Aurora Medina llega a la capital con una misión: domar al grupo más rebelde del exclusivo Colegio Altamira, un aula de hijos de millonarios que ya hizo renunciar a cinco tutores. Lo que no imagina es que, detrás de esos dos gemelos insoportables que le declaran la guerra, se esconde el hombre que le rompió el corazón doce años atrás… justo antes de llegar al altar.
Alejandro Bustamante lo tiene todo: dinero, poder y una frialdad que congela salas de juntas. Todo, menos a la única mujer que amó. Cuando el destino vuelve a cruzar sus caminos, él está dispuesto a usar cualquier arma para reconquistarla. Incluso a sus propios hijos.
Pero entre ellos hay una herida vieja, una verdad enterrada y una mentira que destruyó dos vidas. Y mientras el hielo empieza a derretirse, no todos quieren ver a Aurora convertida en la nueva señora Bustamante…
¿Podrá Aurora perdonar el pasado y aceptar el lugar que el destino le tenía reservado: el de madre de los hijos del hombre al que juró no volver a amar?
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Capítulo 16
Mateo y Martina llevaron entusiasmados a su maestra hasta el garaje principal de la residencia Bustamante. En cuanto se abrió la puerta automática, un espectáculo de lujo apareció ante sus ojos. Aquel espacio amplísimo y reluciente albergaba más de diez autos de lujo, alineados con esmero como en una sala de exposiciones.
Alejandro pasó al frente con paso firme y pulsó un botón de su llave inteligente. Un Lamborghini blanco de diseño aerodinámico y muy imponente emitió un suave bip-bip, seguido del destello de sus luces. Aquel superdeportivo tenía solo dos asientos, uno para el conductor y otro para el acompañante. Un espacio de lo más íntimo, que Alejandro había elegido a propósito para que no quedara ninguna distancia entre ambos.
Martina le dio un codazo a su padre entre risitas. —¡Papá, lleva a nuestra maestra sana y salva! ¡Ojo, que no le pase ni un rasguño! —bromeó.
Mateo se sumó con una leve sonrisa. —Pero estoy seguro de que papá sabrá cuidar de la profesora Aurora y llevarla a su destino sana y salva.
—Ay, ustedes siempre con sus cosas —respondió Aurora con una sonrisa avergonzada, tratando de disimular sus enormes nervios.
Antes de subir al auto, Aurora paseó la mirada hacia la puerta que comunicaba con la casa principal, buscando a doña Carmen para despedirse. Pero la señora no dio señales de vida por ninguna parte. Aurora no sabía que, detrás de la fría columna del muro de la sala, doña Carmen estaba escondida, con el pecho oprimido, conteniendo una rabia ardiente.
Al fin, Aurora se acomodó en la cabina baja y ultramoderna del Lamborghini. Alejandro la siguió en el asiento del conductor. El lujoso auto se deslizó despacio y con suavidad al salir de la mansión Bustamante, mientras la imponente reja de hierro se cerraba automáticamente tras ellos.
Aurora, que en sus ratos libres disfrutaba muchísimo viendo telenovelas coreanas, sintió de pronto como si estuviera dentro de una de aquellas escenas. Atravesar la tormenta, montada en un auto de lujo junto a un hombre apuesto y poderoso: la situación se sentía irreal por completo. Aurora respiró hondo, esforzándose por controlar los latidos de su corazón, que empezaba a comportarse de forma extraña.
Mientras tanto, tras el volante, Alejandro esbozaba una sonrisa dichosa que no lograba contener. Poner a Aurora como profesora particular de los gemelos los fines de semana había resultado ser la mejor decisión que había tomado jamás. Le daba una oportunidad de oro para quedarse a solas y volver a acercarse a la mujer que no había desaparecido de su corazón ni un solo segundo.
El ambiente dentro del auto era de un silencio absoluto. Solo se oía el ronroneo suave pero potente del motor deportivo, entremezclado con el chirrido de los limpiaparabrisas y el repiqueteo de la lluvia que golpeaba con fuerza el cristal delantero, interrumpido de tanto en tanto por el estruendo de algún relámpago en el cielo de la ciudad. Alejandro miró de reojo a Aurora, que seguía callada, con la vista clavada en la ventanilla. No sabía cómo empezar una conversación sin que ella marcara todavía más las distancias.
Tras sopesar las palabras, Alejandro por fin se armó de valor para hablar.
—Oye… ¿dónde estudiaste, Aurora? ¿Cómo lograste llegar a ser una maestra tan exitosa como ahora? Al final de veras alcanzaste el sueño que tenías —preguntó Alejandro con suavidad, intentando llevar la charla hacia un terreno más distendido.
Al oír la pregunta, Aurora sonrió con sarcasmo sin volverse. Pero, como se dio cuenta de que esta vez la pregunta de Alejandro seguía dentro de lo razonable y no invadía su intimidad, decidió responder con un tono frío aunque relajado.
—Estudié en la universidad pública de Villaflor. Se dio la casualidad de que me presenté a una beca y quedé —respondió Aurora, con la voz neutra. Hizo una pausa, contemplando las gotas que resbalaban por el cristal—. Después de aquel episodio bochornoso de hace doce años, decidí irme lejos, a Villaflor. Me alojé en casa de mi tía Raquel, que casualmente daba clases allí como profesora universitaria. Gracias a Dios, con su orientación y su apoyo, conseguí una beca completa hasta terminar la licenciatura.
