En la víspera de su boda, Anastasia solo esperaba una noche de risas con sus amigas en su despedida de soltera. Sin embargo, una decisión impulsiva la lleva a cruzar la línea de lo prohibido. Embriagada por la emoción y el deseo de sentirse libre por última vez, despierta al día siguiente en la habitación de un hombre que no debería siquiera rozar en sus sueños.
Él no es un desconocido cualquiera: Damián Volkov, un magnate temido por su crueldad, un hombre sin piedad que mueve los hilos de negocios oscuros y que jamás perdona una traición. Un depredador que la ve como una presa que entró por voluntad propia a su guarida.
Lo que comenzó como un error se convierte en una obsesión peligrosa. Entre amenazas, secretos y una atracción que no debería existir, Anastasia descubrirá que una sola noche puede cambiarlo todo: su futuro, su matrimonio… y hasta su vida.
Porque en el mundo de Damián, nadie escapa sin pagar un precio.
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Damián volkov.
Me llamo Damián Volkov.
Tengo treinta y cinco años y pertenezco a una de las mafias más poderosas que existen.
Para el mundo soy un magnate.
Un empresario respetable.
Eso es solo una máscara.
Me instaló en el mismo hotel de siempre.
Tengo reuniones con socios importantes y vengo llegando de otro país.
—Damián, tu habitación ya está lista —me informa Ernesto, mi mano derecha.
Tomo la llave sin decir nada. Necesito cambiarme.
—Todo está revisado —añade—.
Aunque parece que una empleada aún estaba terminando en el baño.
No respondo.
Camino directo a la habitación.
Entro y voy al baño.
Mi ropa está arrugada, manchada del viaje.
Cuando salgo con el traje colgado del gancho, noto que Ernesto no se mueve.
Está pálido.
Mirando fijamente el sofá.
Sigo su vista.
Hay una mujer dormida ahí.
Descalza.
Sus zapatillas están tiradas a un lado.
—¿Quién es? —pregunto, sin emoción.
Ernesto levanta las manos, nervioso.
—Que la saquen —ordeno—. Cuando vuelva, no quiero verla aquí.
Salgo molesto. Mi paciencia es limitada.
La reunión se alarga.
Dinero, acuerdos, tensión.
Lo mismo de siempre aún que mis pensamientos están en otro lado.
En la habitación contigua hay ruido.
—No quiero escándalos —le digo al gerente.
Lo soluciona de inmediato.
El trato se cierra.
Ernesto aparece después.
—La joven se fue. Dijo que se encontraba mal.
Asiento sin interés.
Pasada la medianoche, Lori llega.
Siempre aparece cuando estoy en este país.
Se sienta a mi lado, demasiado confiada.
Decido subir con ella.
Ya en la habitación, mientras ella empieza a desvestirse, escucho un ruido arriba. Instintivamente busco mi arma.
Subo con cautela. Abro la puerta de la habitación principal.
Ahí está.
La misma joven.
Dormida.
En mi cama.
Guardo el arma. La sacudo.
—Despierta.
—Déjame dormir… —murmura.
La furia me quema y bajo.
Lori se viste al verme enojado y se va sin decir una palabra.
Intento llamar a Ernesto.
No responde.
Vuelvo arriba.
No pienso irme de un lugar que estoy pagando.
Intento levantarla. Ella me empuja.
Me duele la cabeza.
Salgo al balcón y enciendo un puro.
Cuando regreso, ella está sentada en la cama.
—Sal de aquí —le digo.
Se vuelve a recostar y se ríe.
Bajo la voz. Me acerco.
—Fuera.
Levanta la mano como si quisiera tocarme. La sujeto.
La observo de cerca. Es joven. Demasiado. Pequeña. Frágil.
Se frota los brazos, como si tuviera frío.
Y entonces… se lanza sobre mí.
El beso desordenado.
Un error.
La aparto… pero algo en mí responde antes que la razón.
Me detengo a verla y, de un momento a otro, se me abalanza otra vez. Quiero hacerla a un lado, pero el beso torpe que me da me hace pegarla a mí para enseñarle lo que es un verdadero beso que la deja sin aire y se aleja para respirar.
Grave error el que acaba de cometer: primer error, meterse a mi habitación, y el segundo es tentarme de esta forma.
La pongo contra el colchón y ella solo me acaricia los brazos, sin abrir los ojos.
Vuelvo a besarla y me ofrece el cuello, que muerdo, haciendo que se queje.
—¿Qué haces?
Dice y ya no hay retroceso, ya que no puedo contenerme; siento su delgado cuerpo debajo de mí, su cuerpo me llama.
Acaricio sus piernas sin dejar de besarla.
—Tómame.
Dice y, entre besos, quedó entre sus piernas; sus labios son tan diferentes, nunca había besado unos como los de ella.
Desprende dulzura.
Muevo mi mano hacia sus bragas que quitó, después hacia su intimidad y los dedos se me resbalan al sentir lo húmeda que está.
La acaricio haciendo que gima, mordiéndose el labio.
De mi cartera saco un preservativo; nunca lo hago sin protección.
Me bajo el pantalón y el bóxer, saco mi miembro; me pongo el preservativo, me vuelvo a ubicar entre sus piernas, está más que lista.
Me deslizó dentro de ella, quien al principio se queja y es de esperar; el tamaño de mi miembro no es algo común.
Entro despacio, con mucho trabajo, ya que está demasiado apretada, y el que sienta como rompo algo al meterla por completo me hace pegar mi frente en su hombro.
Es virgen.
—Me duele.
Dice ella abriendo los ojos y noto sus ojos color verde.
En lo único que puedo pensar es que era virgen y un desconocido la acaba de desvirgar.
Su entrada es tan suave y apretada que no me puedo detener.
—Haa, despacio, haa.
Me encaja las uñas y el que envuelva sus piernas en mi cadera indicándome que siga me hace acelerar los movimientos.
Su vagina me aprieta más cuando termina y no voy ni a la mitad, puedo tener a la mujer que quiera debajo de mi, pero no sé en qué estaba pensando cuando metí mi miembro en esta jovencita, y me es difícil detenerme pero decido hacerme un lado, me quito el preservativo y noto la sangre que quedó en él.
Ella se baja el vestido y golpea a un lado con los ojos cerrados.
—Acuéstate conmigo.
Dice: "¿Y quién cree que soy para hacer tal cosa?".
Me acomodo el pantalón y maldigo el momento en el que la abrí de piernas, el dolor de mi cabeza no se compara con la de mi miembro ya que no pude terminar y no pienso hacerlo con alguien que apenas y abrio los ojos, noto la llamada perdida de Ernesto.
Cuando finalmente me separo, la realidad cae de golpe.
Me alejo.
El silencio pesa.
Ella se cubre y habla con voz baja.
—Quédate…
No respondo. Me visto. Mi cabeza late con fuerza.
Miro el teléfono.
Llamada perdida de Ernesto.
Devuelvo la llamada.
—¿Sabes quién era la joven que estaba en tu habitación? —me pregunta sin rodeos.
Miro hacia la cama.
—No.
—Anastasia Lincon —dice—. La prometida de tu medio hermano.
Sonrío lentamente.
No tuve que buscarla.
Ella sola llegó hasta mí.