Mehmet sabe que alguien dentro de su propia familia quiere verlo muerto. Mahidevran ha decidido eliminar al príncipe para abrirle el camino a su hijo Mustafa, mientras la corte comienza a elegir bandos. Pero Mehmet no piensa convertirse en otra víctima de las intrigas del palacio.
En secreto, prepara su propia muerte.
Durante una cacería, una flecha lo hiere y cae por un barranco. Todos creen que el príncipe ha muerto. Mientras sus enemigos celebran, Mehmet desaparece para preparar su regreso y descubrir quiénes participaron en la conspiración.
Con Hürrem, su hermana y su padre, el sultán Süleyman, como sus aliados, Mehmet comenzará una partida donde cada movimiento tendrá consecuencias.
Pero también encontrará aliados inesperados, incluso en lugares donde nadie los buscaría.
Porque Mehmet ya no quiere sobrevivir.
Quiere el trono.
Y esta vez, no vendrá a pedir permiso.
NovelToon tiene autorización de EspirituCreativo para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
LA PROMETIDA Y EL PALACIO
No tardó mucho en llegar. Pasaron unos minutos que se me hicieron eternos, en los que caminé de un lado a otro de la amplia habitación, revisando cada rincón, asegurándome de que no hubiera oídos ni ojos escondidos. La puerta se abrió suavemente y ella entró. En cuanto la vi, el aire se me quedó atrapado en el pecho. Cecilia estaba allí, con el cabello algo desordenado por el viaje, los ojos aún brillantes con rastro de lágrimas que había intentado ocultar, pero entera, viva y de pie frente a mí. En cuanto la puerta se cerró tras ella, corrió hacia mí sin dudarlo un instante, y se aferró a mi pecho como si temiera que si me soltaba, desaparecería entre las sombras de aquel palacio inmenso y desconocido. La abracé con toda mi fuerza, respirando su aroma, sintiendo cómo su cuerpo temblaba contra el mío, y le acaricié la espalda con suavidad, susurrándole que estaba a salvo, que estaba con ella, que nada nos separaría mientras yo tuviera aliento. Pero al levantar la vista, vi que la puerta no estaba cerrada del todo. Una delgada rendija dejaba ver el pasillo, y una sombra inmóvil se proyectaba sobre el suelo de piedra. Alguien nos observaba. Alguien escuchaba cada palabra.
—¿Dónde estamos, Mario? —susurró ella, separándose apenas para mirarme a los ojos, con la respiración entrecortada—. Este lugar… es enorme, y todos me miran con una mezcla de respeto y temor que no entiendo. ¿Por qué nos trajeron aquí? ¿Quién era ese hombre tan poderoso que te hablaba como si fueras algo que le pertenecía? ¿Por qué nadie me dice qué está pasando realmente?
La llevé suavemente hasta el borde de la cama y nos sentamos juntos, tomando sus manos entre las mías, dándole calor y seguridad.
—No lo sé con certeza todavía, Cecilia. El Sultán Solimán dice que me parezco a su hijo, que se perdió hace años. Es una confusión extraña, casi increíble, pero parece que necesita tiempo para asegurarse de que no soy él antes de dejarnos ir. No te preocupes por las miradas ni por los silencios. Mientras yo esté aquí, nadie te hará el menor daño. Te lo prometo con mi vida.
Ella me miró con esos ojos grandes y sinceros en los que podía ver todo su mundo reflejado: confianza, miedo, y un amor tan puro que casi me hacía sentir culpable de mi propia actuación.
—Te creo, Mario. Siempre te creo. Pero… me asusta que no nos dejen volver. Me asusta este lugar. Todo es tan diferente a Venecia, tan pesado, tan lleno de secretos que nadie se atreve a decir en voz alta. Y tú… tú actúas de manera tan extraña con ellos. Tan educado, tan distante, como si fueras un invitado en un banquete al que no fue invitado. Como si no quisieras que te conocieran demasiado bien.
Sonreí con ternura y le aparté un mechón de pelo de su rostro.
—Porque soy un extraño aquí, Cecilia. Soy Mario Miller, hijo del barón Miller de Venecia, no un príncipe perdido. Y cuanto antes entiendan eso, antes nos dejarán regresar a nuestro hogar. Ten paciencia, solo un poco más. Todo volverá a ser como antes.
Los días siguientes transcurrieron entre lujos que no pedimos y silencios que no siempre podíamos romper. Cada mañana, sirvientes entraban con ropas finas, comidas exquisitas, frutas de tierras lejanas, perfumes y telas suaves. Cada tarde, alguien venía a visitarme. A veces era Hürrem, que entraba despacio, se sentaba en un rincón y me observaba durante minutos enteros, como si esperara que de repente algo en mí cambiara y le dijera: «Madre, te recuerdo». A veces era uno de mis hermanos, que intentaba despertar recuerdos hablándome de juegos de la infancia, de caballos, de paseos por los jardines del palacio. Yo siempre los escuchaba con atención, asentía con amabilidad, y les decía con suavidad: —Suena a una vida hermosa. Lamento mucho no poder recordarla todavía. Quizás con el tiempo vuelva a mí.
Una tarde, fue Solimán quien apareció en el umbral. Entró sin anunciarse, se sentó frente a mí y permaneció en silencio durante un buen rato, observando cómo Cecilia me arreglaba el cuello de la túnica con delicadeza, cómo yo le sonreía con una ternura que nadie en aquel palacio había visto jamás en nadie. Cuando ella salió un momento al balcón, él habló con voz baja y reflexiva:
—La amas de verdad —dijo, no como una pregunta, sino como una conclusión a la que había llegado tras observarme durante días.
—Con toda mi alma, Sultán —respondí sin dudar—. Ella es mi hogar, mi refugio, mi futuro. Sin ella, nada de esto tiene sentido para mí.
—Mi hijo Mehmet… era diferente —dijo él lentamente, como si estuviera comparando dos retratos—. Era noble, valiente, ambicioso. Sabía lo que quería y no esperaba a que las cosas llegaran solas a sus manos. Tú eres más suave. Más paciente. Más… dispuesto a dejar ir lo que otros lucharían por poseer.
—Quizás la vida me enseñó que no todo se consigue con fuerza —respondí con calma—. No tengo ambiciones de poder, Sultán. No las necesito. Soy feliz con poco: una casa tranquila, alguien a quien amar, y paz. ¿Es eso tan malo?
Solimán se levantó y caminó hacia la puerta, pero antes de salir se detuvo y miró hacia el mar que se veía a lo lejos:
—¿Y si te dijera que el destino no siempre nos pregunta qué queremos? Que a veces, lo que somos pesa más que lo que deseamos ser.
Lo miré a los ojos, sereno pero firme:
—Entonces sería un hombre infeliz, Sultán. Y nadie merece vivir una vida que no es suya. Con todo respeto.
Se marchó sin decir una palabra más. Esa noche, mientras Cecilia dormía abrazada a mi costado, miré las sombras que se dibujaban en el techo y supe que la batalla apenas comenzaba. Mientras creyeran que no quería el trono, no verían en mí una amenaza. Y esa era exactamente la posición desde la que se gana todo: cuando nadie te teme, nadie te vigila de verdad.