Elena sin memoria acepta fingir ser la novia de Nahuel que tiene un matrimonio arreglado y no quiere casarse con esa a la que eligió su familia, quien le promete averiguar sobre su identidad.
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9- La noche
No dormí en toda la noche después del beso contra la pared.
Ella tampoco, seguro. La escuchaba caminar descalza de un lado a otro en el cuarto de huéspedes, al otro lado del pasillo. Cada paso era un golpe en mi cabeza.
Eran las dos de la mañana cuando Héctor tocó a mi puerta con un frasquito blanco en la mano.
—Son del doctor Daniel —dijo en voz baja—. Para la señorita Elena. Dice que son suaves, solo para que descanse. Lleva tres noches sin dormir, señor. Va a colapsar.
Agarré las pastillas. "No me toques", me había dicho ella después del beso. "No confío en mí". Tenía razón. Yo tampoco confiaba en mí.
Fui igual.
Toqué dos veces. Nuestro código.
—Soy yo.
Dije contra la madera.
— Te traje algo para dormir.
Tardó en abrir. Cuando lo hizo, me arrepentí de haber ido.
Tenía puesta mi remera negra, la que le quedaba enorme y le dejaba ver las piernas doradas hasta la mitad del muslo. El pelo castaño suelto, con esas ondas grandes revueltas de dar vueltas en la cama. Los ojos color miel hinchados, rojos. Y los labios... Carnosos, mordidos por ella misma.
—Héctor las mandó.
Le tendí el frasco, sin entrar.
—Son para dormir. Dice Daniel que son suaves.
Ella agarró el frasco, pero no se apartó de la puerta.
—¿Vos podés dormir?
Preguntó.
—No.
Nos quedamos mirando. El pasillo en silencio, la casa entera dormida, y ese fuego que empezó en la biblioteca, que explotó contra la pared, seguía ahí, quemándonos a los dos por dentro.
—Pasá.
Susurró al fin.
—No quiero estar sola.
Entré. Cerré la puerta sin llave.
Se sentó en el borde de la cama con el frasco en la mano, sin abrirlo.
—No quiero dormir.
Dijo.
— Si duermo, sueño con la ruta. Con Ramiro. Con no saber quién soy.
Me senté al lado de ella. Dejé espacio entre los dos. Un espacio que me quemaba.
—Entonces no duermas.
Dije.
Me miró. Y en esos ojos color miel no había miedo. Había lo mismo que tenía yo adentro desde que la saqué de esa cabaña. Hambre. Rabia. Necesidad de sentir algo real.
—No me prometas nada.
Dijo.
— No me digas que me vas a cuidar, que me vas a ayudar a recuperar mi identidad. Solo... Solo quédate.
El frasco de pastillas cayó al suelo. No sé quién de los dos lo tiró.
La besé yo primero. O me besó ella. Ya no sé. Fue una cascada. Todo el fuego que había estado aguantando desde el día uno salió de golpe y nos arrastró a los dos.
Sus labios carnosos, dulces, tibios, sabían a desesperación y a verdad. Mi remera desapareció entre sus manos, sus piernas doradas me rodearon la cintura por instinto, su pelo castaño se enredó en mis dedos.
La saboree con ganas, con esas ganas que nunca senti con ninguna chica. Por alguna razón con Elena lo sentia real, auténtico. No habia calculos, no habia acuerdos previos, ni pedidos a cambió.
"Elena", le susurré contra la boca, contra el cuello, contra la cicatriz de su sien.
Mis manos se sumergieron en el mar de su piel, suave como seda, eso era señal de que no era una chica común. Pero ahora eso no queria pensar. Ahora solo me importaba fundirme en ella por completo.
"Nahuel", contestó ella, clavándome las uñas en la espalda. "Por favor".
Pasamos la barrera. Toda. Sin contratos, sin promesas, sin apellidos. Solo ella, con 20 años y sin pasado, y yo, con 22 y con demasiado pasado encima, encontrándonos en medio de la noche como si fuera la única noche que nos quedaba.
No dormimos. Ninguno de los dos. Despues de cada exploración, hablamos a ratos, nos besamos a ratos, nos quedamos mirando el techo a ratos, con su cabeza apoyada en mi pecho y mi mano perdida en sus ondas. E iniciabamos de nuevo como si nos entendieramos sin decirlo.
Su aroma se me quedo impregnado, al igual que el mio en ella. Antes correria a ducharme, ahora solo queria sentirla un poco más.
A las seis de la mañana me quedé dormido cinco minutos. Cuando abrí los ojos, ella seguía despierta, mirándome.
—¿Te arrepentís?
Pregunté, con el corazón en la garganta.
Negó con la cabeza. Me besó la boca, suave.
