Marcia Montero lo tiene todo: belleza, inteligencia, una pastelería próspera y una familia adinerada que la adora. Lo único que no tiene es el respeto de su marido.
Rodrigo Mendoza nunca supo con quién se casó. Para él, Marcia no es más que una empleada de pastelería, una esposa sumisa a la que puede ignorar, humillar y relegar al papel de sirvienta gratis en la casa de sus padres. Su madre, doña Carmen, la desprecia por "pobre". Su hermana Isabella la insulta sin pudor. Solo don Alfonso, su suegro, la trata con dignidad.
Cuando Marcia descubre que Rodrigo la engaña con Pamela —una compañera de trabajo que miente sobre su origen tanto como él miente sobre su estado civil—, decide que ya es hora de dejar de fingir. Pero no actuará por impulso. Reunirá pruebas, trazará un plan y esperará el momento perfecto para quitarse la máscara.
Lo que Rodrigo y su familia no saben es que la mujer a la que tratan como basura es heredera de un imperio empresarial. Que la pastelería donde "trabaja" le pertenece. Que su hermano Gabriel es novio de Valentina Reyes, la mismísima dueña de la empresa donde Rodrigo presume de gerente. Que cada ascenso, cada privilegio que Rodrigo disfruta, se lo debe a ella.
Y cuando la verdad salga a la luz —en el peor momento posible para Rodrigo—, no habrá vuelta atrás.
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16
En otro lugar, en una casita pequeña situada detrás de la lujosa villa, Pamela conversaba con su madre sobre los preparativos de su boda con Rodrigo.
—Mamá, quiero que la boda se celebre a lo grande aquí en la villa —le dijo Pamela.
—A mí también me gustaría, hija, pero tu padre no va a estar de acuerdo —respondió doña Nancy.
—Mamá, Rodrigo es un hombre con dinero y es gerente. Sería vergonzoso que mi boda fuera una ceremonia sencilla. Cuando yo sea su esposa, todos vamos a disfrutar de su fortuna —insistió Pamela.
—Pamela, ¿por qué no le pides a Rodrigo que organice la fiesta en un hotel? Él tiene plata, ¿cómo es posible que para su propia boda sea tan tacaño? —rezongó doña Nancy.
—Mamá, Rodrigo quiere una boda diferente a la de todo el mundo. Por eso quiere hacerla aquí en la villa. Un hotel es demasiado común —le explicó Pamela.
—Bueno, entonces pídele una buena cantidad de dinero a Rodrigo para organizar la fiesta aquí —resolvió doña Nancy.
—Sí, mamá. Se lo voy a decir —Pamela asintió.
En el fondo, Pamela habría preferido celebrar la boda en un hotel, pero Rodrigo quería algo distinto. Deseaba una fiesta al aire libre, con un concepto completamente abierto, y por eso había elegido la villa como sede del evento.
* * *
Pamela y Rodrigo estaban en la cafetería de la empresa, aprovechando la hora del almuerzo. El lugar bullía de empleados que ocupaban las mesas, así que ambos eligieron un rincón apartado para hablar de los preparativos de la boda.
—Amor, si quieres que todo salga perfecto, tienes que empezar a juntar bastante dinero desde ya, para que podamos prepararlo todo con tiempo —Pamela abrió la conversación.
—Sí, mi vida, ten paciencia. Estoy consiguiendo el dinero —contestó Rodrigo mientras le daba un sorbo a su bebida.
—Amor, ya no aguanto la espera. Quiero que nos casemos de una vez —Pamela se recargó contra él con gesto mimoso.
—Yo también, mi vida —Rodrigo le correspondió.
—Amor, ¿cómo reaccionó tu esposa cuando se enteró de que vamos a casarnos? —preguntó Pamela.
—No puede hacer nada, salvo aceptar nuestra boda. Marcia es una mujer miserable. Si se va de la casa, terminaría de indigente en la calle —respondió Rodrigo con una sonrisa, visiblemente complacido de poder humillar a su esposa legítima.
—Amor, ya me muero de ganas de que tu mujercita me atienda. La voy a obligar a arrodillarse delante de mí —Pamela hablaba con un entusiasmo perverso, fantaseando con una vida en la que Marcia la sirviera como a una reina.
