NovelToon NovelToon
Mí Guardaespaldas, Mi Enemigo, Mí Prometido

Mí Guardaespaldas, Mi Enemigo, Mí Prometido

Status: Terminada
Genre:Amor-odio / Matrimonio arreglado / Completas
Popularitas:7.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Maria Laura Perez

Tras seis años en Estados Unidos forjándose en finanzas, leyes y artes marciales para no ser jamás una presa fácil ni un adorno mafioso, Martina regresa a Europa lista para blindar el imperio de su familia. No busca romance ni piensa acatar imposiciones, mucho menos tolerar la sombra que sus padres le asignan a la fuerza: un guardaespaldas taciturno, implacable y con una arrogancia que enciende su furia desde el primer segundo.
Lo que ella ignora es que detrás de ese custodio se oculta Dereck, el futuro jefe del sindicato criminal más poderoso del continente y el prometido de la infancia cuyo rostro ella borró de su memoria.
Convencido de que la hija del capo volvió convertida en una consentida frívola y libertina, Dereck asume la identidad de un simple escolta para evaluarla antes de cerrar el matrimonio pactado.

NovelToon tiene autorización de Maria Laura Perez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 17: Ataque al puerto

El olor a salitre amargo, gasoil pesado y metal corroído por el mar de Liguria golpeó a Martina en cuanto la ventanilla blindada del Audi descendió dos centímetros.

Eran las dos y media de la madrugada. El convoy familiar había devorado la autopista desde Como hasta el puerto industrial de Génova en menos de noventa minutos, esquivando los retenes policiales gracias a las rutas secundarias que los Moretti mantenían abiertas con sobornos mensuales.

En los muelles del sector sur, la niebla marina se mezclaba con el humo blanco de los respiraderos industriales, envolviendo los laberintos de contenedores apilados en una penumbra fantasmal. A lo lejos, contra la línea del horizonte negro, las siluetas colosales de dos buques quimiqueros con bandera maltesa permanecían fondeadas a oscuras, con los motores auxiliares apagados y los remolcadores del consorcio local cruzados frente a las dársenas de descarga como barreras de hierro.

Martina se había despojado de los pendientes de diamantes y de los tacones dentro del vehículo. Llevaba unos botines tácticos de suela adherente que guardaba en el maletero, un pantalón negro de combate y un gabán largo de lana pesada sobre el vestido verde, abrochado hasta el cuello para disimular la funda de tobillo donde descansaba la Glock 43 y el vendaje de su brazo izquierdo. Tenía el cabello recogido de nuevo en una trenza baja, y en la mano sostenía una carpeta de piel con los certificados de flete marítimo y las órdenes notariales del tribunal de arbitraje de La Haya.

Dereck bajó del auto antes que ella.

Se había quitado la pajarita del esmoquin y desabotonado los dos primeros botones de la camisa negra. La chaqueta oscura, desabrochada, dejaba a la vista el arnés de cuero donde la SIG Sauer descansaba lista para ser empuñada en una décima de segundo. Sus ojos grises escaneaban las sombras entre los contenedores con la precisión de un radar militar: no miraba las luces de las oficinas; buscaba los ángulos elevados, las pasarelas de las grúas pórtico y los puntos ciegos entre las tolvas de grano.

—El ambiente está podrido, Moretti —dijo Dereck en un susurro áspero, cerrando la puerta con el codo sin apartar la vista del perímetro—. No hay estibadores de turno en las grúas y los remolcadores tienen apagadas las luces de posición reglamentarias. Si esto fuera una simple disputa aduanera, habría un inspector de guardia con chaleco reflectante y un libro de actas.

—Están esperando que entremos en pánico —respondió Martina con una frialdad que no dejaba traslucir el dolor sordo que palpitaba en su antebrazo suturado—. Mateo y Luca quieren entrar reventando portones con las camionetas, pero eso solo les daría la excusa para alegar resistencia armada ante la capitanía marítima. Primero les pongo el contrato en la mesa; si no firman el desestimiento, dejamos que el plomo hable.

Dereck la miró de reojo. La mandíbula se le tensó al verla avanzar con esa determinación ciega hacia el muelle número cuatro, donde una nave de reparación naval con las paredes de chapa oxidada mantenía una bombilla amarillenta encendida sobre el muelle de carga.

—Camina detrás de mí —ordenó él, acortando el paso para interponer sus hombros anchos entre la espalda de ella y las sombras de los contenedores.

—Te pago para que me cuides la espalda, no para que me tapes el camino, Dereck —replicó ella sin detenerse, manteniendo el paso firme sobre el hormigón agrietado y húmedo.

—Me importa un carajo tu sueldo, Martina —gruñó él entre dientes, tan cerca que su aliento cálido le rozó la oreja en medio de la ventisca salina—. Camina a mi izquierda y mantén los ojos en las pasarelas metálicas. Si escuchas un chasquido de percutor, te tiras detrás de las cajas de madera sin hacer preguntas.

