Una noche de pasión desenfrenada. Un amanecer en completa soledad. Y un secreto que cambiará las reglas del juego.
Para Irina Duarte, una joven diseñadora gráfica de 24 años, lo que pasó en aquel hotel de Roma debía quedarse en el olvido. El hombre misterioso con el que compartió una química sexual devastadora se había marchado sin dejar rastro, dejando solo el recuerdo de su imponente mirada y un aroma que la perseguía.
La sorpresa llega esa misma mañana, cuando Irina se presenta a su primer día como pasante en la prestigiosa Textilera Galo. El hombre de la noche anterior no es un desconocido: es Damian Galo, el Alfa supremo del imperio textil, su nuevo jefe... un hombre frío, serio y completamente inalcanzable.
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Capítulo 13
Al día siguiente, Irina llegó a la Textilera Galo con una energía renovada. El diseño de la campaña de otoño ya estaba en los talleres, y las primeras muestras de tela con los hilos dorados y los cortes estructurados que ella misma había seleccionado ya empezaban a llegar a su mesa de trabajo. Se sentía dueña de su espacio, pero esa seguridad se vio interrumpida cuando, a media mañana, el supervisor se acercó a su cubículo a paso rápido, con una expresión de absoluta urgencia.
—Irina, deja lo que estés haciendo —dijo el hombre en un susurro, mirando hacia los lados—. El señor Galo ordenó que bajaras de inmediato a los talleres de control de calidad en el sótano dos. Llegó el primer prototipo del abrigo principal de la campaña y quiere que estés presente para la evaluación técnica. Muévete, no le gusta esperar.
Irina asintió, tomó su tableta digital y caminó hacia los ascensores. El sótano dos de la empresa era el corazón industrial del edificio: un lugar inmenso, de techos altos y paredes de hormigón pulido, donde las máquinas de costura de alta precisión y las mesas de corte se alineaban bajo una iluminación blanca y fría. El ruido de los motores textiles era un zumbido constante en el fondo.
Al fondo del taller, junto a un maniquí de costura iluminado por reflectores, estaba Damian. Se había quitado la chaqueta del traje y llevaba las mangas de la camisa blanca remangadas hasta los antebrazos, revelando unos brazos fuertes y marcados. Estaba de espaldas, evaluando la caída de un imponente abrigo de lana negro con sutiles bordados geométricos en hilo de oro puro, el diseño estrella de Irina.
Cuando Irina se acercó, el aroma a sándalo y tormenta inminente del Alfa barrió con el olor a tela nueva y aceites industriales del taller, envolviéndola al instante. Damian se giró lentamente. Sus ojos oscuros, cargados de esa intensidad salvaje que la humana ya conocía bien, recorrieron su figura antes de fijarse en su rostro.
—Llegas tarde, Duarte —dijo con su barítono rasposo, manteniendo esa distancia profesional frente a los tres operarios que trabajaban a unos metros de distancia, midiendo los bajos de la prenda.
—El ascensor estaba ocupado, señor Galo —replicó ella con voz clara y firme, colocándose al otro lado del maniquí—. ¿Qué le parece el prototipo?
—La caída del hombro es impecable y el contraste del hilo de oro le da el estatus que la marca exige —comentó Damian, extendiendo una de sus manos grandes para delinear el cuello de la prenda. Luego, miró fijamente a los operarios—. Dejennos solos. Quiero revisar las especificaciones de la costura interna con la diseñadora.
Los trabajadores asintieron de inmediato y se retiraron a otra sección del inmenso sótano, dejándolos en una esquina apartada, protegidos de la vista general por varias hileras de estanterías industriales cargadas de rollos de tela.
En cuanto se quedaron solos, la fachada del jefe corporativo se agrietó. Damian dio un paso largo hacia el frente, acortando la distancia con Irina hasta que el calor de su cuerpo la obligó a dar un paso atrás, apoyando la espalda contra uno de los fríos estantes de metal. El Alfa apoyó una mano en el mueble, justo al lado de la cabeza de ella, acorralándola por completo en su espacio territorial.
—Me dijeron que anoche saliste muy tarde de la empresa —murmuró él, con una voz baja y peligrosa que vibró directo en el pecho de Irina—. Y que un auto deportivo negro te esperaba en la salida.
Irina contuvo el aliento, sorprendida por el hecho de que Damian supiera sobre el encuentro con Antonio. Una chispa de audacia se encendió en sus ojos oscuros al notar los celos y la posesividad salvaje que emanaban de las pupilas dilatadas del Alfa.
—¿Me está espiando, señor Galo? —desafió ella en un susurro coqueto, sosteniéndole la mirada sin parpadear.
—Vigilo lo que me pertenece, Irina —sentenció Damian, inclinando el rostro hasta que su aliento cálido rozó sus labios—. Sé perfectamente de quién era ese auto. Antonio es el dueño de la competencia más agresiva de esta ciudad, y no tiene escrúpulos. ¿Qué quería contigo?
—Me ofreció trabajo —respondió ella con total honestidad, disfrutando de cómo la mandíbula de Damian se tensaba al escuchar el nombre de su rival—. Una oficina propia y un sueldo que triplica lo que gano aquí. Dijo que mi talento le quedaba grande a esta textilera.
Un gruñido bajo, puramente instintivo y territorial, escapó del pecho del Alfa. La mano que Damian tenía apoyada en el estante se cerró en un puño, y con la otra mano tomó a Irina de la cintura, pegándola a su cuerpo con una fuerza firme que le arrebató el aire.
—Le vas a decir que no —ordenó Damian, con un barítono rasposo y cargado de una dominación absoluta—. No vas a ir a ninguna parte, preciosa. Tu talento se queda en mi empresa, y tú te quedas conmigo.
—Ya le dije que no —replicó Irina, subiendo las manos hacia los hombros de él, enredando los dedos en la tela de su camisa—. Le dije que tengo un compromiso con Galo. Pero parece que el gran Alfa supremo de Roma tiene miedo de que la competencia le gane una pasante.
La provocación fue el detonante definitivo. Damian borró la distancia y selló sus labios en un beso devastador, hambriento y posesivo, que resonó en el silencio del sótano industrial. La reclamó con una urgencia salvaje, como si quisiera borrar cualquier rastro de la oferta de Antonio de la mente de la humana, demostrando que en ese imperio, y en su vida, él seguía siendo el único dueño.