Dante Vassari es un poderoso alfa y jefe de una de las organizaciones mafiosas más temidas. Hace años perdió el olfato tras un misterioso atentado, y con él perdió toda posibilidad de encontrar a su destinada. Hasta que una nueva becada llega a su empresa. Aria Moretti es inteligente, obstinada y demasiado sincera para su propio bien. No le teme a Dante y no duda en señalar los errores de sus proyectos, aunque eso signifique enfrentarse al hombre más poderoso de la empresa. Lo que ninguno de los dos sabe es que su encuentro no es una casualidad. Porque quizá la destinada que Dante lleva años buscando siempre estuvo más cerca de lo que imaginaba.
NovelToon tiene autorización de maleramram para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
No eres mi dueño
Aria estaba guardando unos documentos cuando la voz de Dante la detuvo.
—Moretti, necesito hablar con usted.
Ella cerró la carpeta y lo miró por encima del hombro.
—¿Sobre el proyecto?
—Sobre su comportamiento.
Aria frunció el ceño.
—¿Mi comportamiento?
Dante salió de detrás de su escritorio, impecable como siempre, con esa expresión fría que parecía hecha para intimidar a cualquiera.
A cualquiera menos a ella.
—Últimamente parece tener demasiado tiempo libre.
—Curioso. Yo diría que trabajo más que varios empleados de esta empresa.
—No me refería a su trabajo.
Aria cruzó los brazos.
—Entonces sea más específico, señor Vassari. No tengo la capacidad de leerle la mente.
La mandíbula de Dante se tensó.
—Ese hombre. Ferrer.
Aria tardó un segundo en comprender.
Después soltó una risa incrédula.
—¿Mateo?
—No veo qué tiene de gracioso.
—Nada. Es que pensé que quería hablar de algo importante.
—¿Le parece poco importante que se distraiga durante el horario laboral?
—No me distraigo. Y si tiene alguna queja sobre mi desempeño, puede mostrármela.
Dante no respondió de inmediato. No tenía ninguna queja que pudiera justificar aquella conversación.
Lo sabía.
Y ella también.
—No creo que sea una buena idea involucrarse con alguien de la empresa —dijo finalmente.
Aria dejó la carpeta sobre la mesa.
—¿Desde cuándo le preocupa mi vida sentimental?
—Soy su jefe. Me corresponde asegurarme de que las relaciones personales no interfieran con el trabajo.
—Entonces quédese tranquilo. Mi vida sentimental no ha interferido ni una sola vez con mis responsabilidades.
—Todavía.
Aria lo observó, cada vez más molesta.
—¿Todavía? ¿Qué significa eso?
Dante mantuvo el rostro inexpresivo, pero por dentro su lobo caminaba de un lado a otro, irritado por una conversación que él mismo había provocado.
No quería imaginarla cenando con Ferrer.
No quería pensar en aquel hombre haciéndola reír, acercándose demasiado o creyendo que tenía alguna oportunidad con ella.
Y lo peor era que no tenía ningún derecho a sentirse así.
—Significa que espero que mantenga las cosas profesionales —respondió.
Aria dio un paso hacia él.
—Pues usted también debería hacerlo.
Dante alzó ligeramente las cejas.
—¿Perdón?
—Me escuchó perfectamente. Usted es mi jefe, no mi pareja. No tiene derecho a decidir con quién salgo, con quién ceno ni quién puede hacerme reír.
—No estoy intentando decidir nada.
—Entonces deje de comportarse como si pudiera hacerlo.
El silencio que siguió fue incómodo.
Dante estaba acostumbrado a que las personas bajaran la mirada cuando él endurecía la voz. A que obedecieran antes de que tuviera que repetir una orden.
Aria, en cambio, parecía cada vez más decidida a discutir con él.
Y una parte absurda de Dante admiraba esa valentía.
—¿Le interesa tanto Ferrer? —preguntó.
Aria parpadeó, sorprendida por la pregunta.
—Eso no es asunto suyo.
—Solo he preguntado.
—Y yo le estoy diciendo que no es asunto suyo.
