Samantha Torres solo quería salvar su pastelería y cuidar de su hermana menor; jamás imaginó que una bandeja de crema pastelera la llevaría directamente a los brazos del hombre más peligroso, arrogante y fascinante de la ciudad: Viktor D'Angelo.
NovelToon tiene autorización de Sarita King para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
El peor primer café
Samantha Torres
Existe una regla no escrita en mi vida.
Cuando todo parece estar saliendo bien, algo terrible está a punto de ocurrir.
Siempre.
Sin excepción.
Por eso debí sospechar cuando desperté de buen humor.
La mañana era agradable.
Evelyn no había discutido conmigo por levantarse para ir a la escuela.
Olivia no había llegado tarde.
La cafetera funcionaba.
Los clientes parecían normales.
Incluso Tiramisú había decidido dormir tranquilamente sobre una caja de harina en lugar de intentar robar croissants.
Todo era demasiado perfecto.
Y cuando algo es demasiado perfecto...
El universo se encarga de corregirlo.
—Te ves feliz.
Levanté la vista.
Olivia estaba acomodando algunas bandejas.
—No estoy feliz.
—Sonríes sola.
—Eso es porque estoy pensando.
—¿En Viktor?
Casi dejé caer una taza.
—¿Qué obsesión tienes con ese hombre?
—La misma que tienes tú.
—Ninguna.
—Claro.
—Ninguna.
—Ajá.
Odiaba cuando decía "ajá".
Porque siempre sonaba como si ya supiera algo.
Y normalmente lo sabía.
—No estoy pensando en él.
—Entonces dime en qué piensas.
Abrí la boca.
La cerré.
Porque efectivamente estaba pensando en él.
Maldita sea.
—Exacto.
—No digas nada.
—No diré nada.
—Gracias.
—Pero sí estabas pensando en él.
—Olivia.
Ella sonrió.
Y desapareció antes de que pudiera lanzarle una servilleta.
Cobarde.
A las diez de la mañana apareció Ian.
Solo.
Eso ya era extraño.
Porque normalmente llegaba acompañado de problemas.
O de Viktor.
O de ambos.
—Buenos días, Samantha.
—Eso depende.
—¿De qué?
—De cuánto caos planeas provocar hoy.
Ian puso una mano sobre su pecho.
—Me ofendes.
—Sobrevivirás.
—Probablemente.
Se acercó al mostrador.
Y me dedicó una sonrisa sospechosa.
Muy sospechosa.
—Necesito tu ayuda.
—No.
—Ni siquiera escuchaste la petición.
—Mi respuesta sigue siendo no.
—Qué cruel.
—Gracias.
—Definitivamente eres la persona correcta.
Entrecerré los ojos.
—Eso no me tranquiliza.
—No debería.
Perfecto.
Absolutamente perfecto.
Ya empezábamos mal.
—Habla.
—Viktor necesita un favor.
Parpadeé.
—¿Viktor?
—Sí.
—¿No puede pedirlo él mismo?
—No.
—¿Por qué?
—Porque es Viktor.
Lamentablemente, aquello tenía sentido.
Demasiado sentido.
—¿Qué favor?
Ian sonrió.
Y en ese instante supe que iba a arrepentirme.
Muchísimo.
—Necesito que tomes un café con él.
Silencio.
Completo.
Absoluto.
—¿Qué?
—Un café.
—Escuché esa parte.
—Excelente.
—¿Por qué?
—Porque perdió una apuesta.
Parpadeé.
Otra vez.
—¿Perdió qué?
—Una apuesta.
—¿Con quién?
—Conmigo.
—¿Y el castigo es tomar café conmigo?
—Exactamente.
Lo observé durante varios segundos.
Intentando descubrir si estaba bromeando.
No lo estaba.
—Ian.
—¿Sí?
—Eres extraño.
—Eso me han dicho.
—Muchas veces.
—Muchísimas.
Suspiré.
Porque aquello era ridículo.
Completamente ridículo.
Y porque una pequeña parte de mí sentía curiosidad.
Lo cual era aún peor.
—No.
—¿No?
—No.
—¿Por qué?
—Porque esto parece una trampa.
—No lo es.
—Parece una trampa.
—Solo un poco.
—Gracias por la honestidad.
—De nada.
A las doce apareció Viktor.
Y por la expresión en su rostro, ya sabía exactamente de qué se trataba.
—Lo mato.
Fue lo primero que dijo al entrar.
—Hola para ti también.
—¿Dónde está Ian?
—¿Qué hizo?
—Respirar.
—Qué delito tan grave.
Viktor cerró los ojos.
Como si estuviera reuniendo paciencia.
O considerando un asesinato.
Ambas opciones parecían posibles.
—No le hagas caso.
—¿A qué exactamente?
