Valeria Montrose fue la villana más odiada del Imperio de Elarion. Obsesionada con el príncipe heredero, manipuló, traicionó y destruyó a todos los que se interpusieron en su camino. Al final, fue ejecutada públicamente tras ser acusada de conspiración contra la corona.
Cuando la espada cae sobre su cuello, cree que todo ha terminado.
Sin embargo, despierta diez años atrás, en el día de su presentación en sociedad.
Esta vez conserva todos sus recuerdos.
Sabe que el príncipe nunca la amó. Sabe que la heroína del reino no era su enemiga. Y, sobre todo, sabe que detrás de su caída existía una conspiración mucho más grande que terminó provocando una guerra que destruyó el imperio.
Decidida a sobrevivir, Valeria toma una decisión inesperada:
No perseguirá al príncipe.
Pero cambiar el destino resulta más difícil de lo esperado cuando el propio príncipe comienza a interesarse por ella después de que deja de perseguirlo.
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23
La victoria en la plaza del mercado no sabía a champán; sabía a sangre, sudor y el polvo de los adoquines fríos. El amanecer encontró a la capital no celebrando, sino recuperándose. El silencio de la vigilia había sido reemplazado por un zumbido de murmullos, el sonido de una ciudad intentando comprender la tormenta que había pasado y la que se avecinaba. En los tejados, los estandartes de la Casa Real ondeaban junto a los de los gremios y los barrios bajos, una alianza improvisada nacida no de la lealtad, sino de la necesidad y una nueva y frágil fe.
En la Gran Sala del trono, la atmósfera era tan densa que se podía cortar con una daga. Alistair y los nobles que lo habían seguido estaban bajo arresto, no en las mazmorras, sino en sus propias casas, bajo una guardia de hombres leales tanto al príncipe como, más importante aún, a Marcus y a los nuevos líderes de los gremios. Era una prisión dorada, pero una prisión al fin y al cabo. Cassian, tras su acto final de traición, había desaparecido. No un fugitivo, sino un fantasma.
Kaelan estaba de pie junto al trono, pero no se sentaba en él. La herida de hombro había sido vendada, y llevaba una túnica nueva, sencilla pero de un azul profundo que parecía absorber la luz de la mañana. Ya no era un príncipe disfrazado de rey. Era el rey. Y el peso de esa verdad se veía en cada línea de su rostro, en la quietud de sus manos, en la forma en que sus ojos, ahora de un azul intenso y serio, evaluaban cada rostro en la sala.
Valeria estaba a su lado, ligeramente detrás de él, no como una sirvienta, sino como una sombra que contenía el sol. El Libro de los Destinos estaba oculto bajo su vestido, pero su peso se sentía como un ancla, un recordatorio constante del futuro que había visto y del terror que no podía compartir.
—El consejo está completo, Alteza—dijo Marcus, acercándose a ellos. Ya no vestía como un mercenario. Llevaba una túnica de cuero, con el emblema del Gremio de los Herreros bordado en el pecho. Su rostro estaba marcado por el agotamiento, pero sus ojos brillaban con un nuevo propósito. A su lado estaba una mujer robusta con manos callosas y una mirada astuta: Lidia, la líder del Gremio de los Mercaderes. Y una mujer vieja y encorvada, con ojos que parecían haber visto mil inviernos: Jayna, la Matriarca del Distrito de los Pescadores.
No eran nobles. Eran el pueblo. Y estaban allí, no para servir, sino para gobernar.
—Gracias por venir—dijo Kaelan, su voz tranquila pero cargada de una autoridad que nadie se atrevía a cuestionar—. Sé que el futuro es incierto. Sé que el miedo es un veneno que se extiende por las calles. Pero hoy, no nos reunimos para hablar de miedo. Nos reunimos para hablar de futuro.
—El futuro, Alteza—dijo Lidia, su voz tan firme como el acero que vendía—. Es una mercancía difícil de vender en estos momentos. La gente tiene miedo. Tienen miedo de Alistair y sus fanáticos. Tienen miedo de los nobles que lo apoyaron. Y tienen miedo... de ella.
Lidia no señaló a Valeria con el dedo, pero su mirada lo hizo por ella. La desconfianza en los ojos de la líder de los mercaderes era palpable, no por malicia, sino por prudencia. Para ella, Valeria no era una salvadora; era un arma, un arma de un poder que no entendía y que, por lo tanto, temía.
