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Cien millones por un heredero

Cien millones por un heredero

Status: En proceso
Genre:CEO / Doctor / Embarazo no planeado / Amante arrepentido
Popularitas:131
Nilai: 5
nombre de autor: Ruby_Blair

Elena Salazar aceptó someterse a una fecundación in vitro cuando su prometido quedó al borde de la muerte. Pero un error de la clínica la dejó embarazada de otro hombre: Alejandro Montenegro, el magnate más poderoso de Atelán.
Su oferta fue directa:
—Da a luz a mi hijo y los cien millones de dólares serán tuyos.
Elena se negó. Su amor no tenía precio… hasta que encontró a su prometido, recién salido de cuidados intensivos, besando a su hermanastra.
Entonces firmó el contrato y se casó con Alejandro.
Quienes la humillaban se rieron de su elección: un simple guardaespaldas, guapo y sin dinero. Creían que había cambiado un buen matrimonio por una vida miserable.
No sabían quién era su marido. Y tampoco sabían de lo que ella era capaz.
Cuando sus investigaciones revolucionen la medicina y la verdadera identidad de Alejandro salga a la luz, su ex ya no podrá burlarse de ella.
Estará de rodillas, suplicándole una oportunidad de hacer negocios.

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Capítulo 7

Capítulo 7. Te salvé por el niño

El guardaespaldas levantó la mano sin expresión alguna. La bofetada silbó en el aire antes de caer con toda su fuerza.

¡Plaf!

El golpe derribó a Valeria.

Le dio vueltas la cabeza. Vio estrellas.

Antes de que pudiera recuperarse, un dolor desgarrador le atravesó el cuero cabelludo.

El guardaespaldas la levantó del pelo y le descargó otra bofetada con el dorso de la mano, todavía más fuerte.

¡Plaf! ¡Plaf! ¡Plaf!

Durante los minutos siguientes, las bofetadas no dejaron de resonar en la sala.

Cuando todo terminó, los tres estaban tirados en el suelo como cuerpos sin fuerza.

Tenían las mejillas desfiguradas por la hinchazón, rojas y tensas. Las marcas de los dedos se dibujaban en la piel, brutales.

—Hace un momento preguntaste si mi amigo era Alejandro Montenegro, el director del Grupo Zeus, ¿verdad?

Valeria consiguió abrir apenas los ojos entre los párpados hinchados. Diego estaba en cuclillas frente a ella.

—No lo es —dijo él con claridad—. Solo se llaman igual.

Ella quedó inmóvil un instante. Después dejó escapar una risa ronca.

—Lo sabía... ¿Cómo iba una perra como ella a conseguir al director del Grupo Zeus?

La bofetada de Diego cayó antes de que terminara la frase.

—Cuida esa boca —dijo con voz amenazante.

—Perdón... No volveré a hacerlo...

Valeria se sujetó la cara ardiente y sollozó de miedo.

—Entonces... ¿a qué se dedica su amigo?

Diego se levantó y se sacudió los puños de la camisa. Habló con indiferencia:

—Es guardaespaldas de gente importante.

—¿Guarda... espaldas?

Las pupilas de Valeria se contrajeron.

Diego no añadió ninguna explicación. Dio una orden fría:

—Métanlos en el cuarto de trastos. Durante tres días, ni una gota de agua ni un bocado de comida.

—Sí, señor.

La puerta se cerró con un golpe violento.

Volvió un silencio de muerte.

Poco después, el rencor empezó a reemplazar al terror en los ojos de Valeria.

Un guardaespaldas... ¡No era más que un miserable guardaespaldas!

El odio le hervía por dentro.

Soportando el dolor de la cara, estiró los labios en una sonrisa muda.

Elena, tú y ese cualquiera con el que te casaste van a pagármelas. Cuando salga de aquí...

¡Por esta humillación, van a acabar de rodillas ante mí!

*

Diego le envió a Alejandro un video que acababa de grabar.

«Señor Montenegro, todo está resuelto».

Dentro del Rolls-Royce, Alejandro abrió el archivo.

En la pantalla, los tres Salazar se golpeaban entre sí, lloraban y suplicaban, reducidos a un estado miserable.

Lo observó con indiferencia. Sus ojos no mostraron la menor emoción.

Cuando el coche llegó a la entrada del hospital, un grupo numeroso de médicos y enfermeros ya los esperaba.

Primero atendieron las heridas de Elena y luego le hicieron un examen completo.

Solo después de confirmar que el bebé estaba a salvo, Alejandro la llevó a una de sus casas.

—Te recuperarás aquí. En unos días vendré a buscarte para llevarte a la residencia de mi familia.