Dante apretó los dientes.
—Es un hombre demasiado amable.
Aria soltó una carcajada.
—¿Ahora también va a criticar que alguien sea amable?
—No confío en las personas que intentan agradar a todo el mundo.
—Qué tragedia. Supongo que por eso usted se esfuerza tanto en caerle mal a todos.
Dante la miró fijamente.
Aria se arrepintió de la frase durante exactamente medio segundo.
Después decidió que había sido bastante precisa.
—¿Siempre tiene que tener la última palabra? —preguntó él.
—No. A veces me conformo con que la otra persona diga algo inteligente.
Dante debería haberla despedido.
Debería haberle recordado quién firmaba su contrato y quién podía terminarlo con una sola llamada
Pero no lo hizo.
Porque, por primera vez en mucho tiempo, discutir con alguien le resultaba más interesante que ganar.
—Puede retirarse —dijo finalmente.
Aria recogió la carpeta.
—Con mucho gusto.
Llegó a la puerta, pero antes de salir se volvió.
—Una cosa más, señor Vassari.
—¿Qué?
—Si vuelve a citarme en su oficina para hablar de con quién salgo, voy a empezar a cobrarle como asesora sentimental. Y le advierto que mis honorarios son altos.
La puerta se cerró antes de que Dante pudiera responder.
Durante varios segundos, él permaneció inmóvil.
Entonces escuchó la voz de Luca desde el otro lado de la puerta.
—¿Todo bien, jefe?
—Perfectamente.
—¿Y por qué parece que acaba de perder una guerra?
Dante abrió la puerta de golpe.
Luca, apoyado contra la pared con una taza de café, levantó las manos.
—Solo preguntaba.
—¿No tienes trabajo?
—Muchísimo. Pero verte sufrir es una actividad que no puedo abandonar.
Dante le arrebató la taza, bebió un sorbo y descubrió que estaba fría.
—Fuera de mi vista.
Luca sonrió mientras se alejaba.
—Claro. Y trata de no despedir al pobre Ferrer por invitar a cenar a una mujer soltera.
Dante estuvo a punto de lanzarle la taza.
Afortunadamente para Luca, decidió conservarla.
Por ahora.
...⸻...
A las seis de la tarde, Aria salió del edificio con el bolso al hombro y el teléfono en la mano.
Mateo la esperaba junto a la entrada.
—¿Lista para el viernes? —preguntó él con una sonrisa.
—Lista para sobrevivir a la semana. Lo del viernes es una recompensa.
—Entonces prometo que la cena estará a la altura.
Aria sonrió.
—Eso espero, Ferrer.
No vio a Dante observándolos desde el ventanal de su oficina.
Él sí vio cómo Mateo le abría la puerta del automóvil.
Vio cómo Aria le agradecía con una sonrisa
Y vio cómo se marchaban juntos, aunque solo habían acordado cenar otro día.
Su lobo gruñó en lo profundo de su mente.
No queremos que esté con él.
Dante cerró los ojos.
—No es nuestra —murmuró.
La respuesta llegó como un gruñido bajo, obstinado.
Entonces, ¿por qué nos duele verla irse?
Dante no tuvo respuesta.
Y eso lo enfureció más que cualquier desafío de Aria.
Porque podía controlar una empresa, un imperio criminal y a los hombres más peligrosos de la ciudad.
Pero no podía controlar lo que sentía cada vez que aquella mujer sonreía a otro hombre.
Y mucho menos podía obligarse a dejar de mirarla.
...⸻...
Esa noche, Aria estaba en su habitación cuando recibió un mensaje de Mateo confirmando la hora de la cena.
Respondió con un simple: «Perfecto. Nos vemos el viernes».
Dejó el teléfono sobre la cama y se dirigió al baño.
No sabía que, a varios kilómetros de allí, Dante seguía despierto, mirando una copa de whisky sin probarla.
Tampoco sabía que, por primera vez en diez años, el lobo del poderoso Dante Vassari no estaba pensando en negocios, enemigos ni sangre.
Solo pensaba en ella.
Y comenzaba a cansarse de esperar.