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De las cenizas, me levanté

De las cenizas, me levanté

Status: Terminada
Genre:Mujer despreciada / Amante arrepentido / Divorcio / Completas
Popularitas:900
Nilai: 5
nombre de autor: Rere ernie

Valentina Montero lleva siete años entregándole todo a su matrimonio. Vendió la herencia de sus padres, levantó una empresa desde la quiebra y renunció a su propia vida para que Andrés Fuentes alcanzara el éxito. Pero la noche en que él recibe el premio de Empresario del Año, en lugar de agradecerle, pronuncia el nombre de otra mujer frente a cientos de invitados. Minutos después, le entrega los papeles de divorcio ya firmados. Camila Gallardo, joven, ambiciosa y conectada con una de las familias más poderosas del mundo empresarial, ocupa ahora su lugar.

Sin hogar, sin familia y con la dignidad hecha pedazos, Valentina se niega a hundirse. Con la experiencia que ganó en años de trabajo invisible, consigue un puesto directivo en una de las corporaciones más importantes del país. Poco a poco, la mujer que todos descartaron empieza a brillar con luz propia. Y mientras ella asciende, la vida de quienes la humillaron comienza a desmoronarse: secretos enterrados salen a la luz, alianzas se quiebran y el arrepentimiento llega demasiado tarde.

En medio de su renacimiento, un hombre poderoso que la conoce desde mucho antes de que el mundo le diera la espalda empieza a demostrarle que el amor no siempre tiene que doler. Pero Valentina ha aprendido a desconfiar, y abrirle el corazón a alguien de nuevo es un riesgo que no sabe si está dispuesta a correr, sobre todo cuando las rivales que quieren verla destruida no se han dado por vencidas.

NovelToon tiene autorización de Rere ernie para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Episode — 4.

Capítulo 4

El taxi se detuvo frente a un hotel modesto en el centro de la ciudad. Valentina bajó cargando dos maletas grandes y una caja de cartón con sus pertenencias.

La recepcionista la atendió con amabilidad.

—Buenas noches, señorita.

—Quisiera hospedarme.

—¿Cuántas noches?

Valentina dudó. Ni ella misma sabía adónde iría después.

—Una semana, por ahora.

—Perfecto, un momento por favor.

Terminado el registro, un empleado la ayudó a subir las maletas hasta una habitación en el quinto piso. En cuanto la puerta se cerró, el silencio la envolvió por completo. La habitación estaba limpia y parecía cómoda. Sin embargo, para aquella mujer de treinta y dos años, el lugar no dejaba de sentirse ajeno.

Valentina se sentó al borde de la cama y contempló sus maletas. Durante siete años de matrimonio, había considerado la casa de los Fuentes como su propio hogar. Ahora, lo único que le quedaba eran dos maletas.

El celular vibró. El nombre que apareció en la pantalla le encendió un brillo tenue en la mirada. Lorena, su mejor amiga desde la universidad.

—¿Hola?

—¡Valentina! Acabo de ver la noticia en internet, ¿es verdad?

—Sí —Valentina sonrió con amargura.

—Dios mío… ¿por qué no me dijiste antes?

—El divorcio se hizo oficial esta misma noche.

Al otro lado de la línea se hizo un silencio; luego se escuchó un suspiro largo.

—¿Dónde estás? Voy para allá ahora mismo.

—No hace falta.

—No me discutas.

—Estoy bien.

—¿Estuviste llorando?

—Hace un rato, sí…

—¿Y ahora?

Valentina se acercó a la ventana y contempló el cielo nocturno salpicado de estrellas. La luz de la luna se filtraba por la rendija de las cortinas e iluminaba parte de su rostro, sereno en apariencia pero cargado de heridas. Los dedos le apretaban el teléfono mientras la voz de Lorena llegaba desde el otro lado de la línea.

—Ahora… estoy aprendiendo a aceptarlo —murmuró. Ya no había sollozos como hacía un rato. Solo una resignación que sonaba casi en un susurro.

