Empezó como una partida silenciosa de ajedrez, un juego peligroso de miradas calculadas, provocaciones sutiles y movimientos estudiados para ver quién caía primero. Cada palabra era un peón avanzado con premeditación; cada roce, una jugada de distracción en un tablero invisible donde ninguno de los dos estaba dispuesto a ceder el primer jaque mate.
Pero se descuidaron. En el juego de adivinar las intenciones del otro, el orgullo se fracturó y el tablero terminó por romperse. Ya no quedaban estrategias ni tácticas de defensa, solo la certeza desesperada de que, de tanto jugar a lastimarse, habían terminado enredados en un amor tan intenso y ciego que quemaba, incapaces de rendirse aunque perder significara entregarlo todo.
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Lo que el tiempo no pudo borrar
Llevaba un largo rato en la cama tratando de reconstruir la noche anterior. Tras la humillación que sufrí por culpa del «sticker» —el nuevo amigo de mi hermano—, los recuerdos en mi memoria eran vagos y borrosos.
«Un gusto», dije tendiéndole la mano a aquel idiota para no hacerle un feo a Noah, solo para ser ignorada cuando me dejó con la mano en el aire.
Ja. Maldito imbécil.
—¡Esta vez sí pasó! —había dicho en tono burlón minutos después.
Sabía perfectamente por qué lo hacía.
—¿Acaso sufres de trastorno por inversión sexual? —pregunté yo con sorna, recibiendo solo una sonrisa maliciosa como respuesta.
Los chicos, a excepción de Dylan —que parecía divertirse con el espectáculo—, nos miraban buscando una explicación a lo que pasaba.
Joder, maldito bastardo.
Tras varios intentos fallidos por recordar más detalles, me cepillé los dientes y bajé a la cocina por un vaso de agua y una píldora para el dolor de cabeza.
Al llegar, me topé con el «sticker» sirviéndose una taza de café. Al parecer se había quedado a dormir en la mansión, pues vestía la misma ropa de la noche anterior, aunque el cabello mojado delataba que acababa de ducharse.
—¿Resaca? —preguntó con tono divertido.
—¡No te importa! —espeté.
—Tienes razón, ¡no me importa en absoluto! —admitió sin rodeos.
Al menos era sincero.
—Pero sí me da curiosidad —añadió, tomando un sorbo de café y clavando sus ojos en los míos—. Después de lo de anoche, ¿cómo no sentirla?
—¿Bromeas? —pregunté antes de tragarme la píldora con un buche de agua.
—¡Para nada! —Una carcajada sonora y profunda se le escapó entre los labios.
—¿Qué pasó anoche? —me atreví a cuestionar, tragándome el orgullo con la esperanza de que me refrescara la memoria.
Sin responder, dejó la taza sobre la cubierta, dio un paso al frente y acortó la distancia entre los dos. Por inercia retrocedí hasta que la isla de la cocina chocó contra mi espalda, dejándome sin salida.
El muy idiota apoyó los brazos a cada lado de mi cintura, atrapándome contra el mueble. Su rostro quedó a escasos centímetros del mío, tan cerca que creí que podría saborear el café en sus labios.
—¿De verdad no recuerdas nada? —murmuró, desviando la mirada hacia mis labios mientras yo luchaba por no fijarme en los suyos—. ¿No recuerdas que por unos minutos estuvimos exactamente así?
Negué en silencio, incapaz de articular palabra.
Lentamente, desplazó una de sus manos hacia mi espalda baja y me tiró hacia él, pegando su pelvis a la mía.
Dios del cielo, dame fuerzas para no seguir pecando, pensé al sentir la firmeza de su cuerpo contra el mío.
Cuando sus labios rozaron suavemente los míos, tragué saliva con dificultad. No pude evitar cerrar los ojos, esperando que terminara de romper la distancia y me besara. En ese instante agradecí haber pasado por el baño a lavarme los dientes antes de bajar.
Pero lo único que recibí fue una risa burlona y cargada de suficiencia que me devolvió de golpe a la realidad.
Abrí los ojos al instante.