—El miedo de la gente es comprensible—respondió Kaelan, volviéndose hacia Valeria, su mirada una pregunta silenciosa—. Y Lady Montrose es la razón por la que estamos aquí hoy. Su coraje nos salvó a todos.
—Su coraje, sí—dijo Jayna, su voz era el susurro de las olas contra la costa—. Pero su poder... ese es lo que asusta. El pueblo vió lo que hizo en la plaza. Vio la luz. Vio el... milagro. Y los milagros, Alteza, a menudo tienen un precio. Un precio que el pueblo no está seguro de poder pagar.
Valeria sintió el escalofrío de sus palabras. Tenían razón. Les había mostrado la verdad, pero en hacerlo, también había revelado el abismo que la separaba de ellos. Era la Guardiana Renacida, la portadora del Libro de los Destinos. Era, para todos los efectos, una diosa entre mortales. Y los mortales, como bien sabía, siempre temían a sus dioses.
—El poder de Lady Montrose no es para ser temido—dijo Kaelan, su voz ganando una ferocidad que hizo que todos se enderezaran—. Es para ser respetado. Es para ser entendido. Ella no usa su poder para gobernar. Lo usa para iluminar. Para mostrarnos el camino cuando la oscuridad es demasiado espesa.
Se acercó a Valeria, su mirada intensa, no como un rey a su consejera, sino como un hombre a la mujer que creía.
—Y es por eso que nos hemos reunido hoy—dijo, volviéndose hacia el consejo—. No para decidir el castigo de los traidores. Eso vendrá. No para debatir leyes. Eso vendrá. Nos hemos reunido para discutir una amenaza. Una amenaza mucho más grande que Alistair. Una amenaza que Lady Montrose ha visto.
Valeria sintió el libro vibrar bajo sus dedos. Sabía que este momento llegaría. Sabía que tendría que compartir su visión, su terror. Pero saberlo no la preparó para el peso de las miradas que se posaron en ella, miradas de expectativa, de miedo, de esperanza.
—En la plaza—dijo Valeria, su voz tranquila pero firme, luchando por mantener el temblor fuera de ella—. Cuando usé el libro para mostrarles la verdad... vi algo más. Vi un eco. Un eco de un futuro que no es una posibilidad, sino una probabilidad.
Cerró los ojos, no por falta de confianza, sino para encontrar la fuerza para continuar. Las imágenes que había visto volvieron a ella, no como una visión, sino como una pesadilla. Barcos de guerra con velas tan negras como la noche. Ejércitos marchando, no con los estandartes de la Casa Real o de los nobles rebeldes, sino con un estandarte que no reconocía: un halcón negro sobre un campo de sangre.
—Hay una sombra extendiéndose sobre el imperio—continuó, abriendo los ojos, su mirada encontrando la de Kaelan, buscando en él la fuerza que necesitaba—. Una sombra que no viene de dentro, sino de fuera. Vi barcos. Muchos barcos. Vi un ejército. Un ejército que no conoce la misericordia, que no conoce la rendición. Un ejército que viene a... borrar. A limpiar. No a purificar como Alistair quería, sino a aniquilar.
La sala se sumió en un silencio sepulcral. El zumbido de la ciudad de afuera pareció desvanecerse, reemplazado por el peso de sus palabras.
—¿De dónde?—preguntó Marcus, su voz tensa, su mano yendo instintivamente a la empuñadura de su espada—. ¿De los Reinos del Norte? ¿De las Tribus de las Tierras Baldías? ¿Quién es lo suficientemente loco como para atacar el Imperio Centra?
—No es ninguno de ellos—respondió Valeria, su voz llena de una certeza que aterraba—. No es un enemigo que conocemos. Es un enemigo que hemos olvidado. Vi su estandarte. Un halcón negro sobre un campo de sangre. Un símbolo que no se ha visto en mil años. El símbolo del... Imperio de las Sombras.
El nombre pareció absorber el aire de la sala. El Imperio de las Sombras. Una leyenda. Un cuento de miedo para asustar a los niños. Un imperio que había existido antes del Imperio Central, un imperio que había sido derrotado y desterrado, empujado más allá de las Montañas Grises, en una tierra de hielo y niebla perpetua, una tierra de la que no se supo nada en siglos.
