Valeria solo quería encajar. Por eso aceptó ir a esa fiesta con sus compañeras de universidad, sin sospechar que su presencia molestaba más de lo que creía. Su brillante expediente académico y la atención involuntaria del chico más codiciado del campus la habían convertido en el blanco de una envidia silenciosa. Esa noche, una trampa meticulosamente diseñada destruyó su reputación en cuestión de horas y alteró el curso de su vida para siempre.
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Capítulo III La sombra de la desilusión
Asustada y sin nadie que la ayudara, Valeria tomó la determinación de huir de aquella casa, ella sabía que solo sería por esa noche, pero para ella era suficiente para despedirse del mundo que la rodeaba.
—Iré... iré a la cocina a traer la bandeja principal para la cena —articuló Valeria, manteniendo la voz lo más estable posible para no delatar el temblor de sus manos.
Esperanza la midió con la mirada durante un par de segundos eternos, buscando algún rasgo de rebeldía en sus ojos. Al ver la cabeza gacha de la joven, asintió con una sonrisa pagada de sí misma.
—Así me gusta. Ve y demuestra que sabes servir a un hombre como se debe —dijo la madrastra, haciéndose a un lado para dejarla pasar—. No tardes. Don Guillermo no tiene toda la noche.
Valeria caminó a paso rápido hacia la cocina, sintiendo cómo los ojos de aquel hombre seguían la silueta de su vestido rojo hasta que cruzó el umbral.
En cuanto la puerta vaivén de la cocina se cerró a sus espaldas, la docilidad fingida desapareció por completo. El aire le entró de golpe a los pulmones en un ahogado sollozo de terror.
No había tiempo para pensar. Agarró su teléfono y el bolso pequeño que había dejado escondido tras los estantes de la despensa por la tarde. Con el corazón martilleándole en la garganta y los taconazos ahogados por la prisa, esquivó la mesa y abrió la pesada puerta trasera que daba al pasadizo del patio.
El aire fresco de la noche le golpeó el rostro mientras corría por el callejón oscuro, sosteniéndose el dobladillo del vestido para no tropezar. Las lágrimas le empañaban la visión, pero la rabia y el miedo a convertirse en la mercancía de Don Guillermo eran más fuertes que cualquier duda. Salió a la avenida principal y, con el pulso a mil, le hizo una señal desesperada al primer taxi que vio pasar.
—A la discoteca Club Central, por favor... rápido —le dijo al chófer al montarse, cerrando la puerta de golpe mientras miraba hacia atrás, temiendo ver salir a Esperanza.
El vehículo aceleró perdiéndose en la noche. Valeria se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y se miró al espejo retrovisor. Llevaba el vestido rojo de la vergüenza, no tenía dinero suficiente y acababa de escapar de su propia casa, pero en su mente solo había una idea: encontrar a Mateo en la fiesta, pedirle ayuda y escapar de esa pesadilla.
Lo que Valeria no sabía era que el taxi la llevaba directo desde una jaula hacia una trampa aún más peligrosa.
El taxi avanzaba por las avenidas iluminadas mientras el paisaje nocturno se desdibujaba a través de la ventanilla. Valeria se ajustaba frenéticamente el vestido rojo, sintiendo cómo el frío de la noche le helaba la piel expuesta, pero nada se comparaba con el nudo helado que llevaba atravesado en el estómago. Acababa de huir de su propia casa, desafiando abiertamente a Esperanza y dejando a Don Guillermo con la mesa servida. Sabía que las consecuencias al regresar serían desastrosas, pero en ese instante solo tenía un objetivo en mente: encontrar a Mateo.
Él era su único faro en medio de tanta oscuridad, la única persona en la que creía poder confiar para buscar una salida real a la pesadilla de su hermano.
El vehículo frenó de golpe frente a la imponente fachada del Club Central. La música retumbaba desde el interior haciendo vibrar el pavimento, mientras una multitud vestida con ropas ostentosas hacía fila bajo las luces de neón.