Al otro extremo, Lorena guardó silencio. Sabía que detrás de esas palabras simples se escondía una lucha que no tenía nada de fácil. Aceptar la traición, la pérdida, y la certeza de que la vida nunca volvería a ser la misma.

Tras unos instantes, Lorena volvió a hablar con suavidad.

—Vente a mi casa. No tienes por qué pasar por todo esto sola. Quédate unos días, al menos vas a tener a alguien a tu lado.

La comisura de los labios de Valentina se elevó en una sonrisa apenas perceptible. Negó con la cabeza, aunque sabía que Lorena no podía verla a través del teléfono.

—Gracias, Lore. Pero esta vez… déjame hacer las paces con todo esto. Si sigo dependiendo de los demás, nunca voy a ser realmente fuerte.

El silencio volvió a envolverlas. Solo se escuchaba el soplo apagado del viento nocturno desde el otro lado de la ventana, como si fuera testigo de una mujer que intentaba recoger, pedazo a pedazo, los fragmentos de su corazón.

—Tampoco quiero ser una carga para ti —dijo Valentina en voz baja—. Ya me has ayudado demasiado. No quiero llegar a tu puerta cada vez que mi vida se cae a pedazos.

Lorena dejó escapar un suspiro al otro lado de la línea.

—¿Una carga? Valentina, ¿desde cuándo te he visto como una carga? Eres mi mejor amiga; llevamos años juntas. Si no soy yo quien te acompaña en un momento así, ¿entonces quién?

Valentina cerró los ojos un instante; algo cálido le recorrió el pecho al escuchar la sinceridad de su amiga.

—Lo sé, Lore. Precisamente porque te considero mi amiga, no quiero que cargues con todos mis problemas.

Lorena exhaló.

—¿Entonces por qué siempre rechazas mi ayuda? Solo quiero asegurarme de que estés bien. Me preocupa que lo guardes todo para ti sola.

Valentina calló unos segundos; la mirada aún fija en el cielo nocturno al otro lado de la ventana. Finalmente, tomó aire.

—Ahora… quiero saber si de verdad soy capaz de levantarme con mis propias piernas.

Las palabras dejaron a Lorena en silencio. Conocía a Valentina mejor que nadie. Desde siempre, esa mujer se empeñaba en resolver cada problema por su cuenta. Detrás de su apariencia suave, Valentina tenía un orgullo inquebrantable y una resistencia a depender de otros, incluso de quienes más la querían.

—Está bien —concedió Lorena al fin, con un tono de rendición—. No voy a obligarte, pero tienes que prometerme algo.

—¿Qué?

—Si las cosas empeoran, o sientes que ya no puedes sola, me llamas. No importa la hora, yo voy.

Una sonrisa delgada se dibujó en los labios de Valentina.

—Te lo prometo.

—No quiero promesas de dientes para afuera.

—En serio, Lorena. Esta vez voy a llamarte si de verdad ya no puedo más.

—Así se habla —Lorena soltó el aire con alivio.

—Gracias… por todo.

—No me agradezcas. Cuídate mucho, ¿sí?

—Sí.

Unos segundos después, la llamada se cortó. El silencio volvió a apoderarse de la habitación; Valentina seguía de pie frente a la ventana con la mente lejos de estar en calma. Recorrió el cuarto vacío con la mirada hasta que sus ojos se posaron en el portarretratos de sus padres, que había sacado de la caja hacía unos minutos.

Lo tomó despacio. Las lágrimas que había logrado contener todo ese tiempo volvieron a correr.

—Papá… mamá… —susurró.

—Si ustedes siguieran aquí… tal vez todavía tendría un lugar al cual volver.

Los padres de Valentina habían muerto cinco años atrás en un accidente. Desde aquel día, la familia Fuentes se convirtió en la única familia que le quedaba. Había tratado a Carmen como si fuera su propia madre, y respetado a Gustavo como a un padre.

Cada cumpleaños de ellos, Valentina preparaba algún pequeño detalle para llenar la casa de calidez. Todo eso había terminado. Abrazó el portarretratos contra su pecho.