Aurora contó esa parte con un tenue brillo de orgullo en los ojos, aunque detrás de ese logro había tenido que atravesar la amargura más honda, la que casi le arrebató la cordura.
Al escuchar la expresión "episodio bochornoso" salida directamente de labios de Aurora, a Alejandro le pareció que le arrojaban una piedra enorme al pecho. Un dolor punzante le recorrió el corazón. Sabía muy bien a qué se refería Aurora: a una herida del pasado que él mismo había abierto por su impotencia frente a su padre de entonces.
Sin embargo, Alejandro prefirió contenerse. No quería arruinar aquel momento tan valioso desatando una discusión sobre un pasado cuya explicación Aurora aún no estaba lista para oír. Solo pudo quedarse callado, aferrando con fuerza el volante, con un millón de culpas que se le acumulaban cada vez más.
El trayecto, que al principio había sido fluido, empezó a hacerse lento. Aquel sábado por la tarde, ya cayendo la noche, la lluvia amainaba poco a poco y dejaba el asfalto mojado, brillante por el reflejo de las luces de la ciudad. Como era sábado por la noche, las avenidas principales se llenaron de golpe de vehículos. Muchos jóvenes y parejas de enamorados salían en tropel a disfrutar de la vida nocturna y la comida callejera. El aire de la capital, por lo general caluroso y agobiante, se había vuelto fresco y limpio después del aguacero.
El Lamborghini blanco de Alejandro terminó también atrapado en uno de esos largos atascos tan típicos de la gran urbe. En realidad, como conocía la ciudad al dedillo, Alejandro sabía perfectamente cuáles eran los atajos para esquivar el tráfico y llegar pronto a la casa de Aurora. Pero, a propósito, no tomó ninguna de esas rutas alternativas. Quería alargar el tiempo para disfrutar de aquel momento a solas, tan poco común, con su antiguo amor.
En medio del silencio y de la tenue neblina que se veía tras la ventanilla, los recuerdos de Alejandro volvieron a volar hacia el pasado. Se acordó de una noche de sábado de hacía más de una década, en aquel pueblo. Aquella vez habían ido a ver una película al aire libre en la plaza, proyectada con motivo de las fiestas patrias. Con solo un periódico viejo por alfombra para sentarse sobre el césped, acompañados de una bolsa de maní hervido, unas mazorcas de maíz dulce y calientes, y un vaso de ponche de canela para espantar el frío, se reían a carcajadas junto a los vecinos. Sencillo, pero de una belleza inmensa.
Alejandro sonrió apenas, a solas, evocando aquellos que habían sido los momentos más felices de su vida. La ensoñación se deshizo cuando su auto por fin se acercó a la zona empresarial del centro. En lugar de encaminarse hacia la ruta de la casa de Aurora, Alejandro giró el volante y la llevó al estacionamiento de un restaurante de lujo del centro de la ciudad.
—Aurora, resulta que en la casa solo comimos pastelitos y bocadillos. Quiero invitarte a cenar aquí como agradecimiento por haber guiado tan bien a Mateo y a Martina el día de hoy —dijo Alejandro después de apagar el motor.
Aurora se volvió, frunciendo hondamente el ceño. Alcanzó a abrir la boca para rechazarlo con firmeza. Pero desistió al ver la mirada obstinada de Alejandro. Aurora conocía muy bien el carácter del hombre que tenía al lado: cuando Alejandro quería algo, no aceptaba una negativa. Como no tenía ganas de provocar una discusión interminable dentro del auto, terminó soltando un suspiro de resignación y accedió a la invitación. Alejandro sonrió de oreja a oreja al conseguir su aprobación.
Los dos entraron y eligieron una mesa en un rincón bastante tranquilo. El local tenía un ambiente muy romántico, con una luz cálida y una suave melodía instrumental de fondo.
Pero, apenas llevaban un rato sentados y acababan de pedir la comida, Alejandro se corrió de pronto hasta quedar muy cerca. Sin previo aviso, pasó el brazo alrededor de los hombros de Aurora y la estrechó con fuerza.
Aurora dio un respingo del susto. Se le tensó el cuerpo al instante y clavó en él una mirada afilada, llena de rabia. —Usted… ¡suélteme, Alejandro! ¡No sea atrevido! —siseó Aurora, furiosa, tratando de sacudirse el brazo de él de encima.
—Shhh… quieta, Aurora. Por favor, quédate así un momento, solo un momento —le susurró Alejandro deprisa, con un tono apremiante. Sus ojos miraban fijamente el rostro de Aurora, mientras el brazo, en cambio, apretaba aún más el abrazo para que ella no pudiera escaparse.
Aurora, desconcertada y muerta de fastidio a la vez, terminó por seguir la dirección de la mirada de Alejandro. Resultó que, cerca de la entrada del restaurante, se distinguía la figura de una mujer muy elegante que desde hacía tiempo perseguía a Alejandro por intereses de negocios y por su obsesión personal. Alejandro de veras no esperaba cruzarse con aquella mujer tan insoportable en ese lugar: una intromisión indeseada que amenazaba de golpe la calma de su momento a solas con Aurora.
*Continuará…*