—Ve y acúsame con mi papá —se burló Daniela Solana después de humillarla una vez más.
Maite Guzmán hizo exactamente eso.
Con veintidós años, una beca que no podía perder y un celular lleno de pruebas, entró en la oficina del hombre más poderoso de Monterrey. Esperaba que Rodrigo Solana comprara su silencio. En cambio, él castigó a su propia hija, le dio de comer cuando Maite se desmayó de hambre y decidió que nadie volvería a tocarla.
Rodrigo tiene cuarenta y seis años, una fortuna de esas que abren cualquier puerta, una exesposa que todavía lo reclama y la costumbre de controlarlo todo. Maite es la compañera de universidad de su hija, viene de un rancho y no piensa deberle nada a ningún hombre.
Pero la gratitud se convierte en deseo. Las miradas clandestinas terminan detrás de una puerta cerrada, y el hombre más frío de Monterrey descubre que con Maite no sabe ser prudente: quiere protegerla en público, hacerla temblar en privado y convertirla en su esposa.
Daniela todavía no sabe que la becada a la que humilló duerme en la cama de su padre.
Cuando lo descubra, ya será demasiado tarde: Maite no será su víctima. Será su madrastra.
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Capítulo 12
Capítulo 12: Sí quiero
No volvió esa semana. Ni la siguiente.
Maite dejó de brincar cada vez que le sonaba el celular hacia el jueves. El viernes trece presentó el último examen del semestre. El sábado sus dos compañeras de cuarto se fueron a sus pueblos con las maletas a rastras, y la residencia se quedó con ese silencio de pasillo largo que solo tiene en vacaciones.
Su mamá le marcaba cada noche. Nada. Ni la troca de Cirilo por la calle.
Rodrigo le escribía cada noche también. A veces de cosas: el examen, si ya había cenado, si el caldo del martes había llegado caliente. Y a veces, cuando la conversación se acercaba sola a la orilla de aquello, a lo del bar, a lo que ella había dicho con tres copas y todavía no repetía sin ellas, Maite cambiaba de tema con una puntería que hasta a ella le daba pena.
La noche del martes, él le había mandado:
Si te portas mal, te castigo: me tienes que dar un beso.
Y ella:
Eso es acoso, tío.
Tres minutos después, un audio de él de cuatro segundos. Nada más se oía una risa.
El miércoles dieciocho, a las doce cuarenta, Maite estaba sentada en la escalera de emergencia de la residencia, el único lugar con señal y sombra a esa hora, comiéndose una torta de jamón antes de entrar a la cafetería a las dos. Tenía el mandil doblado en las rodillas.
A las doce cincuenta y ocho, el celular vibró. Amá. Un video.
Su mamá no mandaba videos. No sabía.
Lo abrió.
La imagen brincaba. Se veía el piso de tierra del patio, una chancla, la esquina del lavadero, y luego, de golpe, la reja abierta. Tío Cirilo entraba con la camisa desfajada y una motosierra colgada de la mano. Atrás venía Neto, con la cabeza gacha, cargando un bidón de gasolina.
—¡Cirilo, no! —La voz de su mamá, pegada al micrófono—. ¡Cirilo, sálgase de mi casa!
Cirilo no contestó. Jaló la cuerda una vez. Dos. A la tercera, el motor rugió y el celular de su mamá se sacudió entero.
Maite dejó de respirar.
El naranjo ocupaba media pantalla. El tronco delgado, la copa redonda, las naranjitas verdes del tamaño de una canica. Cirilo arrimó la cadena. Rozó la corteza. Saltó un polvo claro, y todas las hojas del árbol temblaron al mismo tiempo, como si tuvieran frío.
—¡Don Cirilo, apague eso!
Una mujer salió corriendo de la casa: blusa blanca, una carpeta apretada contra el pecho, los lentes colgados del cuello. Se metió entre la motosierra y el árbol como si la motosierra fuera un perro que ladra y ya.
Norma Salinas. Su mamá le había dicho que ese día iba a ir a tomar fotos de las bardas para el juicio.
—Ese árbol está en un predio que no es suyo. —Norma no gritaba: el motor se oía y ella se oía más—. Si le da un corte más, hoy mismo lo denuncio por daño en propiedad ajena y por amenazas. Y si lo agarran cortando, se lo llevan en flagrancia.
La cámara giró hacia la barda. Del otro lado se asomaban cabezas: la señora de la tiendita, los muchachos de enfrente, don Chema con su sombrero, una fila de caras de vecinos, diez o doce, que en lugar de meterse habían preferido mirar.
—Pues son cosas de familia, licenciada —dijo don Chema, desde afuera.
Norma volteó a verlo. Nada más la cabeza.
—Robar no es cosa de familia.
Alguien, detrás de la barda, soltó una risa corta y se la tragó.
Cirilo sostuvo la motosierra en el aire, rugiendo, un segundo que en el video duraba una eternidad. Luego apretó el gatillo hasta apagarla. El silencio se sintió en las bocinas.
Escupió en la tierra, a medio metro de los zapatos de Norma.
—Esto no se queda así.
Se dio la vuelta. Neto lo siguió con el bidón, sin levantar la vista. La reja rechinó.
La cámara bajó al piso. La voz de su mamá, quebrada, cerquísima:
—¡Ay, mija!
Y el video se cortó.
* * *
El celular sonó antes de que Maite pudiera reaccionar.
