisar las cláusulas finales de los contratos de propiedad y cesión territorial, Stefano sugirió que Matteo y Elena pasearan por la galería de arte adyacente para conversar a solas antes de la firma pública del acuerdo.
La galería era un pasillo amplio y bien iluminado, con paredes de tono neutro donde colgaban bocetos, grabados y pinturas al óleo de autores italianos del siglo XIX. El sonido de la lluvia contra los tragaluces del techo creaba una atmósfera aislada, lejos del bullicio de los escoltas que custodiaban los accesos.
Elena caminaba a paso lento, manteniendo un metro de distancia respecto a Matteo. Él caminaba con las manos cruzadas a la espalda, observando los cuadros con atención fingida antes de romper el silencio.
—Tu padre me comentó que pasaste varios años en Florencia estudiando historia del arte —comenzó Matteo, buscando un terreno neutral—. Debe ser un cambio radical dejar la Toscana para regresar a las tensiones de Nueva York.
Elena se detuvo frente a un lienzo de paisajes toscanos y se giró despacio para enfrentarlo. La máscara de cortesía que había mantenido durante la cena se desvaneció, dejando al descubierto una franqueza cortante.
—No necesitamos hacer conversación trivial, Matteo —dijo ella, mirándolo fijamente—. No hay capitanes aquí, ni tampoco están nuestros padres escuchando detrás de la puerta. Sabes perfectamente por qué estoy aquí y qué significa esta reunión.
Matteo se detuvo y giró el cuerpo hacia ella, apreciando la repentina firmeza en su tono de voz.
—Aprecio la franqueza, Elena —admitió él con voz grave—. Me facilita las cosas.
—¿Te las facilita? —preguntó ella con una sonrisa irónica y amarga—. Estás comprando una alianza con la sangre de mi familia y el control de mi vida. Para ti esto es simplemente una transacción financiera, una reestructuración de activos en tu hoja de cálculo.
—Es una transacción estratégica para evitar que nuestras familias se exterminen mutuamente en una guerra que ninguno de los dos bandos puede ganar —corrigió Matteo sin alterar la voz—. Y no fui yo quien propuso los términos, sino nuestros padres. Pero como heredero de mi casa, mi deber es asegurar que el trato se cumpla con la mayor eficiencia posible.
—El deber... —repitió Elena, dando un paso hacia él
—. Hablas del deber como si fuera una virtud, cuando en realidad es la excusa que usas para no asumir la responsabilidad de lo que haces. Conozco tu nombre, Matteo. Sé exactamente quién eres y qué haces cuando sales de tus oficinas de cristal en Manhattan. Sé cómo extorsionas, cómo ordenas los cobros y cómo destruyes a tus enemigos.
Matteo no se inmutó ante las acusaciones. Dio un paso adelante, acortando la distancia entre ambos hasta que pudo notar el leve aroma a jazmín que emanaba de la piel de Elena. Se inclinó ligeramente hacia ella, manteniendo una postura dominante pero sin mostrar agresividad.
—Si sabes todo eso, Elena, entonces también sabrás que soy un hombre pragmático —dijo él en un murmullo bajo y firme—. No te prometo un cuento de faldas ni una vida de ilusiones. No elegí este matrimonio, al igual que tú tampoco lo elegiste. Pero te garantizo algo: dentro de mi casa, bajo mi apellido, estarás protegida. Nadie en Nueva York, ni de mi clan ni del tuyo, volverá a tocar un solo cabello de tu cabeza.
Elena sostuvo su mirada, sintiendo la intensidad pesada de la presencia de Matteo. Por primera vez desde que se anunció el compromiso, comprendió que el hombre que tenía enfrente no era simplemente un peón obediente de Don Vincenzo, sino un líder peligroso, dotado de un autocontrol helado que lo hacía mucho más impredecible que su hermano Marco.
—No necesito tu protección, Matteo —respondió ella con voz firme, sosteniéndole la mirada sin ceder un solo milímetro—. Lo que necesito es que entiendas que no soy una pieza inerte en tu tablero. Si me obligan a entrar en tu mundo, no esperes que me convierta en una esposa silenciosa que se limita a decorar la mesa en tus reuniones de capitanes.
Una leve chispa de respeto genuino cruzó por los ojos oscuros de Matteo. Lejos de molestarle la actitud desafiante de Elena, la preferencia de la joven por la resistencia antes que por la sumisión le pareció una cualidad valiosa para la vida que les esperaba.
—Eso me parece perfecto —asintió Matteo con una inclinación de cabeza—. Las esposas silenciosas suelen ser las primeras en ser eliminadas cuando la situación se complica. Prefiero a alguien que sepa mantenerse en pie cuando comience la tormenta.
Antes de que Elena pudiera responder, la puerta del fondo de la galería se abrió y el asistente personal de Don Stefano hizo una reverencia desde la distancia.
—Signorina Elena, Don Matteo... Los patriarcas solicitan su presencia en el despacho principal para la firma de los documentos de compromiso.
Elena cerró los ojos un instante, tomando una respiración profunda para recomponer su figura. Cuando volvió a abrirlos, la máscara de fría elegancia había regresado a su rostro. Se ajustó el broche de perlas y miró a Matteo.
—El deber nos llama, Matteo —dijo ella con ironía velada.
—Después de usted, signorina Moretti —respondió él, ofreciéndole el brazo con absoluta cortesía.
Elena dudó durante un segundo, pero finalmente apoyó la mano sobre el antebrazo de Matteo. A través de la tela fina de su vestido y la manga del traje de él, ambos sintieron la firmeza del contacto, un lazo invisible que acababa de sellarse y del cual ninguno de los dos podría escapar jamás.
Caminaron juntos por el pasillo de mármol hacia la sala donde los documentos legales y los pactos de sangre aguardaban sobre la mesa.
La alianza entre las dos familias más poderosas del bajo mundo estaba a punto de formalizarse, pero en las sombras de la mansión, ambos sabían que la verdadera batalla apenas acababa de comenzar.