Martina no contestó, pero la corriente eléctrica que aquellas palabras despertaron en su piel la obligó a tragar saliva. La autoridad en la voz de Dereck no era la de un empleado intentando salvar su pellejo corporativo; era la de un comandante acostumbrado a arrastrar a su gente a través del infierno.

La puerta metálica de la nave industrial chirrió sobre sus rieles herrumbrosos cuando Martina empujó la chapa con la suela de su bota.

El interior olía a grasa de motor quemada, óxido y humo de tabaco barato.

En el centro del taller desierto, bajo un foco cenital suspendido de una viga de acero que proyectaba una luz cruda sobre el suelo manchado de alquitrán, esperaba Enzo Barone, el delegado de los estibadores de Savona. Barone era un hombre corpulento de unos cincuenta años, con barba canosa descuidada, una chaqueta impermeable manchada de aceite y una escopeta de cañón recortado apoyada con indolencia sobre una mesa de trabajo metálica.

A su alrededor, diseminados entre tornos mecánicos y bidones de disolvente, había siete hombres armados con pistolas semiautomáticas y barras de hierro. Dos de ellos masticaban tabaco; el resto observaba la entrada con la mirada tensa de quien sabe que está cruzando una línea sin retorno.

Barone soltó una risotada rasposa al ver entrar a la heredera de los Moretti.

—Vaya, vaya... don Lorenzo debe estar muy viejo o muy asustado para mandarme a su niña de recados —dijo Barone, escupiendo en el suelo a medio metro de los pies de Martina—. Esperábamos a Mateo con sus perros de presa, no a una muñeca vestida de fiesta con una carpeta de papeles.

Martina no se inmutó. Avanzó hasta detenerse a tres metros de la mesa metálica, con Dereck cubriéndole el flanco derecho como un monolito de acero.

—El señor Barone, supongo —dijo ella, con una voz cristalina y calmada que resonó en la nave como una bofetada educada—. Traigo la resolución de medidas cautelares dictada por la corte marítima de Génova hace tres horas. Los cargueros San Marco y Valetta Star operan bajo pabellón internacional y transportan crudo ligero con exención arancelaria comunitaria. La retención que ustedes están ejecutando es un delito federal de piratería portuaria en aguas territoriales italianas.

Barone frunció el ceño, cambiando el peso del cuerpo mientras sus ojos recorrían la figura esbelta de Martina con una mezcla de burla y desconcierto.

—Guárdate tus palabras en inglés, señorita —escupió el hombre—. Aquí no mandan los jueces de Milán ni los tratados de Bruselas. Esos dos barcos no mueven una sola hélice hasta que don Lorenzo deposite dos millones de euros en efectivo en una cuenta de Chipre para compensar a los muchachos del muelle. O pagan el peaje... o el combustible se empieza a perder por las válvulas de fondo al amanecer.

Martina ladeó la cabeza despacio. Sus ojos castaños se clavaron en los de Barone con una frialdad que congeló la sonrisa burlona del estibador.

—No va a haber transferencias a Chipre, Barone. Y no vas a tocar una sola válvula.

Dejó caer la carpeta de piel sobre la mesa de trabajo con un golpe seco.

—Esos documentos no son solo órdenes judiciales. Son las actas de propiedad de los remolcadores que tienes bloqueando el canal. Tu cuñado los hipotecó hace seis meses a través de una sociedad financiera en Luxemburgo para pagar sus deudas de juego en San Remo. Compré esa deuda ayer a las cinco de la tarde. En este instante, yo soy la dueña de tus barcos, de tus grúas y de los talleres donde tus hombres duermen la borrachera.

El rostro de Barone se transformó en una máscara lívida. La mandíbula le tembló por la furia contenida.

—¿Te crees muy lista, perra? —rugió el estibador, dando un paso adelante y estirando el brazo hacia la escopeta recortada sobre la mesa—. ¡Te voy a enseñar quién manda en este puerto de mierda!

En la penumbra tras Martina, Dereck no esperó a que la mano del hombre tocara la madera del arma.

En una fracción de segundo tan rápida que el ojo humano apenas pudo registrarla, el brazo derecho de Dereck se levantó con la fluidez de un relámpago.

Bang.

El fogonazo de la SIG Sauer rasgó la penumbra de la nave con un estruendo ensordecedor.

El proyectil de nueve milímetros impactó con una precisión quirúrgica en el mecanismo de disparo de la escopeta recortada, reventando la recámara de metal en una lluvia de esquirlas y arrojando el arma al suelo antes de que Barone pudiera empuñarla. La onda expansiva le abrió un corte sangrante en los nudillos al estibador, quien retrocedió aullando de dolor y aferrándose la mano herida contra el pecho.

—Vuelve a moverte —dijo Dereck, y su voz no fue un grito, sino un murmullo cavernoso, gutural y helado que llenó cada rincón de la nave con una promesa de muerte inminente— y la próxima bala te entra por el ojo derecho.

