FIRMÉ MI LIBERTAD
Huyó para recuperar su vida. Nunca imaginó que su pasado volvería a buscarla.
Aymara tenía todo lo que muchos envidiaban: una familia adinerada, una posición privilegiada y un matrimonio aparentemente perfecto. Pero detrás de aquella vida se escondían las mentiras, las traiciones y el control de un hombre que había conseguido arrebatarle incluso su propia identidad.
Una noche, Aymara decide desaparecer.
Después de recorrer carreteras sin destino, llega a Brumaluna, un pequeño pueblo rodeado de montañas y un lago donde nadie conoce su pasado. Allí comienza de nuevo bajo el nombre de Bella Monreal.
Por primera vez en años, puede tomar sus propias decisiones. Y cuando conoce a Rodrigo, el reservado administrador de un hotel, descubre que el amor no tiene por qué significar perderse a sí misma.
Pero la tranquilidad que tanto le costó construir es más frágil de lo que imagina.
Un accidente, recuerdos perdidos y secretos que no pueden permanecer ocultos amenaza
NovelToon tiene autorización de Y.Valeri para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Elegir el presente
La primavera llegó a Brumaluna sin pedir permiso.
Amy cambió los productos de temporada en la entrada del supermercado y anunció que el pueblo entero estaba obligado a mejorar de humor.
Bella llevaba ya varios meses allí.
El local había dejado de parecer una habitación vacía. Seguía siendo pequeño y sencillo, pero ya tenía una identidad propia. Bella elegía qué vender, llevaba las cuentas y tomaba cada decisión sin que nadie corrigiera su voz.
No reparaba muebles. No restauraba objetos. Lo que le gustaba era decidir, negociar, organizar y comprobar que las habilidades que Sam había intentado borrar seguían intactas.
Rodrigo la veía casi todos los días.
La relación había crecido sin una declaración pública. Amy lo sabía porque Amy sabía casi todo. En el hotel algunos sospechaban. Lucía, desde recepción, no necesitaba que nadie se lo confirmara.
Pero Brumaluna no los conocía oficialmente como pareja.
Bella prefería así.
También había empezado a buscar un lugar propio.
No quería alquilar una casa cualquiera y tampoco quería vivir eternamente en el hotel. Quería terreno, privacidad y agua cerca.
Rodrigo le mostró varias propiedades sin preguntar de dónde saldría el dinero.
La cuarta estaba apartada de la carretera y descendía hacia el lago.
Bella caminó hasta la orilla.
—Acá —dijo.
—¿Acá qué?
—Quiero hacer mi casa acá.
Rodrigo miró el terreno. —Va a llevar tiempo.
—Tengo tiempo.
Esa frase la sorprendió más que a él.
Helena revisó la compra utilizando la estructura permitida para Bella Monreal. La operación era legal y no mostraba públicamente la vinculación reservada con Aymara.
Bella pagó con recursos propios protegidos. No era un regalo de su padre ni una casa preparada para ella. Era la primera propiedad que elegía después de escapar.
Cuando firmó, escribió BELLA MONREAL.
Rodrigo nunca vio otro nombre.
Aquella noche él la llevó hasta el lago.
—¿Qué querés construir?
Bella miró la oscuridad sobre el agua.
—Una casa donde pueda cerrar la puerta porque quiero estar adentro, no porque tenga miedo de salir.
Rodrigo tomó su mano.
No prometió protegerla de todo.
Bella lo quiso un poco más por eso.
Durante los días siguientes, Bella empezó a usar el local con una disciplina que no se parecía a la vida que había llevado con Sam. No llegaba a una hora porque alguien la estuviera esperando ni se quedaba hasta tarde para demostrar que podía con todo. Abría cuando quería trabajar y cerraba cuando sentía que ya era suficiente.
Probó cosas pequeñas. Compró pocas unidades de productos que podían interesar en el pueblo, habló con proveedores y llevó un registro de lo que se vendía y de lo que nadie miraba dos veces. Si algo no funcionaba, no lo convertía en una tragedia. Lo anotaba y cambiaba de dirección.
Amy se burló de sus hojas de cálculo.
—Decís que todavía no sabés qué querés hacer y ya tenés tres columnas para saber qué no querés hacer.
—Eso también es información.
—Sos incapaz de improvisar.
Bella levantó la vista de la computadora.
—Llegué a este pueblo sin saber que existía.
Amy lo pensó.
—Retiro lo dicho.
Rodrigo empezó a pasar al final de la tarde. Algunas veces encontraba a Bella trabajando; otras, con la puerta abierta y una taza de café enfriándose junto a la computadora. No intentaba convertir el local en un proyecto suyo. Preguntaba antes de mover algo y, si Bella decía que no necesitaba ayuda, aceptaba la respuesta.
Aquello seguía sorprendiéndola.
Una tarde Bella recibió una llamada de Helena mientras Rodrigo estaba afuera. Esperó a que él se alejara antes de contestar. Hablaron de poderes revocados, accesos que Sam todavía intentaba conservar y reuniones a las que Aymara no podía faltar para siempre, aunque Bella quisiera hacerlo.
Cuando colgó, Rodrigo ya había regresado.
—¿Malas noticias?
—Noticias cansadas.
—¿Querés hablar?
Bella negó.
—No todavía.
—Entonces no.
Rodrigo dejó dos vasos sobre la mesa y se sentó frente a ella.
Bella lo miró unos segundos. Con Sam, un silencio así habría sido una deuda. Con Rodrigo era solo silencio.
—Estoy aprendiendo algo —dijo.
—¿Sobre el local?
—Sobre decir que no.
Rodrigo tomó su café.
—Parece útil.
—No sabés cuánto.
Esa noche cerraron juntos. Bella guardó la computadora, bajó la luz y comprobó la cerradura una sola vez. Cuando se dio vuelta, Rodrigo estaba esperándola en la acera.
No para vigilarla.
Para caminar con ella.
Al cerrar, Bella anotó en una libreta tres cosas que habían funcionado y dos que no. No era un plan de negocios. Era una forma de volver a confiar en su criterio. Durante años Sam había conseguido que cada decisión pareciera necesitar su aprobación. Ahora podía equivocarse con una compra pequeña, corregirla al día siguiente y descubrir que el mundo no se acababa.
Rodrigo no celebró el divorcio como una victoria propia. Cuando Bella se lo contó —sin nombres, sin documentos y sin explicar todavía quién había sido ella fuera de Brumaluna— se limitó a preguntarle cómo se sentía. La pregunta la desarmó más que cualquier felicitación.
—Liviana —dijo después de pensarlo—. Y cansada. Rodrigo asintió. —Pueden ser las dos cosas. Bella apoyó la cabeza en su hombro. No necesitaba que él odiara a un hombre al que ni siquiera conocía. Necesitaba que entendiera que aquella libertad no había empezado con él. Rodrigo, sin saberlo, hizo exactamente eso.
Guardó la libreta en el cajón y sonrió. Quizá el local no necesitaba tener todavía un nombre para lo que hacía. Bastaba con que tuviera una dueña que estaba aprendiendo a decidir otra vez.