Elena Marín ha construido una vida perfecta sobre la precisión de su trabajo como restauradora de arte: reparar lo roto y disimular las grietas. Sin embargo, la noche en que su prometido, el influyente magnate Julián Valdés, es brutalmente asesinado, su fachada de control se desmorona por completo.
Mientras las pistas comienzan a incriminarla y una sustancia sintética amenaza la claridad de sus propios recuerdos, Elena deberá descifrar la verdad detrás del imperio Valdés antes de que las mentiras reprimidas y la trampa orquestada a su alrededor la condenen para siempre.
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CAPÍTULO 19: LAS CUENTAS EN SUIZA
Elena y Damián se inclinaron sobre la desgastada mesa de madera, sumergiéndose en el halo de luz amarillenta y vacilante que proyectaba la lámpara de queroseno. Damián, con la respiración contenida y dedos ágiles, abrió la carpeta repleta de sellos bancarios internacionales, desplegando con cuidado varias hojas de papel térmico que contenían los extractos detallados de cuentas confidenciales en Zúrich.
—Estas no son cuentas corporativas oficiales ni pertenecen a la firma —murmuró Damián, escaneando con la mirada atenta cada número de identificación financiera—. Todas están registradas a nombre de una sociedad pantalla offshore con sede en Panamá, bajo la denominación de Lombardia Art Holdings.
Elena tomó una de las páginas y revisó minuciosamente la columna de transferencias salientes correspondientes a los últimos tres años. Las cifras que aparecían en el papel eran sencillamente astronómicas: depósitos mensuales constantes de doscientos mil dólares destinados a cuentas no nominativas. Sin embargo, al llegar a la última hoja —aquella que registraba los movimientos del mes anterior al trágico asesinato de Julián—, un movimiento en particular hizo que a Elena se le helara la sangre en las venas.
Un depósito específico de cincuenta mil dólares figuraba destinado a una cuenta corriente de la banca local cuyos últimos cuatro dígitos resultaban escalofriantes. Coincidían exactamente con el año de nacimiento del detective Gabriel Prado: 1988.
—Mira esto, Damián —susurró Elena, señalando el renglón con la punta metálica de su bisturí de restauración mientras sentía un escalofrío recorrerle la espalda—. Julián no solo estaba siendo investigado formalmente por Gabriel... Julián le estaba transfiriendo dinero directamente a una cuenta cuyo código está vinculado a su fecha de nacimiento personal.
Damián apretó el puño con violencia sobre la mesa, haciendo que la madera crujiera en la quietud de la casa vacía.
—O Prado estaba extorsionando directamente a mi hermano a cambio de retrasar o alterar los informes de la fiscalía, o Julián lo tenía comprado en el bolsillo desde mucho antes de que asumiera oficialmente el caso —dijo Damián, con la voz cargada de una rabia contenida—. Eso explica perfectamente por qué Prado se presentó tan extrañamente rápido en la escena del crimen y por qué el arma homicida apareció tan convenientemente sembrada en mi finca.
—No podemos asegurar de forma definitiva que esa cuenta pertenezca a Gabriel hasta no verificar los registros oficiales del banco central —advirtió Elena, haciendo un esfuerzo sobrehumano por mantener la mente fría y analítica—. Si presentamos esta hoja a la fiscalía sin una prueba irrefutable, Gabriel argumentará de inmediato que se trata de un montaje orquestado por la familia Valdés para incriminarlo y desviarle la atención.
—En ese caso, necesitamos encarar al hombre que estructuró técnicamente cada una de estas cuentas —dijo Damián, poniéndose de pie de golpe mientras la sombra de su figura se proyectaba sobre las paredes de la habitación—. Debemos encontrar al contable de Julián, Marco Barrientos. Él es el único sujeto que posee la clave de encriptación necesaria para abrir los archivos maestros de Lombardia Art Holdings.
Antes de que Elena pudiera articular una respuesta, el teléfono de encriptación prepago que Damián le había entregado en el vehículo comenzó a vibrar rítmicamente sobre la mesa, emitiendo un zumbido seco contra la madera. Elena bajó la mirada hacia la pantalla de cristal líquido, donde un número desconocido y sin identificación de origen parpadeaba de manera amenazante en medio de la penumbra.