Alfonso en su soledad como empresario lee una historia de romance entre un duque y su princesa pero entre las intrigas y el romance se enamora de un personaje secundario, el Príncipe Anthony, quien reprime sus sentimientos para que el hombre que ama y su hermana sean felices, pero todo cambia cuando Alfonso reencarna en el duque y en la primera oportunidad expresa sus sentimientos por el príncipe.
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Capítulo 3: El Despertar del Duque
El primer signo de retorno a la existencia no fue la vista ni el oído, sino un dolor agudo, latente y punzante alojado en la sien derecha. Se sentía como si un martillo de hierro golpeara rítmicamente contra el hueso parietal de su cráneo.
Alfonso soltó un gemido ahogado. Esperaba sentir el pavimento frío, las sirenas de las ambulancias, el caos de los transeúntes o el entumecimiento de la muerte. Pero no había olor a humo ni a asfalto. El aire que inhalaba olía intensamente a cera de abejas, lavanda seca, leña quemada y un fuerte aroma a tónicos herbales amargos.
Abrió los ojos con extrema dificultad. La luz del sol, tamizada a través de altas ventanas con arcos de estilo ojival y cortinajes pesados de terciopelo borgoña, le produjo un dolor punzante en la retina.
Parpadeó repetidamente hasta que la imagen borrosa se estabilizó.
No estaba en un hospital moderno. El techo sobre él no tenía paneles LED ni pintura blanca; era una estructura majestuosa de vigas de roble oscuro talladas a mano, intercaladas con frescos que representaban batallas medievales y escudos de armas. Se encontraba acostado sobre una cama monumental de dos plazas con columnas de madera de caoba y doseles dorados.
A la derecha de la cama, un hombre de unos cincuenta años, vestido con una túnica de paño grueso de tono verdoso y un jubón de cuero ajustado, machacaba hojas secas en un mortero de piedra sobre una mesa auxiliar.
—Ah... benditos sean los cielos. Parece que la gracia divina ha permitido que el joven duque recobre el sentido —dijo el hombre con una voz grave, madura y pausada.
Alfonso intentó incorporarse, pero una oleada de mareo lo obligó a desplomarse nuevamente sobre las almohadas de pluma.
—¿Dónde... dónde estoy...? —articuló Alfonso.
Su voz lo sobresaltó. No era su tono habitual, medio y corporativo. Era una voz profundamente grave, resonante, con un timbre barítono rasposo y potente que parecía retumbar en la madera de la habitación.
El hombre maduro dejó el mortero y se acercó a la cama con un paño húmedo impregnado en vinagre aromático, aplicando una suave presión sobre la frente de Alfonso.
—Sosegase, Lord Fernando. Aún está bajo los efectos del traumatismo —explicó el médico con tono profesional—. Tuvo una caída sumamente peligrosa de su corcel durante la cacería matutina en los linderos del bosque del norte. Su hermanastro, el joven Lord Cedric, llegó al galope a la villa informando que su caballo se había desbocado sin razón aparente. Fue una verdadera fortuna que el casco de la montura no le destrozara las costillas al caer sobre el matorral.
Alfonso congeló cada músculo de su cuerpo. Sus ojos se abrieron de par en par.
¿Lord Fernando? ¿Lord Cedric? ¿Cacería? ¿Corcel?
Las palabras resonaron en las paredes de su mente como un eco ensordecedor. Los nombres no eran una coincidencia. La descripción de la cacería, la mención del hermanastro Cedric, la arquitectura del lugar...
Lentamente, levantó su mano derecha frente a su rostro. La mano que observaba no era la suya. Ya no tenía la piel clara y suave de un ejecutivo de escritorio. Eran los dedos largos, nudosos y fuertes de un guerrero, con callosidades marcadas en la palma debido al manejo constante de la espada y las riendas de cuero. Su brazo era infinitamente más ancho, musculoso y pesado.
No puede ser... —pensó Alfonso, con el corazón batiendo desbocado contra sus costillas—. He muerto en el impacto... y he transmigrado al cuerpo de Fernando. ¡Soy el duque de la novela!