—¿En serio? —soltó él—. No puedo creer que seas más fácil estando sobria que anoche, cuando no estabas en tus cinco sentidos.
—¿A qué diablos crees que estás jugando? —pregunté, sintiendo cómo el coraje y la vergüenza me encendían las mejillas.
—¿Qué? ¿De verdad creíste que te iba a besar?
—¡Maldición, por supuesto que no! —mentí descaradamente—. ¡Jamás dejaría que me besara un idiota descerebrado como tú!
—¿Ah, no? ¿Por eso cerraste los ojos y te entregaste sin poner resistencia? —Su maldita risa resonaba por toda la cocina.
—No lo hice... Solo fue un reflejo, ¿de acuerdo?
—Estoy seguro de que puedes inventar una mentira mejor si te esfuerzas un poco más —dijo, relamiéndose los labios con lentitud, logrando que yo secara los míos por puro instinto.
—Maldición... No juegues conmigo. No sabes con quién te estás metiendo.
—¿Ah, sí? ¿Y con quién me estoy metiendo? —preguntó, inclinándose un poco más, aunque esta vez sin invadir mi espacio del todo.
—Ja... Yo soy la maldita reina del juego y tú eres un simple peón —dije con absoluta autosuficiencia—. Así que te sugiero que midas tus pasos, porque nunca vas a estar a mi altura.
Axel estaba a punto de responder cuando la puerta se abrió y mi hermano Noah entró en la cocina para servirse un vaso de jugo.
—¿Todo bien? —preguntó al notar el tenso silencio que se instaló al verlo.
—Todo perfecto, hablábamos de ajedrez —dijo Axel con falsa inocencia—. Tu hermanita se ofreció a enseñarme cómo se juega.
Solté una risa maliciosa, devolviéndole la misma mirada desafiante que brillaba en sus ojos avellana.
—Qué bien —comentó Noah distraído, revisando el teléfono—. ¿Nos vamos, Axel?
—Claro —asintió él.
Noah caminó hacia la salida, no sin antes dejarme el típico beso en la frente de siempre, ese gesto protector que me hacía sentir como una niña pequeña.
—Hasta luego, reina del juego —murmuró Axel al pasar a mi lado, en un susurro que solo yo pude escuchar.
—Cuando quieras te doy la primera clase —le respondí, pasándome la lengua por los labios. Él solo respondió con un guiño antes de desaparecer tras la puerta.
Decidí pasar el resto del día en casa. Por lo general, tras una noche intensa solía ir por un café a Coffee Flower, pero preferí aprovechar mi día libre para descansar.
Subí a mi habitación, fui directo al baño y me preparé una tina con agua tibia, sales minerales y esencia de lavanda. Me recogí el cabello en una coleta alta, me desvestí y me sumergí en el agua. Mientras la tensión abandonaba mis músculos, aproveché para marcarle a Laila, de quien no sabía nada desde la madrugada, cuando insistió en que la dejáramos en su casa.
—¿Hola, chica? —contestó al tercer tono.
—¿Dónde te has metido todo el día?
—¡En casa! —respondió con la voz apagada.
—¿Todo bien? ¿Pasó algo?
—Lo de siempre —dijo, y no me hizo falta escuchar más para entender—. Volví a discutir con mi padre.
—¡No sé cómo soportas a ese viejo decrépito! —exclamé, cansada de la misma historia.
—No lo soporto, solo tengo que aguantarlo hasta terminar la universidad.
—Sabes que aún faltan años para eso. Sabes de sobra que puedes venirte a vivir aquí con nosotros.
—¡Y tú sabes que no quiero incomodar!
—No incomodas a nadie. Esta también es tu familia, y cualquier cosa es mejor que seguir aguantando a tu padre.
—Está bien, déjame pensarlo... ¿sí?
—Como quieras, pero no lo pienses demasiado. Sabes que la oferta no caduca.
La relación de Laila con su padre había sido una basura durante toda su vida.
