Yo tenía veintitrés años y necesitaba quinientos mil pesos para salvar a mi mamá.
Por eso acepté darle un hijo a un viudo de cincuenta.
Pero marqué el número equivocado.
Adrián Valdés tenía treinta y cinco, una fortuna inmensa y gustos peligrosamente dominantes. Me dejó la luz encendida, me ató las muñecas y me enseñó a pedirle más.
A la mañana siguiente, el dinero estaba en mi cuenta.
Debió ser una sola noche.
Ahora mi sugar daddy me llama su niña… y no permite que ningún otro hombre me toque.
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Capítulo 13
Capítulo 13: ¿Ahora sí sabes cómo me llamo?
Adrián soltó el marco de la puerta y se metió al privado. El señor Palafox ya se había vuelto a sentar y lo esperaba con la carta de vinos abierta.
—Casimiro. —Adrián no se sentó—. Tráeme el añejo. Cuatro botellas.
—¿Cuatro, licenciado? —Casimiro, que se había quedado en el pasillo junto a Dulce, entró con la cara muy seria.
—Cuatro.
—¿Hoy sí nos vamos a poner hasta atrás, licenciado? —Palafox soltó una carcajada y se aflojó el cinturón—. En quince años nunca le he visto terminarse una copa.
Adrián se terminó la primera sin contestar. Por la puerta, que nadie había cerrado, se veía la espalda del de traje azul, el tal Julián, recargado en la pared del pasillo, platicándole a Dulce algo que la hacía reírse. Casimiro dejó las botellas en la mesa, miró hacia donde miraba Adrián y luego a Adrián. Salió al pasillo con el celular en la mano, buscando algo en sus contactos.
A la tercera copa, Palafox le estaba contando lo de su nieto en Canadá y Adrián no había oído ni una palabra.
* * *
A las dos y media se levantó para ir al baño. Empujó la puerta del privado y casi se la da en la cara a Dulce, que venía por el pasillo con una pareja de turistas, los menús contra el pecho.
Ella lo vio, se dio la vuelta sin decir nada y dejó a los turistas con un mesero. Antes de irse lo miró a los ojos, un segundo, con rabia.
—¿Todavía se siente ofendida? —dijo él, a nadie.
La alcanzó en los elevadores. Las puertas se estaban abriendo y ella ya tenía un pie adentro cuando él la agarró de la muñeca y la regresó al pasillo de un jalón.
—¿Ahora sí sabes cómo me llamo?
No la dejó contestar. La besó con el sabor del añejo todavía en la boca. Ella se quedó tiesa. Luego le puso las dos manos en el pecho y lo empujó, y cuando él no se movió le pegó con el puño en el hombro, una vez y otra. Adrián le sujetó la barbilla con la mano.
Dulce le mordió el labio de abajo, fuerte. Él la soltó. Se llevó los dedos a la boca y los sacó con sangre.
Ella se metió al elevador. Adrián puso el brazo entre las puertas antes de que se cerraran.
—¿No que me querías pescar? —La voz le salió ronca—. Aquí estoy. ¿Ya no quieres?
Dulce levantó la mano para darle una cachetada. Él le agarró la muñeca en el aire. La tuvo así, apretada, lo que tarda una respiración. Luego vio su propia mano cerrada sobre la muñeca de ella, los nudillos todavía rojos del costal, y la soltó como si le hubiera quemado.
Quitó el brazo. Las puertas se cerraron y en el acero se vio la boca: el labio partido, una raya de sangre bajándole a la barbilla. Se la limpió con el dorso de la mano y la mancha le quedó en el puño de la camisa.
Bajó por las escaleras de servicio, dos escalones a la vez, agarrándose del barandal. El elevador ya estaba abierto en la planta baja y vacío. La encontró en el pasillo que iba a los baños, uno angosto con papel tapiz verde y una cámara en la esquina del techo.
Ella caminaba rápido. Él se le adelantó y puso las dos manos en la pared, una de cada lado de su cabeza, sin tocarla.
—Contéstame. —Le temblaba la voz y no pudo hacer nada para que no le temblara—. ¿Te has acostado con otro?
Dulce tenía los ojos rojos. Abrió la boca. Adrián vio que iba a decir algo largo, algo que empezaba con lo del hospital. Ella apretó los labios.
—Piense lo que quiera.
Luego los ojos de ella se fueron por encima de su hombro y se quedaron ahí. Algo le cambió en la cara. Se agachó, pasó por debajo de su brazo y se fue casi corriendo hacia el comedor.
Adrián se volteó. En la esquina del pasillo, con un abrigo camello y las llaves del carro en la mano, estaba Clara.
Quiso ir detrás de Dulce. Dio un paso y el papel tapiz verde se le fue de lado. Alguien lo agarró del brazo derecho: Casimiro. Clara lo agarró del izquierdo.
—Adrián. —Clara le buscó los ojos—. ¿Sabes quién soy?
—No estoy borracho.
—Claro que no —dijo Clara, y le hizo una seña a Casimiro para que lo sacaran por la puerta de atrás.