—No. Por primera vez en meses, no.
Me sentí triunfante. Estúpidamente, completamente triunfante. Como si hubiera ganado una guerra. Era mía. Por fin era mía de verdad, no en un papel, no en una farsa para la prensa.
A las siete y cuarto, Héctor golpeó la puerta como si se incendiara la casa.
—¡Señor Nahuel! ¡Su abuelo lo necesita abajo, ahora! ¡Urgente!
Elena se tapó con la sábana hasta el cuello, con los ojos abiertos de golpe, asustada.
—Quedate acá.
Le dije, besándole la frente.
— No pasa nada. Es mi abuelo haciendo show.
Me vestí rápido y bajé.
Octavio estaba en su despacho, pero no estaba solo. Frente a él, de pie, con un traje gris impecable y una cara que yo conocía de las revistas de negocios, estaba un hombre de unos cuarenta años. Alto, canoso en las sienes, con los mismos ojos color miel que Elena.
Se giró cuando entré.
—¿Vos sos Nahuel Ibarra? —preguntó, con voz ronca.
—Sí. ¿Quién carajo es usted?
—Soy Germán Duarte —dijo—. Padrino de Elena.
El aire se me fue de los pulmones.
—Mi ahijada está viva —siguió Germán, y se le quebró la voz, de verdad—. La vi en las noticias. La conferencia de prensa. Esa carita... es igual a su madre. Supe que era ella.
Octavio, detrás de su escritorio, tenía la cara de piedra.
—El señor Duarte dice que es familia de la chica —dijo, seco—. Que se la quiere llevar.
—No me la quiero llevar —corrigió Germán, mirándome fijo—. Quiero verla. Después ella decide. Pero tiene derecho a saber quién es.
Se sentó sin que lo invitaran. Las manos le temblaban un poco.
—Su padre se llama Jerardo Duarte —dijo—. Es mi hermano menor. Elena es su única hija. Su madre murió cuando ella tenía doce. Jerardo se volvió a casar hace tres años. Una víbora con una hija de su edad. Todo bien, hasta el accidente.
Me senté. Las piernas no me sostenían.
—Hace cinco meses, Elena iba con su madrastra y su hermanastra a un evento en Formosa. Un camión las chocó de frente. El chofer murió en el acto. A Elena la dieron por muerta, no encontraron el cuerpo en el río. Jerardo... —Germán tragó saliva—. Mi hermano cayó en coma esa misma noche cuando le dieron la noticia. Sigue en coma, en una clínica en Buenos Aires. Cinco meses.
—¿Y la esposa? —pregunté.
—La esposa y su hija —Germán apretó los puños—. Se fueron a la semana. Vaciaron dos cuentas y desaparecieron. Abandonaron a Jerardo enchufado a una máquina. Nunca imaginé que su nueva esposa lo traicionaría de ese modo. Yo manejo la empresa Duarte desde entonces, hasta que mi hermano se recupere. Y ahora, con esta noticia de que Elena está viva... —se le llenaron los ojos de lágrimas de hombre grande—. De seguro despierta. Esa chica era todo para él.
Me levanté de golpe.
—No —dije—. No, no, no. No se la pueden llevar. Ella...
—Nadie se la va a llevar a la fuerza, pibe —Germán me miró con lástima—. Pero es su familia. Su padre está en coma esperándola. ¿Le vas a negar eso?
No podía. Quería encerrarla arriba, decir que era mía, que anoche fue mía. Pero no podía.
Porque los Duarte eran los Duarte. Los empresarios más poderosos del norte. Los que le disputaban a mi abuelo cada licitación, cada hectárea, cada puerto. Los enemigos históricos de los Ibarra.
Y Elena era una Duarte.
Subí las escaleras de dos en dos, con el corazón en la garganta. Abrí la puerta sin tocar.
Elena estaba sentada en la cama, envuelta en la sábana, con el pelo revuelto y los labios hinchados por mí. Al verme la cara, supo que algo andaba mal.
—¿Qué pasó?
—Tenés familia —le dije, y la voz se me rompió—. Están vivos. Tu papá... tu papá te está esperando.
Se le llenaron los ojos de lágrimas.
—¿Mi papá?
Abajo, en el despacho, Germán Duarte esperaba para llevarse a su ahijada. Y yo, con 22 años y sintiéndome por primera vez triunfante hacía una hora, entendí que quizás la acababa de perder.
Porque contra los Duarte, ni mi apellido podía competir. Y mi abuelo nunca se llevó bien con ellos. Nunca.
Como la secuestro y desde cuando lo hizo 🤔🤔🤔❓❓❓❓
Veremos que pasa si la ayuda Nahuel ella se decidirá aceptar la propuesta
🤔🤔🤔❓❓❓❓