Valeria bajó del auto sintiendo un profundo rubor quemándole las mejillas.
Para ella, educada en la modestia y acostumbrada a pasar desapercibida con ropa holgada para estudiar, aquel vestido rojo ceñido era la definición de la vulgaridad; una prenda humillante impuesta por la malicia de su madrastra. Buscando una rendija de pudor, se había dejado el cabello negro completamente suelto, cayendo en ondas tupidas sobre su espalda y hombros para intentar cubrir el pronunciado escote.
Lo que Valeria no sospechaba era el efecto devastador que provocaba esa combinación.
Al cruzar la puerta de la discoteca, la luz de neón cortó la penumbra y chocó directamente contra ella. La mezcla entre la exuberancia del vestido rojo ajustado a sus curvas naturales y la timidez genuina de sus gestos generaba un contraste magnético. No se veía vulgar en absoluto; se veía impactante. Su tez clara destacaba bajo el tono carmesí de la tela, y la elegancia natural de sus facciones, sumada a esa mirada asustada e inocente, desarmaba a cualquiera.
A su paso, las conversaciones en los bordes de la pista se interrumpieron. Varios jóvenes se giraron a mirarla sin disimulo, sorprendidos de ver a la estudiosa y reservada Valeria Hernández luciendo de aquella manera. Incluso algunos de los hombres de mayor presencia en el lugar bajaron sus copas para seguir con la vista la silueta de la joven que caminaba a pasos torpes sobre sus tacones, abrazándose a sí misma para intentar taparse.
Ella, ajena a la fascinación que acababa de causar y abrumada por el humo denso y la música ensordecedora, solo apretó su pequeño bolso contra el pecho, buscando desesperadamente entre la masa de gente el rostro de Mateo.
Sin embargo, desde la altura del exclusivo reservado VIP, dos pares de ojos fríos ya habían registrado su entrada.
Elena esbozó una sonrisa lenta y llena de veneno, contemplando desde la barandilla a la chica del vestido rojo que deslumbraba a todos sin saberlo. A su lado, Diana sacó el pequeño frasco del bolsillo y desenroscó la tapa con una calma helada.
—Mírala... qué patética creyendo que puede destacar —susurró Elena, haciendo una seña al mesero con un gesto imperioso—. Sirve dos copas. Es hora de darle a Valeria la bienvenida que se merece.
Con las dos copas servidas en la mano, Elena bajó las escaleras del reservado y caminó con paso firme hacia la pista de baile. Sin embargo, entre las luces parpadeantes, el humo espeso y la muchedumbre que se movía al ritmo de la música ensordecedora, la figura del vestido rojo se le perdió por completo de vista.
Ajena a la búsqueda de Elena, Valeria había avanzado alejándose del bullicio, buscando un poco de aire. Se adentró por un pasillo más penumbroso que conducía hacia la zona de los baños del lugar, aferrándose al bolso con las manos temblorosas y con el corazón en la garganta. Necesitaba encontrar a Mateo desesperadamente; él era su único refugio, la única persona buena en medio de esa pesadilla.
Pero al llegar al final del pasillo, el suelo pareció desaparecer bajo sus pies.
Bajo la tenue luz roja de la pared, la escena la congeló al instante. Ahí estaba Mateo, acorralado contra la pared, con Diana abrazada a su cuello en una postura íntima, muy comprometedora, mientras ambos compartían una risa cómplice y un beso que no dejaba espacio a dudas.
Valeria sintió como si un balde de agua helada le cayera encima. El aire se le escapó de los pulmones y el nudo en su garganta se apretó hasta ahogarla. La última luz de esperanza a la que se aferraba para no venderle su vida a Don Guillermo, la ilusión de que alguien la quería y la protegería, se hizo añicos en un segundo.
Ahí, sola en la penumbra de aquel pasillo, vestida con el vestido de la vergüenza y con el alma rota, Valeria entendió que no le quedaba nadie en el mundo.
se me hizo tan corta y muy buena 👍😍