Durante quince años, Paloma Linares vivió encerrada en un ático porque su familia consideraba su silencio una vergüenza. La noche en que su gemela huye de su propia boda, la visten de novia y la entregan en su lugar.
Su esposo es Alejandro Iturralde: heredero de un imperio millonario, supuesto paralítico y el hombre más temido de la Ciudad de México. Ante la prensa dirige hoteles y constructoras. En las sombras manda la Casa Iturralde, una organización en la que nadie desobedece al jefe dos veces.
Cuando se cierran las puertas de la recámara, Alejandro la llama por el nombre de su hermana… y se levanta de la silla de ruedas.
Paloma solo alcanza a escribirle tres palabras en la palma:
NO SOY ELLA.
Él descubre la sustitución, pero en vez de devolverla decide conservar a la esposa que nunca pidió. Lo que empieza como una trampa se convierte en una obsesión ardiente, peligrosa y cada vez más difícil de ocultar.
Pero Paloma no piensa cambiar el ático de sus padres por una jaula de oro. Entre noches incendiarias, una guerra por el control de la Casa y un embarazo que puede convertirla en el blanco de todos sus enemigos, ella tendrá que encontrar su propia voz. Y Alejandro descubrirá que puede poner de rodillas a una ciudad entera, pero no puede darle órdenes al corazón de su esposa.
El hombre al que todos obedecen tendrá que aprender a escuchar a la única mujer que no puede hablar.
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Capítulo 16
Capítulo 16: El Romeo
Paloma le puso el celular en la mano a Alejandro en cuanto él entró a la sala, el viernes a las nueve de la noche. Él todavía estaba en la silla de ruedas, con el saco de la oficina puesto, y ella no se sentó ni lo dejó quitárselo. Encima del celular venía la tarjeta negra que él le había dado la noche anterior, devuelta. En la pantalla había una nota escrita en letras grandes.
*Tengo el Romeo. Véndelo. Para que empieces de nuevo. No necesito nada más.*
La leyó dos veces. El Romeo era el Alfa Romeo rojo que los Linares habían mandado como dote y que llevaba dos meses en el garage, porque ella tenía licencia pero no se atrevía a manejarlo. Era lo único que estaba a nombre de Paloma en todo el mundo.
—¿Quién te dijo que voy a empezar de nuevo?
Ella tomó el pizarrón del sillón y escribió rápido, con la letra un poco torcida.
*Ulises. Ayer, en la camioneta. Hablaba por teléfono.*
Él levantó la vista para preguntar, pero ella ya estaba borrando con la palma. Escribió debajo:
*El consejo te quiere sacar. Te vas a quedar sin nada.*
Así que eso era. Alejandro había oído la misma frase veinte veces en dos semanas: si el director general no volvía a caminar, algunos consejeros querían votar su remoción. Era justo lo que él había querido que su tío creyera, y el problema tenía fecha de caducidad; él la conocía. Ella no. Ella llevaba un día entero pensando que su marido se iba a quedar en la calle, y lo primero que se le había ocurrido era darle su carro.
En treinta años, nadie le había ofrecido nada sin pedirle algo a cambio. Su madre le ofrecía esposas; su tío, que descansara; el consejo, condiciones. Esta mujer, a la que él había agarrado del cuello la noche de bodas, le ofrecía lo único que tenía. Por primera vez desde que vivía en esa casa, Alejandro sintió que alguien lo estaba esperando en ella.
—No me van a quitar nada —le dijo, y le devolvió la tarjeta negra—. Y si me lo quitan, no voy a vender tu carro.
Paloma no le creyó. Se le pusieron rojos los ojos y escribió con tanta fuerza que el plumón rechinó.
*No me mientas para que no me preocupe.*
—No te estoy mintiendo.
Ella dejó el pizarrón en la mesa de centro. Se paró frente a la silla, tan cerca que sus rodillas tocaron las de él, y levantó las manos. Alejandro reconoció la seña antes de que terminara; la había visto en el video de la tercera semana y después en la clase, rodeada de palabras que esa noche sobraban.
—*Quiero* —le dijo con las manos.
Luego le abrió la palma y trazó una sola palabra con la punta del índice.
