Luego de la cuarta guerra contra los oscuros, objetos fueron confiscados por la diosa luna y fueron guardados en el único lugar que en el que nadie se atrevería a poner un pie.
La Academia Luna Sangrienta...
Cuyo sitio mantiene bajo resguardo las reliquias de Selene...
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Capítulo 19: Aisha, la Guardiana del desierto
AERYN
Miré la arena y esta comenzaba a moverse como un remolino hacia abajo. Mi magia se agitó bajo las yemas de mis dedos. No era paranoia, no era mi imaginación.
El desierto era demasiado tranquilo, pacífico. Demasiado. El viento había dejado de soplar y el silencio sepulcral que se instaló era brutal y absoluto. Fue entonces que lo vi...
—¡Maldita sea! ¡La arena se está moviendo!—Exclamé.—¡No se muevan!
Era tarde. El suelo bajo nuestros pies se movía como remolinos enormes y este bajaba nuestros pies hundiéndolos. Arenas movedizas. Y no eran normales.
—¡Carajo!—Jayden saltó hacia atrás. Dmitri reaccionó más rápido.
Mis manos se iluminaron con destellos azules mientras invocaba una corriente de viento, el aire giraba a mi alrededor, mis pies se elevaron abandonando el suelo, pero antes de poder elevarme demasiado sentí un brazo sujetándome de la cintura. Miré y era Dmitri, lo hizo por instinto.
—No te alejes—gruñó.
—No pensaba hacer eso.
—Bruja mentirosa.
Pero no me soltó. El viento nos elevó varios metros por encima de la arena mientras los remolinos crecían debajo de nosotros.
Jayden realizó con rapidez un hechizo propio. Runas plateadas aparecieron alrededor de sus botas. Su cuerpo elevó apenas unos centímetros, lo suficiente para no ser arrastrado.
Adler ni siquiera pareció preocupado. Realizó un gesto con una sola mano. Y solo comenzó a caminar sobre el aire. Lo odié un poco.
—Presumido—murmuró Jayden.
—Lo sé—Respondió Adler restándole importancia.
Las arenas continuaron moviéndose. Entonces pasó. La arena empezó a elevarse.
Miles de partículas doradas ascendieron con lentitud formando una figura humana. Primero una silueta apareció. Luego un rostro, después una túnica. Y después una túnica. Finalmente, unos ojos dorados intensos tan antiguos como el mismo desierto.
Una mujer. Hermosa. Serena. Y aterradora.
Su cabello oscuro caía hasta la cintura y estaba adornado con joyas antiguas de oro y lapislázuli.
Su piel tenía el tono cálido de la arena bañada por el sol.
Y su presencia...
Su presencia era inmensa. Como una tormenta esperando despertar.
—Guardianes de Luna Sangrienta...—Su voz parecía surgir del viento.—Han venido.—Nadie dijo nada. Porque varios segundos. Segundos que incluso hicieron que Adler permaneciera en completo silencio. La mujer inclinó apenas la cabeza.—Mi nombre es Aisha.
Mi corazón dio un vuelco. Ella era la sacerdotisa, la misma mujer de la leyenda. Dueña del talismán. Misma mujer que maldijo al Jeque de los Thamud.
—Pensé que estaba muerta—dijo Jayden. Adler cerró los ojos. Yo también.
Porque esa era una pregunta increíblemente estúpida. Pero para nuestra sorpresa, Aisha sonrió.
—De hecho lo estoy.—Eso no fue de ayuda. En absoluto.—La sacerdotisa descendió suavemente hasta quedar de pie sobre una duna cercana. No parecía un espíritu, parecía... alguien completamente real.—Han venido por el talismán.
No fue una pregunta. Fue una afirmación.
—Así es.—respondió Adler. Aisha observó el horizonte durante unos segundos. Su expresión se volvió distante. Melancólica.
Como si recordara algo ocurrido siglos atrás.
El viento se intensificó. Las dunas comenzaron a desplazarse a nuestro alrededor. Y por primera vez comprendí que ese desierto entero obedecía su voluntad.
—No deben acercarse a la tumba del Jeque.—El tono de su voz cambió. Más frío. Más severo.—Mucho menos tocarla.
Sentí un escalofrío recorrerme.
—¿Por qué?—Pregunté. Los ojos dorados de Aisha se endurecieron y se encontraron con los míos. Y vi un momentáneo dolor en ellos. Mucho dolor y desesperación.
—Porque la maldición sigue viva.—El silencio regresó.—Ese hombre deseó poseer lo que nunca le perteneció.—Su voz se volvió amarga.—Intentó arrebatarme mi voluntad. Y cuando no lo consiguió intentó destruirla.—Las dunas comenzaron a oscurecer alrededor de ella. La arena parecía reaccionar a sus emociones.—Por eso lo maldije.
Nadie dijo nada. No hizo falta. Todos entendíamos perfectamente, Aisha levantó una mano. Y las dunas se abrieron. Un antiguo camino apareció frente a nosotros.
Oculto bajo siglos de arena.
—Yo era una sacerdotisa de la Diosa Selene. Ahora soy la Guardiana del desierto.—Su mirada recorrió el horizonte infinito.—La maldición me ató a este lugar. Mi deber es proteger este lugar de quienes buscan poder donde solo existe sufrimiento.—Por primera vez entendí por qué continuaba allí. No era un castigo, era una responsabilidad. Una que había aceptado hacía siglos. Aisha nos miró uno a uno. —Los llevaré hasta el talismán.—Adler asintió.
—Te lo agradecemos.—Ella sonrió apenas.
—No me lo agradezcan, aún.—Eso no era una buena señal. Entonces señaló hacia el horizonte. Y lo vimos. A lo lejos. Entre la arena.
Antiguas ruinas comenzaron a emerger lentamente de las dunas. Nos esperaba el talismán. O posiblemente algo peor.