—Eso es imposible—dijo Lidia, su voz llena de una incredulidad que sonaba a desesperación—. El Imperio de las Sombras es una leyenda. Un mito. Una historia que nos contamos para recordar por qué debemos permanecer unidos.
—Los mitos a menudo se basan en la verdad—respondió Valeria, su voz amarga—. Y las leyendas a menudo olvidan que los monstruos de los cuentos de cama a veces son reales. Ellos han estado esperando. Esperando en la oscuridad, acumulando su fuerza, construyendo sus ejércitos, esperando el momento perfecto para atacar. Y la muerte del rey, la rebelión de Alistair, la división del imperio... ese fue su momento. Esa fue su señal.
Se acercó a la mesa del consejo, donde un gran mapa del imperio estaba extendido. Sus dedos no tocaron el mapa, sino flotaron sobre él, trazando una línea desde el norte, desde más allá de las Montañas Grises, una línea que bajaba, no hacia la capital, sino hacia las costas este.
—No vendrán por tierra—dijo—. Las montañas son una defensa natural. Vendrán por mar. Atacarán los puertos del este, cortando nuestras rutas comerciales, nuestro suministro de alimentos. Nos asfixiarán lentamente, antes de moverse hacia el interior.
—¿Y cuánto tiempo tenemos?—preguntó Jayna, su voz temblando ligeramente, no de miedo, sino de la gravedad de la situación—. ¿Cuánto tiempo antes de que sus barcos aparezcan en nuestro horizonte?
Valeria cerró los ojos, el libro mostrándole no imágenes, sino sensaciones. La sensación del viento frío del norte en su piel. La sensación del olor a sal y a sangre. La sensación de un invierno que no terminaría.
—El invierno viene—dijo, su voz apenas un susurro—. No el invierno de las estaciones, sino el invierno de las sombras. Tendremos quizás un mes. Quizás dos. Antes de que la primera flota sea avistada en el Cabjo de los Lamentos.
La revelación golpeó al consejo como una ola gigante. Un mes. Dos meses. Era un tiempo imposible. No había forma de reunir un ejército, de fortificar las costas, de preparar al imperio para una guerra de esa magnitud en tan poco tiempo.
—Es imposible—dijo Marcus, su voz llena de una desesperación que era contagiosa—. Estamos acabados antes de empezar.
—No—dijo Kaelan, su voz cortando a través de la desesperación como un faro en la niebla—. No es imposible. Es difícil. Es peligroso. Pero no es imposible. Tenemos un rey. Tenemos un consejo. Tenemos al pueblo. Y tenemos... la verdad.
Se giró hacia Valeria, su mirada intensa, no como un rey a su consejera, sino como un hombre a la mujer en quien había depositado su fe, su vida, su futuro.
—Lady Montrose—dijo, su voz formal, pero sus ojos llenos de una intimidad que solo ellos dos podían entender—. Eres la Guardiana Renacida. La portadora del Libro de los Destinos. Has visto el futuro. Ahora, muéstranos el camino. Muéstranos cómo sobrevivir.
Valeria lo miró, su corazón lleno de un amor que era tan abrumador como aterrador. Le estaba pidiendo lo imposible. Le estaba pidiendo que hiciera milagros. Pero mientras lo miraba, mientras veía la fe en sus ojos, una fe que no era ciega, sino basada en la verdad, en la lucha, en el amor, supo que no podía fallarle.
No tenía un plan. No tenía una solución. Solo tenía un libro. Un libro que contenía todos los secretos del pasado, todos los ecos del presente y todas las posibilidades del futuro.
Y mientras abría el libro en una página en blanco, sintió el peso de una nueva responsabilidad. Una responsabilidad que no era solo para el imperio, sino para el hombre que amaba. Una responsabilidad de encontrar un camino en la oscuridad, no solo para el rey, sino para el hombre. Para Kaelan.
—Hay un camino—dijo, su voz ganando una fuerza que parecía venir del libro mismo—. Un camino que no es fácil. Un camino que está lleno de sacrificios. Pero es un camino. Y es el único que tenemos.
Mientras hablaba, el libro comenzó a brillar, no con una luz mágica, sino con una luz que parecía venir del interior mismo del pergamino. Una luz que no mostraba un mapa, ni un plan, sino una imagen. Una imagen de un lugar. Un lugar que había sido olvidado por todos, excepto por el libro.
Un lugar que podría ser la única esperanza del imperio. O su tumba final.