En el mundo moderno, Yang Zhang lo tenía todo: diecisiete años, un cuerpo alto (de más de un metro ochenta y ocho), músculos definidos de atleta y la imponente masculinidad del capitán del equipo de baloncesto escolar. Era el escudo de sus amigos y el orgullo de sus padres, dos dentistas de costumbres metódicas. Sin embargo, en un parpadeo, un brutal accidente vehicular destruye su vida y se lleva a sus padres en las llamas.
En el instante previo a la muerte, una entidad fría y enigmática llamada el "Sistema" interviene para salvar su alma. Cuando Zhang abre los ojos, descubre que ha sido transmigrado a un mundo místico de cultivo y clanes marciales, adoptado como el único heredero del sabio líder del Clan Yang.
Pero el cambio no es solo de mundo: al mirarse en el reflejo del agua, Zhang descubre con estupor que ya no posee su cuerpo alto y robusto de deportista. Ahora habita la figura de un joven de facciones delicadas, tez de porcelana, contextura pequeña, delgada y frágil.
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Capitulo 6- La Caseria
Apenas lograron deslizarse bajo la lona trasera de sus respectivas carpas, el sonido del cuerno matutino retumbó en todo el campamento, anunciando el inicio formal de la jornada.
Zhang se dejó caer sobre su lecho de pieles con el corazón latiéndole desbocado contra las costillas, limpiándose un hilo fino de sudor de la frente. Al otro lado de la tela de la carpa, el bullicio de los guardias e inspectores del Clan Chen indicaba que el patrullaje del alba acababa de comenzar. Se habían salvado de los cincuenta azotes por escasos segundos.
Tras cambiarse por una túnica de caza azul más cómoda, ajustada a la cintura con un cinto de cuero blanco que resaltaba la finura de su talle, Zhang salió a la explanada principal.
Allí, bajo los primeros rayos de un sol dorado, los líderes Yang Lu y Chen Lu aguardaban junto a los jóvenes. Al lado de su padre, el primogénito Chen Hoo mantenía la postura erguida del heredero oficial, mientras que a su izquierda, Chen Liu, el segundo amo de la familia, permanecía en un silencio estoico, con las manos cruzadas a la espalda. Sin embargo, al ver a Zhang acercarse, los ojos oscuros de Chen Liu se cruzaron con los de él durante una fracción de segundo, y un sutil e imperceptible sonrojo volvió a teñir la punta de sus orejas antes de recuperar la compostura.
Zhang le devolvió una sonrisa pícara y discreta que solo ellos dos comprendieron.
—Atención a todos —anunció Chen Lu con voz firme y potente—. Para celebrar la alianza entre nuestros clanes, hoy realizaremos la tradicional Cacería de la Montaña Plateada. Los jóvenes cultivadores se dividirán en parejas. El objetivo es internarse en el bosque escarpado, cazar presas místicas para el banquete nocturno y recolectar las hierbas de luna que crecen en las cumbres.
—Para que nuestros lazos se fortalezcan, las parejas estarán integradas por un miembro de cada clan —añadió Yang Lu con regocijo—. Zhang, tú irás junto a Chen Liu. La serenidad del segundo amo Chen y tu energía harán una combinación formidable.
—Entendido, padre —asintió Zhang con una reverencia, caminando hacia Chen Liu.
—Trátame bien, compañero —bromeó Zhang en voz muy baja al llegar a su lado.
Chen Liu sofocó una leve tos, ajustando el agarre del arco que llevaba al hombro.
—No te quedes atrás —respondió en un murmullo reservado, aunque la firmeza con la que caminó a su lado demostraba que estaba más que complacido con la asignación.
El ascenso por la Montaña Plateada era empinado y traicionero. Rocas húmedas cubiertas de musgo, senderos angostos al borde de precipicios y una niebla espesa dificultaban la travesía.
Para sorpresa de Chen Liu, a pesar de la figura menuda y delicada de Zhang, el joven príncipe Yang no mostró el menor signo de fatiga. Con la ligereza de un felino y los reflejos intactos de su vida como atleta, Zhang saltaba entre las peñas con una soltura envidiable, la túnica azul revoloteando al viento como la de un espíritu místico.
—¿No te cansas? —preguntó Chen Liu al cabo de dos horas de ascenso, alcanzándolo en una cornisa.
—Entrené bastante en mi vida anter... quiero decir, en el palacio —corrigió Zhang a tiempo con una sonrisa contagiosa—. Además, con la energía de la Recámara Azul fluyendo por mi cuerpo, siento que podría escalar tres montañas más.
De pronto, Zhang se detuvo en seco, cerrando los ojos.
Extendió una de sus manos pequeñas hacia el aire. En el fondo de su conciencia, el flujo de qi circundante se proyectó en su mente como una red de mapas invisibles. Gracias a la percepción sensorial mejorada que había desarrollado en la caverna sagrada, fue capaz de detectar el latido de la vida en un rango de varios cientos de metros.
—A doscientos pasos hacia la izquierda, detrás del matorral de espinas —susurró Zhang, abriendo los ojos con un destello azulino—. Hay dos ciervos celestiales de astas de cristal.