Su tono era frío y distante, como si le estuviera asignando una tarea a un empleado.

—Está bien. —Elena asintió sin discutir. Recordó que había dejado cosas importantes en casa de los Salazar—. ¿Podrías pedir que trajeran mi equipaje?

—Sí.

Alejandro se volvió para irse.

Apenas dio un paso, ella habló a sus espaldas:

—Gracias por salvarme.

—No hace falta. —Él se detuvo y la miró de medio lado—. Al que protejo es al niño.

—Pero la persona a la que salvaste fui yo.

Su voz sonó clara y obstinada.

Alejandro no contestó. Se volvió y salió.

Las empleadas de la casa le prepararon una comida con esmero.

Elena comió y subió a descansar.

Después de tres días sin probar comida ni agua, pensó que se quedaría dormida en cuanto tocara aquella cama blanda.

No fue así.

Los veinte años de su vida empezaron a desfilar por su mente como una película.

También había tenido una infancia feliz.

De pequeña, su inteligencia excepcional le había ganado el cariño de sus padres y sus profesores.

Pero todo cambió cuando su madre murió y Beatriz, la amante de su padre, ocupó su lugar en la casa junto con la hija que ambos habían tenido fuera del matrimonio.

Para sobrevivir, Elena tuvo que aprender a ocultar su talento.

Mientras su abuela estuvo viva, la protegió. Por mucho que se excedieran, todavía tenían que contenerse un poco.

Cuando murió, tres años antes, ya nadie en aquella familia volvió a tratar a Elena como a una persona. Ni siquiera su propio padre.

La obligaron a dejar los estudios para trabajar en una fábrica.

Cuando se negó, la amenazaron con las cenizas de su abuela.

En uno de los peores momentos de su vida conoció a Nicolás.

Había entrado en su mundo oscuro como un rayo de luz.

Estuvieron juntos tres años. Ya estaban comprometidos y la boda debía celebrarse un mes después.

Para ella, aquella boda no solo iba a demostrar el amor que se tenían. Era la única forma de escapar del infierno de los Salazar.

Pero nunca habría imaginado que Nicolás la engañaría.

Y con... ¡Valeria!

Cada vez que pensaba en ello, sentía que le corroían el corazón con ácido.

Había pasado aquellos días obligándose a no recordar.

Ahora, los pensamientos se le desbordaban por la cabeza como una inundación.

Cuando las lágrimas le brotaron de los ojos, se tapó hasta la cabeza con la cobija.

No supo cuánto lloró ni en qué momento se quedó dormida.

Al despertar, ya era de noche.

Se incorporó, se frotó los ojos y tomó el teléfono. Eran más de las nueve.

Permaneció sentada un rato antes de levantarse y bajar.

Una empleada la vio y se acercó.

—Señorita Salazar, como no despertaba, preferimos dejarla descansar. La cena está lista. ¿Quiere comer ahora?

Elena estaba a punto de responder cuando vio una maleta en la sala.

La mujer siguió su mirada.

—La trajo Diego, el asistente.

Elena se acercó rápidamente y abrió la maleta. Dentro había una mochila negra.

La tomó y abrió el cierre de un tirón. Quedaron a la vista una caja metálica y un cuaderno grueso.

Al verlos, soltó un suspiro de alivio. Pasó los dedos con suavidad sobre la caja y abrió el cuaderno. Las páginas estaban cubiertas de términos médicos y anotaciones apretadas.

—Lo demás no importa. Mientras tenga estas dos cosas...

En el cuaderno había registrado todo lo que había estudiado por su cuenta sobre medicina durante los últimos años. El contenido de aquella pequeña caja metálica era la prueba de lo que había aprendido.

Cerró el cuaderno. Cuando levantó la cabeza, sus ojos tenían una firmeza nueva. Su voz, serena y fría, sonó como un juramento en medio de la noche:

—La Elena de antes está muerta. A partir de ahora, voy a vivir por mí.

La tarde del cuarto día estaba recostada en el sofá, leyendo, cuando oyó un motor en el patio.

Se incorporó de golpe y miró por la ventana.

La puerta de la casa se abrió.

Alejandro entró a grandes pasos.

Llevaban varios días sin verse. Su presencia seguía siendo igual de fría y autoritaria; incluso parecía ejercer más presión que antes. Se dirigió hacia ella y se detuvo enfrente.

De pronto levantó una mano y le alzó el mentón con los dedos ligeramente fríos.

Después se inclinó hacia ella.

El aroma fresco a cedro le llenó la nariz.

Elena vio cómo aquel rostro atractivo se acercaba cada vez más. Se le detuvo el aliento.

¿Qué iba a hacer?

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