Morí anciana, después de gobernar el reino cincuenta años como reina regente: la mujer más poderosa que ha visto esta corte. Y desperté de golpe con dieciséis, el día en que el rey lee el decreto de mi boda.
Lo recuerdo todo. En mi vida pasada tomé a un sexto príncipe sin nombre ni futuro y, con mis propias manos, lo convertí en rey. Me pagó con la traición. Así que lo enterré y goberné en su lugar medio siglo.
Mi hermana Rosalía también renació. Y cree que el secreto de mi poder fue el hombre. Por eso corre a arrodillarse ante el rey para quedárselo.
Pobre tonta. Nunca entendió nada. Al trono no lo hizo el príncipe. Lo hice yo.
A mí me casan con Adrián, el cuarto príncipe: el favorito del rey, envenenado en secreto por la reina, agonizando mientras toda la corte espera la noticia de su muerte. Me miran con lástima, como si me mandaran a un entierro.
No saben que acaban de entregar al príncipe moribundo a la única persona capaz de salvarlo. Sé de medicina. Sé de venenos. Y esta vez no pienso levantar a un traidor: voy a coronar al hombre que todos dieron por muerto.
Quédate con tu príncipe, hermana. Yo hago reyes.
NovelToon tiene autorización de Liora Valcendra para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 20
Capítulo 20 — La muerte súbita de Anselmo
Escena de la reina Beatriz.
Mientras en aquel carruaje dos enamorados se cambian ternezas, al otro lado del reino los nubarrones se amontonan y una atmósfera opresiva lo cubre todo, capa sobre capa.
La reina regresa al ala real con el rostro helado. Aún no ha tenido tiempo de descargar la ira que le hierve dentro cuando un paje entra dando tumbos, tropezando en su prisa.
—¡Mi reina! ¡Mi reina! ¡Es terrible! El chambelán Anselmo… han encontrado a Anselmo muerto en sus aposentos…
El aire se cuaja. La temperatura se desploma de golpe.
El ala real pasa en un instante de la primavera en flor al rigor del más crudo invierno.
La reina clava la mirada en el paje postrado. Se le contraen las pupilas y el rostro se le va poniendo lívido, de un gris ceniciento.
—¿Qué has dicho?
—El chambelán Anselmo libraba hoy, y en sus aposentos lo han hallado… lo han hallado muerto de repente. Llamaron a un médico para que lo examinara, y el médico dice… dice que a Anselmo se le han reventado las entrañas, que alguien lo hirió gravemente por dentro…
¡CRAC!
De un manotazo furioso, la reina barre la mesa: las tazas y las porcelanas caen al suelo. Y como no le basta, toma el jarrón que descansa sobre la mesita del rincón y lo estrella contra la pared.
¡Pum! ¡Pum! ¡Pum!
El jarrón, las piezas de porcelana, todo se hace añicos contra el suelo, saltando en pedazos.
El piso queda sembrado de una alfombra de cascos rotos.
—¡Maldita sea! ¡Maldita sea!
Los sirvientes, con la cara blanca como la cal, se postran aterrados.
—¡Serene su ira, mi reina! ¡Serénese, se lo suplicamos!
La reina aspira hondo. Con una mano apoyada en la mesa, el rostro de maquillaje impecable cubierto de sombras, pregunta:
—¿En manos de quién ha muerto Anselmo?
El paje, temblando, responde:
—Este siervo no lo sabe. Fui a buscar al maestro Anselmo, y me lo encontré… me lo encontré ya sin aliento…
Un hombre vestido de negro se desliza dentro y se arrodilla con la cabeza gacha.
—Las dos doncellas que acompañan a la princesa dominan el arte de la lucha. Las he observado dos noches; tengo la certeza de que no son guardias corrientes. Anselmo estuvo anoche en el palacio del príncipe. Debió de subestimar a sus adversarias.
Aunque Nube y Amaya entraron en aquella casa como simples doncellas de dote, su destreza no es la de ninguna criada, ni siquiera la de una escolta bien adiestrada.
La reina cierra despacio los ojos.
—Entonces, ¿Anselmo no era rival para ellas?
El hombre de negro asiente.
—Así es.
—¿Y qué crees tú que son?
—Parecen agentes de la sombra.
—¿Agentes de la sombra? —A la reina le cambia la cara de golpe—. ¿Cómo va a tener la hija adoptiva de los Montenegro agentes de la sombra a su servicio?
—No me atrevo a asegurarlo. Pero por su modo de pelear, lo parecen. —El hombre baja la cabeza—. Hay algo más. La princesa no sale de la alcoba del príncipe, y ha mandado montar una cocina propia en el Ala de Poniente. Todo lo cocinan allí, con sus propias ayas y doncellas, como si no se fiara de nadie de la casa. Su recelo es extremo.
La reina aprieta los labios y recuerda todo lo que vio hace un rato en el palacio del príncipe.
Sí, había una cocina improvisada. Pero eso no es lo más grave. Lo grave es que el rey, desde que entró hasta que se marchó, ni una sola vez pensó en pasar a sentarse en la alcoba de Adrián.
Y aquel olor a cocimiento que flotaba, tenue, por el patio, tenía algo de raro. No era, desde luego, la medicina que ella misma había ordenado darle a Adrián por medio del ama Ludovica.
¿Qué clase de hechicería ha empleado esa Isabela, capaz de poner de nuevo en pie a un moribundo?