Chen Liu lo miró con auténtico asombro. La capacidad de detectar presas tan lejanas sin verlas ni oírlas era una habilidad propia de cultivadores de nivel avanzado.
Sin perder tiempo, ambos se deslizaron en silencio entre la vegetación. Chen Liu desenfundó su arco de madera negra con maestría, mientras Zhang se posicionaba en el flanco opuesto para cerrar la ruta de escape. Trabajando en una sincronía perfecta que parecía ensayada desde hacía años, Chen Liu disparó dos flechas imbuidas en energía espiritual que abatieron a las presas de forma rápida y limpia, sin sufrimiento.
—Impresionante tiro —alabó Zhang, acercándose con una sonrisa sincera—. Eres realmente hábil con el arco, Chen.
—Fue tu detección la que nos dio la ventaja —respondió Chen Liu, guardando el arco con modestia.
Al caer el atardecer, la cima de la montaña se tiñó de tonos violetas y carmesí. Sabiendo que el descenso nocturno era peligroso, decidieron acampar en un mirador de piedra natural que contemplaba todo el valle.
Mientras Chen Liu encendía el fuego y organizaba las provisiones, Zhang se quedó mirando los ingredientes de la bolsa de viaje: harina de trigo, queso fresco curado de oveja de montaña, hierbas aromáticas y un puñado de frutos carnosos y rojos parecidos a tomates silvestres.
Un chispazo de añoranza y apetito cruzó por la mente moderna de Zhang.
—Oye, Chen Liu... ¿siempre comen la carne asada de la misma forma en tu clan? —preguntó Zhang, arremangándose las túnicas azules con entusiasmo.
—Es la tradición. Sal y fuego —contestó Chen Liu, observándolo con extrañeza.
—Bueno, hoy el menú va a cambiar. Te voy a preparar una especialidad de mi mun... es decir, de mis recetas secretas —anunció Zhang con los ojos brillantes—. Se llama pizza.
—¿Pi... zza? Jamás he oído hablar de tal técnica de cultivo —murmuró Chen Liu, arrugando levemente el entrecejo, confundido.
—No es cultivo, ¡es la gloria hecha comida! —se rió Zhang.
Aprovechando una piedra plana y lisa como plancha de cocción sobre las brasas del fuego, Zhang comenzó a trabajar. Amasó la harina con agua de manantial y un toque de sal hasta lograr una masa fina y circular. Trituró los frutos silvestres hasta hacer una salsa espesa y aromática, la extendió sobre la masa y la cubrió generosamente con trozos de queso fresco y hierbas.
Chen Liu lo observaba fascinado. Ver a aquel joven de túnicas azules, con el cabello recogido en un moño desenfadado y la cara manchada con un toque cómico de harina blanca, trabajando con tanta alegría y dedicación junto al fuego, le provocó un sentimiento de calidez desconocido en su pecho.
Al cabo de veinte minutos, el aroma penetrante del queso fundido, el pan tostado y las hierbas impregnó el aire de la cumbre.
—¡Listo! Cuidado, está caliente —dijo Zhang, cortando un trozo humeante de la masa crujiente y ofreciéndoselo a Chen Liu sobre una hoja limpia.
Chen Liu tomó el pedazo con cautela. Lo miró por unos segundos, sopló despacio y le dio un pequeño bocado.
De inmediato, sus ojos oscuros se abrieron de par en par. La combinación de la masa crujiente, la acidez de la salsa y el queso derretido fue una explosión de sabor que jamás había experimentado en la comida austera de su clan.
—Esto es... delicioso —admitió Chen Liu, dando un segundo bocado con más entusiasmo.
—¡Te lo dije! La pizza nunca falla —festejó Zhang, sentándose a su lado a comer su propia porción con un apetito voraz.
Comieron juntos bajo el manto de estrellas que comenzaba a cubrir el cielo nocturno. Cuando terminaron, Chen Liu hurgó en la bolsa interior de su túnica y sacó un envoltorio de seda bordado con hilos de plata. De él extrajo dos galletas doradas con una forma muy particular: tenían la silueta perfecta de la cabeza de un gato, con orejitas dibujadas con azúcar.
—Las... las hice yo mismo antes de salir del campamento —dijo Chen Liu, ofreciéndoselas a Zhang mientras desviaba la mirada hacia el fuego, con las mejillas ligeramente sonrojadas—. Dijiste que te gustaban los animales... pensé que podrías querer probarlas.
Zhang miró las galletitas en la palma de la mano de Chen Liu y luego al joven estoico que las había horneado en secreto. Una ternura inmensa le apretó el corazón. Que un muchacho tan serio, reservado y poderoso tuviera detalles tan dulces y dedicados era algo que lo desarmaba por completo.
—Chen Liu... son adorables —sonrió Zhang, tomando una y dándole un mordisco—. Y están riquísimas. Gracias.
Ambos se quedaron sentados hombro con hombro contemplando el mar de nubes que cubría el valle abajo. La brisa de la montaña era fría, pero estando juntos, ninguno de los dos sintió el menor escalofrío. En el silencio de la noche, el hilo invisible que unía a Zhang y Chen Liu se volvió más fuerte que nunca, marcando el preludio de los grandes desafíos que muy pronto tendrían que enfrentar juntos en la Academia Wuyen.