Después de encontrar a Emilio con Paola en la habitación 1208, Ximena no quiere volver a saber de ninguno de los dos. Por eso le sorprende que, al día siguiente, Leonardo Aldama —el padre de Emilio— aparezca para disculparse. No intenta justificar a su hijo. Solo le dice que no la merecía.
Ximena tiene veintiséis años y una vida que se ha construido sola. Leonardo, cuarenta, enviudó hace años y está acostumbrado a resolverlo todo. Con ella aprende a esperar: primero un café, luego otro; una llamada que se alarga y un beso que ninguno sabe cómo explicar.
Emilio sigue siendo parte de sus vidas, y Ximena no piensa hacerse pequeña para encajar en la familia Aldama. Pero cada vez le cuesta más fingir que Leonardo es solo el padre de su ex.
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Capítulo 24
Capítulo 24: Veinte minutos
—¿Te enfermaste de extrañarme?
Regina estaba en la puerta de la cocina con un traje gris Oxford, una maleta de mano y cara de no haber dormido en el avión. Eran las ocho menos veinte de la mañana.
La tía Chayo, frente a ella, tenía una taza de té en la mano, la frente empapada y la playera pegada a la espalda. En la tele de la sala todavía sonaba la música de Zumba.
En la muñeca, el reloj que le había regalado Regina en Navidad marcaba ciento cuarenta y dos pulsaciones.
La tía tosió. Una tos muy débil, muy de enferma.
Ximena, sentada a la mesa junto al tío, se tapó la boca con la servilleta.
—Mamá. —Regina dejó la maleta y caminó hasta el refri, donde había una hoja pegada con un imán de la Virgen. La despegó—. A ver. Doctor Beristáin. Presión alta, palpitaciones, insomnio. —Le echó un ojo al reloj de su mamá—. Y según tu reloj, cuarenta minutos de Zumba. Diagnóstico: extrañitis aguda.
—Ay, Regi…
—Yo le dije que no se hiciera la enferma —dijo el tío, sirviéndose más café.
Ximena esperó el regaño. Regina había dejado a medias la última ronda de una fusión en Nueva York; se lo había escrito anoche desde la sala de abordar, con un solo emoji de cuchillo. Pero Regina no regañó a nadie.
Dejó la hoja en la mesa y abrazó a su mamá así, sudada y todo, con los ojos cerrados, más rato del necesario.
—La próxima vez nomás dime que me extrañas —le dijo al oído—. Y me vengo igual.
La tía lloró un poquito. Luego se le pasó, porque la tía nunca aguantaba un secreto más de cinco minutos seguidos.
—Además, no te hice venir de balde —dijo, limpiándose la cara con la toalla del cuello—. Tu prima tiene novio. Leonardo Aldama.
Regina se sentó. Se sirvió café. Se lo llevó a la boca. Lo bajó sin tomarlo.
—¿Aldama?
Ximena sintió los ojos de su prima como dos alfileres.
—¿El papá del inútil?
—Regi…
—Un viudo con un hijo de veintidós. —Regina dejó la taza en la mesa con un clic muy preciso—. De tal palo, tal astilla, Xime. El hijo ya te hizo lo que te hizo.
—No es igual.
—No he dicho que sea igual. He dicho que es la misma casa. —Regina entrelazó los dedos sobre la mesa. Ximena la había visto hacer eso por videollamada con otros, nunca con ella—. Y no es solo él. Te van a decir interesada. En la universidad, en las revistas, en todos lados. La profesora que se consiguió al papá del ex. Tu definitividad, tu SNII, todo lo que te costó, se lo van a colgar a él.
Ximena apretó el jarrito entre las manos. Porque era cierto. Porque lo había pensado sola, más de una noche.
—A tu papá y a mí ya nos convenció —dijo la tía.
Regina miró a su papá. El tío se encogió de hombros y siguió con sus huevos.
En el respaldo de la silla de Ximena colgaba un abrigo gris oscuro, de hombre, que le quedaba enorme. Regina lo vio. Levantó una ceja.
—Hoy en la noche —dijo—. Pozole. Tú y yo.
Ximena dio sus clases como pudo. A las cuatro se equivocó de siglo delante de treinta alumnos y nadie se dio cuenta, lo cual fue peor.
