Alexia es una chica pobre y Milton es el famoso matón escolar. A cambio de pagar su matrícula escolar Milton le pide clases particulares. Qué podría terminar pasando entre ellos?
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Capítulo 23
El sobre de manila descansaba sobre el escritorio de caoba como una sentencia de muerte. Milton Vance, con el cuerpo tenso y los nudillos blanqueados por la presión, observó el objeto durante varios minutos antes de atreverse a tocarlo. El aire en su oficina de la planta alta parecía haberse vuelto denso, cargado de una electricidad estática que le erizaba la piel. Su investigador privado, un hombre de pocas palabras y mucha eficiencia, no había dejado una sola nota explicativa. Solo el sobre.
Con un movimiento seco, Milton rasgó el papel. Las fotografías cayeron sobre la superficie pulida, esparciéndose como piezas de un rompecabezas que él nunca quiso completar. Sus ojos recorrieron las imágenes con una rapidez maníaca. Allí estaba ella, Alexia. La mujer que había ocupado cada rincón de sus pesadillas y fantasías durante años. Se veía más madura, más radiante, pero el dolor en su mirada seguía siendo el mismo que recordaba del último día que la vio.
Pero no estaba sola. La lente captó a un niño, un pequeño de apenas cinco años. El corazón de Milton dio un vuelco violento contra sus costillas. El niño tenía el cabello oscuro, indomable, que le recordaba desesperadamente a su propio reflejo en el espejo, pero sus ojos… sus ojos eran esmeraldas puras, los ojos de Alexia. El aliento abandonó los pulmones de Milton en un siseo áspero. Debajo del niño, en otra foto, aparecía Patricius, caminando de la mano del pequeño mientras Alexia les sonreía con una complicidad que le perforó el alma.
El informe escrito fue el golpe final. "Leo Mendoza Vance", rezaba el documento, aunque el apellido legal era Patricius. "Adoptado y reconocido por el socio y protector, Patricius".
—¿Un hijo? —susurró Milton, su voz quebrándose como cristal viejo—. ¿Cómo pudiste, Alexia? ¿Cómo pudiste entregárselo a él?
La traición le supo a ceniza y bilis. Milton se levantó de golpe, volcando la silla de cuero. El sonido del metal chocando contra el suelo resonó en la oficina vacía como un disparo. Se sentía roto, desmantelado. Durante años, él había creído que ella lo había abandonado, que había seguido adelante sin mirar atrás, mientras él permanecía estancado en el purgatorio que sus padres habían orquestado. Pero verla ahí, construyendo una vida con el hombre que él consideraba un hermano, lo empujaba al borde de una locura destructiva.
Esa tarde, el cielo de la ciudad se tornó de un color plomo, pesada antesala de una tormenta que amenazaba con descargar toda la rabia que Milton albergaba. Condujo su coche hasta las cercanías del parque donde, según el informe, Alexia solía llevar al pequeño los fines de semana. Desde el interior de su vehículo con los cristales tintados, la observó.
Era una estampa de paz que le resultaba ajena, una afrenta a su propia tragedia. Patricius estaba sentado en un banco, leyendo un libro mientras el niño, Leo, corría detrás de una pelota con una energía desbordante. Alexia estaba de pie, cerca del columpio, vigilando a su hijo con esa mezcla de devoción y severidad que él tanto había amado. En un momento, Patricius se puso de pie, se acercó a Alexia y le apartó un mechón de cabello de la frente. Fue un gesto sencillo, casi fraternal, pero para Milton, que lo veía a través de la lente de sus prejuicios y su dolor, fue la confirmación de su pesadilla.
—Me borraste de tu vida —murmuró Milton contra el volante, sus nudillos apretando el cuero hasta que el dolor le nubló la vista—. Te entregaste a él, dejaste que nuestro hijo llevara su apellido… ¿acaso mi sangre te resultaba tan tóxica, Alexia?
El dolor se transformó en una llama fría, una determinación implacable. No permitiría que esto continuara.
A la mañana siguiente, las oficinas centrales de Mendoza Corp fueron testigos de una interrupción sin precedentes. Los guardias de seguridad apenas tuvieron tiempo de reaccionar cuando Milton Vance, con el rostro desencajado y la mirada encendida, entró como un huracán en el despacho de Alexia.
—¡Milton! —exclamó ella, levantándose rápidamente de su silla, más por instinto de protección que por sorpresa. Patricius, que estaba revisando unos contratos, se interpuso entre Milton y ella, pero una sola mirada de Milton, cargada de una amenaza silenciosa pero absoluta, lo detuvo en seco.
—¡Vete, Patricius! —rugió Milton, ignorando la presencia del socio—. ¡Tengo mucho de qué hablar con la mujer que decidió reemplazarme con mi propio mejor amigo!
Alexia palideció. La intensidad de Milton era aterradora, pero lo que más le dolió fue la acusación en sus ojos.
—¿Reemplazarte? —la voz de Alexia tembló, pero se mantuvo firme, su instinto de madre volcándose en cada sílaba—. Tú te fuiste, Milton. Tú desapareciste del mapa cuando más te necesitaba, cuando el mundo se me venía encima y tus padres me amenazaban con destruirme a mí y a lo que crecía en mis entrañas. ¿De qué traición hablas?
—¡La traición de ocultarme a mi hijo! —gritó Milton, golpeando el escritorio de cristal, haciendo que los objetos sobre él saltaran—. Vi las fotos, Alexia. Vi cómo le das a mi hijo el apellido de otro. ¿Qué clase de juegos sádicos has estado jugando todos estos años?
Alexia soltó una carcajada amarga, una que nació de lo más profundo de sus heridas.
—¿Juegos? ¡Tú no sabes nada! ¡Tus padres me dijeron que habías muerto, que habías decidido casarte con otra y dejar atrás la 'basura' de tu pasado! ¿Y qué querías que hiciera? ¿Que me hundiera? Patricius me salvó, Milton. Él me dio un apellido para Leo, él nos dio un hogar cuando no teníamos ni donde escondernos.
Milton sintió cómo el suelo se abría bajo sus pies. El rostro se le descompuso.
—¿Muerto? ¿Te dijeron que estaba muerto? —su voz cayó a un susurro lleno de horror—. Dios… qué crueles…
—¿De qué hablas, Milton? —preguntó ella, empezando a notar que algo en la actitud de él no encajaba con el despecho.
Milton comenzó a desabotonarse la camisa de vestir con manos temblorosas. Sus ojos, vidriosos y llenos de una oscuridad que no era solo ira, se encontraron con los de Alexia.