—Claro, mi vida. Puedes hacer con ella lo que quieras —Rodrigo compartía el mismo regocijo.
Rodrigo consultó el reloj que llevaba en la muñeca: faltaban veinticinco minutos para que terminara el descanso. Le propuso a Pamela que regresaran a la oficina.
—Vamos, mi vida, ya casi empieza otra vez la jornada —Rodrigo tomó a Pamela de la mano.
—¡Vamos! —Pamela asintió.
Los dos caminaron de vuelta a la oficina exhibiendo su romance sin el menor recato, pavoneándose frente a cuanto colega se cruzaba en su camino.
—Señor Rodrigo, Pamela. Esto es para ustedes —uno de los empleados les entregó dos sobres.
—¿De quién son? —preguntó Pamela con curiosidad.
—De la señora Valentina. Dentro de tres días va a celebrar su fiesta de compromiso con el señor Gabriel en un hotel de lujo. Están invitados todos los empleados de la empresa —explicó el trabajador.
—Ah, gracias —Rodrigo tomó su invitación y la contempló con una sonrisa satisfecha.
—¿Qué te pasa, amor? Llevas un buen rato sonriendo —observó Pamela, que lo había estado mirando de reojo.
—Nada, es que estoy contento. En la fiesta de compromiso de Valentina y Gabriel, todo el mundo nos va a ver como la pareja perfecta —dijo Rodrigo sin dejar de sonreír.
—¿A qué te refieres? —Pamela no terminaba de entender.
—Vamos a ir juntos a esa fiesta, y todos los invitados van a admirarnos. Quiero que nos veamos impecables esa noche. Aunque el evento sea de Valentina y Gabriel, te aseguro que dentro de poco la gente también nos estará felicitando a nosotros, porque vamos a casarnos igual que ellos. Además, quiero anunciarle al mundo entero que tú eres mía —Rodrigo le soltó todo de un tirón.
—Tienes toda la razón, amor. Tú eres gerente aquí, así que automáticamente eres una de las personas más respetadas, y yo también —Pamela se infló de orgullo.
—Amor, ya que es una ocasión importante, ¿qué te parece si nos compramos ropa a juego? Así todos van a saber con solo vernos que somos pareja. Quiero que luzcamos perfectos juntos —propuso Pamela con entusiasmo.
—Me parece muy bien. Cuando salgamos de la oficina, vamos directo a buscar la ropa —Rodrigo aceptó la idea.
La jornada laboral se reanudó después del almuerzo, y con ella, Rodrigo y Pamela volvieron a sus puestos. Ninguno de los dos podía disimular las ganas de que llegara la hora de salida para lanzarse a buscar el atuendo que lucirían en la fiesta de compromiso de la dueña de la empresa.
—Amor, vamos directo al centro comercial —sugirió Pamela en cuanto marcó la hora de salida.
—¡Vamos! —Rodrigo la tomó de la mano y la guio hasta su auto en el estacionamiento.
—Amor, quiero ponerme un vestido elegante y caro para la fiesta de Valentina —declaró Pamela sin ocultar su impaciencia.
—Mi vida, que no sea tan caro, ¿sí? —pidió Rodrigo de pronto, mientras conducía.
—¿Cómo que no, amor? Este evento también es importante para nosotros. Quiero que todos se queden boquiabiertos con nuestro look —protestó Pamela, haciendo un puchero.
—Mi vida, después de esto viene nuestra boda al aire libre, la gran fiesta. Necesitamos mucho dinero para hacer realidad la boda de nuestros sueños —Rodrigo intentó razonar con ella.
—Pero, amor... —Pamela no ocultó su disgusto.
—Mi vida, tú vas a ser mi pareja en la fiesta de Valentina, no Marcia. ¿Por qué pones esa cara? De todas formas la gente nos va a elogiar vea lo que vea, y nadie tiene por qué saber si la ropa fue barata o no —le explicó Rodrigo mientras le apretaba la mano con firmeza.
Pamela terminó por ceder. Aunque en el fondo se moría de ganas de comprarse algo lujoso. ¿Cuándo volvería a tener una oportunidad así? Si tuviera que usar su propio dinero, de ninguna manera lo haría; quería gastar el de Rodrigo. Pero él se negó con el argumento de que la fiesta al aire libre iba a requerir un presupuesto mucho mayor.