Ayla nació muda por un trauma, pero nunca fue débil. Aprendió a pelear y a sobrevivir por su familia… hasta que se la llevaron como una esclava más al harén del sultán. Nadie sabe que es la princesa. Cuando el sultán queda paralizado y los traidores se acercan, ella se convierte en su sombra más peligrosa. Intriga, venganza, pasión y un romance prohibido en las sombras del imperio.
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Capítulo 8
Ayla fregó el corredor largo dos veces esa mañana.
El mármol ya brillaba, pero ella seguía pasando el trapo. Las manos le ardían. El olor a vinagre se le había metido en la nariz y no se iba. No importaba. Mientras el cuerpo trabajaba, la cabeza repetía una y otra vez la misma imagen: los ojos oscuros del sultán mirándola desde la cama.
“No tienes miedo.”
Había sido una observación, no una pregunta. Y ella no había podido contestar. Solo bajar la cabeza y salir.
Sahra la encontró todavía de rodillas a media mañana.
—Ya está limpio. Levántate.
Ayla se puso de pie. El cubo pesaba menos que antes. Sahra la miró de arriba abajo, como si buscara algo distinto en su cara.
—Hoy no vas a la cámara. El médico dijo que el sultán no quiere interrupciones. Vuelve al patio de los naranjos.
Ayla asintió y se fue. El patio estaba vacío. Los peces rojos daban vueltas lentas en la fuente. Ella se arrodilló junto al borde y empezó a limpiar las losas una por una. El sol calentaba la nuca. El olor de las flores de azahar era más fuerte que nunca.
Lina apareció un rato después con otro cubo. Se puso a su lado sin hablar. Trabajaron juntas hasta que el sol estuvo alto. Cuando pararon a beber un poco de agua, Lina le tocó el brazo.
—Estás rara —susurró.
Ayla negó con la cabeza. No estaba rara. Estaba ocupada guardando cada detalle: la forma de la voz del sultán, el temblor que había notado en su mano cuando se acomodó contra los cojines, el olor a medicinas amargas que flotaba en la habitación.
Por la tarde el rumor llegó al lavadero antes que ella.
—El sultán pidió ver a todas las esclavas nuevas.
—No. Solo a las de servicio.
—Dicen que quiere elegir a alguien que no hable. Que no pregunte. Que no moleste.
Nur, la de la lengua larga, soltó una risa seca.
—Entonces la muda tiene suerte. O muy mala suerte.
Ayla no levantó la vista de la sábana que retorcía. El agua caliente le abría otra vez las grietas de los nudillos. No sentía el ardor. Solo el peso de las palabras.
Sahra apareció al final de la tarde con la lista en la mano.
—Tú. Mañana temprano. Cámara del sultán otra vez. Llevas la bandeja y te quedas hasta que te digan que salgas. Si te pregunta algo, asientes o niegas. Nada más.
Ayla sintió que el pecho se le apretaba. Asintió.
Esa noche no pudo dormir. Se quedó sentada en el colchón con la espalda contra la pared fría. Lina se había quedado dormida con la mano cerca de la suya. Yasmin roncaba. Nur hablaba sola entre sueños.
Ayla miró hacia la ventana alta. La luna entraba a medias. Pensó en Tarek. En cómo le habría dicho que el primer contacto era el más peligroso. “No te acerques demasiado pronto. Déjalo que él se acerque a ti.”
Se acostó de lado. Cerró los ojos.
Mañana volvería a entrar en esa habitación.
Mañana los ojos oscuros la mirarían otra vez.
Y esta vez no podría salir tan rápido.
El silencio, por primera vez en mucho tiempo, le pesaba.