A las siete en punto estaba sentada en la pozolería que había escogido Regina, la de siempre, a tres cuadras del jardín, en el gabinete junto a la ventana. Regina llegó a las siete y dos, ya sin saco, con la blusa arremangada, y pidió sin ver el menú.
—Verde, grande, con todo. Y tostadas. —Se volvió hacia Ximena y sacó el celular como si fuera a tomar notas—. ¿Cuánto mide?
—¿Qué?
—Altura.
—No sé. ¿Uno ochenta y seis?
—¿Uno ochenta y seis o no sabes?
—No le he medido, Regi.
—¿Cuánto pesa?
—¡No le he preguntado!
—¿Hace ejercicio?
—Jiu-jitsu. Martes y jueves.
—¿Enfermedades en la familia? ¿Presión? ¿Diabetes? ¿Corazón?
Ximena la miró por encima del plato. Se sentía como en la primaria, cuando la maestra pasaba lista y ella no había hecho la tarea.
Regina deslizó el celular sobre la mesa. En la pantalla había un organigrama que Ximena no entendía y que no quería entender.
—Grupo Aldama tiene el control de siete empresas que cotizan en bolsa. Siete. Y fideicomisos afuera, en lugares con playa y sin impuestos. —Le dio un toquecito a la pantalla con la uña—. Y tú eres profesora. Con sueldo de profesora. ¿Entiendes lo que te digo? Él puede comprarte una casa sin darse cuenta. Tú no puedes comprarle ni un saco sin pedir un préstamo.
Llegaron los platos. Ximena le echó limón al suyo sin prisa. Luego dejó la cuchara.
—¿Quieres saber cómo es? Te digo cómo es. —Contó con los dedos—. La noche que me puse hasta atrás, él estaba abajo. Me dio agua con miel, me tapó con su saco, se durmió en el sillón y en la mañana me hizo caldo.
Regina no dijo nada. Masticaba una tostada.
—La primera vez que le dije que parara, paró. —Bajó la voz—. Sin cara, sin reproche. Paró y ya.
La tostada se detuvo a medio camino.
—Y se acuerda de todo lo que digo. Todo. En una cena estornudé por el perfume de una señora, dos veces, y a las semanas me regaló una crema sin olor. —Ximena encogió un hombro—. Nadie me había escuchado así, Regi. Nunca.
Regina dejó la tostada en el plato.
—Mi papá dice que en los contratos no regatea, pero lee cada cláusula —dijo, despacio, como leyendo un reporte—. Y mi mamá me contó, tres veces, que anoche él solito levantó las tazas y las llevó a la cocina.
—¿Ves?
—No veo nada. Anoto. —Pero ya no tenía los dedos entrelazados—. El matrimonio es un gobierno de coalición, Xime. Cada uno llega con sus intereses, se reparten el poder y, si se rompe, gana el que leyó mejor el acuerdo.
—Mi tía manejó toda una noche por mí. —Ximena la miró de frente—. Eso no es una coalición.
Regina se quedó callada. Un segundo. Dos.
Luego levantó su vaso de agua de jamaica y lo chocó contra el de Ximena, sin brindis, sin decir nada.
Se tomó la mitad del vaso. Se limpió la boca con la servilleta y miró por la ventana, hacia la calle, donde empezaba a pasar la gente con las bolsas del mercado.
—Que venga ya.
—¿Ahorita?
—Ahorita. Sin avisarle nada. Quiero verlo sin preparación.
Ximena sacó el celular. Eran las siete y dieciocho. Escribió: Estoy con Regina en una pozolería a tres cuadras del jardín de Coyoacán. Te mando la ubicación. Quiere conocerte. Ya.
No alcanzó a dejar el celular en la mesa.
Veinte minutos. Todavía me acuerdo de cuando me bajó tres millones de dólares en una valuación.
Le pasó el celular a Regina. Regina lo leyó dos veces. Levantó una ceja, la misma de la mañana.
—¿Se acuerda? —Le devolvió el teléfono—. Bien.
Pidió otro vaso de jamaica. Luego se acomodó en el gabinete, de frente a la puerta, se arremangó la blusa un poco más arriba y puso el reloj sobre la mesa, al lado del plato, con la carátula hacia ella.
Ximena no dijo nada. Se le había olvidado cómo se respiraba normal.
A las siete y treinta y ocho sonó el llamador de viento de la puerta.