—¡A mí! —La voz de la reina es de hielo—. Que traigan a la princesa Rosalía a palacio. ¡Ahora mismo!
El paje se sobresalta.
—Mi reina, el príncipe Damián y su esposa habían ido hoy a visitar a la familia…
—¡Que lleven la orden al palacio de Damián! Y si aún no han vuelto, ¡que vayan al palacio Montenegro! —brama la reina—. ¡Quiero verla de inmediato!
—Sí, sí, ¡ahora mismo voy! —El paje se retira medio a rastras.
Es discípulo de Anselmo; se llama Andrés, un muchacho pusilánime pero avispado. En su día la reina, encontrando de buen agüero su nombre, ordenó a Anselmo que lo tomara bajo su tutela, pensando en tenerlo un día a mano. Nadie imaginó que Anselmo perdería la vida tan pronto.
A Andrés le tiembla el corazón. Al cruzar el umbral del ala real, no puede evitar alzar la vista al cielo.
A lo lejos todo es un plomo sombrío. Da la impresión de que el tiempo va a cambiar.
Escena del príncipe Damián y Rosalía.
Por fortuna, llevar la orden al palacio de Damián no le resulta difícil, porque Damián jamás se atreve a dar problemas. Y llega en el momento justo: cuando la orden alcanza el palacio, el carruaje de la pareja acaba de detenerse ante la puerta.
—¡Orden de la reina! ¡Se convoca a la princesa Rosalía a palacio!
A Rosalía le da un vuelco el corazón. La mano con que se sujeta al carruaje se le crispa. Con cautela, levanta la vista hacia Andrés.
—Maestro Andrés, ¿sabe para qué me convoca la reina?
—¿Cómo iba yo a adivinar los pensamientos de mi reina? —responde Andrés—. No pregunte tanto, princesa. Arréglese deprisa y venga a palacio.
Damián mira a Rosalía con inquietud.
—¿Quieres que te acompañe?
Rosalía va a asentir, pero Andrés se le adelanta:
—La reina solo ha convocado a la princesa Rosalía. Príncipe, mejor no se acerque a la reina.
Por los ojos de Damián cruza una sombra, y enseguida sonríe.
—Está bien. Gracias por el consejo, maestro Andrés.
Al ver la actitud de Andrés, la desazón de Rosalía crece.
Presiente que esta convocatoria no augura nada bueno, pero una orden de la reina no se desobedece. Con la excusa de volver a casa a cambiarse de ropa, angustiada, le pregunta a Damián qué debe hacer.
Espera que Damián tenga algún modo de salvarla.
Pero Damián —no sabe ella si por disimulo o por auténtico optimismo— se limita a consolarla con dulzura:
—A lo mejor nos estamos preocupando de más. Puede que la reina solo quiera charlar contigo. No te inquietes por ahora.
En el pecho de Rosalía brota un miedo intenso.
Desde que renació, hasta hoy no ha ofendido en nada a la reina. Aunque la reina esté descontenta, debería descargar su rabia contra Isabela, no contra ella. Pero ¿y si… y si el rey le ha concedido privilegios a Adrián y a Isabela?
Rosalía mira el rostro apuesto del hombre que tiene delante. Le arden las ganas de preguntarle una sola cosa: si la reina la maltrata, ¿dará él la cara por ella?
La pregunta, al final, se le queda en la garganta. Asiente despacio.
—Está bien.
Cambiada de ropa, Rosalía sale y sube al carruaje de palacio.
Durante todo el trayecto no deja de conjeturar los propósitos de la reina. Pero, en cuanto pone un pie en el umbral del ala real, todos sus consuelos se revelan una burla.
El ambiente opresivo y asesino se percibe desde muy lejos.
A Rosalía se le doblan las piernas. Le entran ganas de retroceder, pero, llegada aquí, ¿adónde va a huir?
No le queda más que seguir adelante, apretando los dientes.
Cuanto más se acerca al salón principal, más la golpea esa atmósfera plomiza.
Con el corazón desbocado, baja la vista y cruza el umbral. Lo primero que ve es el suelo hecho un desastre, sembrado de cascos de porcelana; ni siquiera se atreve a arrodillarse a la ligera.
Para no clavarse las esquirlas en las rodillas, no se acerca. Se arrodilla lejos.
—Su hija política, Rosalía, la saluda, mi reina. Larga vida y ventura a mi señora.
La reina observa con ojos fríos su cálculo. La mirada sombría.
Su dama de confianza, doña Nieves, dice con voz neutra:
—Princesa, tan lejos como está, cuando la reina hable, ¿la oirá bien?
A Rosalía se le hunde el corazón. Aprieta los labios hasta que casi se le quedan sin color. Desde que vio el suelo cubierto de fragmentos supo que este trance no sería llevadero.
Se pone en pie, blanca como el papel, avanza unos pasos hasta un rincón con menos esquirlas y se arrodilla casi con los ojos cerrados. Aun con todo el cuidado, un casco afilado se le hunde en la rodilla; el dolor le arranca a punto un grito, pero no se atreve.
—Le presento mis respetos, mi reina. Que Dios le conceda una larga vida.
La voz de la reina es gélida como una serpiente.
—Rosalía, tienes agallas. Te has atrevido a engañarme.
menos mal q no estoy en su lista negra 😂😂
ampliamente recomendada
una verdaera joya!!!!👌🏻