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UN PAPA SOLTERO Y A LA ORDEN

UN PAPA SOLTERO Y A LA ORDEN

Status: En proceso
Genre:Embarazo no planeado / Padre soltero / Traiciones y engaños
Popularitas:41.7k
Nilai: 5
nombre de autor: Kyoko...

Leonardo Fontana, es un joven de 22 años, italiano, heredero de una importante casa de moda. Acostumbrado a una vida de excesos, se ve forzado a madurar de la noche a la mañana, y reacomodar su vida a los nuevos desafíos que le trae.

NovelToon tiene autorización de Kyoko... para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

capitulo 5

Valeria

Entré. Dejé el carrito de limpieza junto a la puerta. Me acerqué a él con pasos lentos, como quien se acerca a un animal herido.

—Déme a la niña

dije, extendiendo los brazos.

Me la entregó con una rapidez que casi me hizo reír. La pequeña Lucía leí el nombre bordado en su mantita. se retorció un momento, olfateó el aire como si estuviera buscando algo familiar, y luego, cuando mis brazos la envolvieron y la acuné contra mi pecho, empezó a calmarse.

—Necesitan comer

dije, observando cómo Lucía buscaba con la boca algo que no encontraba.

— ¿Cuándo fue la última vez que les dio biberón?

Él me miró con cara de quien acaba de descubrir que los bebés comen algo más que aire.

—No... no sé. Llegaron hace como una hora. Pensé que solo estaban llorando porque sí.

—Los bebés no lloran porque sí, señor Fontana. Los bebés lloran porque tienen hambre, sueño, frío o un pañal sucio. A veces las cuatro cosas a la vez. Así que vamos por partes.

Mi tono era más firme de lo que pretendía. Pero funcionó. Leonardo Fontana me miró como si acabara de descubrir la rueda.

—¿Usted tiene leche de fórmula?

pregunté.

—¿Fórmula?

—Sí. Leche en polvo para bebés. Biberones. Agua hervida.

Parpadeó. Sus ojos azules, tan perdidos como los de los mellizos, recorrieron la cocina como si buscara un manual de instrucciones que no estaba allí.

—En la canasta

dijo finalmente.

—Había biberones. Y unas latas.

Suspiré. Con Lucía todavía en brazos ya estaba dejando de llorar, aferrándose a mi uniforme con esa fuerza sorprendente que tienen los bebés, me acerqué a la canasta de mimbre.

Dentro había dos biberones de vidrio, una lata de fórmula sin abrir, varios pañales y una mantita con olor a lavanda. También había una nota doblada, pero no me atreví a leerla. No era mi asunto.

—Voy a preparar los biberones

dije.

— Usted mientras tanto, cámbieles el pañal. Huelen a que llevan horas con el mismo.

Su cara palideció.

—¿Cambiarles...?

—El pañal, señor Fontana. Es fácil. Levante la pestaña, limpie con las toallitas, ponga uno nuevo. Los pañales están en la canasta.

—Pero yo nunca...

—Hoy va a ser la primera vez. Como todo en la vida.

No sé de dónde saqué ese tono. Quizá de mi madre, que murió cuando yo tenía quince años y que siempre decía que la paciencia era el único lujo que podíamos permitirnos. Quizá de las noches cuidando a los niños de la vecina mientras ella trabajaba. Quizá de la certeza de que, por una vez, yo sabía algo que él no.

Y eso, en un mundo donde él lo tenía todo y yo no tenía nada, se sintió extrañamente bien.

Leonardo Fontana me miró con una mezcla de gratitud y terror. Luego, con la torpeza de quien está aprendiendo a caminar, tomó al niño del brazo izquierdo el pequeño seguía llorando y se dirigió al sofá, donde extendió al bebé como si fuera un paquete frágil.

—¿Así?

preguntó, con un pañal limpio en una mano y una toallita en la otra.

—Sí. Y no tenga miedo. Los bebés son más resistentes de lo que parecen.

Él asintió. Y con dedos temblorosos, comenzó a desabrochar el pañal sucio.

Yo me volví hacia la cocina, con Lucía ya tranquila en mi brazo izquierdo, y empecé a preparar los biberones como había hecho cien veces antes. Agua hervida en la tetera eléctrica, la temperatura perfecta en la muñeca, la cantidad exacta de fórmula según la lata indicaba.

Detrás de mí, oía sus exclamaciones de horror.

—¡Dios mío, cómo ha llegado esto hasta aquí!

exclamó, y tuve que morderme el labio para no reírme.

—Limpie de adelante hacia atrás

dije sin volverme.

— Y no se olvide de la cremita si hay irritación.

—¿Crema, Qué crema?

—En la canasta debe haber una. eso espero.

Sonidos de búsqueda. Luego un suspiro de alivio.

—La encontré.

—Póngale un poco. Con el dedo, no con toda la mano.

Más sonidos. Más suspiros. Y luego, milagrosamente, el llanto del bebe empezó a calmarse.

Cuando me volví con los dos biberones listos, encontré a Leonardo sentado en el suelo, con el bebe ya cambiado en sus brazos, mirando al bebé con una expresión que no supe descifrar. Sus ojos estaban húmedos. Quizá era el cansancio. Quizá era otra cosa.

—Los biberones

dije, extendiéndole uno.

