"Tras ser abandonada bajo la lluvia, cruza la puerta del hombre más temido de la ciudad para cuidar a su sobrino, desatando una obsesión tan cruda que está dispuesta a quemarlo todo."
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Capítulo 6: Fuego bajo la piel y sangre en las sábanas (Perspectiva de Katherin
Miré a mi alrededor con el corazón latiéndome en la garganta: más allá de la puerta del pasillo solo había lluvia, frío y una oscuridad que amenazaba con tragármelo todo. No había a quién pedirle ayuda, nadie vendría a rescatarnos en este agujero de mala muerte.
Respirando hondo para calmar el temblor de mis manos, me aparté un poco del agarre de mi tobillo, me agaché y traté de levantarlo. El hombre era el doble de mi tamaño, una mole de músculo y peso muerto que parecía pesar una tonelada. Apenas logré moverlo unos centímetros antes de que las fuerzas me fallaran y me quedara sin aliento.
—Oye —le susurré con fiereza, con la voz al borde de las lágrimas por la frustración—, si no te esfuerzas un poco para ponerte en pie, te juro que te dejo tirado aquí mismo a tu suerte.
El hombre apenas giró la cabeza hacia mí. Sus ojos oscuros, febriles y llenos de una furia sorda, se clavaron en los míos. Lanzó un quejido gutural y, apelando a una reserva inhumana de fuerza, se incorporó a medias, apoyando todo su peso inestable sobre mi hombro.
Casi arrastrándolo, llegué a la puerta de mi habitación. Apenas la abrí, apresuré el paso y, con un empujón desesperado, literalmente lo lancé sobre la cama. Cayó con un golpe seco que hizo crujir el colchón viejo, soltando un gruñido ahogado que me encogió las entrañas. Me quedé apoyada contra la pared, tomándome el pecho para recuperar el aliento, y le murmuré un imperceptible:
—Lo siento...
Cerré la puerta de un golpe, pasándole la traba que estaba floja y girando la llave en la cerradura. Volví a mirar al hombre sobre la cama, que respiraba con dificultad, y me apresuré a revisar la habitación para ver si encontraba algo que me sirviera.
En el baño de servicio, polvoriento y descuidado, solo encontré un frasco viejo de yodo vencido. Lo miré con desconfianza, pero sacudí la cabeza: peor era nada. Revisé el fondo de mi bolso de viaje y saqué una vieja blusa de algodón que ya estaba gastada. Sin pensarlo dos veces, tomé las tijeras de costura que llevaba en el neceser y la rasgué en tiras largas.
Me acerqué a la cama y me arrodillé a su lado. Empecé a desabotonar la camisa con dedos torpes. De pronto, una mano grande, fría y pesada se cerró con fuerza sobre mi muñeca, deteniéndome en seco. Sus ojos me quemaban la piel.
—¿Necesito tratar de parar el sangrado o prefieres hacerlo tú? —lo regañé con un hilo de voz, harta de que todo el mundo quisiera controlarme o intimidarme, incluso al borde de la muerte.
El hombre me sostuvo la mirada un segundo más, soltó un gruñido ronco y bajó la mano pesadamente sobre el colchón.
Tragué saliva con fuerza cuando abrí su camisa por completo. La luz amarillenta de la lámpara de noche iluminó no solo la herida de bala abierta y supurando en su costado, sino un mapa brutal de cicatrices de guerra cruzando un abdomen y unos pectorales perfectamente definidos. Aparté la vista un segundo, abrumada por la intensidad de su cuerpo, y destapé rápidamente el frasco de yodo.
—No soy doctora, pero con esto tal vez detenga un poco la sangre —le advertí—. Trata de levantar un poco el torso así envuelvo la tela...
El lo hizo por instinto. Al moverlo, mis dedos rozaron su piel caliente y firme; sentí un temblor recorrer mis manos y mi corazón se agitó de forma desbocada. Con el esfuerzo,vi como se aferró con fuerza las sábanas de la cama, y al sentir mi respiración tan cerca de su piel herida, se quejó levemente.
—Lo siento... —susurré sin querer, un murmullo suave que erizó los vellos de su brazo.
Terminé de pasar la tela improvisada alrededor de su torso, ajustándola con firmeza para hacer presión sobre la herida, y me alejé de inmediato, sintiendo que me faltaba el aire.
—Descansa un poco —le dije, poniéndome de pie con las piernas temblando.
Me arrastré hasta la única silla cómoda del rincón, me senté abrazando mis rodillas y, al cabo de un rato, me venció el agotamiento. Me quedé dormida allí mismo, acunada por el sonido constante de la lluvia y vigilando en silencio la respiración pesada del desconocido que acababa de invadir mi vida.