Ella creció con sus padres y su hermano mayor, Ithan —mi primer amor y el chico con quien perdí la virginidad, pero esa es una historia para otro momento—. Vivían en la ciudad, a pocas calles de nuestra casa. Económicamente no les faltaba nada; su padre, Joel, un hombre con un puesto influyente en el gobierno, se encargaba de darles todos los lujos posibles para proyectar ante la prensa la imagen de una familia ejemplar. Pero al cerrarse las puertas de aquella mansión, la realidad era una pesadilla. Joel era un tipo machista, narcisista y violento que necesitaba tener el control absoluto de todo, imponiendo su voluntad a fuerza de gritos y golpes contra su esposa, Isadora.
Ella, a diferencia de él, era una mujer maravillosa: generosa, noble y una madre devota. En su juventud fue una de las diseñadoras de moda más cotizadas de la industria. Estaba en la cima de su carrera hasta que Joel se cruzó en su camino. Durante su primer embarazo, la manipuló para que dejara el trabajo «temporalmente» para cuidar del bebé. Ese regreso nunca ocurrió, y con el paso del tiempo el monstruo se quitó la máscara, sometiéndola a un infierno de abuso verbal, físico y psicológico que la dejó paralizada por el miedo.
Hasta que un día, Ithan, que tenía diecisiete años, no pudo más. Cansado de ver sufrir a su madre, intervino. Ignoró las súplicas de Isadora y se interpuso cuando Joel se le abalanzó encima para golpearla salvajemente.
Por fortuna, Ithan salió ileso. Esa misma tarde aparecieron en la secundaria donde nos encontrábamos Laila y yo. Recuerdo la angustia que sentí al ver a Ithan tan alterado y descompuesto, cuando él siempre había sido un chico alegre, cariñoso y protector. Se me partió el corazón cuando me pidió que me fuera con él y tuve que negarme porque sabía que las cosas no funcionaban así.
Él no insistió; sabía que la gente de su padre no tardaría en rastrearlos. Me dio un último beso en los labios y me prometió que, en cuanto fuera seguro, volvería por mí.
Solo pude ver cómo se alejaba el amor que me había mantenido a flote, el chico que me ayudó a salir de la depresión tras la pérdida de mis padres y que me enseñó lo que era el amor incondicional.
A las pocas semanas recibí su primer mensaje. Durante dos meses nos mantuvimos en contacto en secreto; me explicaba la situación y me recordaba por qué me había enamorado de él. Hasta que las llamadas y los mensajes empezaron a espaciarse... y un día simplemente cesaron.
No volví a saber de él. No sabía dónde estaba, si estaba a salvo o si algún día volvería a ver su rostro.
Poco más de un año después, mientras caminaba por un centro comercial, vi a alguien que no esperaba volver a encontrar: Laila. Corrí a abrazarla entre lágrimas; desde los cinco años no habíamos pasado tanto tiempo separadas.
Nunca me explicó por qué no estaba con su madre y su hermano; solo me aseguró que ellos estaban bien y que se había separado de ellos meses atrás. Cada vez que intentaba indagar, cambiaba de tema.
A los pocos días del regreso de Laila, recibí un mensaje de un número desconocido que solo decía: (Cuídala). No hizo falta adivinar de quién se trataba.
Ithan nunca me pidió que lo esperara ni me prohibió rehacer mi vida, pero decidí esperarlo de todos modos. Lo hice durante tres largos años, hasta que un día comprendí que no volvería.
Han pasado cinco años desde la última vez que sentí el calor de su abrazo.
La llamada con Laila continuó un rato más. De pronto, cambió de tema y me preguntó qué pasaba entre Axel y yo, recriminándome que no le hubiera contado que tenía «juguete nuevo».
Me quedé desconcertada, sin entender a qué se refería, hasta que entre risas me reveló que la noche anterior la habíamos interrumpido justo cuando estábamos a punto de —según sus palabras— «follarnos con la boca», y cómo yo me había enfurecido con ella por romper el momento.
Laila se burlaba al otro lado de la línea mientras yo intentaba desesperadamente buscar ese recuerdo en mi mente, sin encontrar más que un completo vacío.