*A TI*
Alejandro había hecho arrodillarse a hombres con una llamada y había vaciado salones enteros con una mirada. Aquella mujer, en cambio, consiguió que se le secara la boca con dos palabras que ni siquiera había pronunciado. Se puso de pie. Paloma no retrocedió; le agarró las solapas y lo besó con una torpeza impaciente que le acabó lo poco que le quedaba de control.
—Ven acá —murmuró contra sus labios.
La sentó a horcajadas sobre sus piernas en el sillón. El peso le encendió la pierna herida, pero no la apartó. Le hundió una mano en el pelo y con la otra le sostuvo la cintura mientras ella volvía a besarlo, ya sin probar, abriéndole la boca con la suya. Paloma olía al jabón de Nana Toña y al marcador que siempre llevaba entre los dedos. Alejandro le recorrió la espalda por debajo de la blusa y sintió cómo se le erizaba la piel.
Ella se quitó el saco de él, después empezó con los botones de la camisa. Se equivocó de ojal, frunció el ceño y volvió a intentarlo. Cuando por fin dejó su pecho al descubierto, apoyó las dos manos sobre él, mirándolo como si acabara de descubrir otra de sus mentiras.
—Eso sí es mío —dijo Alejandro.
Paloma alzó una ceja. Le empujó la camisa por los hombros y le mordió el labio inferior, suave primero, más fuerte cuando él le apretó las nalgas por encima de la falda. El sonido que no podía salirle se convirtió en aire caliente dentro de su boca. Él lo sintió y perdió la paciencia.
La cargó. Ella le rodeó la cintura con las piernas y los dos subieron pegados, él sujetándola por debajo de los muslos, ella besándole el cuello. La silla quedó vacía al pie de la escalera. Si cualquiera de los hombres de la Casa lo hubiera visto cojear con su esposa encima, Alejandro habría tenido que enterrarlo por reírse. Paloma se rio sin sonido contra su garganta, como si le hubiera leído el pensamiento.
En la recámara la dejó sobre la cama y le quitó los zapatos. Después subió las manos por sus tobillos, sus pantorrillas, la parte interior de los muslos, despacio, viendo cómo la respiración de ella se hacía más corta. Paloma se incorporó para sacarse la blusa. El sostén era blanco, sencillo. A Alejandro le pareció la cosa más obscena que había visto en su vida porque debajo de aquella tela el pecho de ella subía y bajaba para él.
Le abrió el broche y apartó las copas. La besó en la clavícula, bajó por el centro del pecho y tomó un pezón entre los labios. Paloma arqueó la espalda. Sus dedos se cerraron en el pelo de él, no para apartarlo sino para mantenerlo ahí. Alejandro atendió la orden. Lamió, chupó y mordió apenas hasta que ella empezó a moverse debajo de su boca.
Le subió la falda a la cintura. La humedad había atravesado la tela de sus calzones. Cuando rozó el centro con dos dedos, Paloma juntó las piernas por reflejo y atrapó su mano entre ellas. Él levantó la vista. Ella tenía las mejillas encendidas, los labios hinchados y los ojos fijos en él. Abrió las rodillas.
Alejandro deslizó la mano bajo la tela. La encontró caliente y mojada, mucho más de lo que había esperado. Le pasó un dedo por el clítoris y el cuerpo de ella dio un pequeño salto. Repitió el movimiento, lento, después en círculos más firmes. Paloma se mordió la muñeca para contener el ruido que no podía hacer. Él se la quitó de la boca.
—No te escondas conmigo.
Ella le agarró la nuca y lo obligó a besarla mientras él introducía un dedo, luego otro. La sintió tensarse, ceder y buscar su mano con las caderas. No había voz, pero no había silencio: estaban el golpe húmedo de sus dedos, la respiración quebrada de ella, el colchón cediendo y el nombre que Paloma trazó a ciegas sobre su pecho con la uña.
Alejandro bajó por su vientre. Le quitó los calzones y abrió sus muslos con los hombros. Cuando puso la boca sobre ella, Paloma se incorporó de golpe, sorprendida. Él la sujetó por la cintura y pasó la lengua por el centro, despacio, hasta encontrar el punto que le hizo temblar las piernas. Entonces dejó de ser cuidadoso. Lamió y chupó siguiendo cada movimiento de sus caderas, sintiendo cómo ella se humedecía más contra su lengua. Paloma hundió los talones en el colchón y llegó al orgasmo con la espalda arqueada y una mano apretada sobre la boca.
