Daniel siempre decía que su superpoder era encontrarle el chiste a cualquier tragedia. Si se quemaba la cena, era "una oportunidad para probar el carbón gourmet". Si llovía a cántaros y se inundaba la calle, "un parque acuático gratuito". Sonreír era fácil. Era su escudo, su forma de mantener el mundo a una distancia segura donde nadie pudiera ver lo que realmente guardaba en el pecho
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Capítulo 8: Líneas de fuga y canchas de fútbol
La facultad de Arquitectura era un caos de planos enrollados, maquetas a medio terminar y olor a pegamento y café rancio. Para Alex, trazar líneas de fuga perfectas en su mesa de dibujo técnico solía ser una tarea zen, pero hoy sus ojos no hacían más que desviarse hacia el gran ventanal del taller del tercer piso, el cual tenía una vista perfecta hacia las canchas de fútbol de la universidad.
Abajo, bajo el sol de la tarde, el equipo de la facultad estaba entrenando. Y en el centro de la cancha, manejando el balón con una agilidad envidiable, estaba Daniel.
Alex dejó caer la regla T sobre el plano y se apoyó contra el marco de la ventana. Observó a su amigo correr tras el balón. Daniel llevaba puesta la camiseta del equipo, húmeda por el sudor, que se le pegaba a la espalda marcando la línea de sus hombros.
Tenía el cabello alborotado y el rostro encendido por el esfuerzo, pero incluso a la distancia, Alex podía notar esa energía desbordante que lo caracterizaba.
Daniel siempre había sido el alma de la facultad. Capaz de pasar una noche entera en vela cortando cartón pluma para una entrega de Diseño Arquitectónico y, al día siguiente, meter tres goles en el torneo interfacultades como si nada.
Cuando el silbato del entrenador marcó el final del partido de práctica, Alex no lo pensó dos veces. Recogió sus cosas, bajó las escaleras a paso rápido y caminó hacia las canchas.
Al llegar, el equipo se estaba dispersando hacia las duchas. Daniel estaba sentado en la banca de metal del borde de la cancha, con las manos apoyadas en las rodillas, respirando agitadamente. Tenía una toalla blanca alrededor del cuello y una botella de agua a medio terminar a su lado.
—Vaya, miren quién es. El futuro ganador del premio Pritzker decidió descender de su torre de marfil —bromeó Daniel en cuanto vio los tenis de Alex detenerse frente a él. Alzar la vista y encontrarse con Alex hizo que su sonrisa bromista se activara de inmediato, aunque sus ojos reflejaron un destello de sorpresa.
—Tus líneas de corte en el plano de hoy estaban torcidas, Dani. Vine a ver si jugando al fútbol tenías mejor precisión —respondió Alex con tono pícaro, sentándose justo a su lado en la banca de metal, desafiando una vez más la distancia física.
—Oye, mis planos son abstractos, es arte moderno —se defendió Daniel, soltando una carcajada ligera mientras usaba la toalla para secarse el sudor de la frente—. ¿Qué haces aquí? Pensé que te quedarías en el taller hasta la noche.
En lugar de responder con palabras, Alex estiró la mano. Tomó la botella de agua de Daniel, pero al hacerlo, se aseguró de que sus dedos rozaran deliberadamente la mano cálida de su amigo.
Sostuvo el contacto por unos segundos mientras le clavaba una mirada intensa, cargada de una complicidad que Daniel no supo cómo procesar.
Daniel se cortó en seco. La risa se le borró de los labios y Alex pudo ver el sutil tragar de su garganta.
La cercanía física, sumada a la adrenalina del partido, hizo que la respiración de Daniel se volviera aún más pesada.
—Estaba aburrido arriba —dijo Alex con voz suave, dándole un sorbo al agua de Daniel sin romper el contacto visual—. Y quería verte jugar. Lo haces bastante bien.
Daniel desvió la mirada rápidamente hacia la cancha vacía, con las orejas encendidas en un rojo brillante que el ejercicio ya no justificaba. Intentó juguetear con los hilos de su toalla, completamente desarmado en su propio territorio por el sutil pero constante avance de Alex
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Daniel sentía que el vapor de los vestidores se le metía en los pulmones, haciéndole casi imposible respirar. Y no era por el agua caliente de las duchas. Era por el chico que estaba sentado en la banca de madera del pasillo, esperándolo tranquilamente mientras jugaba con su teléfono.
Haber compartido la botella de agua en la cancha ya había sido suficiente tortura, pero que Alex insistiera en acompañarlo hasta los vestidores vacíos era cruzar la línea de su cordura.
Daniel salió de la zona de las duchas con una toalla amarrada a la cintura y otra más pequeña sobre los hombros, secándose el cabello húmedo.
Ver a Alex allí, vistiendo ana sudadera blanca que le pertenecía, hizo que el corazón de Daniel diera un vuelco violento contra sus costillas. El vestidor estaba completamente solo; el único ruido era el goteo distante de una llave y el zumbido del extractor de aire.
El ambiente olía a jabón, a humedad y a una intimidad que a Daniel le resultaba aterradora.
—Vaya, por fin sales. Pensé que te habías ahogado o que te estabas tomando fotos para tu portafolio de modelaje —bromeó alex,
daniel sonrio intentando recuperar desesperadamente su escudo de siempre mientras abría su casillero metálico. Las manos le temblaban ligeramente mientras buscaba su ropa limpia.
Alex levantó la vista de la pantalla, guardó el teléfono en el bolsillo y se puso de pie con una lentitud que a Daniel le pareció calculada. Caminó hacia él sin hacer ruido con sus tenis sobre el suelo de azulejos.
—Solo me aseguro de que mi guardaespaldas oficial no se escape sin mí —respondió Alex con una voz suave que resonó en las paredes de concreto.
Se detuvo justo al lado de Daniel, apoyando la espalda contra los casilleros metálicos, quedando a escasos centímetros de su hombro desnudo. El contraste entre la piel fría del casillero y el calor que irradiaba el cuerpo húmedo de Daniel era casi doloroso.
Daniel intentó concentrarse en ponerse la camiseta interior, pero tener la mirada de Alex fija en su pecho y en sus brazos desarmaba cualquier intento de coordinación. Tragó grueso, sintiendo que sus orejas volvían a encenderse.
—Oye, Al... estás muy pegado —logró decir Daniel, forzando una risa corta y tensa que sonó completamente falsa—. Si sigues así, la gente va a pensar que somos algo más que amigos de maquetas y desveladas.
Daniel se giró un poco para encararlo, queriendo usar su altura para marcar distancia. Pero Alex no retrocedió. Al contrario, acortó el espacio que quedaba entre los dos, levantando la mano lentamente. Con una ternura que hizo que a Daniel se le detuviera el pulso, Alex estiró los dedos y acomodó la toalla húmeda que resbalaba por el hombro de Daniel, dejando que las puntas de sus dedos rozaran la piel descubierta de su clavícula.
—¿Y a ti te importaría? —preguntó Alex en un susurro, sosteniendo la mirada con una intensidad que Daniel nunca le había visto—. ¿Te importaría lo que piense la gente, Dani?
Daniel se quedó completamente inmóvil, con la camiseta a medio poner entre las manos y la respiración suspendida.
El roce de los dedos de Alex se sentía como fuego sobre su piel. Su mente entró en un colapso absoluto. Quería gritarle que sí, que le importaba porque se estaba muriendo por él, pero el pánico a romper la única realidad que conocían lo mantuvo congelado en el húmedo silencio del vestidor.