Los siete matones de Barone reaccionaron al unísono, llevando las manos a sus cinturas para desenfundar.

Pero Martina ya estaba en movimiento.

No esperó a que se abriera el fuego cruzado. Deslizó la mano bajo la solapa de su gabán de lana, extrajo la Glock de su funda y disparó dos veces sin vacilar hacia la bombilla cenital que colgaba del techo.

Bang. Bang.

El cristal estalló en mil pedazos, sumiendo el taller en una oscuridad casi total, rota únicamente por los reflejos de la luna que entraban por las claraboyas rotas de la cubierta.

—¡Fuego! ¡Mátenlos a los dos! —bramó Barone desde el suelo, arrastrándose hacia la cobertura de un torno.

Al mismo tiempo, desde el exterior de la nave, el eco rítmico de ráfagas automáticas comenzó a castigar las paredes de chapa oxidada. Los disparos no venían de los hombres de Barone; venían de las pasarelas superiores de los contenedores que rodeaban el muelle.

Una trampa secundaria. Una emboscada coordinada que no buscaba extorsionar a la familia, sino decapitar a la heredera en una ratonera portuaria.

Dereck agarró a Martina por la cintura con un brazo de hierro, levantándola casi en vilo para arrojarla detrás de una bancada de motores diésel de tres toneladas justo cuando una lluvia de proyectiles perforaba las chapas de zinc sobre sus cabezas, levantando chispas y esquirlas de madera por todo el hangar.

Ambos cayeron al suelo cubierto de grasa y virutas de acero, apretados el uno contra el otro en un espacio de menos de un metro.

Martina se zafó del agarre con un movimiento elástico, apoyando la espalda contra el bloque de hierro fundido mientras respiraba por la nariz para estabilizar su pulso. La sangre le hervía en las sienes; la trenza se le había deshecho sobre el hombro y el vestido esmeralda estaba manchado de hollín y aceite, pero sus ojos castaños brillaban con la ferocidad de un lobo en su cacería.

Dereck recargó la SIG Sauer con un movimiento ciego de muñeca, encajando el nuevo cargador sin apartar la mirada de ella. En la penumbra rota por los destellos de los fogonazos exteriores, sus rostros estaban a escasos centímetros de distancia.

—¿Tienes munición suficiente, Moretti? —preguntó Dereck con una media sonrisa salvaje, con los ojos grises ardiendo en una devoción oscura que el tiroteo no hacía más que alimentar.

Martina amartilló su Glock con un chasquido metálico, sosteniéndole la mirada con una sonrisa idéntica, gélida y letal.

—Tengo veinticuatro balas, Dereck. Y no pienso desperdiciar ninguna en advertencias.

—Entonces salgamos a cazar juntos —susurró él, y el pacto tácito entre el cazador y la fiera selló el inicio de una carnicería que Génova no olvidaría jamás.

1
Leticia Contreras
ahora la va a investigar
Leticia Contreras
los dos igual de peligrosos
Leticia Contreras
los dos letales con las armas
Leticia Contreras
bueno aver que pasa
Leticia Contreras
ese Dereck se cre con el derecho sobre ella una cosa es lo que diga el papa de Martina y otra muy diferente lo que ella pience y sienta
Leticia Contreras
Giancarlo se equivoco de presa Martina no es facil
Leticia Contreras
ese zorro queri intimidar a Martina y salio humillado
Leticia Contreras
Martina no creo que nececite nin̈ero save cuidarce ella sola y ese Dereck tiene que andar con pies de plomo
Leticia Contreras
ese Derek tiene la mente retorcida crello que Martina andaba en celo
Leticia Contreras
Martina y Derek beamos como se llevan en su primer dia
Leticia Contreras
Marina con nin̈ero aver que pasa promete ser buena historia
Graciela Saiz
cada vez me cae peor , mujer estúpida 😏
Cliente anónimo
Esta novela se trata de guerras de magia más que todo, mucha descripción de armamentos y aviones y vehículos de guerras que una persona normal no entiende,
Cliente anónimo
Dereck tiene tiene rayos inflsrojos en los ojos
Graciela Saiz
ella no lo merece, es una soberbia 😏
Cliente anónimo
La verdad que Martina no actúa como hija de un jefe de la mafia, no piensa con la mente, piensa en su orgullo herido
Cliente anónimo
Me parece la posición de Martina absurda
Cliente anónimo
Ya Martina no tiene que oponerse al enlace
Cliente anónimo
Hasta cuando va a esconder su verdadera identidad?
Cliente anónimo
Le faltó más romance en esa entrega, 🥰 una relación entre romance y mafia
Graciela Saiz: falto detalles autora! arranco bien ! y después te me quedaste ! falto pasión , fuego! 🔥🔥🔥🔥🫠🫠🫠🫠😜
total 1 replies
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play