Él se levantó solo para quitarse el pantalón. La mirada de Paloma bajó y se quedó en su erección. Abrió mucho los ojos. Alejandro soltó una risa baja.
—Ahora ya sabes por qué estaba tratando de portarme bien.
Sacó un condón del cajón del buró. Ella se lo quitó de los dedos, leyó el envoltorio y lo abrió con una concentración que casi lo hizo perder la cabeza. Cuando intentó colocárselo, él tuvo que cerrar la mano sobre la de ella para mostrarle cómo. Paloma no apartó la vista.
Alejandro se acomodó entre sus piernas y rozó la entrada con la punta. Ella le pasó los brazos por el cuello y tiró de él. Entró poco a poco, sintiendo la resistencia, el calor estrecho que lo recibió centímetro a centímetro. Paloma apretó los ojos y él se quedó quieto dentro de ella. No dijo nada. Le besó la frente, las mejillas, la boca, hasta que los muslos de ella dejaron de tensarse y sus caderas se movieron debajo de las suyas.
Entonces empezó a hacerlo despacio. Cada embestida le arrancaba a Paloma un soplo contra los labios. Ella aprendió el movimiento pronto: levantaba la pelvis para recibirlo, lo apretaba por dentro y le clavaba las uñas en la espalda cuando él llegaba más hondo. Alejandro dejó de fingir paciencia. Le sujetó una pierna detrás de la rodilla, la abrió más y aumentó el ritmo. La cama golpeó la pared una vez, otra. Paloma lo miró como si no reconociera al hombre encima de ella y aun así quisiera más de él.
—Mírame —ordenó.
Ella lo hizo. Él metió una mano entre los dos y volvió a tocarla al mismo ritmo con que entraba. Paloma se deshizo debajo de él. El orgasmo la atravesó entera; apretó alrededor de su erección y le mordió el hombro para no gritar. Alejandro aguantó dos embestidas más antes de correrse dentro del condón, con la cara hundida en el cuello de ella y una maldición baja que nadie de la Casa le había oído nunca.
Se quedó sobre ella hasta recuperar el aire. Luego se ocupó del condón, regresó con una toalla húmeda y le limpió con cuidado la piel sensible entre los muslos. Paloma lo observó sin cubrirse. Cuando él terminó, le tomó la mano, se la llevó al vientre y escribió en su palma.
*OTRA VEZ*
Alejandro la miró. Ella estaba colorada hasta el pecho, pero no bajó los ojos.
—Vas a matarme, palomita.
Paloma sonrió y tiró de él hacia la cama.
Esa noche, por primera vez desde la boda, no volvió al cuarto de huéspedes. Y Alejandro, jefe de una Casa que obedecía cada palabra suya, descubrió que había una sola mujer a la que iba a gustarle obedecer.
* * *
El sábado a las siete de la mañana, Alejandro bajó la escalera caminando. No se acordó de la silla hasta que vio a Nana Toña parada junto a ella, al pie de los escalones, con una cazuela de frijoles en las manos y la vista clavada en el asiento vacío.
Nana levantó los ojos, lo vio bajar el último escalón sin apoyarse en nada, y la cazuela se le resbaló de las manos. El barro se hizo pedazos contra el piso.
—¡Ya camina! —gritó—. ¡Virgen santa, ya camina!
—Desde hace rato, Nana. —Alejandro pasó por encima de los frijoles—. Y de esto, a nadie.
Nana se tapó la boca, se persignó dos veces y soltó una carcajada que era también un sollozo. Fue a la cocina por la escoba repitiendo entre dientes que ya caminaba. Arriba, en el descanso de la escalera, Paloma se tapaba la boca con las dos manos, doblada de risa, sin hacer un solo ruido.