—¿Lo viste? —Su mamá hablaba rápido, con la respiración de quien acaba de correr—. ¿Lo viste, mija? Le hizo una raya al árbol. Nomás una raya. La licenciada dice que no le pasó nada, que la corteza se cierra.
—Lo vi, amá.
—Ya andan diciendo en la tiendita que la abogada de Monterrey le paró el carro a tu tío. Y yo ni les dije que es de aquí de la cabecera. —Una pausa—. Maite. La licenciada dice que la mandó tu amigo. ¿Qué amigo, Maite?
Maite apretó el celular.
—Uno bueno, amá.
—Pues dile a tu amigo que Dios se lo pague. Y que yo le hago unos tamales.
Colgó. Maite se quedó en el escalón.
Volvió a poner el video. La reja, la motosierra, el polvo de la corteza, las hojas temblando. Norma metida entre el motor y el árbol. Robar no es cosa de familia.
Lo vio tres veces. A la tercera ya no veía nada, porque estaba llorando como no había llorado ni en el hospital, ni en la Facultad, ni en la barra del hotel. Con la torta en una mano y el mandil resbalándose de las rodillas.
Nadie. En casi siete años, nadie se había parado enfrente de su casa. Ni el comisario, ni don Chema, ni los compadres de su papá que cargaron la caja en el panteón. Su mamá y ella solas, contando cuántos metros de patio les iban a quitar.
Y él había escuchado todo, con el café en la mano, sin interrumpirla una sola vez. Y luego había hecho tres llamadas.
Se limpió la cara con el mandil. Miró la hora. Trece catorce.
Apretó el botón del micrófono antes de poder arrepentirse.
—Rodrigo…
Era la primera vez que le decía así. El nombre le cupo en la boca mejor de lo que pensaba.
—Sí quiero. —Tomó aire—. Quiero ser tu novia.
Soltó el botón. El audio se fue. Siete segundos. Una palomita. Dos. Azules.
Maite apretó el celular contra el pecho y cerró los ojos.
A las trece quince, le entró una notificación del banco.
Recibiste una transferencia por $1,314.52. Concepto: donación voluntaria.
Se le salió una carcajada con mocos. ¿Mil trescientos catorce pesos con cincuenta y dos centavos? ¿Qué clase de…?
El celular volvió a vibrar.
13:14: la hora en que me dijiste que sí. Y 52: las semanas del año. Todas.
Maite leyó el mensaje dos veces. Se le volvieron a llenar los ojos, y esta vez se estaba riendo al mismo tiempo, y le daba igual.
¿Donación voluntaria?, escribió.
Para que nadie diga que me debes nada.
Voy para allá, escribió él enseguida.
Entro a trabajar a las dos. No vengas. Te lo prohíbo.
Salgo de junta a las siete. ¿A qué hora sales tú?
A las ocho. Y no vengas, Rodri. Hablamos en la noche.
Lo mandó y se quedó viendo la palabra. Rodri. Se le había escapado de los dedos solita.
La respuesta tardó un minuto entero.
Está bien. En la noche.
* * *
En la cafetería se equivocó en dos órdenes y le dio el cambio de más a un señor que se lo regresó. No dejó de sonreír en toda la tarde.
—¿Y a ti qué te pasó? —le preguntó la encargada, cerrando la caja—. ¿Te sacaste la lotería?
—Casi.
A las diez de la noche, acostada en la litera de abajo, contestó la videollamada. Rodrigo estaba en su estudio, con los lentes de leer puestos y una pila de carpetas junto al codo. Se quitó los lentes al verla.
—Hola.
—Hola.
Se quedaron un rato así, viéndose, sin decir nada, como dos tontos.
—Te quiero —dijo él.
Maite se tapó media cara con la almohada.
—Yo también te quiero.
—No cuelgues —dijo él—. Déjalo prendido. Yo tengo que leer todo esto, y tú te duermes. Así nomás.
—¿Así nomás?
—Así nomás.
Maite recargó el celular en la almohada, de lado. Se durmió oyendo cómo él pasaba las hojas, una por una, y de vez en cuando se aclaraba la garganta.
* * *
A las siete y media de la mañana, se levantó con el pelo parado, abrió la cortina de un jalón y agarró la orilla de la playera para quitársela.
—Nena, sigo aquí.
Maite gritó. Un grito de verdad, de los que se oyen en el pasillo. Soltó la playera y se aventó sobre la cama para voltear el celular bocabajo.
Del otro lado se oía a Rodrigo riéndose. No paraba. Una risa que ella no le conocía, de muchacho, sin aire.
—¡No es chistoso!
—Te avisé. —Seguía riéndose—. Te avisé a tiempo. Soy un caballero.
—¡Eres un señor que se queda viendo!
—Estaba viendo un contrato. Vístete, yo me volteo.
Cuando por fin volteó el celular, él estaba en la cocina de su casa, con una taza de café, fingiendo mucho interés en la ventana. Ella se sentó con un pan dulce y un vaso de leche. Desayunaron así, cada quien en su lado de la ciudad.
—Oye —dijo él, después de un rato. Había dejado la taza—. El viernes como con Dani. Y con su mamá.
A Maite se le quedó el pan a medio camino.
—Hay cosas que tienen que oír de mí —siguió él.
La sonrisa se le fue apagando despacio, como se apaga una estufa.
—¿Les vas a decir de mí?
Rodrigo la miró desde la pantalla.
—No. De mí.