En el asiento trasero del carro de Clara, con la cabeza contra el vidrio, vio pasar las luces de Reforma. Clara manejaba con las dos manos en el volante.
—¿La viste? —preguntó él—. ¿Para dónde se fue?
—Duérmete, Adrián.
—Me mordió. —Se tocó el labio—. Me lo gané.
Clara no contestó. En un alto le pasó una caja de pañuelos por encima del hombro, sin voltear. Adrián sacó uno, se lo apretó contra la boca y cerró los ojos. Lo último que oyó fue el tic tac de la direccional.
* * *
Se despertó con la boca seca y un techo que no era el suyo. Vigas de madera, un foco desnudo. Olía a trementina.
Estaba acostado en un sillón largo. Afuera era de noche; el reloj del celular, en el piso, junto al sillón, decía 00:50. Tardó en entender dónde estaba: la sala de descanso del estudio de Clara, en San Ángel. En la pared de enfrente había lienzos volteados.
Clara estaba de rodillas junto al sillón. Tenía las manos en la hebilla de su cinturón.
—Clara. —Adrián le agarró las muñecas—. ¿Qué estás haciendo?
Ella no se hizo para atrás. Tenía el pelo suelto y los ojos muy abiertos.
—¿Todavía no lo ves? —dijo—. Te quiero desde los quince años. Nico se fue a las diez. Le dije que yo cerraba.
Adrián se sentó. La cabeza le pesaba el doble.
—Me casé contigo porque nos casaron, Clara. Tú lo sabías.
—Lo sé. —Clara se rio, y la risa le salió torcida—. ¿Y sabes qué dijiste hace rato, dormido? Dijiste su nombre. Dos veces. Dulce, ¿por qué me mentiste? Así, con esa voz. A mí nunca me hablaste con esa voz.
Adrián se puso de pie, se acomodó la camisa dentro del pantalón y se abrochó el cinturón. Clara se levantó y lo abrazó por la espalda.
—No te vayas. Nada más esta noche.
Él le abrió los brazos con cuidado y se soltó. Ella dio un paso para atrás, chocó con la mesa de junto y un florero de vidrio se fue al piso. Clara metió las manos para no caerse. Cuando se enderezó tenía las dos palmas llenas de pedacitos de vidrio.
No se los quitó. Se quedó parada, con las manos abiertas enfrente, viéndolo.
Adrián prendió la lámpara de pie. Se hincó frente a ella, le tomó una mano y le fue sacando los vidrios uno por uno con los dedos, los grandes primero y luego los chiquitos, a la luz de la lámpara. Ella no hizo ni un ruido. Él fue dejando los pedazos en un plato de pintura seca.
—No vamos a volver, Clara. —No levantó la vista de la mano—. Me gusta Dulce.
Terminó con la primera y tomó la otra. Clara lo dejó hacer. Cuando habló otra vez, ya no estaba llorando.
—A veces lo que escuchas no es la verdad —dijo, mirándose las palmas—. Las mujeres decimos cosas para defendernos. Cosas horribles, cuando nos acorralan.
Adrián se quedó con el último vidrio entre los dedos.
Se acordó del jardín del hospital, de Yesenia con los lentes oscuros en la cabeza. Yesenia había mirado por encima del hombro de Dulce, directo a la puerta de cristal, y lo había visto a él antes de abrir la boca. Después había subido la voz, clarita, para que se oyera hasta la puerta: ¡O sea que le marcaste a propósito! Y Dulce, que había estado hablando bajito, le había contestado a Yesenia, de frente, sin saber que él estaba atrás.
—¿Me pasas el alcohol? —dijo Clara—. Está en el baño, en el cajón de abajo.
Adrián se levantó, trajo el alcohol y un rollo de gasa. Le limpió las manos a Clara y se las vendó. Le temblaban las suyas.
—¿Quién te habló para que fueras por mí?
—Casimiro. Dijo que te estabas terminando una botella solo y que no te podías ni parar. —Clara se miró las vendas—. Nunca te había visto así. Ni cuando firmamos el divorcio.
—Perdón por la noche, Clara.
—No me pidas perdón. —Clara levantó la barbilla—. Nada más no me mientas. Nunca me has mentido. No empieces ahorita.
El celular vibró en el piso. Adrián lo levantó. Eran la una y cuarenta. En la pantalla decía Beto.
—Joven Adrián. —La voz del viejo mayordomo de su papá sonaba lejos, con ruido de carretera y de sirenas—. Perdone la hora. Su papá tuvo un accidente en la carretera México-Querétaro. Lo llevaron al hospital de Querétaro, lo van a operar de la cabeza. La señorita Coni ya va para allá.
Adrián se quedó parado en la puerta del estudio, con el celular pegado a la oreja y la mano libre agarrada del marco.
—¿Está vivo, Beto?
—Sí, joven. Pero dice la señorita Coni que se venga ya… —Don Beto dudó—. Y que se traiga a la señora Clara.