—A cualquier cosa que diga.
—Eso tampoco me tranquiliza.
—Lo sé.
Se hizo un breve silencio.
Uno extraño.
Diferente.
Porque ninguno parecía saber qué decir.
Y aquello era raro.
Normalmente discutir nos salía de forma natural.
—Así que...
—Así que...
Hablamos al mismo tiempo.
Nos detuvimos.
Y luego, para mi horror, ambos nos reímos.
—Esto es incómodo.
—Muchísimo.
—Bien.
—Bien.
Silencio otra vez.
Peor.
Mucho peor.
—¿Quieres sentarte?
Las palabras escaparon antes de que pudiera detenerlas.
Viktor arqueó una ceja.
—¿Eso fue una invitación?
—No te emociones.
—Demasiado tarde.
—Lo retiro.
—Ya es tarde.
Idiota.
Absoluto idiota.
Y aun así terminó sentándose frente a mí.
Durante los siguientes veinte minutos descubrí algo inesperado.
Conversar con Viktor fuera de nuestras discusiones habituales era raro.
Pero agradable.
Peligrosamente agradable.
Hablamos sobre café.
Sobre negocios.
Sobre la universidad.
Sobre Evelyn.
Incluso sobre Tiramisú.
—Ese gato me odia.
No pude evitar reír.
—Ese gato te ama.
—Me provoca alergia.
—Y aun así te sigue.
—Eso no es amor.
—Claro que sí.
—Eso es acoso.
La carcajada escapó de mis labios antes de poder contenerla.
Y entonces ocurrió.
Una de esas cosas pequeñas.
Insignificantes.
Que terminan quedándose en la memoria.
Porque Viktor se quedó observándome.
Simplemente observándome.
Sin hablar.
Sin bromear.
Sin sarcasmo.
Solo mirando.
Y por primera vez sentí algo extraño.
Algo cálido.
Algo peligroso.
Algo que no quería analizar.
—¿Qué?
Su voz fue suave.
—¿Qué qué?
—Me estás mirando.
—Tú también.
Maldición.
Tenía razón.
Otra vez.
—Eso no cuenta.
—¿Por qué?
—Porque lo digo yo.
—Excelente argumento.
—Gracias.
—Sigue siendo terrible.
—Lo sé.
Sonrió.
Y aquella sonrisa me golpeó directamente en el corazón.
Lo cual fue profundamente inconveniente.
La tranquilidad duró exactamente treinta segundos.
Porque entonces apareció Ian.
Corriendo.
Y grabando con su teléfono.
—¡Lo sabía!
—¡Ian!
—¡No!
—¡Borra eso!
—¡Jamás!
Viktor se levantó inmediatamente.
—Dame ese teléfono.
—Corrección.
Ahora definitivamente no lo borraré.
Ian salió disparado hacia la puerta.
Viktor fue detrás de él.
Y por alguna razón absurda...
Yo también.
Los tres terminamos frente a la pastelería.
Corriendo como completos idiotas.
Mientras algunos peatones nos observaban.
Probablemente cuestionando nuestra salud mental.
Con razón.
—¡Ian!
—¡Nunca me atraparán!
—¡Voy a despedirte!
—¡No trabajo para ti!
—¡Entonces encontraré la forma!
—¡Buena suerte!
Tropezó.
Casi cayó.
Logró recuperar el equilibrio.
Y siguió corriendo.
Como un niño de diez años.
Un niño extremadamente alto y problemático.
Finalmente desapareció en la esquina.
Y el silencio regresó.
Yo estaba sin aliento.
Viktor también.
Nos miramos.
Y entonces comenzamos a reír.
Sin poder evitarlo.
Sin control.
Sin lógica.
Solo reímos.
Y durante unos segundos...
Todo fue sencillo.
Ligero.
Fácil.
Como si el resto del mundo no existiera.
Como si no hubiera diferencias entre nosotros.
Ni dinero.
Ni responsabilidades.
Ni pasado.
Solo dos personas compartiendo un momento absurdo.
Cuando finalmente logramos calmarnos, Viktor me observó.
Y algo cambió en su expresión.
Una pequeña grieta en aquella máscara perfecta.
Algo sincero.
Algo real.
—Creo que este ha sido el peor primer café de mi vida.
Mi corazón dio un pequeño salto.
Porque entendí exactamente lo que estaba diciendo.
Y porque una parte de mí deseó que no fuera el último.
—Sí.
Sonreí.
—Definitivamente el peor.
—Y aun así...
—¿Y aun así?
Sus ojos grises se encontraron con los míos.
—No estuvo tan mal.
Por alguna razón...
Yo pensé exactamente lo mismo.
Fin del capitulo 11...🍰
Samantha Torres
Victor D'angelo