Lo tomó con mano temblorosa. Yo me senté en el sofá con Lucía y le ofrecí el biberón. La pequeña lo aceptó con la urgencia de quien ha esperado demasiado.

—Hay que mantenerlos inclinados

expliqué.

—Que no les entre aire. Y después hay que hacerlos eructar. ¿Sabe cómo se hace?

Él negó con la cabeza.

—Ponlo contra tu hombro, con la cabecita apoyada, y dale palmaditas suaves en la espalda. Así.

Lo demostré con Lucía, que después de unos segundos soltó un eructo sonoro que nos hizo reír a los dos. Sí, reír. Por un momento, el penthouse no fue un campo de batalla. Fue solo un lugar donde dos personas alimentaban a dos bebés.

—¿Cómo sabe todo esto?

preguntó él en voz baja, mientras imitaba mis movimientos con Tommaso.

—He cuidado niños

respondí, sin dar más detalles. No necesitaba saber que lo hacía por necesidad, no por vocación

— Y usted, ¿cómo terminó con dos bebés un domingo por la mañana?

Él me miró. Por un instante, vi cómo se levantaba un muro en sus ojos. El muro del hombre rico que no cuenta sus problemas a la empleada de limpieza.

Pero luego el muro cayó.

—Aparecieron en mi puerta

dijo, y su voz sonó pequeña.

— Hace una hora. En una canasta. Con una nota que dice que son míos. Y no sé... no sé si es verdad. No sé quién los dejó. No sé quién es su madre. No sé nada. Absolutamente nada.

La honestidad de sus palabras me tomó por sorpresa. Leonardo Fontana, el hijo del imperio, admitiendo frente a mí que no sabía algo.

—¿Y qué va a hacer?

pregunté, mientras Lucía terminaba su biberón y empezaba a adormilarse en mis brazos.

—Primero, pruebas de ADN. Necesito saber si realmente son míos. Y después...

suspiró, con un peso en los hombros que no parecía de su edad.

—Después tendré que averiguar cómo se cuida a dos bebés. Porque si son míos...

No terminó la frase. No hizo falta.

En sus brazos, el pequeño Tomas que me dijo que se llamaba, había terminado de comer y ahora miraba a su padre con esos ojos enormes que los bebés usan para hipnotizar. Y Leonardo el hombre que según los rumores nunca se había comprometido con nada en su vida, lo miró de vuelta con algo que se parecía peligrosamente a la ternura.

—Señor Fontana

dije, levantándome con Lucía ya dormida.

— Voy a terminar mi trabajo. Usted debería dormir un poco cuando ellos duerman. Y mañana... mañana hable con su familia. Esto no es algo que pueda manejar solo.

Él asintió, todavía mirando a Tomas.

—¿Puedo preguntarle algo?

dijo cuando ya estaba en la puerta.

—Dígame.

—¿Se llama?

—Valeria. Pero me dicen Vale.

—Vale

repitió, como si estuviera probando el sabor de mi nombre.

—¿Volverá mañana? A limpiar, digo.

No era mi turno. Pero por algún motivo que aún no entendía bien, asentí.

—Sí. Mañana volveré.

Sonrió. Era una sonrisa cansada, frágil, pero era la primera sonrisa genuina que le veía desde que entré.

—Gracias, Vale. Por todo.

Salí del penthouse con Lucía ya entregada a sus brazos y el eco de esas palabras en los oídos. En el ascensor, me miré en el espejo y me encontré sonriendo.

El encargado me odiaría por cambiar mi turno. Las otras señoras de la limpieza pensarían que estaba loca. Y probablemente lo estaba.

Pero había algo en la forma en que Leonardo había sostenido a su hijo, en la forma en que había admitido no saber nada, en la forma en que había dicho mi nombre...

Algo que me decía que volviera. Y no solo por el trabajo.

1
Eda Toran☆
muy recomendable léanlo no se arrepentirán
Eda Toran☆
eramos muchos y parió la abuela
Saly Torre☆
preciosa novela sin tanto drama fastidioso al contrario entretenida y atrapante
Jazer Muñica☆
me gustó mucho el avance de Leonardo de esa vida loca a padre de familia y como lo da todo por sus hijos
Alba Martin ☆
bonita novela gracias autora me entretuve bastantes leyendo
Kikao⁠ Ferrer ☆
ne gusto la novela porque no tiene el eterno problema se desenvolvió rápido
Blanca Moran k
ya llego la mujer menos deseada
ঔGala Gomez
eso no la dejen se va y ahora viene con la cara lavada
Gavy Berrío k
la tercera en discordia
Gavy Berrío k
que bueno me sonríe la suerte otra ves a valeria
Geo Guzmán k
nooooo ya apareció esta
Geo Guzmán k
niños con inteligencia desarrollada a temprana edad
Ivonne selva k
aw se crecieron los bebés 👏
♡ Susana 💖
chacho, casi la dejas sin coño🤣🤣🤣 eres un idiota pero un rico idiota🤭
Mary Luci k
ese Leonardo le agarro el gusto, déjala respirar
Mary Luci k
🤣🤣🤣🤣🤣🤣🤣 pensó en todo
Mary Luci k
🤭🤭🤭🤭🤭🤭🤭
luzca Mera k
te va a destrozar 🤭
luzca Mera k
jajajaja ese sentimiento 😂imposible la responsabilidad llama
Camila Nava
🤭le dio con ganas el leó
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