—Papá… mamá… perdí… perdí de verdad.

Esa noche, por primera vez, Valentina dejó que las lágrimas cayeran sin intentar detenerlas. No lloraba solo por el fin de su matrimonio con Andrés. Lloraba también por el derrumbe del lugar que durante años había considerado su hogar.

Minutos después, se secó las lágrimas ella misma. Observó la foto de sus padres.

—Papá decía que quien se cae tiene derecho a llorar. Pero después… tiene que ponerse de pie otra vez.

Una sonrisa pequeña empezó a asomarse en su rostro.

—Voy a levantarme. Lo prometo.

Mientras tanto, en la casa de los Fuentes, el reloj marcaba las once de la noche. Carmen abrió la puerta del cuarto de Andrés con un vaso de leche caliente en la mano.

—¿Todavía no te acuestas?

—Aún tengo trabajo.

Andrés tenía la vista clavada en la pantalla de la computadora portátil; varios documentos de la alianza con el Grupo Gallardo ocupaban la pantalla.

Carmen dejó el vaso sobre el escritorio.

—No te exijas tanto.

—Sí, mamá.

Carmen hizo ademán de salir, pero se detuvo en el umbral.

—Andrés.

—¿Hm?

—Durante siete años… Valentina siempre te preparaba la leche caliente antes de que te desvelaras trabajando.

Los dedos de Andrés dejaron de teclear.

—Sí.

—Esta noche acabo de darme cuenta de que…

Carmen no terminó la frase. Salió y cerró la puerta tras de sí. Una vez a solas, Andrés se quedó mirando el vaso de leche. Había algo ligeramente distinto. Durante años lo había bebido sin pensar en quién se lo preparaba. Ahora… caía en cuenta de que aquel pequeño hábito había desaparecido.

En la recámara principal, Gustavo estaba sentado en el sofá leyendo el periódico financiero. De vez en cuando le daba un sorbo al café que ya empezaba a enfriarse.

—¿Valentina ya se fue? —preguntó sin despegar la vista del periódico.

Carmen, que acomodaba el tocador, asintió despacio.

—Sí.

—¿Se llevó todas sus cosas?

—Sí, no quedó nada.

Gustavo se limitó a asentir. Tras unos instantes, dobló el periódico sobre su regazo y soltó un suspiro largo.

—Pasado mañana es mi cumpleaños.

Carmen lo miró.

—Sí, lo recuerdo.

La mirada de Gustavo se perdió por la ventana, vacía.

—Normalmente… una semana antes, Valentina ya andaba de un lado a otro. Organizaba la cena en secreto, escogía el regalo, incluso les avisaba a todos que fingieran haberlo olvidado para que la sorpresa funcionara.

La comisura de sus labios se alzó apenas, pero la sonrisa duró un segundo antes de desvanecerse.

Carmen no respondió. Se le cerró la garganta de golpe. Ella también recordaba cómo Valentina siempre era la primera en asegurarse de que cada momento importante de la familia saliera perfecto, sin pedir jamás un solo reconocimiento.

El silencio fue llenando la habitación.

Por primera vez en años, la casa de los Fuentes se sentía desoladoramente vacía. No se escuchaban los pasos de Valentina yendo y viniendo, ocupándose de las necesidades del hogar. Al día siguiente, con toda seguridad, ya no habría aquel saludo suave que ella lanzaba cada mañana, ni la presencia de quien en silencio cuidaba de cada miembro de la familia.

Lo extraño era que solo después de su partida aquel vacío se volvió palpable. Sin embargo, tanto Gustavo como Carmen seguían creyendo que esa sensación no era más que un ajuste pasajero. Estaban convencidos de que, con el tiempo, todo volvería a la normalidad.

Aún no se daban cuenta de que quien abandonó esa casa no era una simple nuera. Valentina se había llevado consigo la calidez que durante años mantuvo unida a la familia Fuentes, una calidez cuya existencia casi nunca advirtieron… hasta que desapareció por completo.

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