* * *
El lunes, Ulises le dejó en el escritorio del estudio una carpeta con el logotipo de Casa Solórzano. Era el paquete de prensa de la gala Voces en Señas, el que los organizadores habían mandado a revistas y patrocinadores. En la portada venía una foto de Paloma en el ensayo, tomada sin que ella lo supiera, y un encabezado en letras doradas:
*La esposa muda del heredero Iturralde encabezará Voces en Señas.*
Alejandro pasó las hojas. La preventa de boletos se había hecho con esa frase. Esa misma noche, en el lobby del Auditorio, Casa Solórzano iba a presentar una línea de ropa que se llamaba Voces, y la foto de Paloma aparecía también en la hoja del lanzamiento.
—¿Solórzano aprobó esto? —preguntó.
—Él firmó el paquete, licenciado. —Ulises señaló una rúbrica en la última hoja—. Lo sabía desde el principio.
Alejandro cerró la carpeta. Tres semanas antes había oído a su tío en el estacionamiento de la Torre decir que alguien no llegara a la gala. Ahora sabía que la gala, además, era una vitrina: iban a poner a su mujer con esa palabra en dorado para vender vestidos.
El miércoles en la noche, cuando Paloma bajó con la mochila del ensayo del día siguiente, él no la dejó llegar a la puerta.
—No vas.
Ella se detuvo en seco. Destapó el plumón y escribió sin pensarlo, y le puso el pizarrón enfrente.
*¿Otra vez me vas a esconder?*
Alejandro sabía cómo sonaba eso en esa casa, después del ático, después de la llave. No discutió. Le puso la carpeta en las manos y se quedó callado.
Paloma se sentó en el primer escalón y leyó hoja por hoja. Él la vio detenerse en la portada, en la foto que nadie le había pedido, en la palabra *muda* en dorado. Cuando terminó, le devolvió la carpeta sin mirarlo. Al recibirla, él le rozó los dedos. Los tenía helados.
El jueves en la mañana, ella le enseñó el celular antes de enviar el mensaje, como si necesitara un testigo.
*Profesor Solórzano: no voy a participar en la gala. Usted sabía cómo me iban a anunciar.*
La respuesta de Gabriel llegó en menos de un minuto: *Paloma, déjame explicarte.* Ella la leyó, apagó la pantalla y guardó el celular en la bolsa. No le contestó ese día ni el siguiente. Alejandro se había preparado para tener que prohibírselo, y al final no tuvo que hacer nada. Lo había decidido ella.
* * *
El viernes quiso compensarla, y también quiso algo que no se atrevió a decir en voz alta: que ella conociera al único amigo que tenía. A las ocho de la noche, Fermín estacionó la Suburban frente a Época, en Polanco, y se quedó afuera con dos escoltas. Alejandro entró en la silla, empujado por Paloma, porque fuera de su casa todavía era un hombre que no caminaba.
Época era un bar de mezcal con barra de madera larga, música en vivo y demasiada gente para un viernes temprano. El dueño salió de detrás de la barra en cuanto los vio. Kike Solórzano tenía cara de niño y era el hermano menor de Gabriel. Llevaba años peleado con su familia por abrir ese lugar en lugar de trabajar en Casa Solórzano, y era la única persona en la ciudad que le decía a Alejandro lo que pensaba sin medir las palabras.
—¡Por fin, güey! —Kike le dio un golpe en el hombro y luego miró a Paloma de arriba abajo, encantado—. ¿Esta es la famosa Paloma?
Paloma sonrió y le tendió la mano. Kike se la estrechó con las dos y le preguntó algo del ensayo, sin saber nada; ella escribió en el pizarrón que ya no iba a bailar, y Kike leyó la frase, levantó las cejas hacia Alejandro y no insistió. Le sirvió a ella un mezcal de la casa en la barra y la sentó en un banco alto, junto a la columna.
—Tu hermano está furioso —le dijo Kike a Alejandro en voz baja, acercando un banco a la silla—. Me marcó dos veces hoy. Dice que le robaste a su estrella.
—Tu hermano la iba a vender en un anuncio.
Kike soltó una risa corta y se puso a contarle lo que Gabriel le había dicho por teléfono. Alejandro lo escuchó con media atención y una sola idea: que Gabriel se quejara, que Paloma ya no dependía de él para nada. Fueron dos minutos, tal vez tres.
Cuando volteó otra vez hacia la barra, un hombre de camisa desabrochada y olor a tequila se había sentado en el banco de junto. Tenía la mano sobre el hombro de Paloma y se estaba inclinando hacia su oído.